UN HOMBRE SE despertó sobresaltado. Se levantó de la cama a eso de las tres de la mañana. Tenía una sensación extraña de ser observado. Recordó el sueño. Vio nítida a la mujer onírica que tenía el rostro lleno de ojos. Era como una esfera llena de esferas pequeñas que lo miraban. La imagen lo asustó a tal medida que en la cocina, mientras tomaba un poco de agua, recordaba ese montón de círculos que lo señalaban. Abrió la ventana y miró desde el décimo piso, donde estaba su apartamento, una cantidad innumerable de lucecillas de la ciudad que titilaban como pequeños ojos que parpadeaban.

La imaginación tiene sobre nosotros mucho más imperio que la realidad.
Jean de La Fontaine



Los dinosaurios, los dragones o los monstruos en general son centro de interés de los niños, casi igual que el muestran por los aviones, las muñecas, los trenes y los automóviles. Y entre más grande sea y entre más extraño y largo sea el nombre que posea la creatura más fascinación genera en el público infantil. No sé si estas características apliquen a otros seres fantásticos y un poco horribles, pero lo que sí es seguro es que estos seres gigantescos se recrean en cada generación y habitan los juegos infantiles. Por tanto y sin darle más largas al asunto, en este programa radial los niños hablan de los dragones y dinosaurios. Por tal motivo, les damos la bienvenida a esta emisión de Me revientan los adultos que de parte mía y de los niños se hizo con mucho cariño. Esperamos lo disfruten.


7 febrero 2019
Por Juan Camilo Betancur E.


Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber.

  Albert Einstein


La escuela atraviesa la infancia, la adolescencia y la adultez porque es allí donde se establecen las pautas, sean para bien o mal, según la experiencia de cada individuo, que permiten al individuo establecerse como ser social. Por algo, el término “escuela” viene del latin “schola” que significa espacio en que los humanos asisten para aprender. La idea, es que en este espacio el individuo aprenda aspectos individuales, sociales y culturales, en relación con sus pares y con sus docentes, para que adquiera herramientas que le permitan participar en los procesos sociales de su comunidad y aporte a la construcción de una sociedad democrática, incluyente y equitativa.

Sin embargo, no siempre la escuela funciona como debe porque muchas veces los docentes, aquellos que pueden enamorar a los alumnos del conocimiento con su experiencia de vida, hacen todo lo contrario porque no aman lo que hacen y eso se percibe. Entonces, estos docentes que ocupan una plaza pública por los beneficios económicos hacen que la escuela no sea la institución que favorece a la inclusión de los niños en la sociedad como adultos responsables, con criterio y capaces de convivir con otros a pesar de las diferencias. Esto porque están pegados a los fascículos, al mismo discurso que repiten cada año, a la idea de que la diferencia es una amenaza para el aprendizaje… por lo que hacen de la escuela una especie purgatorio donde el criterio sin reflexión, la palabra sin amor, el acompañamiento sin comprensión son para el pensamiento del estudiante como una picadura de alacrán o un jarabe amargo.

Más también hay docentes que han dejado su palabra como semilla en el corazón de sus alumnos y está semilla detona, con los años, la posibilidad de pensarse y pensar el mundo circundante para optar por un mundo más humano, menos empresarial, más equitativo, menos competitivo, más hospitalario, menos monetizado. Pues estos docentes, desde diferentes áreas del conocimiento y del saber humano como la física, la biología, la matemática, la historia, la filosofía, la literatura, la tecnología, la educación física, entre otras, trasmiten el conocimiento de generaciones anteriores para que los alumnos vean otras posibilidades, otras experiencias de vida y puedan reflexionar y luego optar por un camino que les vibre en sus corazones y así buscar su felicidad, que no siempre está ligada a la producción.


A los docentes que enseñan desde la vocación, en su trabajo silencioso, continuo, se les debe también que existan otras personas con otras búsquedas, con otros intereses, con otras sensibilidades. Algunos optan por seguir el camino de la vocación porque fueron inspirados por sus maestros y son estas personas las que pueden sustituir aquellos docentes obsoletos y seguir generando una reflexión continua desde la escuela. De esta manera, hacer de la escuela una institución abierta al mundo y fomentar, desde los ámbitos educativos, la participación con sus comunidades para generar una estructura flexible y normativa que permita una vida democrática y de inclusión a partir de las diferencias.  



29 enero 2019
Por Juan Camilo Betancur E.


Sea lo que sea que puedas o sueñes que puedas, comiénzalo. Atrevimiento posee genio, poder y magia. Comiénzalo ahora.
Johann Wolfgang Von Goethe

La magia existe y no es el juego óptico de hacer aparecer conejos de un sombrero o partir con una sierra a una mujer en dos. Al menos eso entendí con el hombre que conocí hace varios años en Girardota. Se llama Juan Daniel Pérez, fue profesor de la IE Emiliano García. Pero sobre todo, supo, con su palabra, transformar a muchas personas, claro, incluyéndome.


Cuando lo nombro mago, me refiero específicamente a su capacidad de comprender el mundo que habita valiéndose de la filosofía y la palabra. Es decir, su palabra ha ayudado a comprender que el universo físico no es el resultado de un poder de creación original que actúa sobre la materia, sino que es el resultado del poder de la vida que actúa sobre sí mismo, es decir, el fuero interno. 

A esa especie de mago me refiero cuando nombro a Juan Daniel Pérez. El mago de la palabra que trasformó a sus alumnos. Así sucedió con Mauricio Hoyos: “Yo era un muchacho de 14 años, estaba en noveno. En ese momento, era buen lector, pero no tenía conciencia de que eso fuera una forma de vida. No conocía a ningún adulto que supiera leer y escribir. Juan fue el primero. Era muy particular. Se ofuscaba porque los profesores no leían. Los que más leían, leían El colombiano. Pero, a los que querían leer les recomendaba que si leían 15 minutos, con eso era suficiente.  Otra cosa era que ponía frases inquietantes en el tablero. Solo para eso utilizaba el tablero.

Juan daba  ética y español. Cada clase con él era una ruptura del esquema. Él nos mostraba como el sistema te hace daño.  Por ejemplo, nos puso a investigar y escribir sobre lo que nos diera la gana. Era la primera vez que alguien me mandaba a hacer algo que quería. Investigué sobre el dibujo. Me interesaba irme para Japón a estudiar animación.  

Recuerdo que en vez de organizar el salón, lo desordena. También, le daba prioridad a la lectura en voz alta. En el salón andaba con un libro, en fotocopia, bajo el brazo: Cuentos orientales.

La clase era escucharlo. Andaba con camiseta, collares y manilas. Declaraba que había sido hippie y que viajaba por el mundo leyendo la palma de la mano. Lo que más recuerdo era que él tenía el don de la palabra. Además, tenía una perspectiva distinta de las cosas. Decía que Jesús era el “mago Jesús”. Con esas declaraciones, uno que no tenía ni formación ni ganas de meterse en esas cosas de pronto se interesa. Por eso, es que para muchos, Juan hacía magia. 

Una vez me senté con un amigo en el pupitre de Juan. Él conversaba con otros profes de matemáticas y les hacía preguntas hasta enojarlos. Incluso, hacía otras cosas aparte de jugar con los profes. De pronto, sacaba un spray de frutas y se echaba en las manos. Y sonreía. Era misterioso. Por ello, le preguntamos por la magia, porque creíamos que era mago. Lo que me enteré era que la magia de él eran las palabras”.

Para muchos, la  magia es la ciencia de las relaciones ocultas. Entonces el mago tiene el poder de revelar la intimidad que subyace a todo.  Con esa intimidad, dirige la orquesta.  Como director de la orquesta modula el sonido caótico de los músicos con naturalidad. Así percibo la magia de Juan, y eso que no fui alumno suyo.  Lo digo, porque después de conversar con él, puedo dimensionar su palabra en un evento ocurrido hace varios años.

Recuerdo que él estaba sentado en el Kiosco de Girardota.  Me senté en la mesa de al lado y él me invitó a la suya. Ese día me fui con ganas de llorar. Cada palabra suya iba dirigida a un lugar específico, como si tocara la cuerda indicada y al hacerla sonar le quitara el polvo que le impedía ser música. Por esos días estaba despechado. 

Hizo una pausa y se tomó un sorbo de tinto. Miró por la ventana. Después de unos minutos de silencio, como si hubiera visto el origen de mi incertidumbre, me dijo que uno se pasa la vida buscando fuera de la casa lo que está en la casa. Por eso, se desboca con las mujeres por la urgencia de amor y hace invisible a la madre y hermanas por la razón de que no son objeto del deseo. El hombre se demora mucho en entender que la vida le da la madre y hermanas para que tenga a primera mano la información que necesita para relacionarse con las mujeres.

Ese día le dije que me gustaría volver a verlo a lo que me contestó que esperáramos. Que él a los amigos los consideraba sus iguales y por eso prefería a los amigos que a los discípulos porque no tenía nada que enseñar. Antes de irse pagó la cuenta sin dejar cita o punto de encuentro.

Evoco ese recuerdo porque hace poco volví a encontrármelo y fuimos a la Plaza de Mercado a almorzar. Allá lo entrevisté. Me advirtió que no quería figurar. Le dije que bueno. Sin embargo, abusando de su palabra y traicionándola un poco, se me ocurrió preguntarle a algunos conocidos, la mayoría ex-alumnos suyos: ¿cómo la presencia de Juan, sus palabras, quedó en ellos?

La sorpresa fue muy grata. Por ejemplo, Eliana Vahos dice: “Recuerdo a Juan Pérez como un profesor con ganas de hacer las cosas diferentes y el amor por la literatura. Hacía que por primera vez, al menos para mí, transcendiera un texto. Él fue un maestro humano. Nos enseñó a sentir y a ser. Además, nos puso a escuchar Ojalá de Silvio Rodríguez”. También, Cristián Palacio comenta: “Con el profesor Juan Daniel Pérez me vi llamado por la literatura. Él logró sembrar dudas, y no porque él hiciera preguntas, sino porque me presentó a grandes maestros de la literatura. Así pues, agradezco al devenir por la mano que tendió en mi camino la novela Siddharta de Hermann Hesse, y que tejió una amistad que derrumbó los límites de las aulas y que permanece con los años”.

 A Carlos Orlas le pedí un párrafo y me escribió un texto hermoso. Un texto que estoy seguro hará lagrimear a más de uno. Un texto donde se retrata de una manera poética ese perfil del profesor-mago:

Juan Pérez Poeta
Se notaba que además de saber cultivar flores, amores y amistades, Juan filosofaba poemas o poemaba filosofías. O sea que era un alquimista del verbo, a lo Jesús. Nunca lo sentí como un profesor; desde mi silencio, que era una forma de admirar su palabra reverberante, escuchaba como un arroyuelo, “murmullo nocturno”, la voz enamoradora de Juan Pérez. Me terminé de convencer de su extrañeza, virtud de la que carecían los profesores normales, normalistas o normalizadores, cuando nos puso a voltear las sillas del salón, siempre mirando hacia el frente, y cambiar de perspectiva: esta vez mirando hacia la ventana al lado izquierdo del salón. ¡Fue un momento mágico¡ Apenas estábamos volteados, el viento de la tarde se dejó escuchar como un silbido. Juan emana alegría de sus ojos clarísimos y dice como un niño asombrado, extasiado: “¡escuchen el viento Ahhhh¡.” En otro momento (porque eran momentos y no clases los que se vivían con Juan) sacamos las sillas del salón y nos sentamos en el suelo. Escuchamos y reímos con la ocurrencia: escuchar la canción  Gracias a la Vida de Violeta Parra, en la voz atronadora de Mercedes Sosa, y todos libremente en el suelo.

Y así era con Juan. Parece un maestro a la antigua. Como  esos poetas que fueron maestros de escuela –pienso en César Vallejo o en Sanín Cano– y que en sus clases lo que hacían era poetizar, es decir, jugar a mirar el mundo con los ojos del alma, con amor y locura. En otro momento Juan nos saca del colegio y nos lleva a una manga a escribir lo que fuera pero con inspiración. De repente pasa un personaje vendiendo obleas de las grandes. Juan compra algunas y las comparte con tremenda sencillez y prodigalidad. No puedo dejar de pensar en la multiplicación de los peces. O en lo rico que sabe el alimento compartido. Tal vez, sea la extrañeza que daba salir del colegio a “pensar afuera”, en la manga, o poder ver correr las lindas compañeras con ese uniforme desatado y uno con  ganas de darles besitos por ahí bajo cualquier árbol. Todo eso lo desataba Juan como un mago.

El punto máximo de estos momentos se da cuando Juan me presta un libro: Fernando González. Una recopilación de sus frases más agudas extraídas de todos los libros. Un libro de máximas que me convirtió tempranamente en un disidente, casi un rebelde. Me cuestionó profundamente hasta hacerme sentir absurdo. Me enseñó el peligro de la vanidad y de no ser auténtico. Me demoré dos años leyendo y releyendo ese librito que cabía en el bolsillo como le gustaba a su autor. Hasta que pude renunciar a esa sabiduría tan abrumadora y de ahí catapultarme hacia escritores más entenebrecidos y a la vez refrescantes: Dostoievski, Baudelaire, Rimbaud, Herman Hesse, Sábato. Todos desempolvados de las bibliotecas escolares donde Juan sabía refugiarse. Cuando le devolví el libro a Juan, con el que apenas conversaba desde un silencio que él sabe leer, me dice: “este es un hombre honesto”.

Bueno. La palabra de Juan es dulce, limpia, libre y liberadora. Pero Juan se veía que había vivido. No era un intelectual de pose. Menos un profesor conductista y mediocre. Tenía calle. Silencios. Meditaciones. Casi un brujo. Las mujeres eran encantadas. Los que se dejaban cautivar prácticamente lo seguían como a un profeta. Fácilmente habría fundado a lo Gonzalo Arango un nadaísmo “escolar”, si acaso cabe tal cosa. En todo caso, nunca le dije nada. Hasta ahora. El instinto anarquista no me dejaba profesar admiración a un ser que ya le sobraba mucha fama. Pero eso sí: lo escuchaba con una concentración y un respeto que es el que me hace recordar mil cosas con las que llenaría muchas páginas. Como una suerte de memorias del dulce infierno escolar. Una más que no puedo dejar pasar fue cuando, después de conquistar un silencio de ritual en el salón, saca una manito acariciadora y a uno por uno se  nos va acercando. Cuando me tocaba el turno ya se sentía la excitación de todos los que habían sido acariciados. O sea que la manito llegaba magnetizada y provocaba un escalofrío delicioso en todo el cuerpo. Ahí sentí que un hombre puede acariciar a otro hombre y no necesariamente tiene que ser homosexual. La cópula es con el universo o, mejor, pluriverso.

Juan fue, en todo caso, un precursor, un instigador. Hacía que los demás se inspiraran. No enseñaba nada: solo instinto. Jugaba futbol en el torneo del colegio, ajedrez, billar. Seguramente hablaba con los árboles y las flores. También con niños. Ese man tiene su misterio. Tiene muchos amigos, hasta un hijo, pero esencialmente es un poeta y por tanto un solitario. Descifra en la oscuridad el silencioso trinar de las estrellas.

Con una sola frase que me dijo sobre la historia, me convenció de buscar a mi padre que no conocía, a los 23 años de edad. Él sabe que propició un encuentro para nada romántico y sí revelador. Como estas palabras que me salen de la nada y que me brotan como agua de la peña. Juan el amado, bonito poder escribir estos recuerdos”.

Se puede inferir del texto que Juan construyó un aprendizaje. Por ejemplo, enfatizó en la práctica del solitario al enamorarlo de la lectura para indagar sobre la investigación individual. Luego, trabajó las discusiones en equipo para enfrentarlos desde las habilidades cognitivas. De esta manera, potenciar sus procesos mentales desde la argumentación y la justificación. Claro, partiendo de la idea de que  pudieran, sus alumnos, resolver conflictos, ya sea entre ellos, con sus familiares, o internos. Siempre con el fin de que ganaran en independencia de criterio. Todo esto, alrededor de la palabra. Veamos como lo recuerda, Melissa cañas:

“En el año 2000, a mis doce años, entré a octavo y me había desentendido de los libros de texto: había entrado a un colegio estatal, a la Institución Educativa Emiliano García, y podía masticar chicle y maquillarme. Allí encontré a Juan Pérez. Tenía los ojos más bonitos que jamás hubiera visto, el motilado de un hombre –como se refería mi mamá a los hombres que llevaban el cabello peinado hacia atrás–, una barba no muy densa y una voz bellísima. Era un placer siempre escucharlo, más que todo, cuando leía poesía: eso sí era una delicia.

Hablaba con palabras que yo nunca había escuchado y de conceptos que, por más que pensara, no lograba comprender. Siempre llevaba jean azul y camiseta. Jamás lo vi caminar rápido. Se maravillaba de todo y tenía una explicación, igualmente, para cada cosa. Era fácil hacer amistad con él. Era muy jovial, sin perder esa figura de autoridad, por supuesto. Nos hicimos muy buenos amigos, y compartíamos las letras y el ajedrez.

Recuerdo que un día le dije que se inventara una actividad y que la pusiera en parejas. Él las escogería. Le pedí que me tocara con un chico que me gustaba, que en paz descanse, y él, Juan Pérez, sin vacilar, accedió. Ahora me rio de esas cosas, que, en su momento, fueron cosas de una adolescente”.

Juan tiene la capacidad de acceder a la vida psicológica de sus alumnos y de las personas con las que comparte. Les muestra que tiene experiencias comunes con ellos y hace que sus cosas, a veces soterradas en el inconsciente, afloren y sea un tema de conversación y de aprendizaje. Esto, lo aplica Juan desde el principio de que acceder al conocimiento del otro es precisamente acceder a la diferencia del otro. Sabe que el conocimiento del otro se constituye en el interior de una contradicción a partir de lo que se tiene de semejante con esa persona, en este caso alumno o profesor. Así ocurre con su amigo y profesor Fernando de Jesús Gutiérrez:

“Juan es un hombre de convicciones fuertes. Yo he conversado con él y me he dado cuenta de que él hace lo que le gusta. Cuando él va a trabajar con sus estudiantes y habla de cosas intangibles como es la filosofía, le pone alma corazón y vida. Él está en su salsa.  Juan se fue hace dos años del Emiliano. Estuvo conmigo en esta institución como 12 años.  Es un gran amigo. Desde que nos vimos hubo una empatía. Es un hombre muy interesante. Además, le gustaban las cosas que me gustaban a mí: la lectura, la poesía, el futbol, la buena comida, el buen vino, y sobre todo es un excelente conversador.

Con Juan confirmé algo que he considerado hace mucho tiempo para conmigo y es que un verdadero matemático tiene honduras filosóficas. Por lo tanto, las matemáticas y la filosofía van de la mano. En la antigüedad filosofía y matemáticas eran un par de novias y con ellas se juntaba la poesía”.

Juan transforma la escuela. Hace de ella un lugar para la palabra y la reflexión. Descifró que los saberes escolares no son repetitivos y que el hecho de que un profesor repita el mismo discurso cada año impide recrear y reinventar esos  saberes. Pues, el propósito de la escuela es darles herramientas a sus alumnos para que se puedan incorporar en una cultura, pensamiento y lenguaje.  De esta manera, ayuda que un individuo se desarrolle en el interior de una sociedad. También, propicia encuentros con el otro porque las relaciones sociales son la base de la construcción de una cultura.

Por ello, Juan, por decirlo de alguna forma, es un emisor de saberes a los que le preceden. Sobre todo, porque ha logrado un alto grado de conocimiento de sí mismo. Esto, y es lo sorprendente, le permite efectuar elecciones distintas de las de la bandada y expresarse de una manera que es la propia. Le da autenticidad y magnetismo. Por lo tanto, es capaz de examinar las costumbres sociales, asimismo las ideas, y  adoptarlas o no según su elección.

Para concluir y evocar ese saber trasmitido que sigue siendo en el terreno amistad, evoco un texto de Julián Ospina donde expresa de manera bella y contundente al maestro de la palabra:

“Saber y amistad
El recuerdo de un “maestro de escuela” uno lo va desovillando a lo largo de la vida. La impronta más viva marcada en nosotros uno la identifica más honda a medida que atardece la vida. Nunca se olvida un buen profesor o un buen amigo. Más que a estos hay más probabilidad de olvidar una “buena” mujer.

Un ser humano que ausculta la armonía en medio de la desconfiguración de las familias deja una huella y una seña, en-seña a peregrinar, a buscar,  a soñar, a encontrar el propio camino. Judap —de quien hablo en este texto— en la escuela como en la canción Luis Eduardo Aute reivindica “el espejismo de intentar ser uno mismo”, sin que esto connote egoísmo mezquino sino, precisamente, encuentro de co-construcción del conocimiento, espacio abierto de la palabra, Ágora, como se llamó el periódico que tuvo a bien fundar y jalonar en lo que era la antigua idea de “varones”, la misma donde Emiliano García moriría en plena clase. La misma a la que un día llevaron a los “hombre de acero” de los que el profesor en cuestión se gozó mientras jugaba ajedrez porque era esos los hombre que caían por la cabeza, como los clavos de acero.

En cualidad de docente a ninguno otro profesor en el colegio le escuché hablar del ocio, de la argumentación y de la desnudez. La humanidad y el pensamiento crítico de este tipo de profesores, dicho sea sin ánimo de adulación, despierta una nostalgia, incluso amando uno ya la lectura, de quedarse niño y escuchar a Judap leer en voz alta o encararlo a uno con el abismo silencioso de la escritura.

Atribuyo a su labor la inclinación por las humanidades de decenas de sus estudiantes, lo que no es desdeñable si se tiene en cuenta la orientación que tiene la “institución educativa” a la empresa, o sea a las máquinas que salen a trabajar a ellas, bien formaditas por los profesores que siempre dictaron: Dictadores.

Judap nunca dictó, insinuó libertad, era descontento e inconforme y sabía ver danza en la turbulencia. Tampoco se está vendiendo acá como modelo. Este ligero testimonio y el alcance que pretenda es como querer describir exactamente uno de los rostros de Perseo. Justo porque son múltiples los modos de ser con que Judap propiciaba saber y amistad. Quizá y según verso de Cernuda quiera todavía “arrancar una sombra/ olvidar un olvido”.



                      
12 diciembre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.




No hay nada más triste en este mundo que despertarse la mañana de Navidad y no ser un niño
Erma Bombeck

Este año nació el programa radial Me revientan los adultos como un proyecto de Yoga y Literatura con la primera infancia. Fue una experiencia maravillosa. Durante las emisiones los niños podían ser escuchados por los padres y sentirse importantes y los padres escucharon ciertos argumentos de sus hijos que tal vez ni se imaginaban que pudieran expresar. Lo que empezó como una clase más de literatura se convirtió en un espacio íntimo de conversaciones profundas. Esto dio otra dinámica a las familias y yo, el profesor, me convertí en receptor de estas conversaciones. Por ello agradezco de corazón a estas familias y espero puedan disfrutar en vacaciones este programa sobre navidad, el último de este año.

Además, como regalo para aquellos que les interese la literatura infantil quiero compartirles una historia que apenas conocí en estos días y que me sorprendió. Se trata del libro Cartas de Papá Noel escrito por J. R. R. Tolkien. Es un libro tan fantástico como El señor de los anillos. Incluso más vital porque nace de la recopilación de las cartas y postales que Tolkien les escribió a sus hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla, cada navidad, desde 1920 hasta 1943. Esto exigió al escritor sostener un relato por un poco más de dos décadas, sin más recompensa que la de acompañar a sus hijos. 

Luego recopilaron las cartas y los dibujos para editar el libro. Entre sus páginas están las aventuras que Papá Noel les cuenta a los hijos de Tolkien desde el Polo Norte. Había matasellos y dibujos de los personajes. 

En esas cartas aparecen el elfo Ilbereth (secretario de Papá Noel y de elegante caligrafía), Kharu el Oso Polar, el hombre de la luna, el muñeco de nieve, entre otros como los trasgos, los que roban los juguetes y quieren invadir la casa Papá Noel. Es una aventura añeja por los años. Ojala alguien pueda acercarse a ella. 

Evoco este libro para esta navidad porque Tolkien hizo de la literatura un recurso valioso para acompañar a sus hijos. Este evento me toca el corazón y espero que alguno aproveche este tiempo para incentivar la imaginación y pueda acompañar a un niño con una buena historia. 

A continuación les dejo algunas de las postales del libro. Son sencillas y hermosas. Feliz navidad.




24 Noviembre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.



“Escribir no es más que ejercer la disidencia. Y sentir que, al hacerlo, el fuego de la rebeldía te sostiene insuflando tu palabra.”
Pablo Montoya


Para esta entrevista busqué el contacto de Pablo Montoya y quienes lo conocían me informaron que era un hombre muy exigente a la hora de entrevistarlo. Durante varios meses estudié la obra y algunas entrevistas que le hicieron a Pablo. Cuando creí que podría sostener una conversación con uno de los escritores vivos más laureados en el país, le escribí un email y acordamos conversar en la Biblioteca de la Universidad de Antioquia. Llegamos los dos a la hora acordada. Al principio estuve un poco prevenido, pero a medida que íbamos conversando quedé gratamente sorprendido por la generosidad y la amabilidad de Pablo. Fue generoso en todas sus respuestas porque fue a su vida o a sus lecturas para encontrar las palabras adecuadas. También fue amable porque me trató con la cortesía de quién se alegra de que existan escritores jóvenes. Así que amable lector, espero que disfrutes escuchar esta entrevista así como yo disfruté hacerla. 



A continuación, con el permiso de Pablo, publicaré un texto “Otro decálogo” de Pablo Montoya. Un texto donde el escritor da su mirada sobre la tarea de escribir. 


"Otro decálogo: 

1. Que el pilar de tu escritura sea la poesía. Una literatura ajena a ella es algo enjuto, ceniciento, propicio al gusto trivial de las masas. 

2. Escribe para ti mismo. O hazlo considerando a los tuyos. Sean estos esos pocos que te acompañan, o los lectores desconocidos que se perfilan en el porvenir. Escribe buscando sus corazones. Incluso, sus inteligencias. Pero jamás vayas en pos de sus bolsillos. 

3. Recuerda que al escribir habitas el espacio de la marginalidad. Así los poderosos te elogien, los periódicos y revistas te entrevisten, des conferencias en lugares venerables y ganes importantes premios. Cuando te dispones a escribir recuerda que eres el periférico. Esa dura y renovada continuación del maldito. 

4. Escribir no es más que ejercer la disidencia. Y sentir que, al hacerlo, el fuego de la rebeldía te sostiene insuflando tu palabra. 

5. Tu compromiso, como escritor, más que con la gente que te rodea, más que con tu tiempo y sus diversas proclamas, es con la exigencia de escribir bien. Es casi imposible lograrlo, por supuesto. Pero esa prueba de todos los días es el motor que debe lanzarte a la escritura. Por ello, si tus textos son rechazados, aquí o allá, por un motivo u otro, no desfallezcas que reveses así son cruciales para tu aprendizaje. 

6. Los premios y los reconocimientos, los agentes con sus contratos y traducciones, los editores y sus recomendaciones, forman parte del engranaje de la literatura actual. Pero lo mejor es escribir sin pensar en ellos. Que el único radar que te oriente sea el de tus obsesiones, modeladas con el rigor de la disciplina. Ahora bien, si ellos te buscan o se preocupan por lo que escribes, y no se entrometen demasiado en tu proceso creativo, entonces atiéndelos cordialmente. 

7. Escribir sobre el pasado no es una moda. Es una inquietud lógica de los procesos creativos. El ser humano está forjado, en gran medida, de lo que le ha sucedido a su especie. El ayer es enorme y posee al menos la certeza de lo ya ocurrido, si se compara con el hoy fugitivo y el mañana ignoto. Pero cuando confrontes ese pedazo inasible de tiempo ido, no lo reproduzcas como si fueras un arqueólogo o un historiador o un periodista. Imagínalo y reinvéntalo como un poeta. 

8. Piensa que al escribir eres un artista. Por lo tanto, no ignores que lo tuyo está enraizado en el arduo conocimiento de las técnicas formales. En eso te pareces al más humilde y anónimo y persistente alfarero. Sin embargo, recuerda que el objetivo de toda literatura genuina está por encima de la utilería del oficio. Lo suyo es alcanzar y poseer la belleza. Si tú, al menos, la rozas con tu escritura, tu esfuerzo estará justificado. 

9. Para escribir hay que leer. Sé curioso y hospitalario con las nuevas voces. La historia de la literatura tiene en ellas la clave de su continuidad. Pero lo fundamental es releer. Vuelve siempre a los clásicos. Muchas generaciones de lectores los validan ante el imparable paso de los años. Con ellos se aprenden esas cosas esenciales que las frivolidades del ahora apenas logran intuir. Además, si pretendes innovar, tu deber es conocer la tradición. 

10. Escribe, si quieres, traspasado por ese rayo magnífico llamado inspiración. Sigue, si lo deseas, las órdenes del vértigo de hogaño. Pero no olvides que escribir es corregir. Y para ello tendrás que sosegarte, y ser amigo no de la liebre, sino de la tortuga. 

Pablo Montoya" 







30 octubre 2018

Por Juan Camilo Betancur E.

 "La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano."
Victor Hugo

¿Qué decir de la risa?, ¿cómo hemos evolucionado por medio de la risa?,¿por qué buscamos personas que nos diviertan? ¿por qué aquellas personas con buen sentido del humor son más opcionadas a ser elegidas como pareja?.. y otras preguntas que más de uno podrá hacerse. Igual no creo que tenga las respuestas y por eso mismo decidí entrevistar a algunos niños para indagar sobre el mundo de la risa, tan frecuentado y tan desconocido. Por eso, en esta séptima emisión de Me revientan los adultos la hemos dedicado a la risa. Si te interesa puedes escuchar el audio, si no, bueno, puedes seguir leyendo este texto que de seguro no te hará reír, pero tal vez te arroje algunos datos interesantes sobre la risa.

Para empezar acudamos al diccionario (RAE) que define la risa así: “el movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría”. Sería algo muy simple. Pues una cosa es la risa y otra el humor. Según el diccionario la risa es un movimiento fisiológico en respuesta a una emoción o motivación que bien podría ser el humor. Pero el humor tiene cosas más sutiles y complejas para analizar tan linealmente. 

Como respuesta fisiológica la risa es también frecuente en las ratas, los chimpancés y los perros. Estos animales se ríen cuando juegan. Así también los humanos. Sin embargo, nosotros también reímos para expresar una emoción o generar lazos sociales. En esa medida, más que una respuesta fisiológica también la risa es un modo de comunicación con otros individuos. 

En esa comunicación sutil de la risa el humor entra a jugar un juego importante. Entendiendo que el humor es más que ver bromas y contar chistes. Pues, las bromas se agotan o se hacen molestas cuando se repiten y los chistes son más un espectáculo que una conversación. Pero cuando hablamos con los amigos y entramos en un estado de confianza la risa es espontánea y pareciera que surgiera de dentro de nosotros para tratar de expresar un estado interior o una alegría antigua, que no necesita más motivación que la intimidad y la bondad entre dos seres que se comprenden sin esforzarse por aparentar ser simpáticos. En esa situación el humor es casi indefinible y necesario. Pues están felices sin querer ser graciosos. 

Al menos intento abordar esa risa sincera, que no está maquillada por los sistemas de creencias que hemos ido construyendo en nuestras vidas. Hablo de esa risa que es comunicación y es un puente por el que se movilizan emociones positivas que nos permiten establecer relaciones sanas, de bienestar, con las personas que amamos. 

Sin embargo, en un niño que todavía no está subordinado por el instinto y el deseo, la risa ocurre de una manera muy encantadora. En él, la risa es honesta y contagiosa como un rayo de luz en la oscuridad. Es una risa que expresa alegría y es espontánea porque surge como una explosión irresistible que sana el alma ya que proviene de un alto grado de bondad del ser que habita en el niño. Esa risa no tiene máscaras y tampoco una explicación. Sucede y alegra los corazones. 

En fin, más que una conclusión quiero terminar con la certeza de que una risa sincera, la que sucede con la gente que te cae bien, produce una sensación de bienestar tanto física como psicológica. Por lo que reír con los amigos, los cercanos y los amados revela una parte muy especial de nuestro carácter. Pues en posible ver en la risa de una persona rasgos muy significativos de su personalidad que nos pueden acercar o alejar de ella. No entraré a discernir sobre esos rasgos. Cada quien mirará lo que sucede con los suyos. Por ahora, amable lector, le deseo un bello día y que la risa de los íntimos le ilumine el espíritu.


17 octubre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.
Aristóteles


El maestro Jorge Maurer es de esos seres que es imposible de definir porque su sabiduría radica en el ahora en movimiento. Más que un cúmulo de conocimientos almacenados, su maestría consiste en vivir y ser feliz. Los datos en él se gestan desde su experiencia de vida. 

Maurer es argentino y desde hace 64 años enseña a conectarse con la luz interior. Su primer discípulo lo tuvo a los tres años. Era un tío, psicólogo, quién empezó a hacerle preguntas y se asombró con la claridad de las respuestas. Debido a ello, se abrió pasó entre las grandes personalidades argentinas que lo recibieron con gran curiosidad y respecto. Entre ellas: Julio Cortázar, Ernesto Sábato y Charly García. 


Desde muy chico tenía claro que era una equivocación querer aplicar los pensamientos de otros a su vida. Por eso, ha seguido su propio camino, el de sus inclinaciones más íntimas. Quizá, por tal motivo, le gusta la respuesta directa y evita el discurso laberíntico. Como Fernando González, enseña a dejarse influir solo por la vocación o la voz interior. En la actualidad tiene grupos de meditación en Caracas, Medellín y otras ciudades alrededor del mundo. 

Su palabra es clara. Parece sacada de la literatura sánscrita. Como si fuera parte de Los rishis, o sabios de la antigua India, que con la palabra transformaban la realidad. Por lo tanto, la palabra es sagrada. Por ello, el poder creativo de la voz se expresa claramente en sánscrito, donde vac, voz, es a menudo considerado como sinónimo de Shakti, que es la energía creativa, el poder de manifestación. Las preguntas son: ¿Qué creamos con la palabra? ¿En que nos enfocamos cuando decidimos hablar de lo que consideramos importante? ¿Aceptamos la palabra como un vehículo para llevar lo mejor o lo peor de nosotros mismos? ¿De qué hablamos cuando hablamos? 

En fin, son muchas las reflexiones que surgen al escuchar al maestro Maurer. Tal vez, utilice el método de la antigua Grecia; es decir, el dialogo que intenta construir cotidianidades más que conceptos. O tal vez, como el milenario Confucio en el siglo IV antes de Cristo, no le interesa hacer nada extraordinario para buscar adeptos. Lo único que busca es vivir en armonía con su entorno y con su ser interior. Escucharlo es como un despertar. Es como si dijera de nuevo cada cosa que nombra: 

“Entendí que es lo que tenemos que sanar, liberarnos y trasmutar. Escuchen, no es el apego a nuestros hijos, a la pareja, al dinero… ¡Eso no es! Es del apego al sufrimiento, a los miedos y la culpa. Pues ¿Cuál es la gracia de desapegarnos de nuestras parejas o hijos? ¿Cuál es la evolución de eso? Eso es deshumanizarnos y desensibilizarnos. No hay beneficio en ello. Hay beneficio al liberarnos de los miedos y los más grades son: El miedo a vivir, a ser feliz y a tener una vida plena. Si se escarba un poco en la consciencia de la persona lo que tiene son estos miedos. Teme manifestar todo su potencial de felicidad, salud, bienestar y prosperidad. Lo que está es apegado a los miedos, a los sufrimientos y a la culpa. 

El perdón es una decisión. Me explico, todo aquello que cargues de los otros dentro tuyo te transforma en algo igual que aquel o aquella que no perdonas. Lo peor que te puede pasar es que eso se quede dentro y no es cuestión de resignarse, sino de perdonar. Cuando perdonas al otro el mayor bien te lo haces tú y si no lo peor del otro se queda en ti y el otro se lleva tu amor. Por ello, ¿cómo vas a recibir en consciencia la divinidad o al Supremo con el corazón sucio, con el corazón ocupado por el resentimiento, el odio, los celos y los daños que recibiste?”




22 septiembre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.



Todo mi patrimonio son mis amigos 
Emely Dickinson



Para esta emisión de Me revientan los adultos he escogido el tema de la amistad, en parte porque septiembre es el mes en que nos hemos programado para celebrar nuestros encuentros y en parte porque a pesar del mes, quiero hacerle un homenaje a cada una de las personas que me he encontrado en el viaje de la vida y que me ha acompañado, no importa el trayecto, pero sí su presencia en el viaje. De esta manera, reconozco el aporte sustancial de cada ser que por un periodo corto o largo he considerado amigo. Y si lo consideré amigo lo más seguro aún lo es. Pues una de las características de la amistad es que no tiene fecha de vencimiento como si lo tienen la mayoría de los encuentros amorosos. Por ejemplo, el amor tiene la aspiración de durar para siempre como una estrategia distractora de ocultar su fragilidad, o ¿por qué la iglesia ha inventado el voto matrimonial? En cambio la amistad, donde no hay intenciones de poseer al otro o al menos atarlo a tu vida, suele ser más sólida y duradera en el transcurso del tiempo.

En sentido básico la amistad es una relación que se da entre dos o más personas sin importar el sexo, la edad o el color de piel. Pero la amistad duradera está asociada a valores como el amor, la lealtad, la solidaridad, la incondicionalidad, la sinceridad y el compromiso. A este tipo de amistad me refiero donde en el encuentro interpersonal uno experimenta lo mejor de uno. Este encuentro sucede, según Aristóteles, desde la virtud porque aquellos que desean el bien inherente a sus amigos son los verdaderos amigos. Esa es la amistad inmarcesible. 

La amistad duradera empieza por un sentir que ocurre de manera espontánea. Parte desde la afinidad y la vibración. Es cuanto alguien te cae bien porque sí, porque dentro de ti se reconoce su espíritu y quieres compartir algo más que el arrebato sexual. Este tipo de encuentros, poco frecuentes, se dan entre personas de diversas edades, religiones, ideologías, culturas. Incluso, entre un animal y un ser humano. 



También hay que reconocer que hay encuentros que se basan en la utilidad (como las relaciones entre los políticos que se elogian para buscar una mejor posición), otros desde el placer (como las relaciones basadas en las fiestas de fin de semana para exaltar e incentivar los sentidos). También está la amistad basada desde un amor espiritual (como es la relación de un maestro con un alumno, como fue el caso de Santo Tomás con su discípulo Fray Reginaldo de Priverno, quien lo cuidó en sus últimos años y relató una faceta muy humana del santo que promovió la bondad de la amistad). En mi caso he encontrado personas para satisfacer el placer, también para utilizarnos mutuamente. Asimismo he contado con la fortuna de encontrar maestros que me han exigido a la hora de escribir hasta el punto de creer que su amor sincero era un odio disimulado. Sin embargo, esos encuentros donde expresé mi carácter sin temor a ser aprobado me permitieron indagar sobre ciertos matices de mi personalidad, que sin los amigos íntimos, tal vez no hubiese comprendido. 


Los encuentros en la amistad se dan en dos grados de intimidad. Están los amigos con los que estamos de forma lejana, aquellos que frecuentamos de vez en vez para compartir un café. Y están aquellos que consideramos los más íntimos, con los que compartimos ideas, información, sentimientos y sobre todo los momentos más difíciles de la vida; pues curiosamente uno recuerda más a la persona que te acompañó mientras llorabas a la que estuvo contigo cuando reías. 

Sin embargo, para muchos debe ser irrisorio que alguien escriba sobre la amistad en estos tiempos. Para los que piensan así, pueden leer otra cosa o seguir indagando porque le temen a los amigos. Tal vez sea porque en este tiempo digital, el de las redes sociales, lo que prima es el narcisismo. Las personas están embobadas y ebrias de sus reflejos. Por ello se preocupan más de lo necesario por su imagen, su proyección, que por una relación sana consigo mismos. Y lo que hacen es fabricarse máscaras para excitarse con sus propios reflejos o los reflejos de otros hasta perder la capacidad de contactar y establecer vínculos reales con sus semejantes, los más cercanos. Por consiguiente, en el mundo de las redes sociales la amistad no llega a un saludo en la estación del tren y el amor se visualiza como una aplicación descargada al celular para alimentar la fantasía. Por ello, en estos tiempos digitales, cada vez es más difícil encontrar un buen amigo, ya que el amor y la amistad se han sustituido por un deseo ilusorio, muy superficial, carente de vínculos reales y profundos. 

Por tanto una amistad verdadera es una cuestión utópica para el consumidor del mundo globalizado, donde el compartir se establece desde la inmediatez y la superficialidad. Por ello, prefiero recordar lo que han dicho y escrito algunos maestros sobre la amistad, que por lo que dicen, han experimentado una amistad profunda y nada inmediata. Por ejemplo el Dalai lama, líder espiritual del budismo tibetano dice que “la amistad sólo podía tener lugar a través del desarrollo del respeto mutuo y dentro de un espíritu de sinceridad”, tal vez porque vio en sus profundas meditaciones que los amigos son un reflejo de tus acciones. Por ejemplo, si empiezas a cultivar en ti la virtud y tu talento, tus amigos serán virtuosos y sensibles a tu talento. En esa medida, cuando ha pasado la inmediatez del encuentro, los temas banales de cómo está la ciudad, la familia… se pasa a verbalizar los sentires profundos y el amigo pasa a ser, como lo dice Emerson, “una persona con la que se puede pensar en voz alta” sin necesidad de juzgar, de prevalecer importante y dominante, como a veces sucede con el amor. En esa medida, dice el sabio Séneca que “la amistad siempre es provechosa; el amor a veces hiere”. Por algo será que el amigo no huye como un animal asustado ante la dificultad, como si lo hacen los adoradores del reflejo y el maquillaje. El encuentro que se fortalece cuando te quedaste sin trabajo, cuando un ser querido se te ha muerto, cuando te deprimes porque no estás en tu mejor momento… es un encuentro que “es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”, así lo considera el escritor indio Tagore. Ese amigo, el que te respeta y valora por lo que eres no por lo que tienes será como lo plantea el poeta libanés Gibran, el amigo para vivir las horas y no para matar el tiempo. 

Por ende, cuando hay una amistad fundamentada en el respeto, los amigos se reconocen como seres importantes porque aprenden a experimentar lo mejor de sí mismos en compañía del otro. Y no se avergüenzan de ser leales, atentos, cuidadosos, respetuosos… porque sus seres interiores así lo manifiestan. Adentro de uno está lo mejor de uno que empieza a expresarse con los amigos. Por ello, entre amigos no hay juicio ni máscaras. Lo que hay es un alto grado de evolución interpersonal en cuanto a la experimentación de valores de alta vibración como el respeto, la aceptación, la compresión y la confidencia. Por algo Aristóteles afirmaba que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas” o Chaplin declaraba que: “necesito de alguien, que venga a luchar a mi lado sin ser llamado. Alguien lo suficientemente amigo, cómo para decirme las verdades que no quiero oír, aun sabiendo que puedo irritarme. Por eso, en este mundo de indiferentes, necesito de alguien que crea en esa cosa misteriosa, desacreditada y casi imposible: ¡LA AMISTAD!”. 

Al aparecer, ahora que reflexiono sobre los amigos que tengo, he nacido con el don de la amistad porque he encontrado, desde pequeño, seres maravillosos con los que fui bueno y no solo moralmente bueno, sino profundamente bueno porque con ellos empecé a despertar mi talento, el oficio para el que soy bueno, al menos que disfruto hacer. Gracias a eso puedo afirmar, al menos ahora, que la amistad me ayudó a fundamentar mi talento, el de escribir, y así cumplir la función que tengo en este mundo. A las personas que me he encontrado y han recibido conmigo las bendiciones de la amistad, espero puedan escuchar el programa de radio Me revientan los adultos (que les dedico) o leer este texto. De antemano les agradezco por existir y espero que la vida nos siga permitiendo espacios para compartir y departir unos vinos y unas palabras. 

En tal medida, y para ir cerrado este texto, la amistad es una característica del ser social. Brota de su instinto pero se efectúa según la inteligencia y la bondad que posea el hombre. Pues la amistad en sí misma no es una virtud porque hay infinidades de encuentros nocivos y enfermizos. Pues está en nuestra naturaleza interactuar con el otro. Pero sí en ese encuentro coinciden seres conscientes que vivan la amistad desde un encuentro íntimo basado en el respeto y la diferencia, entonces la amistad se fundamenta desde la virtud y ese encuentro es imperecedero.




15 septiembre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


Una cosa buena acerca de la música, cuando te golpea, no sientes ningún dolor.
Bob Marley

En las mañanas, antes de irme para el colegio, el abuelo nos despertaba a todos con su respiración de toro salvaje que iba mermando después de prender la radio, a alto volumen, y buscar en alguna emisora canciones de los Relicarios. 

Esa música me sonaba como un chirrido estridente. Lo curioso, era que calmaba al abuelo. Ejercía sobre él un poder maravilloso. Tanto, que después de un par de canciones empezaba a contar historias. Una de ellas era que había visto a Los Relicarios cantar y eso le había cambiado la vida. Fue cuando se animó a formar un dueto y empezó a ir a reuniones sociales. Lo que más le gustaba era que había licor gratis y que podía robarse alguna mujer. Así hizo con la abuela, con quien tuvo ocho hijos. 

El abuelo persistió en ser una encarnación de la letra de esa música montañera, o campirana, o carrilera, o guasca, que se especializa en la tristeza, el dolor, el despecho. Hablaba con nostalgia, como un preso de la libertad, sobre esos mundos perdidos en las borracheras, esos males de amor gritados en las plazas de mercado, esos jinetes heridos de corazón entre racimos de plátanos o bultos de café, esos hombres abrumados por un dolor que no entienden y que desean lavar con aguardiente o con lagunas mentales. 

El abuelo se quedó con las adaptaciones de los ritmos sureños (corridos de México; pasillos y valses de Ecuador; tangos, pasillos y valses de Argentina) interpretados por los campesinos antioqueños. Música que empezó a tomar fuerza después de la inauguración del Ferrocarril de Antioquia en 1929. En las estaciones se realizaron fiestas que duraban varios días. De esas, narró el abuelo, en la estación Palomos, en Fredonia, se armaban tales peleas que el machete enarbolado era el símbolo de virilidad que a más de uno dejó sin extremidades. Pero fue a partir de 1940 que esta música empezó a sonar con fuerza. 

Sin embargo, no es hasta 1952 que surge, tal vez, el dueto que hoy en día más representa la música campesina. Hablo de Los Relicarios, el dueto que ha influenciado a miles de personas. Canciones como: Entrega­do a las copas, Al diablo con tu orgullo, Todos seremos igua­les, Voy a tomar aguardiente, No sé rogar, No te quise, Mal­dito dinero, Dime que me esperas, En otro tiempo, Huérfano desde niño, El Cristo de oro, Te quiero aunque seas casada, Te voy a borrar, Bien aburrido, Maldigo mi destino, Triste sin madre, Soy un bohemio, La medallita de oro, La malagradecida, El dolor de un hombre, entre otras, pues llevan más de 1300 canciones grabadas. Estas canciones representan los sentimientos que emergen en las montañas y de alguna manera, como sucedió con el abuelo, los calma o los precipita al abismo. Pues, los sentimientos son como caballos indómitos que arrastran la razón y sobre todo, empantanan ciertos tramos de la historia. Sentimientos oscurecidos por el licor, la aventura, la traición y la errancia. 

Años después, por cosas del destino, me encontré con José Muñoz en la Biblioteca de Girardota y lo entrevisté para el blog, días antes de que muriera su compañero de fórmula: Germán Rengifo La idea era hablar con don José, ícono de la música popular. 

José nació en Bello el 10 de abril de 1931. Empezó a estudiar la guitarra a los siete años, con ayuda de un método que le compró su madre. Se levantó en la vereda "El barro" de Girardota. Al verlo, era curioso, sentía que ya lo conocía. Tal vez por ello, las letras de sus canciones me dieron otra mirada de la historia, una que permitió ver más a fondo al abuelo. Era como si reviviera la misma escena, pero con más recursos lingüísticos para narrarla. ¡Cómo hubiera disfrutado el abuelo, si aún viviera, haber hablado con don José! Pues Don José entendió, así sus canciones sean una epifanía al alcohol, que el trago es más una postura estilística, gastada, artificial que lo único que hace, al final, es expandir la herida en los seres cercanos y amados. Por ello, don José lo dejó para continuar con Los Relicarios y seguir componiendo. 

A sus 87 años cuenta con más de 5 mil composiciones grabadas. Estuvo más de 60 años con Germán Rengifo. Ellos, Los Relicarios, son, por decirlo de algún modo, la tierra hecha música de varias generaciones. Pareciera que este encuentro con don José fue una cita anunciada por el abuelo hace más de 25 años. 



8 septiembre 2018
Por Juan Camilo Betancur E.



Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora. 

Proverbio hindú.



La idea de trabajar con niños inició a principios de este año después de trabajar en la Biblioteca de Giardota. Entonces, hablando con amigos, surgió la idea de acompañar a algunos niños desde la literatura y el yoga. Surge porque estando en la biblioteca pude acompañar algunos infantes que más que promoción de lectura necesitaban ser escuchados. 

De esta manera inicié unos talleres de yoga y literatura. Luego, cuando los encuentros me permitieron entablar amistad con los niños empecé a escuchar cosas como: “sí Adán es el primer hombre ¿tenía ombligo?, ¿por qué pensar sucede dentro de la cabeza?, ser un niño es ser un hombre chiquito”, entre otras frases y se me ocurrió hacer algo para que más gente escuchara. Es cuando nace el micro-programa radial “Me revientan los adultos”. De las cuatro emisiones que llevamos, en promedio, cada una ha recibido entre 150 y 200 visitas, hecho que habla de una sintonía que empieza a afianzarse. 

Y ¿por qué con niños? La razón es que fue inevitable trabajar con ellos. Todo empezó hace ya unos diez años. Recién llegaba de un viaje por Suramérica. Un amigo muy amado, Julio Cadavid, me recomendó para trabajar en un super-hogar infantil en Itagüí y mi trabajo era leerles cuentos a niños entre los tres y los cinco años. Al principio no logré contactar con los infantes. A las dos semanas estaba decidido a renunciar porque no me determinaban, entonces me senté frente a ellos, con lágrimas en los ojos y les conté sobre mi deseo de irme y también que así como ellos, una muchacha tampoco me determinaba. Esto generó un efecto mágico y por primera vez el grupo de quince niños de tres años me escuchó. Les pregunté qué hacer y una niña me dijo que me quedara y respecto a la muchacha sugirió que fuera hasta su casa, tocara el timbre y cuando ella abriera la puerta le sacara la lengua y saliera corriendo. 

Luego estuve en varios proyectos con la primera infancia. Saltando experiencias significativas como la creación de cuentos infantiles con madres y agentes educativos por medio de preguntas, la construcción de conjuros por medio de poemas, la cartografía social con docentes de primera infancia… hasta que apareció: “Me revienta los adultos”. 

Es evidente el entusiasmo por los cuentos de los niños que visito. Ellos apenas descifran las palabras y es hermoso ver como se emocionan cuando ellos, más que entender la utilidad práctica de la lectura, encuentran un camino lleno de imaginación y aventuras que les plantea un cuento. Esto ha sido posible porque como docente no les exijo una cantidad de páginas de lectura ni actividades que demuestren que entendieron el cuento. Mi idea no es cobrar por la lectura, sino enamorarlos de la misma. Por tal motivo les planteo la posibilidad de viajar a mundos desconocidos. Entonces sucede lo que explican Bruno Bettelheim y Karen Zelan en su texto La magia de la lectura: “la fascinación inconsciente del niño ante los acontecimientos imaginarios y su poder mágico apoyarán sus esfuerzos conscientes por descifrar, dándole fuerzas para dominar la difícil tarea de aprender a leer y convertirse en una persona instruida”. 

Por otro lado, en mi experiencia como docente en la primera infancia he notado la fascinación de los niños por temas como la magia, el lenguaje secreto, la aventura, los viajes, que en el fondo les permite a los infantes indagar y en la medida de lo posible participar en los secretos de los adultos. De ahí que cuentos como: Todo lo que deseo para ti de Henrike Wilson y Jutta Richter, El doctor Me Di Cin de Roberto Piumini, El pequeño topo que quería saber quién se había hecho eso en su cabeza de Werner Holzwarth y Wolf Erlbruch, Dónde viven los monstruos de Maurice Sendak, Gorila de Anthony Browne, entre otros, representen un interés muy singular en los niños. Y estos puntos de interés se pueden satisfacer con cuentos infantiles, mitos, historias religiosas o historias de sus padres que entusiasman al infante al saber que sus padres también fueron pequeños. Por ello, creo, que cuando el aprendizaje de la lectura parte desde los intereses de los niños o el lector en general, se potencia sus facultades cognoscitivas, su imaginación y sus emociones y se incide en su personalidad. 

En la medida que vamos leyendo el infante empieza a habituarse y sentir la lectura como un placer y los placeres como ir al parque, comer un helado y otros se caracterizan por ser voluntarios y no impuestos. Por ello, la magia de la educación con la primera infancia, y ya lo señalaba Platón desde el texto “La república”, es que la educación debe ser “el arte de la orientación” más que “implantar una visión” en la mente porque la idea es enseñar a ver. En otras palabras, la educación debería estar basada en enseñar a pensar sin dirigir el pensamiento. Esto, al menos así lo considero, se evidencia en los micro-programas de radio donde el niño va desarrollando la capacidad de opinar desde su percepción individual. 

Después de la lectura hacemos una actividad manual y cuando el niño está concentrado en su trabajo empiezo con las preguntas. Sus respuestas, la mayoría son automáticas, pero eso no quiere decir que carezcan de profundidad, al contrario. “Debemos dar más crédito al potencial, a las virtudes que los niños poseen. Debemos convencernos que los niños, como todos nosotros, poseen virtudes más fuertes de las que hasta ahora nos han contado; que todos, nosotros y los niños, poseemos potencialidades más fuertes de cuanto nos reconocen; que consumimos sin que nos demos cuenta, una baja cantidad del potencial de energía que hay dentro de nosotros”[1]. Por ello, a través de las preguntas busco ese potencial para construir los programas radiales y hacer de ese espacio intimista, por medio del blog, un medio de comunicación entre los padres de familia y un grupo cercano a los niños. Y valiéndome de un formato comunicativo tan grato como la radio puedo darle voz a aquellas voces que para muchos no han sido tomadas en cuenta y que como todas las voces tienen el derecho a expresar y decir lo que piensan. Máxime si son los infantes. Por algo Laura Constancia Sandroni en el texto Lectura de comunicación de masas, decía: “Ya lo anotaba Bertold Brecht, en su artículo de 1932: La radio (…) ‘si fuera capaz no solo de emitir, sino también de recibir; en otras palabras, si el oyente no solo escuchara, sino también hablara, que no permaneciera aislado, sino relacionado’”. Y esta relación se da cuando el padre escucha a su hijo y le da otro lugar. 

El dialogo padre e hijo es vital, de ahí que la socióloga Patricia Correa que lidera el proyecto “Palabras que acompañan” (auspiciado por el laboratorio GlaxoSmithKline) manifieste que “los niños son responsabilidad de toda la sociedad. Desde que se decide tener un hijo, deseado o no deseado, ojala deseado, se adquiere una responsabilidad que se acaba con la muerte del padre o la madre. El vínculo emocional y el papel de la construcción psíquica del otro continúan. Por ello, los valores se aprenden con modelos coherentes de respeto o el ejemplo”. Y esto puede aportarse con los micro-programas radiales, donde padres e hijos se sientan en un ratito en la semana a escucharlos. Y se lo escuchan pueden rastrear aspectos primordiales de la mente del infante, tales como el ego, su capacidad argumentativa, la facilidad de formular hipótesis, entre otros que empiezan a moldear su personalidad. 

De nuevo, amable lector, si sientes que está experiencia vale la pena compartirla, no dudes en permitir que estas voces de estos niños toquen muchos más corazones. 






[1] Rinaldi, Cara. En diálogo con Reggio Emilia. Escuchar, investigar, aprender. Grupo Editorial Norma S. A. C. Lima –Perú. 2011.