Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Olvido al sur

>> jueves, 10 de enero de 2013

“El sur es un caballo echado a pique coronado con lentos árboles y rocío”. Pablo Neruda 

                             Los frailejones, la belleza natural del páramo colombiano


                        El macizo colombiano, un lugar para morirse del asombro

Estaba en mi casa intentando ordenar mis cosas para escribir, pero no lograba concentrarme porque hacía unos días había terminado una relación sentimental. Me decía a mí mismo que podía irme sin lloriquear, sin mendigar sus besos y caricias… pero la veía y sentía que todo mi cuerpo se electrizaba. En resumidas cuentas: estaba hecho un lío. 

Un amigo fue hacerme la visita y me dijo: “Florentino vámonos a dar una vuelta al sur en moto”. Sonreí porque creí que me estaba tomando el pelo. Pero al escuchar las rutas y las paradas empecé a preocuparme. No alcanzaba a imaginar cómo podría estar sentado en una moto 1.500 kilómetros. Pensaba en el dolor de espalda, piernas, cuello… pero más me angustiaba la mujer que no podía olvidar. Así que sin darle muchas vueltas al asunto le dije a mi amigo que listo. 

El primer tramo fue desde Medellín hasta Cali. Nos demoramos en promedio ocho horas. Salimos de la capital antioqueña a las seis de la mañana y empezamos el viaje al sur, al lugar donde casi muere una promesa literaria. 

Después de unas dos horas en moto uno deja de interesarse por el paisaje. La idea romántica de que el paisaje es maravilloso pasa a un segundo plano porque el cansancio es más importante que las montañas, la autopista del café, las casas de tapia, la neblina… En Cali nos hospedamos en casa de una amiga. Esa noche dormí como un niño. Lo único extraño fue que en la madrugada tuve un sueño que se repitió durante varios días. Vi una mujer vestida de blanco y tenía un bastón que terminaba en cabeza de vaca. Ella me miraba y señalaba con el bastón. 

El próximo trayecto fue de Cali, la cuidad del azúcar, la salsa y las negras caderonas hasta Mocoa, la cuidad de las motos y de los indígenas industrializados. El viaje duró 17 horas. Atravesamos el departamento del Valle del Cauca, El Cuaca y del Huila para adentrarnos al departamento del Putumayo. Después de la ciudad blanca –Popayán- hasta poco antes de la entrada de San Agustín, municipio con ruinas y cementerios indígenas, la vía era destapada y la moto parecía un martillo en los pulmones. Llegamos a estar por encima de los 3 mil metros sobre el nivel del mar y logramos observar los frailejones, planta insignia del páramo en Colombia. 

Llegamos con los traseros anestesiados a la casa de una familia indígena, de la comunidad Kamtsa. 

Ya en la noche del día siguiente nos invitaron a un ritual de la ceremonia del yagé. El yagé es una planta con efectos endógenos, es decir, con efectos en el interior de la persona. Esta planta es utilizada por los indígenas para alejar malos espíritus y enfermedades. Existen datos arqueológicos que describen que hace unos tres mil años antes de nuestra era en Perú, Ecuador, Colombia y Brasil ya se utilizaba. Por eso es milenaria. En la ceremonia el indígena se pone una corona de plumas y varios collares con semillas o colmillos de tigre o algún otro animal silvestre. Luego, en un tarro metálico echa brazas ardiendo y sobre ellas vierte resinas de árbol como el copal. El humo se echa en todo el recinto. Después, con una armónica realiza un canto en lengua antes de repartir el yagé. El yagé es un líquido café oscuro, amargo, que se sirve en una tasa pequeña, la mitad de una tasa tintera. Uno se toma la bebida y se sienta a esperar lo anodino. Fer se sentó en una esquina. Yo, me hice en una banca y cerré los ojos. A los veinte minutos empecé a sentir un zumbido en las orejas. Respiré profundo y vi unas rocas en una vía. Sobre las rocas había una mujer vestida de blanco, con un bastón que terminaba en forma de vaca. Luego vi una moto rodando. En ese momento abrí los ojos y estaba sobresaltado. Al instante sentí ganas de vomitar. Cuando me repuse de las arcadas me senté de nuevo e intenté reflexionar sobre la visión. Me dirigí hasta un joven indígena, quien ayudaba a su padre en la ceremonia. Él me dijo que había una mujer llamándome y que si no me cuidaba, ella podía atarme por mucho tiempo. Me regaló un tabaco y me dijo que cuando la sintiera cerca me lo fumara al revés. Todo era tan misterioso e irracional. 

Salimos de Mocoa hasta Pasto. Pasamos el macizo colombiano, donde nacen las tres cordilleras que atraviesan el país. En Pasto dormimos y esa noche volví a soñar con la mujer de blanco. Partimos a la mañana siguiente para Ecuador. Sellamos los pasaportes en las fronteras. Desde que entramos a Ecuador algo extraño nos sucedió. Yo sentí unos retorcijones en el estómago y Fer empezó a temblar. Además nos dimos cuenta de que la gasolina se estaba agotando. Al entrar a una bomba nos encontramos con la sorpresa de que vehículos con placas colombianas no pueden abastecerse del combustible ecuatoriano en zona fronteriza. Aun así nos aventuramos a seguir. Ya estaba entrando la noche y empezamos a descender la montaña para llegar al valle cuando a unos 50 metros había una curva cerrada y nos encontramos que estaba cubierta de rocas gigantescas. Fer no alcanzó a esquivarlas y nos estrellamos. Recuerdo que rodé unos dos metros en el pavimento. Vi como Fer pasó por el lado rastrillando el casco contra el suelo al tiempo que una roca con el borde filudo se aproximaba a mi garganta. Lo único que hice fue alzar la mano y como tenía una ruana, ésta se templó y la roca impactó en el casco. Luego, me levanté y busqué a Fer. Yo me había raspado la rodilla derecha y parte de la rótula se veía por uno de los raspones. Fer se había raspado las pantorrillas, las muñecas y los codos, pero eran heridas más superficiales. 

La moto tenía el rin de la llanta delantera averiado y la palanca de los cambios reventada. A los 15 minutos llegó la policía de carretera, nos hicieron los primeros auxilios y nos llevaron con la moto al peaje más cercano. Tomamos un bus hasta Ibarra. Esa noche llegamos al hotel que valía 5 dólares. Nos dormimos al instante. Volví a soñar con la mujer de blanco. Me levanté sobresaltado y fui al baño que estaba fuera de la habitación. Del baño salía una mujer delgada, con un vestido blanco y los ojos hundidos. Ella me dijo, con una voz dulce pero quebrada, que había llegado justo a tiempo. Intentó tocarme la herida pero cambié de dirección y volví a la habitación. Busqué el tabaco que me había dado el joven indígena y lo prendí al revés. El tabaco estaba amargo y me hizo vomitar. Fer ni se despertó. Pasé toda la noche en vela.

En la mañana pregunté por la inquilina delgada y el chico de la recepción me dijo que había llegado hace dos días. Pero que en la madrugada había partido llorando y echando maldiciones. No le dije a Fer nada de lo sucedido. Nos condujimos al hospital San Vicente de Paúl y nos atendieron gratis. En Colombia, con la crisis que hay con la salud, estoy seguro que las heridas se hubieran infectado y cuando ya fuera irreversible el problema nos darían una cita con un médico general. Morirse en Colombia es el eslogan del sistema de salud nacional. 

Después de ese tabaco no volví a soñar con la mujer de blanco. El último día en Ibarra, Fer y yo, cojos, nos dirigimos al parque donde está la catedral del arcángel San Miguel. Entramos a un bar y pedimos una jarra de vino caliente. Al frente había una mesa de mujeres ecuatorianas. Bonitas para el contexto, pero, a mi modo de ver, una mujer bonita en Ecuador es como una mujer fea en Medellín. Igual, el licor ayuda a desligarse de conceptos estéticos. Además, estaba feliz de saber, que hasta ese momento, no había pensado en ella. Sentí que en el sur la había olvidado. Las chicas aceptaron la invitación a sentarse en nuestra mesa. Empezaron a hablar de sus estudios universitarios y me harté. Me parecía irracional que las mujeres que uno ve tranquilas y que se empecina en cortejar porque van con sandalias, vestido largo y sin maquillaje pueden brindarte una relación tranquila y buenos revolcones… Cuando son, lo digo por convicción, las más difíciles de su especie. Se han preocupado por llenarse de tanta información que se enredan con ella. Han olvidado lo elemental que es el hogar. Creo que entre las montañas habrá una mujer que entienda lo esencial de la vida y se enamore de mí sin tantos engranajes y discursos.

3 comentarios:

antonio molina medina viernes, enero 11, 2013  

Me ha gustado y mucho su relato... Quizas me he identificado con él...

Una pequeña grieta en la tierra
nadie le da importancia.
Pero pasa el tiempo y poco a poco
la grieta de agranda, se hace más ancha,
sus pareces más profundas, y nadie la percibe.
Con el paso del tiempo cambia el paisaje
y lo que antes era un pequeño paso hoy
es un puente para sortearla, pero sigue
y seguimos sin darle importancia,
hasta que un terremoto separa su cuerpo
pedazo de tierra que el mar lo rebana
para ser continente salvaje, sin vida,
esperando que las esporas salvajes
con el viento se posen en ella para fertilizarla.
molina
Gracias por compartir
un saludo

antonio molina

Felipe Mejia Medina viernes, enero 11, 2013  

Uy viajar en moto es de valientes. En cicla, bueno, ay mi madre. A pie, alguna vez se hizo. Hace unos 250 mil años o algo así.

¡Saludos!

F:
http://mistavilteka.blogspot.com

María miércoles, enero 16, 2013  

Me ha encantado tu experiencia, gracias, amigo por compartirla, y lo que más feliz me ha hecho es que del accidente hayas salido con vida.

Un beso.

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