Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La prójima

>> viernes, 25 de diciembre de 2015


Contigo, a veces, te engaño.

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Un escritor de computadora

>> domingo, 20 de diciembre de 2015




Estaba sobresaltado. Me soné las fosas nasales. Me esperaba un hombre trigueño, delgado, nariz finamente delineada, ojos saltones, de pelo largo. Mientras llenaba los pulmones recordé que se llamaba Cilmoa Turbanec. Al verlo lo saludé y después de sentarme sin que él me lo pidiera empecé a hablar de la magia del bolígrafo. La verdad quería incomodarlo. Bueno, yo estaba incómodo, alterado, contradictorio. Empezaba a delirar. Cuando no callaba por horas hablaba lo primero que se me ocurriera. Padecía una locura ordenada, un desorden lógico. Era, en definitiva, un impaciente poco civilizado. Así que hablé sobre el escritor de bolígrafo y el escritor de computadora. Dije que no me gustan los nuevos escritores de computadora que se han desbocado hacia la tecnología desconociendo una tradición de años. Expuse que la facilidad para escribir provee a la literatura de banalidad. Y esto se debe a que los escritores han dejado de escribir a mano. Cuando escribir una carta implica empuñar el bolígrafo, sostenerlo entre los dedos índice, pulgar y corazón. Deletrear una palabra, formar una frase, un párrafo. Además, al escribir a mano se descubre que la caligrafía permite hacer otra lectura. Por ejemplo, la letra inclinada a la derecha expresa que la persona es tímida, se baña todos los días y cree en el matrimonio. La letra inclinada a la izquierda dice que la persona es decidida y busca relaciones efímeras. Pero, lo revelador es el palito de la “t”. Si está más arriba de lo habitual, “T”, es porque la persona es atrevida, ambiciosa y sexual. Le dije a mi anfitrión que estaba casi seguro de que él era un escritor de computadora. Le manifesté que ahora los medios para publicar están al alcance del afán de publicar y esto le ha hecho un daño terrible a la poesía porque el poema escrito en computadora es frío, distante y brinda esa peligrosa sensación de que está listo. Cuando el poema no es una anécdota reproducida en serie. El poema no permite escribir más rápido de lo que se siente. Por eso el poema electrónico no tiene música. En cambio, el poema escrito con bolígrafo suena a rumor de quebrada y el de máquina de escribir a tren en marcha. De ahí, que el bolígrafo remita a la provincia y la computadora a la ciudad. Y la ciudad es acelerada, ruidosa, de desconocidos, empapelada de publicidad, con ladronzuelos, mendigos y despertares de pito de busetas. En contraposición de la provincia que es cauta, de saludos improvisados, de balcones, de conversadores y de amaneceres indescriptibles. Y si se hace un análisis de ambos escritores no es muy descabellado afirmar que el escritor de computadora sea un eyaculador precoz porque su aventura es la superficie. Se autodenomina poeta, ensayista, novelista, cuentista, documentalista, periodista y crítico de arte. Mientras que el escritor de bolígrafo vuelve a respirar y mantiene el bajo perfil que le permite estar en todos los espacios. Para este último la vida es una caminata reposada con nubes en el cielo. 

-Muy interesante su discurso, pero no entiendo por qué me lo dice. Su monólogo está descontextualizado. Hay que saber en qué lugar decir las cosas. Es sabio un poco de mesura. No sé. Me divierte escucharlo. Aunque evidencio que en el fondo su perorata busca intimidarme así como se hace con un aprendiz. Creo que me subestimas estimado caballero. 

-Pensé que serviría para iniciar una conversación. Sin embargo, ya que lo menciona, me gustaría saber la razón por la que me hizo llamar –expresé algo apenado y acepté que cuando estoy alterado soy como un timbre, me tocan y sueno. Incluso, un timbre averiado que suena cada tanto sin que nadie lo toque. 

-Bueno, quería discutir con usted sobre su exmujer. Como sabe, el Patrón espera que ella descubra al asesino de Franco para que puedas salir. La verdad, perdona si soy muy directo, no creo que ella lo logré. Es evidente que ninguna mujer es tan inteligente como para resolver tal misterio. 

-Es cierto. Será una eternidad. –Repuse y ya quería estar en silencio. Deseaba quedarme quieto. Pasaba de una sensación a otra con velocidad. Respiré profundo para no perder el control y si era posible, averiguar un poco más sobre la misión de Lucrecia.

-Es extraño, ahora que le planteo un tema de conversación es usted lacónico. Llegó dando catedra y ahora apenas abre la boca. Eres algo contradictorio. Sí, eso eres, una contradicción. Empezaste como narrando un cuento, con decisión. Luego, te perdiste. Yo no empezaría un cuento sino sé cómo acaba porque se va uno para cualquier lugar, como un cucarrón en la oscuridad. Los buenos finales están escritos en las primeras líneas. Pensé que tu discurso tendría un final ejemplar, pero quedó en la nebulosa. Creo que eso mismo le sucederá a tu excompañera. En esa investigación empezó sin imaginar el final. Cada razonamiento puede tener la profundidad de un pentagrama. Depende del talento del intérprete. Para mí, disculpa si reitero en lo mismo, no sé cómo su exmujer desenmarañe este asunto si empezó empapelando la ciudad con retratos tuyos. En vez de encontrar el asesino de Franco busca a su excompañero. Es muy incoherente todo esto. Por eso deseaba hablar con usted para entender un poco este asunto –manifestó Cilmoa quien percibió mi desequilibrio emocional. Deseé levantarme y volver a la celda. Pero vi en el rostro de mi interlocutor una sonrisa apenas perceptible, como la de un niño al ver la trampa e imaginarse la caída de su víctima. Estuve en silencio unos segundos. Al final decidí, hasta donde lo soportara, seguir conversando:

-Ahora que menciona la literatura debería saber que la primera versión de un texto es un mal necesario. Suele estar muy lejos de lo imaginado. Pero por algún lado se debe empezar. Luego, la reescritura. Ese es otro tema. En cada escritor sucede de manera particular porque no hay reglas universales para este oficio. Lo mismo para la vida. A veces los lugares comunes son muy interesantes y profundos. Tal vez por ello no soy tan pesimista respecto a Lucrecia. Aprendí de las mujeres una cosa: Su amor es la primera y la última línea de la historia de todo hombre. Lo que hay en el medio es un misterio. Por ello, no me aventuraría a dar tales afirmaciones sobre el desenlace de algo que ni sospecho. Ella sabrá cómo hacer sus cosas. Por lo tanto soy el tipo menos indicado para hablar sobre sus métodos de trabajo. Pero, lo intuyo, ella no te importa. Si la nombras es para desestabilizarme emocionalmente y luego sacar a superficie lo que en verdad te interesa. Te recomendaría ser más directo e incisivo –afirmé y vi a Cilmoa acomodarse en la silla.

-Es sorprendente la manera cómo descubrió la segunda intención en mi argumento. También, es evidente que ese amor que define la historia de un hombre ya puso punto final en su historia. Pero veo que ese tema te incomoda. Podemos hablar de otra cosa. Te concederé ese honor ya que insistes en que vaya al grano. Te diré la verdad. Cuando no puedes conversar fluidamente con un pesado mejor decirle la verdad o dale un laxante. Contigo usaré la verdad porque no traje laxante. Hay algo que me inquieta y es sobre tu literatura. De verdad que no la entiendo. Es más bien leve. Está llena de lugares comunes. En muchas líneas no pasa nada. Sin embargo, es lo curioso, se lee y gusta –Cilmoa sonrió porque tropecé en su trampa. Respiré profundo. Tal vez era el momento de irme. Era lo más prudente. Pero deseaba dar la batalla. Al menos, permitirme la satisfacción de incomodarlo un poco. Moverlo de su trono y embarrarlo. Para conseguirlo debía calmarme, conservar la cordura y fingir el dominio de las emociones. Entre más cortés más desagradable. Era indispensable insinuar algunas veces y otras tocar directo la llaga. Jugar con las palabras como dardos.

-Ah… entiendo su enfado. Espero que después se disipe la discordia. Ahora que pregunta por algo específico procederé a responderle. No me centro en lo profundo, en lo que la literatura ha tratado desde el inicio de los tiempos. Me limito a contar lo que imagino y llevarlo al papel así como un director de cine lleva a la pantalla una idea. Luego, en el fondo, esos temas trascendentales aparecen sin importar lo que haga. Entonces descubro que utilizo los mismos conceptos que muchos han utilizado. Escribo sobre lo que ya muchos han escrito. Considero que los conceptos son de todos. Sin embargo, no sucede lo mismo con el estilo. El estilo es otra cosa, es una manifestación interior –agregué y Cilmoa estaba más atento. Buscaba mi punto débil para derrumbarme. Sabía que horas antes estuve gritando incoherencias en la celda. De pronto soltó una declaración mordaz:

-Creo que perteneces a la “Generación de la Superficie”, así la llamo. Son aquellos escritores que se entregaron al desgaste de las palabras, al abuso de la repetición, los lugares comunes, a la trivialidad del momento y por eso, para generar un poco de misterio donde no hay hablan del estilo, la inspiración y esas babosadas del interior –repuso con tono solemne. Lo miré un rato. En vez de meditar una respuesta, como se hace en los debates serios, acudí a la improvisación. Es decir, abrí la boca y permití que las palabras agolpadas en la garganta se atropellaran unas a otras en aire con el riesgo de producir una distorsión o, era mi anhelo, lograran una armonía celestial. No tenía otra alternativa. Era una medida desesperada. Afortunadamente las palabras fluyeron:

-Lamento que piense en esa forma. Pues, esas babosadas me han hecho lo que soy. Para mí el estilo es vital porque nace de adentro y te da una manera singular de narrar lo que sientes. En cada ser es diferente. Es como el aire al caminar. Cada persona tiene sus propios movimientos, los naturales, así como cada escritor tiene su estilo. Por ello, se puede copiar las ideas y los conceptos, pero el estilo no. Intentarlo no está mal. Se puede escribir bajo el influjo del estilo de un escritor que se admire. El caso es que al cabo del tiempo el propio estilo se anula. Se convierte uno en la sombra de un muerto y me interesa la vida. Para aterrizar más el concepto, el estilo es una particularidad individual e irrepetible que te permite fluir en el mundo interior, el de cada escritor. Ese fluir otorga espontaneidad a sus palabras. Esa espontaneidad permite que la prosa fluya –dije sorprendido. Cilmoa tampoco esperaba un diálogo tan elevado. Se rascó el mentón. Sonrió, esta vez con la risa del impotente, el que ríe para sí y busca la ofensa como última alternativa. Claro, la ofensa civilizada, en la que se adiestran los letrados: 

-Eso es puro sentimentalismo. He leído mucho y sé que entre más lea más elementos adquiero para escribir. Uno es consecuencia de lo que lee. Dime qué lees y sabré quién eres. Creo que la tarea del escritor es escribir lo que no se ha escrito. Superar a todos los fantasmas. Para eso debe competir con sus autores favoritos y sobrepasarlos. De esa manera supera los lugares comunes y gastados que tanto te gustan. Eso es lo que busco. Eso es lo que me impulsa. El sentimentalismo es un agujero negro en la obra de arte. Eres un sentimentalista, un digno representante de la “Generación de la Superficie” –aseveró satisfecho de envolver lo fétido de sus palabras en un vestido elegante. Entendí que para enlodarlo, como deseaba, debía llevar la conversación a lo más personal. Recordé que la vanidad es el talón de Aquiles de la mayoría de los escritores. La vanidad de habitar un anaquel de la biblioteca de la historia. Entonces redireccioné mis palabras:

-Lo que buscas es otra cosa. Lo que persigues es el éxito. Aunque no me desagrada, trato de evitarlo. El éxito te debilita un poco porque te roba soledad. Para escribir se requiere mucha soledad, más de la imaginada. Y si no puedes estar solo la literatura es un camino tortuoso si te acostumbras a las mieles del éxito. Digo tortuoso porque cuando llega un fracaso te derrumbas. Si persistes al fracaso entonces el éxito es inevitable. Aún en el éxito seguirás escribiendo porque no puedes hacer otra cosa. Si puedes hacer otra cosa, entonces hazla para evitar decepcionarte. Si no puedes vivir con el fracaso y la decepción es mejor buscar otro oficio –Cilmoa no respondió de inmediato, sino que miraba el techo de la choza. Tal vez di en el blanco. Él, más serio, como si tratara de defender una postura personal, tomó un sorbo de vodka. 

-Creo que vemos el mundo de manera muy distinta. Para mí ser escritor es un arte que se ejercita todos los días. Se lucha contra el lenguaje. Se vive el lenguaje. Nada de sentimentalismo. El que escribe desde la emoción es patético. Contamina la belleza del arte. El arte de escribir consiste en eliminar la emoción –afirmó. Me di cuenta de que él estaba enlodado. Así que acudí táctica de la pregunta. Como daba explicaciones de sí mismo, se podía atontar con preguntas directas, sobre todo si iban dirigidas a su espiritualidad. Claro, sin que ninguna palabra descalificadora se filtrara para que hablara hasta enredarse. La idea era llevarlo al callejón sin salida que él era. Bueno, que somos todos.

-¿Qué pasa con los sentimientos de los lectores? Ellos si tienen sentimientos, al menos, eso es lo que creo.

-Me importa un pito los lectores. No escribo para ellos. Es vanidad. Cada texto imagina a su lector. Llega por añadidura. Además, no lo conozco ni me interesa. Eso de darle al lector todo mascado es creer de antemano que el lector es un ignorante. Bueno, muchos si lo son. 

-¿Qué sucede con ese otro, el implacable, el que se lleva dentro y no se puede engañar?, ¿piensas en él cuando escribes?

-Eh… bueno… pienso… bueno… creo, mira, es que ese punto es complicado –Cilmoa llamó a un guardia. Estaba enlodado hasta la coronilla. Para la puntada final formulé una conclusión trascendental y sencilla que hablaba de la persona, su oficio y que enfatizaba su carencia. Era importante enfatizar en la carencia para que Ciloma creyera que me importaba. Y así, llevarlo a su propia trampa.

-Intenta discernir porque es clave. Creo que más que la literatura está la vida, la propia. Si algo no funciona en la conexión con ese otro, el implacable, es difícil concebir una idea clara de lo que se quiere. Trata al menos de apropiarte de tus palabras y definir quién eres y qué necesitas. ¿A qué le inyectas tú energía vital? De ti no puedes huir –concluí. Cilmoa se rascó la cabeza. La sonrisa había desaparecido de su rostro. Un guardia me acompañó a la celda. Antes de irme hice una venia porque comprobé una vez más que la ignorancia de sí mismo era la mayor vanidad del escritor de computadora. 

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El roce

>> jueves, 10 de diciembre de 2015


Efraín sabía que ella era fugaz, como esas actrices que saludan de paso y dejan esa mirada relámpago que vale oro en el recuerdo. Efraín de todas formas, hiciera lo que hiciera, no podría impedir que ella se fuera como las actrices que saludan de paso. Así que cuando ella lo miró, él sonrió y se acercó entre la gente, sigiloso. Antes de que ella sonriera a otro y le dejara su gesto como una herida dulce, Efraín la tomó del brazo y la besó. Cuando ella reaccionó Efraín había partido como un hombre que ya no tiene nada que perder al dejar todo el amor en un beso relámpago. 

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Gratitud prisma color

>> domingo, 6 de diciembre de 2015


Me hago verde con los naranjos florecidos
y gris con el terciopelo de la tarde
                        antes de que la luz
       gota a gota ablande el cuerpo.


No soy feliz
pero me siento  como el bebé que mira
                                el cauce del arroyo.







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Las edades del amor

>> lunes, 30 de noviembre de 2015


De niño ves el amor como un jardín sin zancudos
                                               en un castillo lejano.

De joven sientes el desierto, arena en las tripas,
festín de anfibios.
Te crecen cicatrices, vellos y olvidos.


De viejo encontraste que el amor si era un jardín sin castillo,
con zancudos, lagartijas y desierto.

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El olor de la luz

>> viernes, 27 de noviembre de 2015



La luz invade el espacio. Poco a poco la montaña se muestra. Los pájaros cantan en sus ni­dos. El sol es una canción dorada en el paisaje. Las mujeres con un gesto dorado besan a sus hijos. Los hombres con una sonrisa dorada beben chocolate y se disponen a arar la tierra. A los ramajes de los árboles, como espadas, los atraviesa varios rayos de luz. Uno que otro anciano ve fibras de luz en sus sueños e intenta agarrarlas con los dedos. Los perros ladran al ver a sus amos con una mochila en la espalda. Algunas gallinas revoletean por la casa en busca de maíz. El día despierta con todas sus cotidianidades. Todo vuelve a la normalidad. La brisa trae fragancias. El olor de las flo­res se expande por todo el jardín, por toda la casa, por toda la vereda.

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Para escribir

>> viernes, 20 de noviembre de 2015


Para escribir no es suficiente con peinarse con agua lluvia,
perfumarse con ausencias programadas,
acostarse en el césped y descifrar jeroglíficos en las nubes,
esperar mujer con rumor a hoja seca y versos exaltados,
robar algunos gatos a la noche para encarar el misterio,
abrir y abrir la boca para soltar palabras como halcones,
perforar el silencio a gritos…
Basta con sentir desde las tripas, desde la boca del estómago,
empuñar el bolígrafo como espada, ser ángel y demonio,
batalla y desierto, selva y muerte, memoria y olvido, vida y noche…
hasta que ardan las yemas de los dedos.

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Digamos que en tu sonrisa habita un verso mío

>> sábado, 14 de noviembre de 2015


Digamos que llegaste de una estrella lejana de una constelación que no figura en este sistema solar. Digamos que te lanzaste al vacío y después de viajar hasta dolerte la soledad, me encontrarte sostenido en el aire, como un encantamiento. Abriste los ojos al descubrir mi capa de versos que me hacían levitar. Me rondaste. Tocaste tímidamente mis versos. Digamos que alzaste uno de ellos y éste se hizo más cálido en tus manos. Lo besaste entre la “e” y “r”, donde es más sensible y lo guardaste en tus cosas. Sonreíste. Digamos que llegaste de una estrella lejana de una constelación que no figura en este sistema solar.

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Olvido en tres días

>> viernes, 6 de noviembre de 2015


Se puede olvidar a alguien en tres días si se quiso de verdad. Basta con contradecirse, hacerse el fuerte, sentir rabia, dolor, fluctuar en los estados de ánimo. Sentir hasta la tripa. Luego, sacudir las sandalias y seguir. El amor es demasiado bueno como para quedarse recordando lo que no fue. Tres días te duelo. Tres días te olvido. Suerte que la vi. 

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Si te enamoras de un escritor

>> domingo, 1 de noviembre de 2015




Antes de enamorarte de un escritor trata de identificar donde lo sientes para que no sea solo una experiencia tormentosa. Pues los escritores son expertos en las relaciones problemáticas. Por ello, antes de embarcarte en uno de estos encuentros trata de identificar donde sientes al escritor y luego decides qué hacer. 

Hay tres formas de reconocerlo. La idea es sentir. Detenerse y mirar si lo sentiste más en el plexo solar, en el corazón o en la cabeza. Después de saber esto es más fácil predecir lo que puede ofrecerte este ser extraño, solitario y sobre todo insoportable. 

Para tratar de dar una idea de lo que representa sentir a un escritor en alguna de estas tres partes (cabeza, corazón y plexo solar) hablemos un poco del tipo de escritores que ubicamos allí. No diré nombres para no herir susceptibilidades, pero si trataré de mostrar algunos de sus comportamientos. 

El escritor que se siente en la cabeza es el que trabaja con las ideas. Es el que todo el tiempo tiene una gran idea, un proyecto que revolucionará el mundo. Habla de ello con entusiasmo. Por lo general, respecto al amor, es el que lo ha teorizado a tal punto que cuando siente se contradice más de lo habitual. Por ello, busca mujeres jóvenes con las que pueda exhibir sus ideas como plumas de pavo real o mujeres mayores, de buena posición, de las que pueda obtener algún beneficio sin grandes compromisos. Pues la idea es escurridiza, volátil y muy atractiva. 

Este escritor lleva todo su potencial discursivo para sembrar un deseo en la idea del otro. Aprovecha que maneja la palabra, sabe qué efectos tiene en el otro y hace crecer una segunda intención hasta que obtiene lo que desea. Cuenta historias donde un personaje actúa como él quiere que procesa el receptor del mensaje. Crea en la psiquis del otro un modo de operar en su beneficio personal. Cuando está satisfecho vuelve a las reuniones sociales donde es un pez en el agua. 

Por lo general este tipo de escritor que va a cócteles, a reuniones sociales; es excelente conversador y se fabrica relaciones como puentes para mostrar su obra, que por lo regular está estancada. Es común que dirija talleres de escritura donde todo se hace a su imagen y semejanza. Es el protagonista de todas las historias y por ello su obra está guardada en un cajón o inconclusa porque no puede resolver la trama. Por ello, se vuelve más un mercader del reflejo que lo impulsó a escribir en un inicio que el escritor que vende de él mismo. En ese juego de la imagen atrae desde la idea, desde lo que puede subvertir en el otro; a veces corromper, con la satisfacción de que aún puede instaurar ideas en el otro. En definitiva, es el peor de los escritores, al menos el que menos escribe. 

El escritor que se siente en el plexo solar por lo regular es el escritor joven, el que está empezando a crear, el que busca temas para escribir en todo lo que vive. A veces, su sistema emocional es un desastre y es dependiente de sus amoríos, casi siempre tormentosos. Vive la herida como materia prima de creación. Hace un nudo de sus relaciones y crea divas de toda mujer que lo abandona. Como si esa sensación de frustración le diera la vitalidad para crear desde el abismo. Muchas veces logra crear páginas hermosas que incomodan al lector, que les refleja sus emociones más oscuras, las más ocultas. Él, por ser un cohete sin dirección vive el instante sin miedo a verse desnudo, indefenso, expuesto, corroído por su propio veneno. Muchas veces encuentra una mujer que lo cuida como un hijo porque le mueve el vientre, su maternidad, su instinto de conservación. Utiliza la victimización para que lo cuiden y le den afecto. Pocas veces se ha visto que uno de estos escritores logre canalizar esta desgarradura en algún proyecto creativo de gran impacto. Tal vez los malditos, algunos dadaístas y uno que otro poeta a lo largo de la historia. Por lo general es un fuego que se apaga con el mismo vigor que encendió. Se le ve en las cloacas, los antros, las plazas; solo, obsesionado con una mujer a la que le escribe como enfermo terminal. 

Por último está el escritor que se siente en el corazón. Éste ya es un hombre adulto y mesurado. Ha entendido muchas cosas de sí mismo y procura hablar poco. Sabe que lo importante es su obra a pesar de él. Va a los eventos que considera importantes. Habla poco de sí porque ya no quiere llamar la atención. Mira profundo como si estuviera extrayendo información para un posible personaje. Es atento si está interesado, si no, no es posible abordarlo porque es un experto en evadir lo que no desea. Pues, ha entendido que primero está él y sus deseos. No es bueno del todo, pero tampoco malo. Sabe que pocas veces un escritor es mejor que su obra y casi siempre es decepcionante conocer al hombre que está al otro lado de las páginas. 

Este tipo de escritor es el silencioso. Sabe que en su escondite es un animal solitario, un rumiador de sonidos, un creador de silencios. Nadie puede interrumpirlo porque ya no será tan encantador. Por eso se aísla, porque él es su propio mundo. Casi siempre es centro porque no teme estar solo. Es odiado por los escritores de la cabeza y admirado por los escritores del plexo solar. 

El escritor del corazón es difícil de encontrar. Pero si te topas con uno de ellos lo sabrás porque te hace creer que los elegiste. Que eres más eficiente que él. Sentirás, más que el registro de los sentidos una sensación fuerte que te crece en el pecho con los días. No sabrás si es amor o amistad, pero sí que es fuerte y de emociones encontradas. Te hará sentir la espontaneidad del instante porque él es más que palabra, es vibración pura. Además, no te escribirá todo el tiempo. Lo hará con la medida adecuada, en el tiempo justo, porque su palabra es su herramienta de trabajo. Se asegura, que el objeto o sujeto sentido se instaure dentro de él, donde les fluye la palabra. Si no sucede no obtendrás de él más que relatos orales y buenas conversaciones. 

Cuando está interesado sabe cómo hacer creer el deseo desde el erotismo. Conversar con él es como leer un buen libro. Descubrirás que cuando te roce con la mano ya te había tocado cada poro con la palabra. 

Si te enamoras de este tipo de escritor y soportas su soledad (que clasifica por color y tamaño), si no te intimida que todo el tiempo te esté observando, si admites que se olvide de ti por temporadas y por otras seas el ser más importante sobre la tierra… habrás encontrado un pedazo de eternidad en su historia. Tu nombre dormirá en una página y despertará con el canto de un poema. Habrás encontrado un rincón en el mundo donde te quedaras por mucho tiempo, así después, te abandone.

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Trasegar

>> sábado, 24 de octubre de 2015


A veces sientes que es necesario aquietarse y si los consideras pertinente corregir el camino. Puede ser difícil. En mi caso, por ejemplo, después de dedicarme siete meses a culminar una novela en la que llevaba trabajando varios años me quedé como un barco a la deriva: Averiado y vació. 


Lo sobrellevé de la mejor manera porque sé que casi siempre, al terminar un proceso creativo, el creador queda algo oscuro, desconcertado. Es como si de repente no se sintiera el pulso. Como si te faltara el aire y la fuerza para empezar algo de nuevo. Al menos en los procesos creativos donde la apuesta es cambiar algo, así sea un gesto.

A eso se le sumó que me di cuenta (conscientemente) de que no tenía trabajo y me sentía más inútil de lo acostumbrado. Curiosamente un amigo me facilitó un nuevo empleo. Más sorprendente que conseguir trabajo fue reunir los papeles requeridos. 

Es un camello hacerse apto para un trabajo. Entre los requisitos se pedía un certificado médico. Asistí a una clínica y me atendió una mujer de unos 40 años. Era delgada y reservada. Bajo sus gafas miraba a sus pacientes como cifras en una ecuación matemática. 

Ella me preguntó la edad y le respondí que tenía la edad indicada y que estaba en mi mejor momento. Ella me miró seria. Tal vez creyó que estaba buscando una aventura con ella. Guardé silencio. No quise explicarle que tener la edad indicada era admitir que estar sano es la fuerza más profunda de la atracción. Es la señal de que uno se hace elegible para asegurar la evolución y la postergación de la especie.

Después de un examen exhaustivo, de caminar en puntas de pies, en talones; de abrir la boca, aguantarse las cosquillas, pararse como un exiliado de sí mismo; la doctora admitió que yo estaba bien. Las orejas estaban donde deben ir las orejas. Lo mismo los ojos y la nariz… Al final se alegró de tratar a alguien que no la necesitará. 

Salí del consultorio contento de saberme sano y sentí la posibilidad de lo que era. Sereno y manso, contemporáneo de las flores me hago visible a la semilla que aguarda. Después miré al cielo. Cerré los ojos y me dejé guiar, sin rumbo, por los pies.

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Reflejo mutuo

>> sábado, 17 de octubre de 2015


Ya te respiro. Sé que estás atrás del suspiro. Tu olor te delata. Digo tu olor porque sé de flores y por ello puedo identificar ciertos aromas, besos, abrazos y caricias. Las flores me han dotado de una sensibilidad que me permite mirar más allá de las cosas. No es que sea clarividente es solo que soy intuitivo. Ese no sé cómo que me hace percibir cosas en el otro es lo que me permite sentir que a ti también el amor te llama. Cuando el amor se nombra en lo más íntimo del ser emerge en una espiral de luz para percibir eso que se aproxima, eso que es a fin a tu campo energético o lumínico.

Ya viste las coordenadas de mi abrazo. Te invito a volar. ¡Abre las alas! Permite que el viento te lleve. Es hora de que confíes en la bondad del universo que todo lo organiza a su antojo. Permítete nadar en la fuente inagotable de luz que te otorga una felicidad a prueba de tristezas e insectos molestos.

En ese amor creceremos como bosque. En este amor florecemos juntos. En mí verás un abrigo para el frío y una hoguera para la noche. En mí podrás desnudarte y al tiempo notarás en ti bombillitas azules que te iluminan. Lo más seguro es que te llenes de flores. Entonces respiraré profundo para que mis suspiros, como abejas, se hagan contigo intimidad. 

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Fluir

>> sábado, 10 de octubre de 2015



Aprendo viento a romper las cadenas que fabrican los que se proclaman “buenos ciudadanos”. Estas personas en su idea de “buenos ciudadanos”, los ejemplares e incorruptibles atentan, con la rigidez de sus actos, contra lo espontaneo. Son ellos los que han reducido notablemente la fascinación de caminar sin rumbo. Son, gracias a su idea del bien y del mal, los conserjes de baratijas en desuso, las buenas costumbres echadas a perder. 

Rompo las cadenas. Rompo con las ideas que tienen de mí. Rompo con las esperanzas puestas en mí. Rompo con lo que creo de mí. Rompo con lo que no he sido de mí. Voy terrible y vital. Voy sin rumbo hacia la selva frondosa de lo nuevo.

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Patricia Correa, la maestra de promoción de lectura que hizo amenas las salas de espera

>> sábado, 3 de octubre de 2015





“Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.
Khalil Gibran

Hace meses escuché decir que un maestro es aquel que responde directo a las preguntas, sin rodeos. Es aquel que da con gracia lo que con gracia recibió. Esta acepción es precisa para la socióloga Patricia Correa. La mujer que hizo de los ambientes hospitalarios un espacio propicio para la promoción de lectura infantil.

Debido a su trabajo y el proyecto “Palabras que acompañan” (auspiciado por el laboratorio GlaxoSmithKline) Patricia aprendió sobre la relación del sistema de salud, las tensiones que se generan en los hospitales y clínicas y logró que los padres se dieran cuenta, en espacios no convencionales, que a los niños les gusta los libros y que muchas veces los entretiene más que un televisor. 

El proyecto de “Palabras que acompañan” empezó en abril del 2002 en doce instituciones en Bogotá, ahora están en quince. Progresivamente se abrió en ciudades como Medellín, Cali, Manizales. En el 2003 se extiende a Cartagena, Barranquilla y Bucaramanga. En el momento atienden 43 hospitales. El 90% de las instituciones son públicas. Aunque también están en centros privados. Los niños, según la socióloga, cuando están enfermos siguen siendo niños sin importar el estrato. 

Patricia estuvo en el Parque Biblioteca San Javier, Medellín, dictando el primer Seminario Taller: Primara infancia y espacios para la lectura en ambientes hospitalarios que organizó el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia. Al evento, el primero que se hace en el país, acudieron bibliotecarios públicos, algunos agentes educativos y culturales. 

Para que esta experiencia llegue a otras personas, porque toca el alma, toca el corazón, toca la tripa (como dice ella), le hice una serie de preguntas que ella muy amablemente contestó. 


¿Cómo sería una educación inicial para que un niño sea un ser íntegro?

El problema es pensar la educación por estancos. Es decir, por un tiempo es competencia de unos miembros de la sociedad. Llámese la familia o las personas a cargo de los niños más chiquitos hasta que los reciben en los jardines infantiles. En ese momento los papás asisten a las reuniones y están pendientes de los procesos de sus hijos. Pero van creciendo y los papás asisten menos. Cuando el proceso educativo es un proceso de transmisión porque todos los que llegamos antes tenemos el sagrado deber de transmitirle lo mejor de nuestra cultura a los que recién llegan para que se integren de la mejor manera. Pienso ese proceso en estancos: La familia, el jardín, la escuela y luego uno los suelta. Pero no es que se les suelte del todo porque los niños siguen vinculados fundamentalmente a la familia. A lo que voy, es que la educación no es solo inicial sino para toda la vida. No es solo por momentos o por funciones sociales sino un proceso de transmisión de siempre. Por eso, cuando se piensa en la primera infancia se piensa en la familia. 


Hablabas de la responsabilidad como resultado de una decisión. ¿Podrías ampliar el significado de esa frase?

Cada uno de los que estamos aquí tenemos una cuota de responsabilidad. Es decir, los niños son responsabilidad de toda la sociedad. Desde que se decide tener un hijo, deseado o no deseado, ojala deseado, se adquiere una responsabilidad que se acaba con la muerte del padre o la madre. El vínculo emocional y el papel de la construcción psíquica del otro continúan. Por ello, los valores se aprenden con modelos coherentes de respeto o el ejemplo. Es decir, uno tiene que asumir sus responsabilidades. La misma palabra lo dice, “responsabilidad” significa: Responder por las consecuencias de una decisión o acción que uno esté realizando. Ahora, las responsabilidades no son culpas. Si me sitúo en el terreno de la culpa no hay salida. Pero si me sitúo en el campo de la responsabilidad encuentro soluciones. Además, las herramientas para asumir la responsabilidad cambian. No es lo mismo la responsabilidad cuando tienes veinte años o todo lo que sabes cuando tienes sesenta. Por eso es que en las comunidades de antes, ya no tanto, los más viejos eran los más escuchados. Ya les había pasado un montón de cosas y habían enfrentado un montón de responsabilidades. Por eso, cuando decido tener un hijo asumo la responsabilidad de esa decisión. Lo otro, es que los papás creen que si castigan al hijo lo van a traumatizar, lo mismo si lo consienten demasiado. Cuando un padre se pone en ese plano se ubica en el terreno de la culpa. Y para evitar la culpa los papás han ido entregando y delegando su saber. Es una cosa gravísima pensar que los papás no saben. Por eso, hay que devolver a la familia su saber en la crianza y en el acompañamiento del desarrollo del nuevo ser. ¡Si sabemos! ¡Está en los genes!


Dictaste, a nivel país, el primer Semillero Taller: Primera infancia y espacios para la lectura en ambientes hospitalarios ¿Cuál es aporte a la sociedad con este Semillero Taller?

En este taller se toca la relación con la familia y con los otros miembros de la sociedad: Bibliotecarios, maestros… Mostrando que también otras personas pueden aportar al proceso. Alguien dice, no recuerdo el nombre, que donde hay un niño hay un adulto. Es decir, el bebé no se puede mover solo. Las crías humanas son mucho más dependientes que cualquier otra cría. Los niños no tienen la posibilidad de independizarse de sus padres como sí se independizan otras crías. Su supervivencia depende por lo menos de un adulto. Por eso, un taller como este, que se propone desde la Biblioteca Nacional y desde el Ministerio de Cultura sobre lectura en la primera infancia sabe que pasa por la familia. Esta comprensión permite decirle a la familia que desde que nace el bebé hay que acompañar a los padres. Conectar con la sensibilidad de ese adulto para que pueda transmitirla al bebé. Entonces se crea un espacio para los padres y los hijos diferente al de la cotidianidad, diferente al del lenguaje fáctico. Esto da permiso al lenguaje del relato. Entonces los papás encuentran que tienen historias que le pueden contar a sus hijos de cuando eran pequeños. A los niños les encanta saber que los papás también eran pequeños. Así se enamoran de la lengua del relato que es la que después encontrarán en la literatura impresa, en el cine. Además, entienden que no se tiene que ser cantante de ópera para cantarle al niño y arrullarlo. Un ejemplo, en una entrevista a Maurice Sendak, autor de “Donde viven los monstruos”, dice que cuando su padre le leía lo tenía sobre sus piernas y que él asocia la lectura con el olor de su papá, con el calor de su papá. Y si eso les pasa a los niños es algo que nunca van a olvidar. Esa sensación queda en el cerebro, en el corazón y en la tripa. Claro, eso no quiere decir que ese niño se vuelva el superlector, pero su relación con la lengua es fuerte en todas sus dimensiones. 


Mencionaste en el taller que los arrullos se acabaron. ¿Cómo es eso?

Cuidado, no estoy diciendo que no hay música para niños. Hay nueva música infantil latinoamericana. Es un movimiento muy serio. A lo que voy es que en todas las culturas humanas existe el arrullo a los niños. Hay referencias desde los neandertales. Los arrullos son un hacer que se transmite oralmente de generación a generación y se transformaba con las interrelaciones culturales. En nuestros arrullos hay información de nanas de los españoles del año 1.500. También hay arrullos que se rastrean desde México hasta Argentina y que en los distintos países tienen variaciones rítmicas y en sus textos. Claro, esto se da mucho más desde el lado femenino. Pues los abuelos contaban los relatos de miedo y de cómo era que se hacía antes y ahí transmitían un montón de valores. Pero el canto era más femenino. Por lo menos el canto de la nana y el arrullo. Por ejemplo, la niña que era arrullada a la vez arrullaba a las muñecas, luego a sus hijos y nietos. Eso permitía continuidad. Pero, cuando la mujer se incorporó a la fuerza laboral fuera de casa ya no le quedó tiempo para los arrullos. ¿A qué horas esa mujer va a cantar? Por ello, a muchas de las mujeres de ahora no les cantaron. Eso no se les transmitió ¿Cómo van hacerlo? Como se sabe el oído es el primer y el último sentido que se cierra. Entonces el bebé oye la champeta desde que está en el vientre. Lo duermen con la champeta y el vallenato y ese es su mundo sonoro. Cuando la nana y el arrullo cumplen una función importante y es calmar, tranquilizar y conectarse con la emocionalidad del bebé. Los arrullos son vitales para el desarrollo inicial de los primeros meses del niño, la construcción de esa psiquis inicial, del vínculo del bebé con la madre… y eso no está en la champeta ni en ninguno de esos ritmos populares. 


Tu profesión es la sociología. ¿Por qué nunca la ejerciste? 

Salí de bachillerato y quería ser la primera Jacques-Yves Cousteaude de Colombia y por otro lado amaba leer. Quería estudiar Biología o Filosofía y Letras. En la Universidad de Antioquia inicié Biología. Hice cuatro semestres y al tiempo ingresé a la Escuela de Artes de la universidad a estudiar teatro. Llegó un momento en que la escuela se cerró para transformarse en facultad. Por esos días, en Biología, nos llevaron al nacimiento del río Medellín a tomar muestras. Luego, pasamos un semestre completo analizando las muestras de un solo día. Fue cuando entendí que eso no era lo mío porque necesitaba la gente y estar afuera. Tampoco seguí con el teatro porque cerraron la escuela. No quise esperar, menos en los 70 con lo que estaba pasando a nivel político en el país. Entonces decidí estudiar Sociología porque ofrecía un trabajo cultural y social importante. Aprendí mucho. Por ese tiempo también me casé y tuve mi primer hijo y empecé a trabajar medio tiempo en la guardería Mirringa Mirronga con María Cristina Gómez. Allá descubrí la maravilla de trabajar con los niños. María Cristina fue una gran maestra. Tengo una imagen de ella. Siempre preguntaba quién quería hacer tal cosa, sin obligar a nadie. Ella decía: “¿Quién quiere venir conmigo a leer? Ella tomaba un libro de poesía que no tenía muchas ilustraciones. Ella se ubicaba en un rincón de un patio y todos los niños iban a escucharla. No había nada que compitiera con María Cristina, ni la arenera. Eso me mostró lo que quería hacer.


¿Cómo llegas a trabajar con ambientes hospitalarios?

Me fui de Medellín. Viví en Cali. Estuve cerca del grupo de Gloria Rincón. Allá los niños eran los que marcaban el ritmo y tomaban muchas decisiones. Por ejemplo, hicimos un libro y los niños lo escribieron a mano. Entonces se preocuparon por la caligrafía y la ortografía porque los iban a leer. Descubrieron que la ortografía tiene sentido, igual que un semáforo en rojo. Es decir, entendieron que la norma tiene sentido. Pero cuando la norma no tiene sentido o no te la explican, entonces no la entiendes y la violas. Y la ortografía, la morfología y la sintaxis tienen la función de que el mensaje llegue claro. Eso lo entendieron niños de siete años. Comprendí que los niños se comprometen con sus procesos de aprendizaje cuando hay sentido. Después me trasladé a Bogotá y llegué a ACLIJ (Asociación Colombiana para el Libro Infantil y Juvenil) que hoy es Fundalectura. Allí encontré a María Elvira Charria, una gran maestra. María Elvira, estando en el CERLALC (El Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) junto a Geneviève Patte, una bibliotecaria francesa, y con la gente de CONACULTA (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) en México, construyen el proyecto: “Leamos de la mano de papá y mamá”. Geneviève Patte fue la directora de una biblioteca en un barrio a las afueras de Paris y trabajó una propuesta integral desde la biblioteca hacia la comunidad involucrando a la familia. También con el trabajo de ACCES (Acciones Culturales Contra Exclusiones y Segregaciones) se empieza a promover la lectura en espacios no convencionales, pero donde estuvieran los bebés con las familias. Así involucrar a la familia en un espacio donde haya un reconocimiento del niño como lector. Entonces lanzan, a partir de la propuesta de Geneviève y de ACCES, la propuesta de “Leamos de la mano de papá y mamá” para América Latina. En ese encuentro había gente de Argentina, Venezuela, Ecuador, Panamá, Nicaragua, Honduras, Colombia y México. Luego, nos seguimos citando una vez al año en México con Geneviève a trabajar los componentes del programa. La condición era que cada uno de los participantes abriera una sala para replicar lo aprendido. Por Colombia estuvimos Graciela Prieto del Ministerio de Cultura y yo. En ese entonces tenía a mi hijo muy chiquito y su pediatra era la directora de pediatría del hospital de la policía. Le dije que quería leer en el hospital y aceptó. Empecé a leer en la sala de espera. Además, el tiempo de la enfermedad es un tiempo de espera. Esperas a que el médico te atienda, esperas los resultados del laboratorio, esperas el efecto del tratamiento, esperas a que todo funcione; es una espera que a veces es muy larga, es una espera atravesada por angustias, dolores físicos y emocionales.


¿Cómo inicia tu manía por comprar libros infantiles?

Empezó con la voz del relato de mi madre. Ella me contaba historias todas las tardes. Para ella es una urgencia leer. Mi papá leía mucho la prensa. En una época de problemas económicos él llegaba por las noches y nos leía un libro maravilloso que después me enteré que era Las mil y una noches. A él le encantaba comprar libros. Después, cuando mejoró la economía, tenía muchos libros en la casa. Yo tuve libros ilustrados. Leía en el quicio de mi casa. Me hice lectora. Tanto que me volaba de clase para leer en la biblioteca. En el bachillerato me leí los rusos. En la universidad descubrí los libros de fotografía y los de arte y me pasaba tardes mirándolos. De ahí surge esa fascinación por los relatos y por la imagen. Además, veo mucho cine. Entonces, cuando los recursos lo permiten empiezo a comprar libros infantiles. No compro sin evaluar. La idea es donar esos libros, quiero que sean un fondo para una biblioteca infantil. 


¿Cuál es el libro que más has regalado?

Para adultos el libro que más he regalado es Amor en los tiempos del cólera. Es para mí, el libro por excelencia de Márquez. Ese libro es un tratado sobre la mujer, sobre lo femenino. De investigación, Lecturas: del espacio íntimo al espacio público de Michele Petit. Y el infantil que más regalo es Todo lo que deseo para ti de Henrike Wilson y Jutta Richter.



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El derecho a leer

>> sábado, 26 de septiembre de 2015



Se sabe que las personas que no leen ni escriben no tienen las mismas oportunidades. Pues no cuentan con palabras para nombrar sus fluctuaciones emocionales, laborales o espirituales. Por algo decía Santa Teresa: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido". Por ello, si el mundo es tan grande según las palabras que tengamos para nombrarlo, la lectura permite abrir un abanico de posibilidades para interactuar con ese mundo que a veces nos abruma. 

Pero no solo leer para llenarse de información sin uso práctico. Mejor leer para intentar entender lo que ocurre con uno y con el pedazo de mundo que habita. Pues, la palabra cargada de sentido, la que está atravesada por la experiencia, se filtra en la sangre. Entra a rincones insospechados. Es un canal por el que pasa información que queda, como una semilla, germinando. 

Además, la lectura no debe ser un deber. De ser un deber, de hacerse por obligación, se perdería el goce y la opción de que sea un derecho. Por ello, para revindicar ese derecho tan desvirtuado por muchos, recordaré Los diez derechos del lector de Daniel Pennac: “El derecho a no leer; el derecho a saltarse páginas; el derecho a no terminar un libro; el derecho a releer; el derecho a leer cualquier cosa; el derecho al bovarismo (Término alusivo a Madame Bovary, la protagonista de la novela homónima de Flaubert, lectora compulsiva y apasionada de novelas románticas); el derecho a leer en cualquier sitio, el derecho a hojear; el derecho a leer en voz alta; el derecho a callarnos.

De esta forma, devolverle el poder al lector para que afirme su vínculo con los procesos de lectura y así asuma la lectura como un regalo del universo. La lectura que despierta las propias palabras. Las palabras que nos habitan, nos mueven y luego dan testimonio de vida. Palabras que muchas veces desembocan en la escritura, en la construcción de un mundo donde el lector se decubre. Ojala siempre fuera así para que la pluma, como decía Cervantes, sea la lengua de nuestra alma. 

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Reconocimiento del otro

>> domingo, 20 de septiembre de 2015

¿Quién alza mi mano cuando alzo la mano?
Muchas veces no soy yo el que empuña el lápiz
deletrea palabras
y da sentido a una idea.
Tampoco son mías las imágenes que me atribuyo.

Soy más de lo que imagino
más de lo que soporto
más de lo que nombro
para fijar un poco mis límites.

A veces, perturba admitirlo,
no soy el que soy cuando escribo.
Otro alza mi mano
La desliza sin titubear, segura y firme
                                  sobre la página.
Las palabras brotan como agua.

Esa imagen frágil que tanto me gusta de mí
                                        se quita del medio

y comprendo que entre menos sea
más soy el que soy cuando alzo la mano
que empuña el bolígrafo.


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Medellín, un pueblo grande con el anhelo de ser una metrópolis sin buses

>> domingo, 13 de septiembre de 2015




Son muchos los esfuerzos para mostrar a Medellín como una ciudad moderna. Esto ha llevado a grandes transformaciones que la perfilan como una metrópolis en pequeño formato, pero al final metrópolis. Por algo se leen noticias asombrosas como la reestructuración del sistema de transporte público, cuando en el momento, debido a las obras de infraestructura que se construyen simultáneamente, Medellín es un caos vial. 

Se dice que llegarán a la ciudad nuevos buses a gas y entrarán a operar a finales de este año. Incluso, una empresa, Transmedellín, firmó el primer convenio para darle inicio al proyecto de Transporte Público de Medellín (TPM). 

Los buses tendrán internet gratis. Los usuarios podrán ver en sus celulares la ruta, los asientos disponibles y los minutos que tardará en llegar a la parada. Ante esta iniciativa saldrán 1.068 buses de circulación. Quedarían 1.898 buses de los cuales 618 llegarían al centro. 

Se afirma que esto descongestionará la ciudad. También que ayudará con el cuidado del medio ambiente. Sin embargo, es sabido, no comentado, que con la construcción del metro el rio se redujo y con los días se erosiona. Antes, en tiempos de los padres de nuestros padres, la Villa de la Candelaria era un parque natural donde la gente se podía bañar. Otro factor preocupante es la tala de árboles para los proyectos de infraestructura, pero no solo en la ciudad, sino en todo el departamento. Asusta que en Antioquia se tale un promedio de 25 mil hectáreas de árboles al año. Y sin árboles ¿cómo se puede cuidar el medio ambiente?

Respecto al impacto de estas iniciativas recordemos que hace algún tiempo se publicitó los alimentadores del Metro como una alternativa inmejorable para el usuario. Pero, los alimentadores del sector Belén y Aranjuez generaron un descontento en la población y ocasionó que aumentará el transporte informal al retirar los buses de la zona. 

Ante este panorama desconsolador por un lado y prometedor por otro, decidí hacer un recorrido en bus porque crecí viajando en buses, y pese a los malos ratos que a veces generan los conductores cuando conducen como en una pista de carreras o te obligan a escuchar reggaetón o peor aún, a Don ebrio y a Olímpica; considero que muchas de nuestras historias están ligadas a los buses. 

Los buses

Los buses son esos animales urbanos que recorren la selva de concreto y sus bocinas nos recuerdan que ellos son los dueños de las vías. Su ruido es el grito metálico que pide que no los olviden cuando Medellín pase de ser un pueblo grande a una metrópolis. Pero, en ese afán desaforado de la ciudad futuro desaparecen los espacios socializados. Es decir, se pierde la identificación del ciudadano con el espacio que habita. Por ello, al desaparecer los buses se pierde parte de la identidad. Aunque, hay ciertos buses que parecen trenes de carga tosiendo monóxido de carbono y son una amenaza pública. 

La ciudad que no quiere los buses al final termina pareciéndose a todas las ciudades del futuro. Las ciudades descongestionadas, en las que abundan los puestos de comida rápida, los museos, los bares, los semáforos, los hoteles… que con las reformas arquitectónicas y los avances tecnológicos buscan situar, tanto al citadino como al visitante, en lugares transitorios donde el tiempo sea fugaz, donde se pueda concebir una idea general y vaga del espacio, donde se permanezca poco y se frecuente mucho, donde la sensación se constituya desde lo abstracto, donde los aeropuertos y las terminales de transporte sean un mercado fructífero. La gran ciudad de avenidas y lugares estratégicos de paso. Esa ciudad no necesita los buses.

En la 92 con la 35, Belén, abordo un bus B. Cristobal, un mastodonte al que le suena la pintura. Es de esos buses que rugen y dejan una línea de ruido en el aire y es un peligro para el pasajero.

Para el ejercicio de reportería dispongo el oído. Se sorprende uno con los diálogos. Podría hacerse una radiografía de la naturaleza humana. Por ejemplo, en San Juan se suben dos señoras robustas y empiezan una conversación en la que otros pasajeros participan. Las señoras afirman que los hombres son materia. A ellos les interesa la carcasa. Es decir, piernas, tetas y culos. Desde esa perspectiva construyen todas sus relaciones. Ellos no son sensibles y lo hacen creer. Pues, los hombres dicen piropos sin pensar ni involucrar el corazón. En cambio la mujer siente. Otro pasajero agrega que los hombres si sienten, pero después de cierta edad, cuando se ven viejos y solos. La conversación toma otros matices. Me bajo en el centro. Camino hasta la Oriental, frente al Éxito San Antonio. Pienso en las palabras de esas señoras. De un momento a otro veo más senos de lo normal. Hermosos y ocultos. Piernas que paralizan el tráfico. Respiro profundo. 

Pocas veces se encuentra pasajeros con la filosofía de esas dos señoras. Pero los hay. A esos pasajeros se les conoce como los “transgresores”. Son el tipo de personas que rompen con la rutina del bus, que muchas veces es aplastante debido al cúmulo de cansancios. Hablan para todos así se dirijan a una persona. Entre ellos el campesino que grita por celular como si eso sirviera para recortar la distancia, el negro con audífonos que canta creyendo que nadie lo escucha, el jubilado que recuerda las calles cuando era joven, la pareja de novios que se empalagan de besos y caricias, las señoras o señores que por un motivo cualquiera amanecieron de buen humor y hablan de manera espontánea. 

Hay otro tipo de pasajeros, los “automáticos”. Son los que viajan a diario como si fueran a una condena. Establecen una rutina de lunes a viernes y aprovechan el bus para dormir, olvidarse del trabajo, de las responsabilidades, de la mirada de los hijos que los esperan con la boca abierta. Estos son los más comunes, los que contestan con monosílabos porque desconfían de su suerte. Creen que los días son el mismo día repitiéndose a diario, como una pesadilla. Van sin brillo en los ojos, esperando el día de pago. Se habitúan a sus preocupaciones en un vehículo en movimiento. En su quietud móvil aprovechan para no ser y se desconectan de su realidad. Entran en una especie de neblina que los envuelve. Sin embargo, son los clientes de los venteros ambulantes. 

Los venteros 

Utilizan sus artimañas para ganarse la vida. Pues los “automáticos” pertenecen a la clase social trabajadora, la que se gana la vida honradamente con el sudor de la frente. Y los vendedores buscan la forma de desviar las monedas del bolsillo de los “automáticos”. Lamentablemente son poco ingeniosos. La mayoría se aprenden un discurso y lo repiten. Ponen voz de payaso retirado y ofrecen sus productos. Utilizan frases como: “Perdone que lo incomode señor pasajero…”, según el sentido de la frase, si quieren que los disculpen entonces no deberían incomodar y así no tendrían que pedir perdón. Otra: “Recibir no es comprar”, y si no recibes dicen que recibir muestra nuestra cultura y decencia. Atribuyen a la palabra “cultura” un compromiso mercantil que repele con la palabra “decencia”. Otra: “Quien desee colaborarme Dios le ha de pagar”, como si Dios fuera el director financiero de los venteros asociados o el dueño de una cadena de baratijas de todo a 5 mil. Cuando el discurso de Dios no funciona dejan entredicho que si no compras tal vez los encuentres en una esquina delinquiendo y es culpa tuya. 

Con el discurso de Dios cuentan sus historias de vida, muchas de ellas inventadas. Ejemplo, cierto día un vendedor contó que salió de las drogas gracias a Dios. Repartió salmos en fotocopias y recogió algunas monedas. Después, otro día, dijo que nunca había estado en las drogas y se subía a los buses como una persona de bien para ayudar a muchas personas que si estaban en las drogas. Otro recitaba el salmo 91. La voz se le quebraba y se le olvidaba algunas líneas. Nadie le colaboró. Enojado confesó que le faltaba 2 mil para el cuarto de ron, cuando afirmó que educaba a sus hijos. Uno más, en Niquia, vende maní y chocolatinas. Dice que necesita dinero para estudiar y ayudar a su hermano que se prepara para ser sacerdote. Una tarde lo encontré en un centro comercial. Entró con una mujer joven al almacén en el que yo estaba. El vendedor gastó una suma considerable. 

No todo es desconcertante con los venteros. También existe otra minoría, los “artistas de la calle”, los que revindican el viaje en bus. Estos asombran por su recursividad. A ellos se les recuerda porque te sacan del aturdimiento de la rutina. Una vez, en un Circular Coonatra, el bus que más vueltas da, un hombre se subió y con un par de cucharas en su cuerpo tocó el himno nacional. El himno que, en particular no me identifica como colombiano, en el cuerpo de ese hombre me despertó cierto patriotismo tardío. 

Con el recuerdo del hombre de las cucharas abordo un bus de Buenos Aires. Una mujer discapacitada se sube. Dice que canta feo, pero eso no le importa porque ella quiere trabajar para educar a su hijo. Su voz quebrada, averiada, aturde. Ella cierra los ojos. Al final agradece. En una silla cuenta las monedas. Cambia con el conductor 12 mil pesos. Le pregunto por su hijo. Ella afirma que tuvo una aventura con un hombre adinerado porque deseaba ser madre. Luego se fue. Concluye que ser discapacitada no la hace menos mujer. 

De regreso a casa abordo el último bus después de atravesar la ciudad donde la primavera se envuelve en papel celofán y el bochorno se arrastra por el pavimento buscando un poco de sombra. Cansado, desde la silla, observo un señor de bozo espeso, trigueño y distinguido. Él lee el periódico mientras chupa una paleta. Un indigente se ubica frente a él. A través de la ventana le señala la paleta. El hombre lo ignora. El indigente toca de nuevo el vidrio y señala la paleta. El hombre se enoja y lo mira a los ojos. El indigente sonríe y señala la paleta. El hombre se ríe y se la pasa por la ventanilla. El bus arranca. La última escena me conmueve. La determinación es, a veces, insolente, pero satisfactoria. Miro la ciudad y los buses que la recorren e imagino el sinnúmero de historias que se olvidaran al finalizar el día.

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Juicio

>> sábado, 5 de septiembre de 2015


Al caer el sol el viento recoge las palabras que no pronunciamos y debieron decirse. Cada tarde los pájaros vuelven a los árboles y nosotros, los entendidos, en letargo, en vano abrimos la boca. Cada noche al salir las estrellas el instinto se mira al espejo, se acicala y se perfuma cuerpo entero. Sonríe al encontrar en nosotros las palabras gastadas y disfruta al vernos indefensos, a merced de lo más básico. Cada tanto al caer el sol, cada día al caer la tarde, cada tarde al llegar la noche, cada noche con sus grillos callo y abrazo al instinto, callo y dejo ir al instinto, callo y trituro con los dientes las palabras gastadas, callo para escuchar la palabra justa, la que calibra el corazón en silencio.

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Salir del clóset

>> domingo, 30 de agosto de 2015


Alfredo desde pequeño se sintió atraído por los colores resplandecientes. Jugaba con muñecas y una máquina oxidada en la que imaginaba confeccionar los vestidos que se pondría. Sin embargo, se cuidada de no ser descubierto. Apreciaba tanto a su padre que no quería decepcionarlo.


Su padre era rudo, amoroso, y muy exigente. Era a la vez madre porque la progenitora de Alfredo se fue de casa y jamás regresó. En las tardes jugaban a la pelota. A pesar de su ineptitud para el futbol su padre imaginaba verlo jugar en algún club. Una mañana en que lo llevaba a matricularse en un semillero en las ligas menores del colegio se encontraron con dos ladrones quienes hirieron de muerte al padre. Alfredo lo vio morir.

Ese recuerdo de la infancia le agrietó el corazón. Lo endureció como si fuera de roca. Enterró las muñecas. Creció sin admitir lo que anhelaba en sus tripas. Cada que intentaba hacer lo que deseaba llegaba de pronto la imagen de su padre y se paralizaba.

Cierto día, cuando ya era adulto, tenía 28 años y trabajaba de administrador en un supermercado, se encontró con dos hombres que lo amenazaron. Él alzó las manos. Uno de los rufianes más que requisarlo lo palpó, lo tocó. Luego sonrió y marchó con el otro rufián. Alfredo lloró y recordó a su padre, las muñecas, los colores resplandecientes… Sus lágrimas ablandaron la roca que tenía al lado izquierdo de su pecho. Sintió una mezcla de sentimientos encontrados al recordar las manos del ladrón. No estaba del todo ofendido. Tampoco tranquilo. No entendió lo que le ocurría. Lo único que sabía con certeza era que no volvería a su trabajo ni a su apartamento. Así que se dirigió a un cajero y retiró sus ahorros. Antes de dirigirse a la terminal de transporte entró en un almacén y compró varios calzones y encajes de mujer. 

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El sembrador

>> viernes, 21 de agosto de 2015


Remuevo la tierra. La desmenuzo hasta dejar una superficie arenosa y suave. Con las manos voy formando los surcos. Luego, busco en los bolsillos las semillas de girasol que voy depositando en los montoncitos de tierra. A cada semilla le pongo una intención. Si la intención es fuerte los pájaros darán la señal, de lo contrario la tierra hará su trabajo. De esta manera por cada brote recibo algunas palabras que me ayudan a vivir en armonía con mis seres queridos. Después, remojo y me siento a observar el huerto, donde la posibilidad es una flor que espera ser polinizada.

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Dolor de bragueta

>> martes, 18 de agosto de 2015



 Aprovecho ahora que estamos aquí sentados, en esta mañana fría, con estas dos tazas de café para contarte algo que me aflige.

  Si, dime.

   Resulta que hace unos días discutí con mi compañera y por orgullo no quise conciliar porque a veces uno es terco y prefiere sostenerse en el error por miedo a demostrar que es débil. Sé que fui muy testarudo, claro, ella también fue grosera.

   Ahora que mencionas lo de tu mujer, estimado colega, reconozco que en pareja uno es otra persona. Me explico, con los conocidos uno es más fuerte, hace chistes y aparenta que es el que maneja la relación; pero con los amigos, los verdaderos, uno entiende la intimidad como un voto de confianza donde se puede contar los secretos más dolorosos sin sentirte juzgado. De ahí que solo a los amigos uno les confiese que en casa la mujer es la que gobierna. En definitiva, nos mentimos al creer que entendemos la naturaleza de las mujeres: ellas  son extensas y profundas como el mar y por más que uno se sumerja solo alcanza a conocer unos cuantos metros. Llegamos solo a columbrar sus emociones, como corales, donde sus pasiones y deseos se alimentan como pececillos de colores.  Hasta ese punto puedo hablar de ellas, pues las veces que he intentado zambullirme a fondo ese mar sufre fluctuaciones que originan grandes olas y me obligan a buscar la costa.  

   Es cierto. Por lo que dices, has vivido lo mismo y creo que entiendes el significado de la crisis. Durante años de relaciones he formulado una teoría: la crisis es como un crisol donde se funden los desencuentros y los resabios personales, luego del crisol la crisis pasa a convertirse en una espacie de flor de cristal con hojas de vidrio donde se evidencia el cambio y llega la luz del sol que es Cristo. Cuando eso sucede la relación muta casi siempre para algo mejor, es decir, se da un paso adelante y no atrás. Pero esta vez fue al contrario. Sí, como lo oyes, después de la discusión ella en la madrugada se introdujo bajo las cobijas y ya sabes: la voluntad es frágil cuando la piel es seducida. 

   Entiendo, es complicado, espera asimilo las cosas. ¡Ah! por lo que observo ella te demostró que su inteligencia emocional es más eficaz que la tuya y se aprovecha de que no eres consecuente. No arrugues el ceño compadre, eso nos pasa a todos, a lo que voy es que te contradices al pensar y decir lo que no haces.

   Es precisamente eso lo que me atormenta porque no puedo resistirme a ella. Y no te sientas superior porque sé que tú tampoco te negarías al sentir el cuerpo desnudo de la mujer amada, sus senos del tamaño de los duraznos presionando tu estómago, sus labios húmedos sobre tus tetillas, sus manos insolentes buscando tu cetro de poder...

   Perdona te interrumpo, reconozco tu situación y creo saber qué fue lo que falló. Después de darle tantas vueltas a este asunto tengo la certeza de que te faltó carácter para decirle “no”. Por consiguiente es que ella con su sensualidad puede coartar tu discurso y hacer lo que se le antoje contigo...

   Eh, bueno, no creo que sea del todo así, eh, puede ser que también yo quiera que ella me busque y de esa forma sentirla más cerquita…

  No te justifiques querido hermano porque de nada sirve esta conversación. Estamos tratando de entender lo que sucede, para eso debemos sincerarnos. Por ello, en mi humilde opinión, con tu historia he mirado la mía en retrospectiva y he visto que también yo digo y pienso lo que no hago. Duele aceptarlo, me tiembla la voz, pero es necesario reconocer que tanto tu mujer como la mía han descubierto nuestros lados débiles y en su insondable misterio ellas han entendido nuestro “no”, tal vez en su acepción más acertada, como una invitación urgente a hurgar bajo la bragueta.


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Amenaza

>> miércoles, 12 de agosto de 2015



   Martín, ahora que tienes el filo de mi machete sobre tu garganta ¿Cómo escaparás?

   Soñaré otra cosa.


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