Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La virtud del onanista

>> sábado, 4 de agosto de 2007

El onanista es un ser triste y la tristeza seca los huesos. De ahí que la mayoría sean flacos. No es una regla general, pero si muy característica.

Es muy común, cuando camina acompañado de alguien que le interesa, que lleve las manos en el bolsillo como queriendo esconder su culpa de ya haberla poseído sin consentimiento.

Él no gusta de las caricias prolongadas porque sabe las que quiere. Es práctico en eso del placer. Las caricias que da son la que anhela recibir. No muy lentas ni muy rápidas, no muy suaves ni muy fuertes, solo caricias con carácter y decisión. Caricias que se recuerden.

El onanista no se destaca por ser un deportista o un trabajador juicioso. No tiene energía para ello. Más bien es un ser ocioso con tendencia al psicoanálisis. Eso cuando ha pasado la adolescencia. Le gusta exorcizar de sí todos sus demonios para pensarse. Es común que manifieste ser una persona sin rumbo, que anda en el limbo, en la incertidumbre y que disfruta de ello. Pero en esencia es onanista para ocultar sus pasiones.

El onanista cumple todas sus fantasías en cuestión de minutos. Puede acostase con seres inalcanzables y librase de sus compañías al instante sin disculparse y sin sentir culpa.

Como dato curioso se le ve acompañado de las personas que desea, o observarlas, cuando no las conoce, con vital atención, como si esos actos fueran los frutos de una cosecha. Él recolecta sus fantasías que satisface en el baño o en el cuarto. Siempre en lugares íntimos.

Para muchos el onanista es un ser incapaz que recurre a tales actos por miedo al fracaso. Pero no es así. Es un ser capaz y éxitoso. Él cuenta con un decálogo de fantasías realizadas, una lista de amores disponibles, una inducción de métodos en caricias, una colección de rostros y cuerpos.
De por sí el ononista es un ser cortés, saludable, hasta alegre, minutos después de la consagración a sí mismo. Sabe que no tiene que rendir cuentas de sus actos.

Es un ser débil. Su debilidad se debe a que no tiene que soportar la compañía de otra persona después del acto sexual. Cosa agotadora.

Después del acto se acostumbra a hablar, a representar cierta satisfacción falsa, a dar caricias de compromiso y ocultar el tedio y las ganas de dormir. Se debe aparentar ser fuerte cuando en esencia lo que se quiere es estar solo y reponerse.

El onanista se salta todas las reglas de cortesía que solo prolongan el tedio. Sigue su instinto y se duerme o se marcha, así se le recuerde como un ser insensible. Pero es el más sensible y honesto. No se miente así mismo para satisfacer los miedos de otro.

El onanista es un ser triste y la tristeza seca los huesos. De ahí que la mayoría sean flacos. No es una regla general, pero si muy característica.

Es muy común, cuando camina acompañado de alguien que le interesa, que lleve las manos en el bolsillo como queriendo esconder su culpa de ya haberla poseído sin consentimiento.

Él no gusta de las caricias prolongadas porque sabe las que quiere. Es práctico en eso del placer. Las caricias que da son la que anhela recibir. No muy lentas ni muy rápidas, no muy suaves ni muy fuertes, solo caricias con carácter y decisión. Caricias que se recuerden.

El onanista no se destaca por ser un deportista o un trabajador juicioso. No tiene energía para ello. Más bien es un ser ocioso con tendencia al psicoanálisis. Eso cuando ha pasado la adolescencia. Le gusta exorcizar de sí todos sus demonios para pensarse. Es común que manifieste ser una persona sin rumbo, que anda en el limbo, en la incertidumbre y que disfruta de ello. Pero en esencia es onanista para ocultar sus pasiones.

El onanista cumple todas sus fantasías en cuestión de minutos. Puede acostase con seres inalcanzables y librase de sus compañías al instante sin disculparse y sin sentir culpa.

Como dato curioso se le ve acompañado de las personas que desea, o observarlas, cuando no las conoce, con vital atención, como si esos actos fueran los frutos de una cosecha. Él recolecta sus fantasías que satisface en el baño o en el cuarto. Siempre en lugares íntimos.

Para muchos el onanista es un ser incapaz que recurre a tales actos por miedo al fracaso. Pero no es así. Es un ser capaz y éxitoso. Él cuenta con un decálogo de fantasías realizadas, una lista de amores disponibles, una inducción de métodos en caricias, una colección de rostros y cuerpos.
De por sí el ononista es un ser cortés, saludable, hasta alegre, minutos después de la consagración a sí mismo. Sabe que no tiene que rendir cuentas de sus actos.

Es un ser débil. Su debilidad se debe a que no tiene que soportar la compañía de otra persona después del acto sexual. Cosa agotadora.

Después del acto se acostumbra a hablar, a representar cierta satisfacción falsa, a dar caricias de compromiso y ocultar el tedio y las ganas de dormir. Se debe aparentar ser fuerte cuando en esencia lo que se quiere es estar solo y reponerse.

El onanista se salta todas las reglas de cortesía que solo prolongan el tedio. Sigue su instinto y se duerme o se marcha, así se le recuerde como un ser insensible. Pero es el más sensible y honesto. No se miente así mismo para satisfacer los miedos de otro.





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