Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Caminante de la noche

>> domingo, 28 de junio de 2015




Hay noches en que un vino lleva a otro vino, a otro cigarrillo, a otro bar, a otra calle, a otro ron, a otro cigarrillo, a otro bar, a otra casa, a otra nostalgia, a otra noche sin aventura, a otra noche de amigos, a otra vez lo mismo, a otro vino, a otra noche con el mismo cansancio y la misma sensación de haber vivido hace muchas noches la misma noche, otra vez el mismo poema, otra vez el cansancio de saberse un poco más viejo y obstinado. 

Hay noches en que en la boca del estómago hay una sensación de efervescencia. Es como si fueras más atractivo y solitario, como un sarcasmo en medio de aforismos y refranes sin brillo, un sarcasmo que saltando en un solo pie y le dice al idiota “te alcancé”. En esas noches quieres vivirlo todo y necesitas otro vino, otro cigarrillo… Encuentras otro bar cerrado, otro transeúnte a la deriva, otro sueño esfumado antes de ser soñado, otra mujer lamentándose no haberte conocido antes de que la noche la llevara a otros brazos, otra historia que te saluda y pasa de largo, otra calle iluminada con lámparas opacas, otro establecimiento clandestino que abre para los caminantes de la noche, otra cerveza, otro impulso para arder en la sombra.

Hay noches, casi todas, cuando se arde con mucho fuego, en que terminas hecho un fiasco y la ebriedad se torna pesadez o náusea. Entonces se vuelve a casa un poco más triste, más solo. Miras al techo y todo da vueltas. Te sientes otro suspiro perdido en el lecho, otro entusiasmo con la cabeza abombada, otro cuerpo que duerme como animal herido, otro mamífero reposando en el recuerdo de los días sin memoria, otro más que ve otra mujer que pasa de largo con otro hombre, otra mujer que es mejor que sea otra para que no ensanche la soledad de los días de existencialismo alargado, los días en que vivir es una cita incumplida, los días en los que una fémina apacible te consuela, los días en que una canción ambienta las cotidianidades que no se pueden postergar, los días que se repiten y de tanto repetirse te convierten en una flor marchita en etílico que necesita un retiro al campo, un amanecer donde al abrir los ojos el paisaje no te duela dentro de la cabeza. 

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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