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Entre los aspirantes a encabezar la lista a la alcaldía municipal por el partido conservador, Anacleto era el menos opcionado. Tenía en contra que no hizo maestría en cualquier vaina, no frecuentaba la iglesia, no era proselitista y no sobó el hombro a los conservadores que estaban en la Cámara y el Senado.

Se aceptó a Anacleto en la consulta del partido porque sería la diversión necesaria para que Evaristo, el matemático y el mejor candidato, pudiese presentarse como la única opción posible.

En el recinto había 300 personas. Habló la exprimera dama y su discurso se basó sobre la inclusión de la mujer en las empresas del municipio, en la inversión a la primera infancia y en acabar definitivamente la corrupción. Después un comerciante —litigante del alcalde de turno— dijo que llenaría las calles de policías, daría permisos para que los civiles portaran armas y enfatizó que arrancaría de tajo la corrupción.

Cuando llegó el turno de Anacleto hubo un silencio expectante a las estulticias que promovería. Y el partido de Evaristo necesitaba que Anacleto fuera el gran idiota para así, poder vender la campaña del plan de gobierno, que al final de cuentas era la perpetuación de la misma mierda en diferente empaque.

Anacleto iba vestido con camisa y pantalón negros, zapatillas lustradas y brillantes. Parecía como si en vez de presentar una propuesta para aspirar a ser candidato a la alcaldía asistiera a un funeral. Él alzó la cabeza y miró al público desafiante. Se acercó al micrófono y empezó a hablar:

—Señoras y señoras, me llamo Anacleto Restrepo Cadavid, tengo 39 años. Hoy estoy frente a ustedes porque aspiro a ser candidato a la alcaldía, espero me puedan elegir y así tener el honor de representarlos.

—Candidato, por favor, empiece con su plan de gobierno —interrumpió el maestro de ceremonias de manera jocosa.

—Gracias, trataré de ser lo más sincero posible. El eslogan de mi campaña será: “¿De qué me hablas viejo?”, para negar todo diálogo con el pueblo. Desde la alcaldía promoveré una alianza con el Instituto de Cultura de Antioquia y el Ministerio de Cultura para que Maluma y J Balvin sean los regentes de los valores de convivencia, así garantizaría que nuestros jóvenes tengan corchos en la cabeza en vez de cerebros. Asimismo, crearé el fondo de pensión municipal: “Álvaro Uribe”, para que nadie se jubile, pero que sigan aportando. A la Escuela de Música la trasladaré de la Casa de la Cultura hacia el Acilo con el fin de aburrir a los docentes y renuncien. Es que, si somos sinceros, por el excelente funcionamiento, al final la Escuela despertará un público votante que no tendrá compasión con nosotros en las urnas. Por eso, y ese es el papel fundamental de los partidos políticos en Colombia, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para que el pueblo sea cada vez más analfabeto y pobre. Por ello, prohibiré los métodos de planificación y las clases de educación sexual con el fin de que los pobres se sigan procreando como ratas. Y es precisamente ahí donde trabajaré duro y me esforzaré para que el Secretario de Educación —elegido por mí—, organice una lista de los perfiles de los profesores más mediocres, de voz pausada y dificultades comunicativas, con más de dos hijos y alguna depresión con tratamiento psiquiátrico. Necesitamos a los menos capacitados para que impartan las materias de español, matemáticas, filosofía y sociales en todas las instituciones educativas del municipio; de esta manera, los estudiantes serán la materia prima de las fábricas y nos aseguramos de que nunca aspiren a nada mejor. También, crearé la cátedra “Abudinear a la derecha de la corrupción”, porque es mejor enseñar a robar que a erradicar la corrupción. Y para que mi inutilidad sea recordada, porque es más funcional una campana de goma que un político, pegaré calcomanías de mi rostro en las camionetas municipales al lado de la de Pacho Santos, para que el mártir Jaime Garzón se revuelque en su tumba…

—¡Bajen a ese impostor! —gritó Evaristo.

—¡Blasfemia! —gritó el párroco.

—¡Policía, llévenlo al calabozo! —gritó el presidente del partido conservador.

A Anacleto le apagaron el micrófono. La policía lo sacó del recinto escoltado. Las personas lo abucheaban.

Evaristo intentó apaciguar la revuelta. Fue imposible. Las personas salieron del recinto. Evaristo se quedó frente al micrófono, sin poder pronunciar el discurso milimétricamente diseñado, como un ejercicio matemático, para vender la estupidez igual a caviar.

A la semana siguiente, apareció Anacleto desnudo, torturado, con un tiro en la frente, a las orillas del río Medellín.

 


Eduardo acepta el puesto de asesor personal del alcalde de Medellín. Su mujer, exreina de belleza, se alza la blusa para que Eduardo le bese la panza de seis meses de embarazo; ella le dice que lo ama y que se va a tomar un café con amigas. Eduardo hace un paneo del apartamento de sus sueños. Camina hasta la terraza. Desde el décimo piso mira la calle y los automóviles parecen cajitas de fósforos. Apoya las manos en el muro, se alza en la punta de los pies y antes de saltar, como el último rayo de sol en la tarde, una sonrisa aparece en su rostro.


 

Martina mira el rostro del profesor de guitarra, la barba, la nariz finamente delineada. Por lo que le dijo su madre, esa puede ser la última clase. Y apenas tiene fuerza para contener el sentimiento que le oprime el pecho. “Así no me pare bolas, tengo que decirle que estoy enamorada”, piensa y el rubor aparece en el rostro de la joven de 17 años. Sonríe. Con determinación se alza en la punta de los pies, como bailarina de ballet, y besa al profe; por segundos el tiempo se detiene. Él se aleja indignado. Trata de reprender a la alumna, pero se contiene al ver, en la ventana, al muchacho que le gusta y a la madre de la muchacha.

Fercha observa el reloj. Apenas tiene tiempo de agarrar el bolso de la mesa, hacerse una moña y sostener el paraguas bajo el brazo. Cruza la sala y cierra con violencia la puerta. A pasos largos se dirige al call center. El almuerzo de Martina la demoró más de la cuenta. Sin embargo, es la forma de disculparse por sugerir, por falta de dinero, no volver a las clases de guitarra. Así que Fercha decide ir al centro comercial, donde Martina recibe la clase de música, y decirle que de alguna forma conseguirá el dinero. Entra al pasillo. Mira el reloj. Los tacones contra las baldosas parecen un pájaro carpintero abriendo un boquete en un árbol. Apresura el paso cuando ve el salón pequeño donde, seguro, estará su hija. El paraguas se le cae al pasar frente a un almacén de zapatos.

Carlos abre el almacén a las diez de la mañana. Mientras gira la lleve mira de reojo si ya llegó el profe de música. Nada. Suspira y al sentarse en una repisa imagina los labios carnosos del profe. Está feliz ante la certeza de ser correspondido. Hasta ese momento su radar de gays no ha fallado. Termina una exhibición de zapatos cuando escucha un taconeo que se aproxima. Ve una mujer que al pasar por el almacén se le cae el paraguas. Carlos la llama, pero no lo escucha. Así que toma el paraguas y la sigue. No obstante, Carlos arruga el ceño cuando la mujer se detiene, así no más, frente al aula del profe de música. Con sigilo se acerca, y ve al profe de música besando a una jovencita. Y deja caer el paraguas.


 

Había una media tobillera de marca "Polombia" y el uribismo se la puso hasta acabarla. Ahora,  se la quiere poner Federico Gutiérrez.


Entre los aspirantes a encabezar la lista a la alcaldía municipal por el partido conservador, Anacleto era el menos opcionado. Tenía en contra que no hizo maestría en cualquier vaina, no frecuentaba la iglesia, no era proselitista y no sobó el hombro a los conservadores que estaban en la Cámara y el Senado.

Se aceptó a Anaclato en la consulta del partido porque sería la diversión necesaria para que Evaristo, el matemático y el mejor candidato, pudiese presentarse como la única opción posible.

En el recinto había 300 personas. Habló la exprimera dama y su discurso se basó sobre la inclusión de la mujer en las empresas del municipio, en la inversión a la primera infancia y en acabar definitivamente la corrupción. Después un comerciante —litigante del alcalde de turno— dijo que llenaría las calles de policías, daría permisos para que los civiles portaran armas y enfatizó que arrancaría de tajo la corrupción.

Cuando llegó el turno de Anacleto hubo un silencio expectante a las estulticias que promovería. Y el partido necesitaba que fuera el gran idiota para que Evaristo pudiese vender la campaña del plan de gobierno, que al final de cuentas era la perpetuación de la misma mierda en diferente empaque.

Anacleto iba vestido con camisa y pantalón negros, zapatillas lustradas y brillantes. Parecía como si en vez de presentar una propuesta para aspirar a ser candidato a la alcaldía asistiera a un funeral. Él alzó la cabeza y miró al público desafiante. Se acercó al micrófono y empezó a hablar:

    —Señoras y señoras, me llamo Anacleto Restrepo Cadavid, tengo 39 años. Hoy estoy frente a ustedes porque aspiro a ser candidato a la alcaldía, espero me puedan elegir y así tener el honor de representarlos.
   —Candidato, por favor, empiece con su plan de gobierno —interrumpió el maestro de ceremonias de manera jocosa.
    —Gracias, trataré de ser lo más sincero posible. El eslogan de mi campaña será: “¿De qué me hablas viejo?”, para negar todo diálogo con el pueblo. Desde la alcaldía promoveré una alianza con el Instituto de Cultura de Antioquia y el Ministerio de Cultura para que Maluma y J Balvin sean los regentes de los valores de convivencia, así garantizaría que nuestros jóvenes tengan corchos en la cabeza en vez de cerebros. Asimismo, crearé el fondo de pensión municipal: “Álvaro Uribe”, para que nadie se jubile, pero que sigan aportando. A la Escuela de Música la trasladaré de la Casa de la Cultura hacia el Acilo con el fin de aburrir a los docentes y renuncien. Es que si somos sinceros, por el excelente funcionamiento, al final la Escuela despertará un público votante que no tendrá compasión con nosotros en las urnas. Por eso, y ese es el papel fundamental de los partidos políticos en Colombia, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para que el pueblo sea cada vez más analfabeto y pobre. Por ello, prohibiré los métodos de planificación y las clases de educación sexual con el fin de que los pobres se sigan procreando como ratas. Y es precisamente ahí donde trabajaré duro y me esforzaré para que el Secretario de Educación —elegido por mí—, organice una lista de los perfiles de los profesores más mediocres, de voz pausada y dificultades comunicativas, con más de dos hijos y alguna depresión con tratamiento psiquiátrico. Necesitamos a los menos capacitados para que impartan las materias de español, matemáticas, filosofía y sociales en todas las instituciones educativas del municipio; de esta manera, los estudiantes serán la materia prima de las fábricas y nos aseguramos de que nunca aspiren a nada mejor. También, crearé la cátedra “Abudinear a la derecha de la corrupción”, porque es mejor enseñar a robar que a erradicar la corrupción. Y para que mi inutilidad sea recordada, porque es más funcional una campana de goma que un político, pegaré calcomanías de mi rostro en las camionetas municipales…

    —¡Bajen a ese impostor! —gritó Evaristo.
    —¡Blasfemia! —gritó el párroco.
  —¡Policía, llévenlo al calabozo! —gritó el presidente del partido conservador.

A Anacleto le apagaron el micrófono. La policía lo sacó del recinto escoltado. Las personas lo abucheaban.

Evaristo intentó apaciguar la revuelta. Fue imposible. Las personas salieron del recinto. Evaristo se quedó frente al micrófono, sin poder pronunciar el discurso milimétricamente diseñado, como un ejercicio matemático, para vender la estupidez como caviar.

A la semana siguiente, apareció Anacleto desnudo, torturado, con un tiro en la frente, a las orillas del río Medellín.



Por el bien de ambos resto tus besos de mis labios. En este juego soy el que asume las deudas.

 


A lo bien, te quise. Y te eché los perros y te pedí el cuadre y me dijiste que dejara el amure y respondí que me hicieras el catorce y tomáramos gasimba y ese día chupamos piña y qué garrotera. Y tiramos caja, fuimos mañés y nos encarretamos. Cincinnati, creí que envejeceríamos juntos, que no me ibas a boletear, dejar en la inmunda y pasar por la galleta. Pero me hiciste la farisea y no puedo comer callado culipronta, guabalosa, pichurria. Me dejaste por un ñero, un nea, un poncio. Y me cabreé, pero también me dije: “En bombas figura, deje la bobada pues, no seas güeva y abrase del parche para que desenrede el bulto de anzuelos que son tus emociones y no se quede remascando el pasado”. ¡Y sabes qué nena! Me doy tres días de aletiado, tres días de chupar gladiolo, tres días de olvido. ¡Nada más! ¡Oe!, ¡uy quieta!, ¡ya no hay güiro parcera! Simpson, ya no me dueles. Y nos vidrios, suerte que te vi, pailas game over, nos vemos las caratulas.

 


Se separaron y fueron felices para siempre.



Y el Patito Feo soportó el rechazo, la indiferencia, el olvido. Pero ante la masacre del gobierno narco-paraco y sus reformas: Tributaria y Salud, alzó el vuelo y se dio cuenta que había nacido Cisne.
Desde hace meses se persiguen sin admitirlo. Es como si un impulso incomprensible que les impide alejarse, cada tanto los lleva a pensarse, a sentirse, a buscarse. Sin embargo, vicio extraño de la decencia, cuando están cerca, se comportan como si ese sentir profundo, no fuese más que un capricho pasajero.

 


"Estos relatos de Camilo Betancur exploran la condición humana en cuatro niveles desconocidos, ignorados o terribles. Y para interpretarlos hay que entrar en esa otra dimensión, dudando de la realidad tal como se ve en su aspecto mundano. Porque las cosas no son como aparecen, la verdad es lo contrario, la vida está más allá o más adentro, el ser amado es inalcanzable, el sabio es aprendiz y el hombre es pájaro, bestia o limón.

Las cortas historias casi inofensivas o juguetonas presentan rupturas, imposibilidades, mentiras, contradicciones y absurdos, así como la muerte, el más allá, el regreso de la eternidad y la inquietud sobre la realidad que se vive sin sobresaltos. Igualmente, bestias, brujas, magos, poderes ocultos, seres extraños y humanos crueles entran en escena para revelar impredecibles transformaciones y metamorfosis.

Lo anterior solo es posible por el sueño, la imaginación y la creatividad de un escritor sumergido en su mundo interior y en permanente contacto con la realidad circundante".
Óscar Castro García.


La brevedad es un factor indispensable porque nace de la exigencia del momento, pues no es un secreto que en los tiempos actuales el afán caracteriza a la mayoría de las personas porque necesitan informarse lo más rápido posible y por eso evitan las lecturas lentas, rumiantes y cuidadosas por la simple razón de que los desespera.

Es por ello que este libro, “Los errantes”, de microcuentos, llega como pan para el chocolate, como abrigo para el frío, como un abrazo en tiempos de pandemia. Porque este tiempo pandémico nos ha llevado a hacernos preguntas que antes ni se nos ocurría. Y este libro parte de cuatro preguntas que tal vez, algún lector se ha hecho: ¿Qué es la renuncia?, ¿es la muerte el fin?, ¿existen otras formas de vida? y ¿son los sueños una proyección de la cotidianidad? Por cada pregunta en el libro se agrupan los microcuentos en cuatro momentos: Los errantes, los del otro lado, los visitantes y los del ensueño.

A continuación un microcuento en audio, del momento "Los del ensueño". De fondo suena la canción "Viajero" de XOL. Gracias XOL por permitirme utilizar la pita.



Cada personaje que habita el libro “Los errantes”, a su manera, fabrica el destino, transforma su realidad y así triunfa provisionalmente sobre la dificultad. Y toda la atmósfera del libro plantea un universo donde la acción encuentra su forma entre hechos nostálgicos y desesperados, y crea, no obstante, una posible salida en este tiempo, el de las sociedades contemporáneas, de las redes sociales, que se han trasladado al mundo digital para sobrevivir al encierro. Muchos, incluso, olvidan lo que saben de su “antiguo mundo”. Es ahí, donde este libro cobra importancia ya que los personajes, en este libro, aprenden nuevas formas de habitar el mundo. Que tal vez, ojalá sea el caso, inspire al lector a reflexionar sobre su propia vida.








Prontamente en una antología "Sueños a blanco y negro" que hizo la editorial ITA, en Bogotá, en su convocatoria sobre "Sueños", 2020, se publicarán nueve micro cuentos, mientras tanto, les dejo este. 



A la una de la mañana estoy sentado en la cima de la montaña, esperando que la luna se acerque más para dispararle y tumbarle un pedazo con la cauchera que me obsequió un mago. El anciano me dijo que con un pedazo de luna bajo la almohada puedo ver el rostro de la mujer que hace días se me aparece en sueños. Si no le doy en la parte superior la luna puede derramar su líquido azul y perder para siempre el conejo que salta en su interior. 

 


La niebla subía del río Cauca y una capa blanca impedía que se viera a más de un metro, por lo que se me dificultaba el camino. Había ido a la plaza de mercado a conseguir un queso, un pan y una botella de vino porque había escuchado que era lo que le gustaba al monje que vivía en la montaña. 

Del pueblo a la casa hay zonas muy pantanosas, específicamente en el último tramo. La primera parte es una carretera rodeada de potreros. A lado y lado de la carretera hay eucaliptos que dan la sensación de estar andando bajo un túnel vegetal. Luego se toma un desvío por un camino precolombino en muy mal estado.  

Juan estaba sentado en una silla mecedora como si estuviera esperándome. Por eso, me sorprendí al verlo. Lo curioso era que llevaba más de diez años sin recibir visita porque afirmaba que desde que el pueblo había olvidado el cuidado de sus vidas espirituales había dejado de ser su pueblo. Por ello le pregunté, en son de burla, si llevaba mucho tiempo esperándome. Él sonrió y me contestó que sí. Además, me ordenó que me quitara los zapatos y me pusiera una bata blanca. Quedé muy inquieto, pero no le pedí explicaciones. 

En la sala había sobre la mesa una canasta con frutas y semillas. Al lado Juan dejó el paquete. 

—Sígueme que ya empezó tu trabajo. Después nos sentaremos a descansar —dijo Juan y continuó— en la mañana vi un colibrí tigre dando vueltas por la casa. Esa era la señal de que vendría alguien con un camino espiritual trazado y que era necesario empezar con su iniciación. 

Caminamos juntos hasta el altar ubicado en un cuartucho al costado derecho de la casa, lugar en el que Juan pasaba días encerrado meditando. Era un cuarto pequeño con una alfombra y cojines. En la mitad había un candelabro de siete puestos y algunos cuarzos de diversos tamaños. Él se sentó cerca de la entrada indicándome que cerrara los ojos y tratara de pensar en un propósito mayor. 

No habían transcurrido más de diez minutos cuando escuché la voz de un hombre diciéndome que era requerido en la alcaldía municipal. Sin abrir los ojos respondí que lamentaba no poder acompañarlo. Al día siguiente, llegaron dos hombres con un papel firmado por el Alcalde. Juan sonrió y con un movimiento de cabeza aprobó mi partida. A los días fui nombrado alcalde. Misteriosamente a mi despacho llegó una carta de Juan con una lista de libros, estatuillas, esencias, collares, camándulas, entre otra infinidad de cosas. Al mes, Juan escribió otra carta donde incrementó el pedido. 

Una mañana me comunicaron que había sido nombrado el mejor alcalde del país. Entonces Juan me escribió otra carta con la solicitud de una casa y un sueldo fijo de por vida. Respondí que esa petición era imposible. Incluso sentí que Juan estaba abusando de mi generosidad y dudé de su espiritualidad por lo que le dije de manera tajante y grosera que ya había pagado sus enseñanzas. 

Ya era de noche cuando abrí los ojos y vi las velas casi consumidas en el candelabro. Estaba solo en el altar. Estiré las piernas y al salir me sorprendí al ver a Juan sentado en la silla mecedora con una manzana en la mano. 

—El que desea gobernar debe poner toda su fuerza interior en dominar las emociones y evitar que las emociones lo dominen. Cuando las emociones son las que dominan el espíritu se turba y el gobernante mira pero no ve. Sin control de las emociones es muy difícil gobernarse a sí mismo y casi imposible gobernar a un pueblo. 

Recibí la manzana que el monje me había obsequiado para el camino. Cabizbajo, con la bata blanca, di la vuelta y desaparecí entre la niebla.


Fernando durante años anheló un maestro para aprender a vivir. Estuvo en varias religiones y movimientos espirituales. Incluso hizo un ayuno de siete días y se trastornó a tal punto que creyó que estaba muerto. Decepcionado empezó a caminar sin rumbo. Cada vez más silencioso. 

Amanda, la hermana menor de Fernando, tenía una finca a las afueras de la ciudad. Allí vivía un anciano que cultivaba yuca y plátano. Ella, cierta vez que vino Fernando a visitarla, le propuso quedarse. Él aceptó. 

Al principio, Fernando no determinó al anciano. Durante el día se sentaba en el corredor, inútil. El anciano fue a un tanque, sacó agua en un balde y se la arrojó a Fernando. Fernando como un toro decidió atacar a su agresor. De manera asombrosa el viejo saltó por encima de Fernando. Luego realizó un giro inesperado y le dio con el balde en la cabeza. Fernando se sentó con los ojos incendiados. 

El anciano soltó una carcajada. Fernando llenó otro balde de agua. El anciano apenas se sostenía en pie de reírse. Fernando le arrojó el agua, con balde incluido. Sin embargo, aunque el agua y balde impactaron, el anciano seguía riéndose sin ningún enojo, exclamación de dolor o rastro de humedad.    




A penas se decretó la pandemia su familia se hospedó en su casa. Nunca antes había tenido que estar las 24 horas del día, con sus dos hijos y sus cuatro nietos. Al principio era lindo porque se podía compartir con los niños. Pero después de unos días esa alegría fue mutando a una ofuscación en el ánimo ya que persistía en la casa un ruido constante que empezó a desesperarlo y hacerlo necesitar un poco de soledad, de silencio y sobre todo del verde de la naturaleza. Pero debido a su edad, sus hijos y nietos lo sobreprotegían y no lo dejaban salir de casa. Incluso cuando se asomaba al balcón para respirar debía utilizar tapabocas porque ese virus del covid19 podía sostenerse en el aire unos minutos para visualizar mejor la víctima, preferiblemente un anciano bonachón como él, al que todos querían. Podía vivir con esos afectos con la distancia prudente, pero los niños no entienden del espacio individual y de que a cierta edad se necesita de espacios de silencio para descansar. A los niños solo les interesa jugar y ven la vida como un desafío donde cada día se cambia las reglas del juego. Entonces el abuelo para conservar su espacio individual a salvo de sus nietos, esos niños silvestres que al despertarse gritaban su nombre como una declaración de guerra de brazos abiertos y besos chillones, empezó a utilizar un bastón, así no lo necesitara, de cuando tenía un problema en la rodilla. Los nietos se acercaron, conservando cierta distancia, y alzaron sus espadas imaginarias, hicieron piruetas asombrosas y le dibujaron sonrisas al anciano hasta que el bastón se convirtió en una lanza poderosa para quitar las telas de araña del techo.
Yo fui de los pocos que se quedó en la ciudad. La gente emigró al campo para salvarse de la pandemia y de peligros insospechados. Entonces salí a buscar provisiones. Las calles desiertas, silenciosas y sin transeúntes. De pronto, entre las sombras escuché murmullos de personas que no veía. Al tiempo las ratas gigantes se asomaron. Empecé a temer por mi vida y cuando estaba dispuesto a huir en cualquier dirección la vi a ella envuelta en una capa negra. Su palidez casi alumbraba y contrastaba con el cabello. Accedí a tomar su mano para salvarme. Caminamos juntos por calles que ya no conocía, calles que se despintaban del paisaje, calles que conducían a un futuro incierto. Ahora, mi palidez es igual a la de ella.
27 de febrero 2020
Por Juan Camilo Betancur E.


La anciana indígena estaba sentada en su maloca con una corona de plumas, un tambor pequeño sostenido entre sus piernas y algunos cascabeles en el cuello. Tenía una especie de ruana de varios colores. Llevaba una vara en la mano que tenía talladas algunas figuras de animales. En la mano llevaba unas manillas con figuras precolombinas y fractales. Al lado estaba una joven de unos 20 años con un vestido enterizo, azul oscuro, con una cinta naranja en la cintura y unos collares diminutos en el cuello. La anciana con movimientos suaves tocaba el tambor y le hablaba a su aprendiz sobre sus antepasados, como si anticipara que esa era la última lección. 


—Nosotras vivimos apartadas de la civilización porque solo así podemos encargarnos de la vida espiritual de nuestro pueblo Inga. Nuestro pueblo es descendiente de los Incas de Perú. Y desde la época de Kapak Yupanqui, la tribu Mitimak (Ingas) era considerada una de las tribus más valientes. Tanto que en lengua quechua Mitimak significa (Mitikuy) irse y (Makay) pelear. Por eso, para el peregrinaje de nuestros antepasados, las mujeres chamanes se encargaron de cuidarlos. De esta forma el viaje por Quito-Ecuador hasta Valle del Sibundoy-Colombia, tendría éxito. Y eran necesarias las mujeres chamanes porque eran temidas y respetadas porque podían comunicarse con "Sué", el dios sol y con "Chía", la diosa luna. Por esto, podían utilizar sus poderes para derrotar a los enemigos porque podían maldecir y provocar accidentes. 

La muchacha interrumpió a la anciana para hablar. La anciana dejó de tocar su tambor y se quedó en silencio. Entonces la muchacha dijo: 

—Llevo mucho tiempo aislada en la selva y he aprendido hechizos contra el mal aire, rituales para escuchar a los ancestros, secretos para las picaduras de serpientes, ungüetos de hierbas para las infecciones, facultades para anticipar el futuro y así saber cuándo habrá buenas cosechas o tiempos malos. Creo que he aprendido todo lo necesario para ser una mujer chamán, sin embargo siento que todavía hay algo que me falta. Aunque sé todos los misterios me siento triste e incompleta. 

—Lo que falta —le dijo la maestra— ya no depende de mí. La magia, la verdadera, es imposible de aprender en los libros y en los rituales heredados de nuestras ancestras chamanes. Así que ha llegado tu momento, el de emprender tu propio camino y entender que la magia, la verdadera, depende es de la óptica de la maga y de su capacidad de encontrar el poder de su corazón. Ese poder es el amor. Sin ese poder, todo lo que has aprendido carece de sentido. Así que es hora de que marches y lo busques. 



Alfredo desde pequeño se sintió atraído por los colores resplandecientes. Jugaba con muñecas y una máquina oxidada en la que imaginaba confeccionar los vestidos que se pondría. Sin embargo, se cuidada de no ser descubierto. Apreciaba tanto a su padre que no quería decepcionarlo. Su padre era rudo, amoroso y muy exigente. Su forma de educarlo era enseñarle a ser hombre, y para ser hombre había que hablar ronco, buscar problema, coleccionar amores furtivos, beber sin importar el dinero invertido y gustarle hasta el fanatismo el fútbol. A pesar de su ineptitud para cualquiera de estas actividades necesarias para ser un hombre, Alfredo aceptó que su padre lo matriculara en un club. Así que cierta mañana, su padre lo llevaba a matricularse en un semillero en las ligas menores del Nacional y se encontraron con dos ladrones. El  padre los enfrentó, como un hombre y como un verdadero hombre fue herido con varias puñaladas. Los ladrones huyeron y Alfredo vio a su padre hombre verdadero morir en sus manos. 

Ese recuerdo de la infancia le agrietó el corazón a Alfredo. Lo endureció como si fuera de roca para que ningún sentimentalismo lo afectara. Por tal motivo enterró sus sueños de infancia bajo la piedra que era su corazón. Incluso, pese a su naturaleza de chico sensible, se mostraba fuerte, varonil, brutal, violento… como un verdadero hombre, como le había enseñado su padre

Cierto día, cuando ya era adulto y trabajaba de administrador en una sucursal bancaria, cuando era cortejado por varias mujeres por su físico y actitud varonil,  dos hombres lo amenazaron. Alfredo los enfrentó, pero uno de los ladrones le puso una navaja en la espalda por lo que Alfredo alzó las manos. Luego, uno de los rufianes más que requisarlo lo tocó. Recorrió todo su cuerpo con cierta violencia y sensualidad. Alfredo recordó las muñecas, los colores resplandecientes, los vestidos que él fabricaría para sus muñecas… y aparecieron algunas lágrimas que ablandaron la roca que tenía al lado izquierdo de su pecho. El ladrón al verlo llorar le gritó: ¡Marica! y huyó, después de quitarle el efectivo y el celular, con su compañero. Alfredo no estaba del todo ofendido ni tampoco tranquilo. Más bien desconcertado porque había un impulso interior de renunciar a su idea de gran hombre, era como un impulso que había surgido desde su interior y ahora que flotaba en la superficie de su ser no podía ignorarlo. Así que lo único que sabía con certeza era que no volvería a su trabajo. Así que se dirigió a su casa, buscó efectivo, luego fue a un almacén y compró varios calzones y encajes de mujer. 


1 mayo 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


Fernando durante años anheló un maestro por temor a sentirse solo y no poder tomar decisiones. Pasó por varias religiones y movimientos intelectuales. Luego se involucró en experiencias más extrañas y sin clasificación  como fue el ayuno de siete días que lo trastornó hasta el punto de creer que estaba muerto durante algunos días. Después, decepcionado de sentir que ningún maestro le ayudó a estar mejor, o al menos más acompañado, desistió de todo aprendizaje. Entonces empezó a errar. Varias veces la familia fue a buscarlo a pueblos cercanos. Sin embargo, él seguía su peregrinar y cada vez que volvía a casa estaba más decepcionado y silencioso. 

Amanda, la hermana menor tenía una finca a las afueras de la ciudad. Allí vivía un anciano que cultivaba yuca y plátano. Ella le propuso a Fernando visitar ese lugar. Fernando aceptó. 

En la casa, Fernanado no determinó al anciano. Apenas lo saludó y luego se sentaba en el corredor, inútil, a ver pasar los días. El anciano, después de un tiempo decidió actuar. Fue a un tanque y sacó agua en un balde. Luego, le arrojó el agua. Fernando se lanzó como un toro dispuesto a envestir al anciano. De manera asombrosa el viejo le dio con el balde a Fernando en la cabeza y al furibundo no le quedó más remedio que observar al anciano que se sentó al frente y con una sonrisa le dijo: 

-Es triste como la gente estudia tanto para aprender nada. Se creen muy listos al acumular cosas que no necesitan, entre ellas los guías. Si existe alguno que se respete es el que te enseñe a estar solo y a no cuidar las apariencias. Pues, las cosas no son como parecen. 

Fernando sonrió y por primera vez, en muchos años, sintió sosiego en su corazón. Fue al tanque de agua y llenó otro balde. Pero al arrojar el agua, aunque impactó al anciano, pareció no mojarlo.    

Desde que se vieron querían saber más de lo que a simple vista podían intuir del otro. Ella imaginaba que ese muchacho tan delgado, tan femenino y tan de su gusto le dijera cualquier cosa. Por otro lado, él tan orgulloso de sí mismo, al menos era lo que intentaba reflejar porque con las mujeres era más que inexperto, por lo que se desesperó al ser incapaz de generar algún tipo de pretexto para acercarse. Sin embargo, gracias a la diligencia de unos amigos lograron reunirse. Después de varias palabras triviales, él sugirió caminar. Ella aceptó. Así que salieron sin decirse gran cosa. Él aceleraba el paso un poco y luego volvía a nivelarse al de ella. Ella se acomodaba el cabello sin dejar de mirarlo. Caminaron sin rumbo y ella se sorprendió a notar que estaban cerca de su casa. Creyó que era una señal por lo que no dudó en invitarlo a un café. Además, sus padres regresaban tarde. 

En la sala él imaginaba que la besaba, le bajaba el vestido con los dientes y le hacía el amor con tal frenesí que jamás lo olvidaría. Asimismo, ella anhelaba que él se le acercara, la abrazara y la tocara de tal forma que su cuerpo fuera una explosión de sensaciones. Ambos anhelaban lo mismo y no sabían cómo expresarlo. 

Cuando el silencio era un recipiente lleno de deseo, él acercó su rodilla a la de ella y ella emitió una sonrisa de niña que lo sonrojó. Acto seguido, ella puso su mano sobre la rodilla de él. Sin previo aviso él se lanzó, como si fuera un combate de lucha libre, a darle un beso y los dientes se chocaron entre sí produciendo tal estremecimiento que ambos se distanciaron. Ella se quedó mirándolo algo asustada. Pese a ese desafortunado inicio quería insistir, ese chico le gustaba mucho, por lo que le solicitó que se dejara guiar. Acto seguido lo besó lento. A medida que sentía la humedad de los labios empezó a emocionarse a tal punto que se quitó el vestido y sin previo aviso, le susurró al oído: “quiero que me la metas tan adentro que te recuerde siempre. ¡Dime qué quieres tú!”. Él se paralizó. Nunca se imaginó que ella emitiera tales palabrotas. Al ver la insistencia con esfuerzo balbuceó: “Te… lo voy hacer como… un animal”. Ella se apretó con fuerza y él tomó la iniciativa de envestirla, pero en el cambio de posición las manos se enredaron y las espinillas con las espinillas y las rodillas con los tobillos los condujeron a separarse de nuevo. Él se llevó las manos a la cabeza, aunque ardía de deseo. Ella se acostó en un mueble y lo invitó a acompañarla. Él, de un brinco, ya le estaba acariciando los senos, que más que tocar amasaba hasta que ella le dijo que más suave. Luego la abrazó en un estremecimiento y ella empezó a decirle: “Eres sucio y me harás sucia y haremos lo prohibido ¡Ah perro salvaje hazme tu perra! Ahhh..! Él se paralizó de nuevo al verla poseída frotándose sobre él de tal forma que no se atrevió a desconcentrarla. Luego, ella le quitó el pantalón y vio que el miembro del chico estaba flácido. Él dijo que eso nunca le había pasado e intentó tocarla de nuevo. Ya ella fue la que se quedó quieta, decepcionada. Él de golpe se vistió y dijo que tenía que irse. Ella asintió con un gesto de desgano y vio como ese muchacho se marchaba cabizbajo y no tan hermoso.