Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


Un pase mágico

>> miércoles, 27 de febrero de 2013


Hace unos meses visité un amigo que vive bien adentro en la montaña. Nos encontramos en un rancho de madera, por donde se internaba monte adentro. Él estaba acompañado de un anciano, delgado, con sombrero de ala ancha, bozo insípido en el labio superior y un machete. El camino era angosto y había partes en las que se necesitaba abrir trocha. Como a las tres horas empecé a sentirme mareado. El anciano lo notó y me dijo que me sentara. Luego, me dijo que estaba bajito de energía a causa de mi sedentarismo. Mi amigo me dio un poco de agua y sonreía al ver la cara de rana que pongo cuando estoy asustado. El anciano me dijo que alzara la cabeza. El sol alumbraba con fuerza. Me recomendó que cerrara los ojos y abriera la boca. Luego que intentara, en un acto simbólico, tragar la luz del sol. Debía repetir el ejercicio dos veces. Cuál fue la sorpresa al sentir como en el plexo solar empezaba a brillar una luz naranja. A los minutos me incorporé y esa luz me acompañó el resto del viaje. Caminé sin cansancio con una energía asombrosa, casi irreal, durante cuatro horas.

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Andamiaje

>> martes, 12 de febrero de 2013


Sales de casa sin un As bajo el brazo. Crees ingenuamente que tu idea de amor te servirá de chaleco antibalas cuando es tu ingenuidad la que te hace fuerte, la que te protege del punto de vista que no sostuviste cuando te quedaste inmerso en una discusión sin sentido. 
Sales de casa sin un As bajo el brazo dispuesto a estar solo porque hay días en los que ni te gusta tu propia sombra. Entonces buscas un lugar tranquilo, lejos de todo, donde puedas sumergirte en tu silencio en busca del duende fantástico que puede, si te descuidas, romperte el cuello de sobresalto. Pero es ese duende quién te hace único, instante, átomo y unidad. 
Sales de casa ni triste ni alegre con la ridícula idea de que el amor, en nombre del amor expanda el corazón hasta el horizonte. Respiras porque esa ridiculez te alegra porque eres ridículo y eso nadie lo puede remediar. Además, sabes que en casa, de vuelta, alguien te espera con una copa de vino tinto y con un As bajo un te quiero.

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