Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Trasegar

>> sábado, 24 de octubre de 2015


A veces sientes que es necesario aquietarse y si los consideras pertinente corregir el camino. Puede ser difícil. En mi caso, por ejemplo, después de dedicarme siete meses a culminar una novela en la que llevaba trabajando varios años me quedé como un barco a la deriva: Averiado y vació. 


Lo sobrellevé de la mejor manera porque sé que casi siempre, al terminar un proceso creativo, el creador queda algo oscuro, desconcertado. Es como si de repente no se sintiera el pulso. Como si te faltara el aire y la fuerza para empezar algo de nuevo. Al menos en los procesos creativos donde la apuesta es cambiar algo, así sea un gesto.

A eso se le sumó que me di cuenta (conscientemente) de que no tenía trabajo y me sentía más inútil de lo acostumbrado. Curiosamente un amigo me facilitó un nuevo empleo. Más sorprendente que conseguir trabajo fue reunir los papeles requeridos. 

Es un camello hacerse apto para un trabajo. Entre los requisitos se pedía un certificado médico. Asistí a una clínica y me atendió una mujer de unos 40 años. Era delgada y reservada. Bajo sus gafas miraba a sus pacientes como cifras en una ecuación matemática. 

Ella me preguntó la edad y le respondí que tenía la edad indicada y que estaba en mi mejor momento. Ella me miró seria. Tal vez creyó que estaba buscando una aventura con ella. Guardé silencio. No quise explicarle que tener la edad indicada era admitir que estar sano es la fuerza más profunda de la atracción. Es la señal de que uno se hace elegible para asegurar la evolución y la postergación de la especie.

Después de un examen exhaustivo, de caminar en puntas de pies, en talones; de abrir la boca, aguantarse las cosquillas, pararse como un exiliado de sí mismo; la doctora admitió que yo estaba bien. Las orejas estaban donde deben ir las orejas. Lo mismo los ojos y la nariz… Al final se alegró de tratar a alguien que no la necesitará. 

Salí del consultorio contento de saberme sano y sentí la posibilidad de lo que era. Sereno y manso, contemporáneo de las flores me hago visible a la semilla que aguarda. Después miré al cielo. Cerré los ojos y me dejé guiar, sin rumbo, por los pies.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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