— Aprovecho
ahora que estamos aquí sentados, en esta mañana fría, con estas dos tazas de
café para contarte algo que me aflige.
— Si,
dime.
—
Resulta
que hace unos días discutí con mi compañera y por orgullo no quise conciliar
porque a veces uno es terco y prefiere sostenerse en el error por miedo a
demostrar que es débil. Sé que fui muy testarudo, claro, ella también fue
grosera.
—
Ahora
que mencionas lo de tu mujer, estimado colega, reconozco que en pareja uno es
otra persona. Me explico, con los conocidos uno es más fuerte, hace chistes y
aparenta que es el que maneja la relación; pero con los amigos, los verdaderos,
uno entiende la intimidad como un voto de confianza donde se puede contar los
secretos más dolorosos sin sentirte juzgado. De ahí que solo a los amigos uno
les confiese que en casa la mujer es la que gobierna. En definitiva, nos
mentimos al creer que entendemos la naturaleza de las mujeres: ellas son extensas y profundas como el mar y por más
que uno se sumerja solo alcanza a conocer unos cuantos metros. Llegamos solo a
columbrar sus emociones, como corales, donde sus pasiones y deseos se alimentan
como pececillos de colores. Hasta ese
punto puedo hablar de ellas, pues las veces que he intentado zambullirme a
fondo ese mar sufre fluctuaciones que originan grandes olas y me obligan a
buscar la costa.
—
Es
cierto. Por lo que dices, has vivido lo mismo y creo que entiendes el
significado de la crisis. Durante años de relaciones he formulado una teoría:
la crisis es como un crisol donde se funden los desencuentros y los resabios
personales, luego del crisol la crisis pasa a convertirse en una espacie de
flor de cristal con hojas de vidrio donde se evidencia el cambio y llega la luz
del sol que es Cristo. Cuando eso sucede la relación muta casi siempre para
algo mejor, es decir, se da un paso adelante y no atrás. Pero esta vez fue al
contrario. Sí, como lo oyes, después de la discusión ella en la madrugada se
introdujo bajo las cobijas y ya sabes: la voluntad es frágil cuando la piel es
seducida.
—
Entiendo,
es complicado, espera asimilo las cosas. ¡Ah! por lo que observo ella te
demostró que su inteligencia emocional es más eficaz que la tuya y se aprovecha
de que no eres consecuente. No arrugues el ceño compadre, eso nos pasa a todos,
a lo que voy es que te contradices al pensar y decir lo que no haces.
—
Es
precisamente eso lo que me atormenta porque no puedo resistirme a ella. Y no te
sientas superior porque sé que tú tampoco te negarías al sentir el cuerpo
desnudo de la mujer amada, sus senos del tamaño de los duraznos presionando tu
estómago, sus labios húmedos sobre tus tetillas, sus manos insolentes buscando
tu cetro de poder...
—
Perdona
te interrumpo, reconozco tu situación y creo saber qué fue lo que falló. Después
de darle tantas vueltas a este asunto tengo la certeza de que te faltó carácter
para decirle “no”. Por consiguiente es que ella con su sensualidad puede
coartar tu discurso y hacer lo que se le antoje contigo...
—
Eh,
bueno, no creo que sea del todo así, eh, puede ser que también yo quiera que
ella me busque y de esa forma sentirla más cerquita…
— No
te justifiques querido hermano porque de nada sirve esta conversación. Estamos
tratando de entender lo que sucede, para eso debemos sincerarnos. Por ello, en
mi humilde opinión, con tu historia he mirado la mía en retrospectiva y he
visto que también yo digo y pienso lo que no hago. Duele aceptarlo, me tiembla
la voz, pero es necesario reconocer que tanto tu mujer como la mía han
descubierto nuestros lados débiles y en su insondable misterio ellas han
entendido nuestro “no”, tal vez en su acepción más acertada, como una invitación
urgente a hurgar bajo la bragueta.
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