Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


El don Juan Agripado

>> sábado, 5 de enero de 2008

Hay varios tipos de don Juan, o como se le suele llamar a los grandes conquistadores, pero hablaré de tres, para mí, que los representé en algún momento de mi vida, creo, los más representativos. El que conozca a otros bien puede decirlo y utilizar los comentarios de este blog que para algo deben servir.
En primera instancia, el que más padecí en mi adolescencia y el más común, es el don Juan lengua rellena.
Éste siempre está cortejando y hablando. En la calle, en las cantinas, en las disco, en los supermercados siempre está piropiando. Claro, los piropos son poco confiables. Dice por ejemplo: Hola reinita, chao biscocho, sí como camina cocina me engordo en un mes...
Es un hombre exagerada y apresuradamente atento. Lo gobierna el instinto. Por ello es capaz de idolatrar hasta la incoherencia y decir que por una mujer es capaz de subir a la luna en bicicleta o atravesar el Nilo en chalupa. Pero cuando logra su cometido, llevarse a la cama a su victima y ésta, enamorada, ilusionada le pide que vaya a su casa porque se siente sola, él, el don Juan lengua rellena, dice que no puede porque esta lloviznando.
El don Juan lengua rellena está siempre solo así tenga mujer e hijos. Por su afán de fornicar no tiene tiempo de aceptar su mujer interna, la que compagina con la parte masculina de la mujer que busca. Quizás por ello llega a los 50 más solo y ansioso que antes, porque por tocar se olvidó de conversar y escuchar.
Luego, a mis 20, en mis primeros meses universitarios, pasé de ser el don Juan lengua rellena a ser el don Juan contraportada. Éste tipo de don Juan cree que la mujer se conquista con datos bibliográficos o enciclopédicos. Y de un momento a otro, fuera de contexto, como si su aporte fuera revelador y profético, dice así porque sí, como si lo que dijera fuera un afrodisíaco, cosas como esta: nena, sabias que a parte de la mujer la hiena es el único mamífero que tiene clítoris. Luego del aporte se queda callado, mirando las nubes, como si mirar las nubes en vez de dolor de cuello le diera estatus e inteligencia.
El don Juan contraportada concibe a la mujer como si fuera un estante para libros en el cual amontonar sus curiosidades. Pero este don Juan no es más que eso, datos curiosos. Poco ha pensado sobre si mismo. Lo prueba el hecho de que busque en citas de otros tipos explicación a sus actos. No está en capacidad de afrontar sus propios problemas. Su error es creer que las cosas se comportan de forma lógica y razonable y que se pueden clasificar. Él cree que las mujeres como las gallinas se pueden clasificar por raza, plumaje y cacaraqueo. Pero si la mujer fuera una cosa descifrable y se clasificara como se clasifican los animales en animal planet según su comportamiento, sería otra cosa distinta e impensable desde la complejidad del asombro, metáfora del amor.
Luego fui el don Juan paquete de papitas. Fui solo empaque. Este don Juan se aprende uno que otro poema, el más popular de los poetas populares. Entre su derrotero entran los versos más conocidos de poetas como Neruda, Benedetti, Gonzalo Rojas, Jaime Sabines... Entonces ve una mujer sentada, fumando un cigarrillo, sola. Cree que ella lo está esperando y que al verlo y escucharlo se lanzará a sus brazos prendidamente cautivada. Él se sienta al lado de la mujer y sin saludarla abre la boca y deja salir el poema: Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos... Puedo escribirte los versos más tristes esta noche... Juro que esta mujer me esta partiendo los sesos porque entra y sale como una bala loca... Debí encontrarte diez años antes o después, pero te encontré hoy, justo a tiempo...
Este don Juan no está enamorado de la mujer que corteja sino de todas las mujeres posibles al cortejo. Es solo empaque. Apenas es un boceto de poeta que ni merece incluirse como caramelo en un álbum de chocolatinas. Aún no sabe de los abismos que generan la literatura. Si se le indaga, sí se ve más allá del empaque, se descubre, con tristeza, que está inflado de aire. Por dentro está vació. Más fácil se explota que admitir su carencia. Es más feo que honrado. Sabe que es frágil al dolor. Siempre está huyendo. Por ello se vuelve experto en mandar carticas y recitar poemas a varias mujeres a la vez. Porque si una de ellas le para bolas, lamentaría, a partir de ese momento, no cortejar a otras mujeres. Lo más seguro es que huya porque no está preparado para tener algo serio.
En fin, fui eso y más. Ahora soy el anti don Juan. Un fracaso andante. Me tengo miedo, sobretodo cuando estoy ebrio. Sé que así lo evite, mi naturaleza me traiciona y vuelvo al cortejo. Sé que esa búsqueda desenfrenada es distraerse del amor. No hay que perfumarse, exhibirse y hablar tanto. El amor no es una gripa contagiosa que se busca porque en esa apresurada búsqueda lo que se hace es que no se deja encontrar. No hay que planear métodos de conquista. Hay que saber errar, sufrir y estar solo. Mi gran problema.

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El arte de orinar

¡Cuanta alegría! ¡Cuanta plenitud! Hay en orinar al aire libre. Sacar de sí, sin filas, sin ambientadores, sin prisas ese líquido amarillo, humeante y caliente.
Ese pequeño episodio puede incluirse en uno de los tantos placeres de la vida. Para mí, los segundos o el minuto que dure el orinar, mientras se siente los escalofríos, me producen igual placer que comer, caminar, hacer el amor o leer un buen libro.
Claro, hablo de orinar en la calle, en un árbol, en un muro, a la intemperie. Es ahí cuando se siente el verdadero placer. En los baños públicos la sensación es distinta, más artificial. Siempre te distraen el tipo siguiente en la fila, la mujer que te espera en la mesa, que quizás para desenamorase de ti imagina el proceso que utilizas para orinar, bajar la cremallera, sacar el pirulo con la mano derecha, esperar que el orín salga, luego sacudir el pirulo, guardarlo, lavarse las manos, volver a la mesa y acariciarle el rostro. Lo que ignora la mujer es que el hombre al orinar cierra los ojos y alza la cabeza. Porque ese acto es la forma de agradecer a los astros tal placer. Pero si estás en el baño de un bar y miras hacia arriba solo veras adobes y concreto. La orinada es más corta y se orinó sin sentir que se estaba orinando.
En un baño es casi imposible concentrarse y sentir. El inodoro te desconcentra. Además desde que entras al baño, arriba del inodoro encuentras letreros que te critican el arte de orinar, te disciplinan la orinada, te limitan. Esos letreros de orine feliz, orine contento, pero hágalo adentro no son más que un atentado al buen orinador. Pues, éste, debe tomar su pirulo y jugar tiro al blanco. Debe estar atento a no chilguetear el borde del inodoro y lo más probable es que no cierre los ojos. Debe comportase porque está en un lugar que tiene dueño.
Pero hay algunos orinadores que se olvidan de estos protocolos y chilguetan sin arrepentimientos el borde del inodoro. Claro, mientras orinan, pero al abrir los ojos se dan cuenta de la indecencia cometida y lo que hacen, arrepentidos, es tomar una pedazo de papel higiénico y limpiar el borde de la taza. Este tipo de orinadores se delatan porque siempre se están disculpando. Se acostumbraron a orinar con arrepentimiento y en vez de placer sienten pena. Así con sus actos cotidianos, al tomar la palabra, al dar su opinión, al conversar, son los que más se disculpan.
En cambio los verdaderos orinadores, los que disfrutan de orinar a campo abierto y cerrar los ojos con la nariz apuntando al cielo, lo hacen entregados al placer, sin importarles el segundo después. Sienten con más intensidad los escalofríos, la orina y sobre todo no piensan en nada. Porque en ese momento, cuando se disfruta, no se piensa en nada.
Conocí en Fredonia, quizás, el más grande orinador del que se pueda dar cuenta, Bladimir Álvarez, el poeta Bladimir. Él acostumbraba, en aquel tiempo, retardar el placer de orinar. Se pasaba toda la tarde sin orinar. Entrada la noche, con el orín acumulado, se dirigía a las afueras del pueblo. Decía que no había mayor placer para él. Él discrepaba de los baños. Decía que se sentía regañado después de orinar. Casi siempre salía de mal genio. En cambio cuando orinaba en campo abierto era un tipo lucido.
Por mi parte, considero, que no soy un buen orinador, pero si discrepo de los baños. No me gusta orinar en baños cuando tengo la oportunidad de hacerlo al aire libre. Me gusta el vapor del orín. Sé que así el olor que expele el orín sea ácido, es mi olor.
El olor de los baños no me agrada. Me huele a sexo sucio y mal intencionado. En cambio el olor en campo abierto, mezclado con hierba, sobretodo si es de noche, es como el olor de una mujer cuando se despierta.
¡Cuanta dicha! ¡Cuanta libertad! Orinar libre sin presiones. ¡Cuánto placer! ¡Qué reconciliación orinar a campo abierto¡ sentir salir de uno ese líquido caliente.
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La pena placentera de escribir

En lo único que soy disciplinado es en el ocio. Puedo dar cátedra del ocio. Pero eso compete a otro artículo donde pueda exponer con más libertad mis apuntes sobre el ocio. Aquí, aunque el ocio influye, lo importante es la escritura.
Al escribir es necesario haber sido un tipo ocioso y por mi ocio es que me he detenido a pensar y creer que escribiré sin fecha limite. Tal vez mañana deje de escribir, pero hoy no sé si ese mañana ocurra en cuarenta años o en unos meses. Es algo incierto. En lo insospechado de la escritura está el placer de escribir. Nunca se sabe, con certeza, cuando se es un escritor. Con los días se está más cerca de la ignorancia y el olvido de sí a la sabiduría e iluminación que se le atribuye al escritor.
La cosa es más complicada que solo leer y escribir. Hay que digerir lo leído, extraer lo que hay de uno en la lectura. Luego, por venganza, hay que contar el mundo interno, padecerlo, estar a oscuras con uno mismo. Entonces la prosa y la poesía fluyen como agua. Florecen sin artificios. Es necesario no limitar las perversiones, los miedos, las pasiones, los impulsos a la hora de empezar a escribir. Como quien dice, entre más se desborde más posibilidades habrá en moldearse y encontrarse.
La escritura es un proceso largo y doloroso. Quién escriba debe estar dispuesto a enfrentarse a sí mismo en sus peores estados. Verle la cara a sus demonios y en vez de huirles invitarles a un trago y hablar con ellos. Soportar desánimos punzantes, tristezas de plomo, agonías laberínticas, perversiones sexuales, asesinatos en serie... Porque cada cosa que se conciba en el papel es un pedazo de oscuridad que se le roba al ser, a la esencia, a lo que se desconoce y gobierna los impulsos.
Al escribir se debe aceptar que eres como una barquita de papel en el océano. El viento te arrastra, las olas te golpean, la tormenta te hunde, los truenos te asustan, los peces te muerden todo el tiempo. La idea es que estés perdido el mayor tiempo posible, que soportes los mayores desgarramientos. Cuando puedas soportar todo el abismo y aceptes que estas perdido y que el recuerdo es como una ancla que te precipita al fondo, empezaras a salir del océano. La barquilla que sos, por fuerza del desastre, buscará la playa. Es entonces cuando salís y descubrís que afuera del mar la vida es igual de abismal, pero ya no estas solo y sin que lo busques o lo desees, serás guía de aquellos que no se atrevieron ni se atreven a lanzarse al océano a su propio encuentro. Tus sufrimientos son la claridad de los miedos de otros. Los otros, los más débiles, no sabrán más que idolatrar y procrear.
Por mi cuenta, por el ocio que me he permitido tener, todos los días, mínimo, saco media hora para no hacer nada y disfrutar de la inutilidad del movimiento. A veces me excedo y paso horas tirado en cama, dejándome caer en mí. Después de ese viaje interior me levanto abrumado pensando en la muerte. Pero eso es lo menos que debe esperarse al presenciar su propio abismo. La oscuridad es discípula de la muerte. Decía Montaigne que hay que aprender a morir a toda hora, pensar en la muerte a todo momento, prepararse para morir porque el que convive con su propia muerte no es un ser servil y sumiso.
Yo he tocado parte de mi perversión. A veces me he asustado con lo que concibo de las cosas y agacho la cabeza avergonzado. Pero otras veces dejo que todo lo que imagino se haga palpable en mi imaginación. Cuando dejo fluir mis pensamientos llegan a un punto que ya no se entienden. La conciencia de esas imágenes son fantasmales y sin sentido. La razón entre más se racionalice más incoherente. Al menos en mí así ocurre.
Es común que camine por la calle y vea una mujer bella. Como cualquier otro tipo la miro. Algo en ella me atrae diferente a sus tetas y culo. Algo que forma la totalidad de su imagen y el conjunto de sus músculos y huesos, como una aureola que forma otra figura, una aureola que moldea por encima de la mujer una lengua. Veo a la mujer caminando bajo la aureola de lengua. La aureola pasa, lentamente, de ser traslucida y reflexiva a ser pegajosa, babosa y rosada. La mujer es absorbida por la aureola y se convierte en una lengua gigante que camina en frente mío. Me estriego los ojos y sigo viendo la misma mujer. Pero la lengua me atrae y deseo que se voltee y quede en frente mío y me escupa, que todo yo sea una baba pegada a la lengua gigante entregado al gusto de las cosas.
También al escuchar una canción he sentido que no escucho la canción sino que veo la canción. Que la canción es un pueblo al que puedo observar unos minutos. Un poblado con voz y vida propia. Y que yo soy un gigante que contempla la canción. Estiro la mano. En las primeras casas de la canción hurgo. Busco cualquier cosa. Por lo general lo que encuentro es una imagen mía en miniatura bailando en pantaloneta. Tomo al hombrecillo que soy entre las manos y lo alzo, lo veo bailar sin importarle mi presencia. Abro la boca y me lo trago. Lo siento bajar por la garganta, moviéndose, bailando aún. No me contengo y bailo y brinco y destruyo el poblado. La gente corre, la canción se destruye con mi alegría. Estoy próximo a morir y celebro mis últimos segundos de vida. Cuando en canción no se escucha un ruido de terror me desmayo y duermo sobre las ruinas de canción.
Casi siempre me sobresalto después de esas visiones. Todavía me contengo. No me dejo fluir como debería. Todavía estoy en mitad del océano padeciéndome, conociéndome. No me acostumbro a morir. Por ello es que me quedo horas enteras en frente de una página, sin saber que escribir, asustado con lo que veo, con un leve temblor en las manos. Pero feliz, porque así no escriba nada y me pese la inutilidad, escribir, (cuando es por vocación) es un estado incierto, una pena placentera.

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La pata de gallina

Él sintió una piquiña en el tibillo. Descubrió una ronchita. Pensó que lo había picado un zancudo. No le prestó importancia. Se dirigió al baño, se cepilló los dientes, se acomodó el mechón de pelo que le cubría la frente, se vistió y salió de casa.
Él trabajaba de reportero en un periódico local. En la mañana pasaba por las instalaciones del periódico, reclamaba su grabadora, su libreta de apuntes y su cámara fotográfica y salía a hacer su trabajo. A eso de las cuatro regresaba y entregaba el material que hubiese recolectado.
Afuera del periódico compraba un café. Mientras descansaba sintió de nuevo la puquiña. Alzó la bota del Jean y vio que la roncha había crecido. Pensó que por el corre corre del día se le había infectado. En casa con pañitos de agua tibia con sal arreglaría todo. Pagó el café y se dirigió a casa. Abrió la puerta. Tiró la mochila en la mesa. En la cocina puso a hervir agua con sal. El teléfono sonó. Ella, su novia, con la que se iba a casar en pocos meses, le recordó la cita que tenían a las ocho en el bar de siempre. Colgó. Cuando Él iba a hacerse los paños se sorprendió que la roncha le había abarcado todo el pie. Con el agua tibia la piquiña se le hizo insoportable. La roncha se propagó. Le picaba era horrible. Vio que los poros se agrandaban, ensanchaban. Sintió sed. Fue a la cocina y el dolor del pie le impidió ir erguido. A gatas llegó, abrió la canilla y sorbió en un vaso un trago de agua. Se sentó en una silla. Puso el pie encima del otro. Lo soplaba. Quiso llamar a Ella para pedirle ayuda, pero el dolor lo inmovilizó. La roncha le había subido hasta la rodilla. El dolor y la piquiña era algo que él no podía soportar. Se desmayó.
Al despertar, sin abrir los ojos, intentó mover el pie. Se sorprendió al descubrir que su pie no le dolía. Movió el pie y éste respondió. Esperó algún efecto segundario, pero las cosas parecían andar bien. Abrió los ojos y miró su pie. Ya no tenía la horrible roncha. Encontró que su pierna ya no era su pierna. En vez de un pie con tobillo y dedos y rodilla se encontró con una pata de gallina. Su rodilla, su menisco, tobillo y pie eran un tubo amarillo lleno de ranuras. Sus dedos habían desaparecido y a cambio habían surgido tres garras que se abrían como abanico en las baldosas de la cocina. Él se sonrió, se puso un par de medias. Ajusto su pata al calcetín y al zapato. Miró el reloj que había encima de la nevera. 7:30 pm. Aún tenía tiempo para cumplir la cita. Se vistió, se perfumó. Salió de casa.
Durante el camino sentía el pie más ligero, con cierta destreza que antes no tenía. Por un trayecto saltó en un solo pie. Su pata de gallina amortiguaba con gran facilidad y elasticidad el peso del cuerpo.
Ella lo esperaba en un café. Se saludaron. Ella pidió una cerveza y Él una avena de trigo. Ella le sonreía. Él le guiñaba el ojo. Hablaron un rato. Acordaron los preparativos de la boda. Hicieron la lista de los invitados. Él pagó la cuenta y se despidió de su novia.
Camino a casa encontró una tienda abierta. Necesitaba un paquete de arepas y un quesito para el desayuno. Los compró. Encima del mostrador había varías mazorcas exhibidas. Se llevó una. En casa guardó el paquete de arepas y el quesito en la nevera. Lo mismo iba hacer con la mazorca pero decidió llevársela al cuarto. Se quitó la ropa. Vio su pata y la puso sobre una silla. Quería contemplarla. No entendía lo que le sucedía. Tampoco quiso pensar en ello. Se llevó la mazorca a la boca y la desgranó con los dientes. Tiró la tusa al piso. Se metió dentro de las cobijas y se durmió. A la mañana no fue a trabajar. En la tarde sonó el teléfono una y otra vez.Ella se preocupó al enterarse de que él no había ido al trabajo y no le contestaba el teléfono. Él nunca había sido incumplido. Debía haberle pasado algo. Fue a su casa y tocó a la puerta. Nadie le abrió. Ella buscó al dueño del apartamento. Éste tenía otra llave. Abrieron. La casa estaba desordenada como siempre. En el cuarto de él sintieron ruidos. Con sigilo se aproximaron a la habitación. Al entrar se encontraron con una gallina escarbando en la cama. Ella tomó la gallina y se la llevó a casa. Salieron del apartamento. Ella llamó a todos los amigos de Él. No hubo respuesta. Él no aparecía. Ella lloró y maldecía la cobardía de Él. Él nunca apareció y la madre de Ella mató la gallina para hacer un sancocho e invitó a toda la familia.

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