El estupor hizo más grande ese silencio definitivo
del que a veces saltan
—rotas palabras.
Pedro Arturo Estrada

La Universidad de Antioquia publica el poemario “Palabras de vuelta”, selección de poemas de 1978 a 2020, de Pedro Arturo Estrada; con presentación de Lucía Estrada ―hermana―. Dice Lucía:

“La poesía como experiencia vital, conocimiento y belleza ha sido para Pedro Arturo el centro de su vida, de su ser. Intuición y silencio son los caminos que a lo largo de más de 40 años ha sabido transitar con paciencia y discreción”.

En ese trasegar, que se evidencia en esta selección de poemas, se encuentran dos elementos fascinantes y difíciles de abordar: la sencillez y el pesimismo.

La sencillez
El mejor estilo es el que parte de la claridad, la concisión y la precisión para decir lo que se quiere decir sin complejidad o malabarismo innecesario. Y Pedro acude a palabras que se entienden y se conocen; pero que al unirse crean sonoridad y sentidos que esconden más de lo que dicen. Ejemplos, los poemas: “En la casa”, “Café Turkestán, 3 p. m.”, “Del tigre y tu memoria” aborda temas cotidianos que dicen más de lo que expresa en los versos. En el primer poema: “ella vive y medita/ plancha la ropa y lava/ esa mugre acumulada de los días”; en el segundo poema: “Ocho mesas de hierro todavía resisten/ el peso de las tardes”; en el tercer poema: “La risa tarántula de las visitas”.

Con una escritura clara Pedro se ocupa de aquello que no puede dejar de indagar ―las obsesiones―, que observa y logra concebir versos sencillos, profundos y bellos. “Que la vida me agarre confesado/ boca arriba del miedo/ aleteando en el azul”, dice en el poema: “Antioración”.

Y de las profundidades del poema surge el placer de captar algo que no va dirigido al lector; pero que lo toca. Es una vibración subterránea, que hondea bajo la superficie del ego. Una sensación que va más allá de la palabra y se queda como rumor en el vacío. Así ocurre en el poema “Ciegos”, cuando dice: “ese pozo vacío del yo/ del que tampoco regresa/ ningún eco” o en “La belleza del abismo” cuando escribe: “No te queda otra belleza/ que la belleza/ —del abismo”.

El pesimismo
Estos poemas rondan el origen, lo primitivo, lo olvidado; abordan el paisaje, el tiempo y el espacio para socavar lo que está más abajo del pensamiento y la sensación: el pesimismo.

Y más que una actitud de juzgar las cosas del modo más negativo y desfavorable; es una poesía que plantea un camino posible a la calma. Pero antes de la posible calma hay que vérselas con la desolación y el sinsentido para borrar el humo denso de la retórica. Es una experiencia que agrada y asusta; veamos.

En los poemas: “La edad de hombre”: “Ahora miras aterrado/ la línea de sombra que te cruza/ como el reflejo oscuro de la guillotina”; en “Los otros nosotros”: “Extraviados en medio de una fiesta/ donde no nos conocen/ —ni conocemos a nadie”, en “Morada real”: “El tiempo excava en ti/ una tumba”; en “Fuego fatuo”: “Sólo es tuya la sombra/ el silencio que incrusta/ —su raíz en tu boca”; en “Horror vacui”: “Ser esa náusea feroz/ de la noche al día”; en “Ciegos”: “Atravesamos el día ciegos/ y la noche nos toma/ abiertos los ojos a la nada”.

Este pesimismo, más que una caída libre a la oscuridad; muestra que la felicidad es una ilusión engañosa y especulativa de una vida plena. Y en estos poemas el sufrimiento y el dolor son palpables, suceden. Entonces puede llegar la calma al no perseguir la felicidad ideal y evitar, en lo posible, el sufrimiento y el dolor. Miremos los siguientes poemas:

En “Saber perder”: “Acaso nada se pierda/ ni la vida cuando en verdad/ nada antes teníamos”; en “Fuego fatuo del amor: “No le creas todo al amor. Guárdate/ de sus miradas de manso leopardo/ la destrucción viene por dentro”; En “Fatum: “Renunciamos hace tiempo/ a cualquier ilusión/ que nos distraiga del desastre/ Venga a nos/ —el reino de la noche”; en “Oscura edad”: “Hubo un día —remoto, casi irreal ahora/ en que imaginarnos a salvo de toda desdicha fue fácil/ En que dejarnos sorprender por el dolor/ o la felicidad no significaba más que la constatación/ de ser lo que debíamos”; en “Mientras Cioran enmudece”: “En las cimas de la lucidez/ también la alegría/ de no ser nada”.

El pesimismo en la poesía de Pedro Arturo es como un deseo incumplido que se persigue, se busca; propicia la nostalgia y al final reconcilia. Es una poesía que permite reconocer que la satisfacción verdadera es imposible y molesta. Es una poesía de reescritura, lecturas vastas; de un trabajo constante, obstinado y depurado del poeta que usa la sospecha y la melancolía para interrogar la desbocada felicidad.

Este libro le propone al lector que se mire a sí mismo. Si lo hace, el lector —desde la experiencia del poeta— contemplará el dolor, la derrota y el sufrimiento como un estado, no un concepto. Y así, tal vez, el lector pueda celebrar la poesía como una manifestación esencial que interroga sus fluctuaciones internas.

Para finalizar, dejo este poema, que es una celebración en claroscuro.

SE LLAMA POESÍA

                       Homenaje a Aldo Pellegrini

Se llama poesía todo aquello que cierra
la puerta a los imbéciles, sí. Todo aquello que abre
en cambio, la visión y el secreto del mundo a los inocentes
a aquellos que lo apuestan todo a nada
los que no guardan, no se cuidan, no acechan
no calculan y sin embargo están siempre a punto
de encontrar como por casualidad
incluso el amor, la muerte, la vida misma

Se llama poesía todo aquello que tira los pies
tras lo imposible, lo que revela el otro lado de las cosas
lo que canta al final del desastre sin motivo alguno
lo que te avienta inclemente fuera de tu ser
o invade en silencio —marea extraña
el interior hasta ahogarte los ojos

Se llama poesía todo aquello que estalla
de golpe en la palabra sin aviso y sin lógica
lo que no puede explicarse propiamente a los listos
a los que siempre tienen la razón

Se llama poesía todo aquello que vuelve luego del exilio
la derrota, los miedos. La luz que un día retorna
a los cuartos cerrados de la vieja memoria
la antigua, recuperada simplicidad de los días

el viento que reaviva una llama en la noche
lo que nos sobrevive
lo que siempre nos queda más acá de la herida
la pérdida más honda
como una última, callada

—oculta fortaleza.


 "Enfrentar a una persona con su propia sombra es mostrarle su propia luz".

Carl Jung.

La literatura de Oscar es discreta y profunda. Te espera paciente para arañarte el corazón y despertarte del letargo, que a veces es la vida. Y nombro apenas cinco de sus cuentos: “Sola en esta nube”, “Constancia”, “Gol Olímpico”, “El cumpleaños de Sardino” y “Vuelo a Madagascar”.

Estos cuentos promueven un exorcismo a la inversa. En vez de generar una catarsis en los personajes, expulsar oscuridades o demonios; ahondan en el conflicto, la sombra y lo indeseado.

El autor busca, en sentido metafórico, develar aquello que sientes, vives y ocultas; aquello que no logras nombrar. De ahí, que estos relatos no moralicen, no den lecciones de vida, no plateen moralejas ni conciban una verdad absoluta.

“Sola en esta nube”
Con este cuento Oscar ganó el III Concurso Nacional de Cuento Argemiro Pérez Patiño, convocado por la Universidad de Medellín (Colombia) en 1983. En el relato, Ana Clara, recuerda su vida de puta mientras hace el desayuno. En ese instante ella viaja al pasado; en el viaje Medellín también cambia, se ve la plaza de Cisneros y Guayaquil. Uno de los recursos narrativos que utiliza el autor es el monólogo interior para establecer un desorden hermoso en la personalidad de Ana y se desbaratan, reubican y retuercen las palabras. “Hago el desayuno aunque no haya con qué hacerlo desayuno desayuno desayu... no hay con qué desa yuno des ayuno des ay uno de sa yu no ay uno ayuno ¡ay de uno! Hay uno por semana y ayuno toda la semana... Me debería llamar Semana Clara... No, Semen Ana Clara, pero soy Ana Clara la que prepara el único desayuno de su semanaclara, este que preparo hoy, un domingo igual a todos, haciendo las mismas cosas”. Es un inicio que atrapa y te deja sin aliento.

“Constancia”
Con este cuento Oscar obtuvo el Premio único del VIII Concurso Latinoamericano de Cuento, Instituto Nacional de Bellas Artes, Casa de la Cultura de Puebla y Gobierno del Estado de Puebla (México), 1979. El relato plantea un interrogatorio brutal de militares. Y los diálogos, en vez de separarse con los guiones largos, se mezclan con la historia. Oscar acude de nuevo al monólogo interior para recrear la atmósfera violenta en la situación de tortura: “¡La comida! ¡Tomá cabrón comemierda gran marica... hijueputa!... Un maricón dos hijueputa tres arriba malparido cuatro abajo no hay colores, no hay sombras ni puede haberlas porque todo es una sombra que se dobla y dobla hasta volverse un rollo, un círculo, una esfera en la que estoy metido... ¡Vivo dentro de mi propia sombra enrollada sobre sí misma! ¿Por qué estoy aquí...? ¿Qué puede ser este lugar? ¿Qué hay después de mi oscuridad...? ¿Quiénes hablan, quién habla detrás de esa barrera de negrura...? ¿Y esos otros que me dan de palos...?”. Y apenas puedes respirar. Y percibes la actitud masoquista del personaje que se acostumbra al dolor y está insatisfecho con el final feliz del cuento: la libertad.

“Gol olímpico”
En este cuento Oscar muestra a un Bello rural, sin autos ni almacenes. Y vuelve al monólogo interior para narrar el instante en que Camilo, el personaje, está frente al balón dispuesto a chutar. Y siente la presión de los amigos y la familia. Entonces se ensueña: “Don Emilio ya debe estar destapando las gaseosas frías una dos tres cuatro cinco por un lado y una dos tres cuatro cinco por el otro, alguien me encandila con un espejito desde un segundo piso pero el sol ya no tiene fuerzas para impedir este tiro que tiene que ser gol pero parece que desde mi quicio pensara este Camilo se va a dejar coger de la tarde y yo a cuatro pasos del balón me imagino un gran estadio, el Maracaná y esos grandes astros del fútbol como Pelé que se ríe cuando va a patear y que se ríe cuando patea la pelota y que se sigue riendo después sin mirar a dónde ha ido a parar la pobre bola que harto le deben doler tantas patadas en un partido...”. Y cuando se decide a partear el relato da una comba, como la que hace el balón en un gol olímpico, y te enteras de que tan solo eras un testigo de las ensoñaciones de un niño solitario.

“El cumpleaños de sardino”
Es la historia de un niño sicario que muere el día de su cumpleaños. El cuento recrea la violencia en Medellín en los 90. Oscar utiliza los diálogos con guión largo y dos voces narrativas (la 1ra y la 3ra persona) para desarrollar la trama. La 1ra persona la usa para situar al narrador como observador: “Ahora, al recordar y narrar estos sucesos me parecen inverosímiles. Y más increíble aún la reacción de los muchachos, quienes tal vez se negaban a estimular su imaginación, y por eso insistían en tomar las explosiones como parte de la guerra que vivía la ciudad en aquella época”. Y la 3ra persona para recrear las vivencias de Sardino; vivencias que se alternan entre la experiencia de un chico duro en una banda de atracadores y la ansiedad de no saber cómo interactuar con la muchacha que le gusta: “Sardino pensaba que ni siquiera sabían besarse. Tal vez ella besaba mejor, con seguridad y decisión. Pero todo le parecía muy extraño y muy difícil. Nadie le había enseñado a besar. No distinguía el amor que sentía por Sandra, de sus deseos locos y de su curiosidad. No disfrutaba, aunque fingía saber mucho y ser un experto”. Y las dos voces narrativas se complementan para hacer que la trama avance hacia el inevitable y doloroso final.

“Vuelo a Madagascar”
Es el relato de un muerto que viaja en los cuerpos de los vivos. Y cuando el muerto encuentra el cuerpo de un Español, le roba la voluntad y escribe una carta a la exmujer, para vengarse. En este cuento la experiencia de la muerte es muy viva: “cuando puedo me trepo a los pies o los hombros o el cuello de cualquiera, y sigo con él para donde vaya. Supuestamente ya no tengo un cuerpo físico que pese, hable, huela y respire; sin embargo, casi siempre el individuo a quien me le subo se molesta, intenta rebelarse y no seguir porque seguramente siente que algo insólito le está sucediendo; pero yo me aferro a su cuerpo como una sanguijuela, y el tipo no tiene más remedio que seguir su camino, quizá acostumbrado ya a mi sombra totalmente entrelazada a él”. Es una narración muy a lo Rulfo. Tanto, que el muerto aprende a estar entre los vivos y se niega a morir de nuevo.

Estas historias corren el velo de la apariencia y te muestran —en el fondo de la imagen proyectada— una personalidad alterada y melancólica. También, se escucha el clamor de la memoria colectiva de un dolor que siempre ha rugido. Y recuerdas que la violencia, la sombra, el abandono están ahí, por más maquillaje que uses.

Y es posible la confrontación porque las historias de Oscar establecen un puente entre lo temporal (lo que vives y sientes) y lo intemporal (lo que el relato dice en cada lectura), para vislumbrar la incógnita o la sombra que te acecha en la intimidad y se escapa a la palabra.

Dos libros de cuentos de Oscar





 

“Escribir para mí, es simplemente pensar con mis dedos”.

Isaac Asimov

La libreta de apuntes es una herramienta indispensable para la creación literaria porque se basa en una escritura orgánica y manual. Si partimos de que la literatura, al menos en su gestación, es lenta; la libreta de apuntes es ideal porque permite dimensionar —desde una acción precisa y diferente— la gestación de cada letra, palabra, frase. No sucede igual con el computador porque se presionan teclas para escribir y por lo general se escribe más rápido de lo que se piensa. En cambio, en la libreta de apuntes hay que dibujar cada letra; y cada letra es un signo o una huella en el cerebro de una idea, una cadencia, una emoción que se va manifestado en una palabra, frase o verso que se va integrando en el poema o el relato.

Como la librera de apuntes se basa en la escritura orgánica y manual brinda los siguientes beneficios: hay mejor retención a largo plazo de la información al hacer anotaciones, sinopsis de lecturas, resúmenes; se concibe estructuras mentales sobre proyectos e ideas creativas por medio de mapas mentales, cuadros sinópticos, líneas de tiempo; se genera la capacidad de nuevos aprendizajes a través de esquemas de estudio, reescritura de nuevos conceptos y palabras. Por algo, la escritura existe desde hace 5 mil años y en Egipto los niños tenían, entre sus deberes, la práctica juiciosa de la caligrafía.

Si todavía persiste la pregunta: ¿por qué es importante tener una libreta de apuntes?, se podría decir que sirve para encarar la creatividad que es un caos insondable. De ahí, que una buena libreta de apuntes esté llena de tachones; anotaciones en diagonal, vertical, horizontal; ideas al principio o al final; temáticas sin conexión alguna. Y es porque no hay un orden establecido. Las ideas no llegan dadas o con una estructura lógica; llegan de repente, en los tiempos de descanso, observando una pintura, leyendo un buen libro, conversando con un amigo, viajando en transporte público, caminando. Y es ahí donde es indispensable la libreta para anotar ese brote de ideas porque de seguro, es tal vez lo único seguro, después se olvidan.

La libreta de apuntes es una especie de estado sólido de la mente porque se plasma en ella ideas y pensamientos. Es como la vitrina en la que el escritor puede observar —desde la reflexión— sus procesos mentales que son espontáneos e irracionales. Y el escritor deja reposar en la libreta las ideas y pensamientos; luego las ordena, clasifica y las integra en los poemas o relatos. Él asume la creatividad como una jornada laboral continua y está preparado con su libreta para los chispazos de inspiración que lo asaltan en cualquier momento, sea domingos o festivos.

 


Se separaron y fueron felices para siempre.


 


El mecánico suspira el sexo de Salome,
el médico imagina la cicuta de Sócrates,
el sacerdote enmudece al desear a Francisco de Asís,
el político espera a Don Quijote con una daga en las manos,
el militar, en las noches, modela ropa interior en el cabaret.

La muerte, en su libreta de apuntes,
registra las inconsecuencias del corazón.



 

Llegué con Carolina a mi apartamento, por el barrio San Joaquín. Nos tocábamos como si fuéramos apariciones.

En la cama, con el deseo burbujeando en la piel le quité la camisa. Ella me rasgó la mía: ¡ris ras!, ¡tris! Y miré su cuerpo, todavía era perfecto, con sus tetas como mangos criollos, su nalga tonificada y sus piernas largas.

―Es increíble que todavía sienta tanto amor por ti ―expresó Carolina mientras pasaba su mano por mi pierna.

―Eres mi primer amor y ese nunca se olvida ―dije y la besé lento y los besos hacían más carnosos los labios.

Con la mano recorrí su espalda, la introduje bajo el cabello, le acaricié le cráneo. La intensidad de los besos se incrementó. Mi lengua jugaba con la suya y Carolina enterró sus uñas en mi espalda. Luego, me empujó para que me acostara en la cama. Ella, con el dedo índice, en la punta del pene, hizo caricias suaves y llevó su mano hasta los testículos. La erección dolía y quise penetrarla. Ella me alejó.

―Espera un poco más.

En cuclillas sobre mí, hizo presión a mi pene con su vagina. Su sexo se humedeció y  apenas el glande ingresaba a su vagina, ella se alejaba. Yo agarraba las sabanas e intentaba no gritar. De pronto, ella, tomó mi pene con una mano y lo movió por su sexo desde el clítoris hasta el ano. Y lo introdujo en su vagina; el pene entró lento. 

―¡Ay… mi amor! ―dijo.

―¡Carolina, te amo! ―manifesté y le apreté las nalgas.

―¡Yo… ahhh… sí… así amor… ay… también te amo! ―medio susurró al tiempo que apoyaba sus manos en mis rodillas, con firmeza, para inclinarse hacia atrás.

Mi verga dura abría las cavidades internas del sexo de Carolina. Ella empezó a gemir y yo con ella. Los movimientos eran frenéticos y los dos jadeantes, vertiginosos, imparables.

―¿Crees que podemos venirnos los dos al tiempo?, ¿aguantas un poco más? ―expresó mientras hacía movimientos circulares.

―Sí. Ahí voy ―e introduje mi dedo índice por su ano.

―¡Florentino! ¡Qué ricooo! ―decía con sus manos sobre mi pecho y con su rostro sin un gesto definido―. ¡Ayyy….ah… mi amor… siiiiii!

―¡Carolina! Estoy por…

Y me abracé a Carolina como un hombre sediento a una fuente de agua. Ella se abrazó a mí como un olvido que es recordado. Nos abrazamos como si nuestros cuerpos poro a poro, respiración a respiración, suspiro a suspiro, caricia a caricia, beso a beso… fueran un mismo organismo, un mismo estremecimiento, un mismo espasmo.

Carolina me besó lento y se me aguaron los ojos. Estaba de nuevo enamorado.

―Prometo no dejarte de nuevo ―dijo mientras se bebía mis lágrimas. 

 

 


El Quijote ha trascendido a la espada implacable del tiempo. Por ello es uno de clásicos imperdibles de la literatura universal. Y podría decirse que Alonso Quijano es una personalidad literaria más viva que el mismo Cervantes.

Su primera edición aparece en 1604. Francisco de Robles puso a la venta la obra que fue impresa por Juan de la Cuesta. Desde entonces, los lectores no han esperado para comprar libros, en sus diversas traducciones. Después de la Biblia, es el libro más editado.

Esta novela, escrita por Miguel de Cervantes en el siglo XVII, establece las bases de la novela moderna. Por algo, autores como: Goethe, Melville, Twain… o los modernos hispanoamericanos como: García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes… asumieron al Quijote como un modelo a seguir.

Uno de los mayores aportes de Cervantes es que El Quijote es un antihéroe y se equivoca: ataca molinos de viento, confunde un rebaño con un ejército, se enfrasca en peleas, sueña y delira en La cueva de Montesinos, es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna… y decide volver a su hogar transformado.

Este cambio en la personalidad de El Quijote sería lo que después muchos novelistas conocerían como el arco de transformación de los personajes. Por algo, al final del libro se da la sanchificación de Quijano y la quijotización de Sancho.

Es la metamorfosis lo que le da vida al personaje. Hace al personaje cercano al lector porque lo contacta con su experiencia de vida.

 31 de mayo 2021

Por Juan Camilo Betancur E.


Las palabras no abarcan a los gatos.
Darío Jaramillo Agudelo

En la casa, por estos días, apareció una gata medio salvaje, que no se deja tocar, pero que maúlla y maúlla para pedir comida. Si intentas tocarla se le encrespa la cola y su maullido se transforma en un grito de guerra.

Para ser tan inaccesible, es grato observarla, hablarle y verla desaparecer por días. Incluso, cuando se ha escabullido en la cocina y robado mantequilla o mordido el pan. Tiene un encanto, una especie de hechizo sobre uno.

Aunque me dolió verla cazar un cucarachero. La gata se quedó quieta, sobre un muro. Toda ella estaba preparada para el ataque. Luego, marchó con el cucarachero en la boca. Y se le sigue dando comida.

Creo que la fascinación se debe a que un gato es un gato y le gusta serlo. De ahí que sea una creatura independiente que parece no necesitar nada. Y acuden a uno cuando tienen hambre o quieren cariño. Es como si domesticaran al amo y se convirtieran en su mascota. Son un enigma los gatos.

Por eso, en esta emisión de Me revientan los adultos hicimos un programa  dedicado a los gatos. Durante un mes tuvimos conversaciones profundas y divertidas sobre los gatos. Lo sorprendente fue encontrar la fascinación que también despiertan los gatos en los niños. Y no solo en los niños, también en la literatura.

La literatura ha hecho de los gatos personajes encantadores, inteligentes, místicos y hasta mentirosos. Los escritores les han dedicado muchas páginas. Les han escrito como musas. Incluso Hemingway llegó a convivir con hasta 60 gatos. Y abundan los gatos en novelas, cuentos y poemas. Nombraré algunos, pero la lista es larga.

En la literatura infantil está el clásico El gato con botas, cuento de la tradición oral y que fue adaptado por Charles Perrault a la escritura. Este gato es astuto, parlanchín, ambicioso, mentiroso. También en el libro Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll aparece el personaje gato de Cheshire. Es inquietante, misterioso y hasta podría decirse que tiene rasgos de una personalidad malévola. Ah, y no podría dejar por fuera a Fígaro de la autora colombiana Beatriz Helena Robledo. Es la historia de un gato lector que se escapa de casa y se vuelve callejero. Luego, detective y aprovecha su habilidad lectora para acompañar a sus amigos en la búsqueda de una princesa gatuna.

En la literatura para adultos hay un relato que le pone a uno los pelos de puta: El gato negro de Edgar Allan Poe. El protagonista es alcohólico, demente y tortura y mata a su gato. Pero la imagen del gato muerto lo atormentará y lo llevará a vivir ciertos episodios que lo llevaran a una crisis sin igual. También está la novela Kafka en la orilla de Haruki Murakami. En la novela hay un personaje, Nakata, que puede hablar con los gatos. Y los gatos hablan como los humanos. Y quedan faltando muchas novelas, pero no quiero dejar de nombrar Opio en las nubes de Rafael Chaparro Mediedo. En esta novela aparece un personaje: Pink Tomate, un gato que no sabe si es gato o tomate y que es catador de licor y conocedor de tejados.

Para relatos o cuentos hay un libro muy bello: Las mejores historias sobre gatos de la editorial Siruela. Este libro reúne textos fascinantes de escritores ya grandes y consagrados. Hay textos como: El paraíso de los gatos de Émile Zola, El gato de Dick Baker de Mark Twain, El gato que caminaba solo de Rudyard Kipling, Los grandes logros del gato de Saki, entre otros.

En poesía hay muchos poemas sobre los gatos. Entre ellos está el poema El gato de Charles Baudelaire. Texto que está en su obra Las flores del mal:

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal.

Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,

A mi señora creo ver. Su mirada
Como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,

Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.

Es más común ver que un autor le dedique un poema a los gatos. Pero que le dedique todo un libro es una osadía y un regalo para los lectores. Así lo hizo el poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo en su obra Gatos, publicada en el 2005. Dejo cuatro poemas:


Gatos
Soy gato.
Cuando más me parezco a lo que soy
es mientras duermo.
Este es un secreto nunca revelado:
despiertos, los gatos no somos gatos;
entonces vienen los ángeles de la guarda
a moverse en la oscuridad entre los cuerpos de los gatos.
En esos momentos yo no existo.

Gatos
No son de este mundo,
los gatos no son de este mundo,
pasan de puntillas,
observan en la oscuridad,
espían para Dios o el diablo,
hacen pereza aburridos de este mundo,
los gatos: invasores, testigos.

Gatos
Se necesitan maña y constancia
para que un gato se deje acariciar.
A veces condesciende
solamente porque los gatos son buenos amos.

Gatos
Palabras para hablar de los gatos:
no hay palabras para hablar de los gatos.
Las palabras no abarcan a los gatos.
Los gatos son indiferentes
con los seres que hablan.
Un ladrido puede molestarlos
y un estruendo asusta a los gatos.
Pero los gatos no oyen palabras,
no les interesa nada que pueda decirse con palabras.
¿Para qué las palabras si hay olfato,
para qué las palabras
si es posible el silencio?




Y el Patito Feo soportó el rechazo, la indiferencia, el olvido. Pero ante la masacre del gobierno narco-paraco y sus reformas: Tributaria y Salud, alzó el vuelo y se dio cuenta que había nacido Cisne.
Desde hace meses se persiguen sin admitirlo. Es como si un impulso incomprensible que les impide alejarse, cada tanto los lleva a pensarse, a sentirse, a buscarse. Sin embargo, vicio extraño de la decencia, cuando están cerca, se comportan como si ese sentir profundo, no fuese más que un capricho pasajero.

 

La mujer agapanto. El despertar del jardinero. Diario. Es una novela que narra una historia de amor muy singular. El amor es el eje de la trama. El Hortalero se enamora de la mujer agapanto (mujer-flor o flor-mujer)

Estos términos: “flor” y “mujer” no son solo ornamento sino algo profundo. Tanto que a veces uno no sabe cuándo es “flor” o “mujer”. A veces, es las dos cosas o ninguna. Por eso, cuando se escribe “flor” también se escribe “mujer” y ambas conservan la magia de lo efímero, la belleza finita de un olor. Por ello, en este libro, la “mujer” que es “flor” o la “flor” que es “mujer”, está viva y se traslada del jardín del Hortalero al jardín de un mundo literario.

Por lo tanto, este libro contiene una sabiduría orgánica. Una sabiduría de montaña. Y ¿Por qué no?, puede ser un libro indispensable que acompañe al lector en la biblioteca universal del corazón. Porque es un libro que puede comprender y desligarse de cualquier movimiento religioso o político. Ya que lo importante es que libro permite una voz narrativa que acompañe, poetice y comparta el amor como un alimento para los más necesitados.

A continuación un fragmento de la novela leído por el autor:



También es interesante del libro el recurso narrativo que utiliza: el diario. Así, el libro se construye como una novela fragmentada, en apariencia sin ilación, pero que va tejiendo la trama a través de la observación del personaje-narrador. Y las reflexiones, en capítulos distantes, se van convirtiendo en un organismo que necesita de cada una de sus partes para respirar.

Y el personaje-narrador lleva lo personal al plano literario como una huella en el alma para el que es sensible al aroma de las flores. Y quién lo percibe siente un perfume que se esfuma apenas se huele, pero que queda en la memoria. Un perfume que atestigua que lo efímero, aunque desaparezca, nunca muere. Un perfume que entra por los ojos y se queda en la mente. Un perfume que marca el inicio y el final de toda vida. Un perfume que perdurará aún después de terminar la lectura de esta novela.

Para ampliar la información, puedes ver el siguiente video:

 


"Estos relatos de Camilo Betancur exploran la condición humana en cuatro niveles desconocidos, ignorados o terribles. Y para interpretarlos hay que entrar en esa otra dimensión, dudando de la realidad tal como se ve en su aspecto mundano. Porque las cosas no son como aparecen, la verdad es lo contrario, la vida está más allá o más adentro, el ser amado es inalcanzable, el sabio es aprendiz y el hombre es pájaro, bestia o limón.

Las cortas historias casi inofensivas o juguetonas presentan rupturas, imposibilidades, mentiras, contradicciones y absurdos, así como la muerte, el más allá, el regreso de la eternidad y la inquietud sobre la realidad que se vive sin sobresaltos. Igualmente, bestias, brujas, magos, poderes ocultos, seres extraños y humanos crueles entran en escena para revelar impredecibles transformaciones y metamorfosis.

Lo anterior solo es posible por el sueño, la imaginación y la creatividad de un escritor sumergido en su mundo interior y en permanente contacto con la realidad circundante".
Óscar Castro García.


La brevedad es un factor indispensable porque nace de la exigencia del momento, pues no es un secreto que en los tiempos actuales el afán caracteriza a la mayoría de las personas porque necesitan informarse lo más rápido posible y por eso evitan las lecturas lentas, rumiantes y cuidadosas por la simple razón de que los desespera.

Es por ello que este libro, “Los errantes”, de microcuentos, llega como pan para el chocolate, como abrigo para el frío, como un abrazo en tiempos de pandemia. Porque este tiempo pandémico nos ha llevado a hacernos preguntas que antes ni se nos ocurría. Y este libro parte de cuatro preguntas que tal vez, algún lector se ha hecho: ¿Qué es la renuncia?, ¿es la muerte el fin?, ¿existen otras formas de vida? y ¿son los sueños una proyección de la cotidianidad? Por cada pregunta en el libro se agrupan los microcuentos en cuatro momentos: Los errantes, los del otro lado, los visitantes y los del ensueño.

A continuación un microcuento en audio, del momento "Los del ensueño". De fondo suena la canción "Viajero" de XOL. Gracias XOL por permitirme utilizar la pita.



Cada personaje que habita el libro “Los errantes”, a su manera, fabrica el destino, transforma su realidad y así triunfa provisionalmente sobre la dificultad. Y toda la atmósfera del libro plantea un universo donde la acción encuentra su forma entre hechos nostálgicos y desesperados, y crea, no obstante, una posible salida en este tiempo, el de las sociedades contemporáneas, de las redes sociales, que se han trasladado al mundo digital para sobrevivir al encierro. Muchos, incluso, olvidan lo que saben de su “antiguo mundo”. Es ahí, donde este libro cobra importancia ya que los personajes, en este libro, aprenden nuevas formas de habitar el mundo. Que tal vez, ojalá sea el caso, inspire al lector a reflexionar sobre su propia vida.








22 de marzo 2021

Por Juan Camilo Betancur E. 

Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida.

Jorge Luis Borges

Años atrás un gran amigo y maestro, Oscar Castro, me asesoraba en el libro de microcuentos “Los errantes” y me obsequió el libro “Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos”, de David Betancourt.

Guardé el libro para leerlo y desapareció. Lo busqué y nada. Años después un amigo llegó con una sonrisa para amortiguar mi enojo y dijo que era un buen libro.

Así que lo leí y me encontré unos cuentos tan impredecibles como una desgracia. Algunos golpearon tan fuerte las bases en las que uno, un lector hembra, ha edificado su vida, que al final no salí igual de ese libro. Sentí tristeza, rabia, ternura y mucha alegría. También, quedé con la sensación de que esos personajes se quedaron en el imaginario de los hombres reales, por lo que sufrían igual que uno al pagar los servicios públicos cada mes o pasaban por una calle silbando y mirando de reojo las piernas de una muchacha.

“Los personajes de mis cuentos son pura gente inventada de la vida real, que a veces se quiere parecer a mí más de la cuenta, pero ahí sí me pongo serio y no la dejo. Que sean ficción ellos que para eso están y a mí que me dejen tranquilo porque, si no, si se empiezan a parecer mucho a mí, les hago lo que les hacía a los personajes de mis primeros cuentos. Ellos saben que yo soy capaz”, dice David.

Quise en un primer momento descifrar cuales elementos hacían que ese libro, “Yo no maté el perrito…” de David fuera tan intenso. En primera instancia, sus relatos tenían una historia, eran cortos, directos y conmovían. Pero había algo más que no descifraba. Y miré ese libro con desconfianza.

Y me llegaban noticias de David. Se ganó el premio de cuento de la Universidad Industrial de Santander y Jorge Gaitán Durán con el libro “Ataques de risa”. También, ganó el V Premio Nacional de Cuento La Cueva con el relato “Beber para contarla”... Se radicó en Puebla-México. Publicó: “Buenos muchachos”, “Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos” y “Bebestiario”.

Tiempo después, en el taller de literatura que tenemos en la Casa Cultural Talpa, en Girardota, propuse leer de nuevo el libro de David, “Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos”, más: “La vida me vive amargando la vida”. Quería desentrañar la obra de David. Como quien dice, dejar sus cuentos desnudos. Y bueno, no sé si lo logramos, pero encontramos cinco elementos que hacen de los cuentos de David relatos imprescindibles y que quedan contándose dentro de uno.

1. Están bien escritos
Tal vez porque David estudió Filología y Periodismo cuente con el criterio, el rigor y el conocimiento para que sus relatos no tengan fallas de ortografía ni frases ambiguas. Esto no distrae al lector. Porque atrapar un lector es tan difícil como agarrar un marrano engrasado. Por eso, el cuidado de un texto exige al escritor pensar cada frase para que el lector no tenga que releerla. Así se empieza a establecer el vínculo entre el relato y el lector. Por eso, una prosa cuidada eleva el relato a otro nivel. Y además de cuidada, espontánea.

2. Se leen de una sentada
Los conflictos que plantea David exigen al lector saber cómo se van a solucionar. Ejemplo, el relato: “Los amigos no existen” hay un atraco. Luego el agresor y agredido, por algunas páginas, son los mejores amigos. O “Yo no maté el perrito”, el conflicto no es original, pero, es importante para los personajes. Es decir, una abuela puede no querer a su nieto y lo culpa de la muerte del perro. No obstante, en el transcurso del cuento la relación entre la abuela y el nieto se pone tensa, absurda y fascinante hasta el punto final. O “Detrás de mí” es un relato donde no suceden giros sorprendentes, pero son los necesarios para alimentar las expectativas del lector. En ese cuento el personaje narrador dialoga con el narrador Omnisciente y esperan la llegada de un maestro, un trascendido. Y al recinto llegan todo tipo de personas. Es una espera aburrida. Pero, el ingenio del escritor lo deja a uno ahí, esperando, sin aburrirlo.

3. Los finales son aceptados
Cuando David termina un relato, uno, el lector, lo acepta como el único final posible. Es un final coherente con la historia. En “Los amigos no existen”, el atracador, que se hace amigo de la víctima, al final termina conquistando a la madre y se fuga con ella. David le da sentido al final de cada cuento y no deja la sensación de truco ni engaño, así utilice trucos y lo engañe a uno. Por ejemplo, en el relato “La vida me vive amargando la vida”, el personaje escritor, en su primera lectura en un lugar de prestigio, termina sucumbiendo a su gran temor y es dormirse en plena lectura.

4. Emocionan
Los relatos de David emocionan y por eso asombran. En el cuento “Último partido" se pasea la tristeza y la alegría. Se narra un partido de fútbol entre muchachos. El encuentro es divertido. Los personajes disfrutan. Hasta que el más calidoso muere con una bala perdida. Así también con el relato “Única oportunidad”, los personajes llevan las cenizas de su amigo al Estadio para que atestigüe que el Deportivo Independiente Medellín por fin quedó campeón. Pero pierde. En ambos relatos la alegría prepara la piel del lector para que el aguijón de la tristeza sea certero e inolvidable. También, en sus relatos se trasmite una experiencia de vida, como es la relación de pareja y el fantasma de la infidelidad en el cuento “Abrázame fuerte”. Son cuentos donde la emoción le permite al lector relacionarse con el personaje porque el lector conoce el sentimiento y ha vivido algo de lo narrado. Por ejemplo, en el relato “La vida me vive amargando la vida”, todos los escritores vemos nuestra inseguridad y el sueño amargo de la fama.

5. Las piezas encajan
Así parezcan espontáneos, ingeniosos, los cuentos de David no suceden por casualidad. En ellos, cada elemento, cada personaje, cada diálogo, tiene una función que lleva al relato hasta el único desenlace posible. Para no alargarme, analizaré un cuento, pero sucede con la mayoría. En el relato “El último partido” David escoge el escenario de un barrio, en las horas en que las señoras salen de misa, hay un escenario, muchachos malos, niñas buenas… se siente el barrio.

Otra pieza es el final. En un buen cuento el final se anuncia sin que el lector lo vea. Esto, para que cuando termine el relato el lector lo acepte porque siempre estuvo ahí, pegado a la nariz. En “El último partido” David mostró el final como si fuera un conejo que metía en un sombrero y desaparecía. Y el conejo nunca se movió del sombrero. Me explico mejor, ese relato empieza con el final: “Cómo no acordarme de tu último partido, Felipe, de tu tragedia”. Luego, en el tercer párrafo repite la frase, pero en forma interrogativa. Y sigue haciendo referencias durante todo el relato cuando repite varias veces “¿Te acordás?”, evocando lo que no está. Y te mete en el partido, en la tocata, en la apuesta, en la llegada del zarco… te distrae del final anunciado hasta que en el último párrafo sucede la muerte de Felipe: “…ahí, tendido en el piso, con tu inocencia, a solo dos goles de la gloria y mamá llevándome a casa de la mano, arrastrándome para que no llore más por vos, sacudiéndome la melancolía…”. Era un final con tragedia meditada.

04 de marzo 2021

Por Juan Camilo Betancur E.


Aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral”. 
Walt Whitman

Un viaje es una aventura a lo desconocido, así se haya planeado. Y el gran viaje es que se hace al olvido. Es cuando se pierden los puntos de referencia y se empieza, por la necesidad de la subsistencia, a descubrir otra forma de relacionarse con la soledad, el dolor, el hambre y la muerte.

Por eso, en esta emisión de Me revientan los adultos vamos a hablar sobre los viajes. Para el programa se hizo un proceso de reportería. Algunos niños hicieron un guión para realizar el programa. Al final, fue un viaje en nombre de la amistad, este hermoso programa, que espero disfruten y les despierte de nuevo las ganas de moverse, de ir a otro lugar, de cambiar de paisaje.

Porque el viajero, el que busca algo de sí en cada viaje, vivencia una metamorfosis de su personalidad. No vuelve a ser el mismo. Y se empieza a ver en él un paisaje interior con fragmentos de los lugares que transita. De este modo, la inmersión del viajero en su ser y en los lugares que transita le permite observar a fondo su condición de buscador de respuestas que le cambian la vida.

Entre las grandes respuestas que encuentra el viajero están los cuatro momentos fundamentales para determinar el encuentro consigo mismo.

El primero: ajeno al paisaje; es cuando el viajero tiene miedo a interactuar con el paisaje.

El segundo: aceptación de la soledad; es cuando el viajero muere en los recuerdos para verse por primera vez y posiblemente encontrar un aliado.

El tercero: las fuerzas internas; es cuando recobra la confianza en sí mismo.

El cuarto: la naturaleza de los actos; es cuando sus actos están en armonía con sus semejantes y la naturaleza.

Por ello, prevalece durante el viaje, como una constante, en cada individuo por la relación que establece con su entorno.




Juan Camilo Betancur Echeverry nació para las letras. Lo supe desde cuando lo oí hablar por primera vez en alguna clase de literatura o de géneros periodísticos. “Escuché el viento como un rumor eléctrico, como si la luz fuera aire y acariciara mi rostro”, dice ahora, desde la frase final del sexto capítulo de La Sociedad, Florentino, el narrador al que cualquier lector puede verse tentado a identificar con el autor. Esta es su primera novela. Siguiendo una larga tradición, que puede rastrearse hasta la novela de formación alemana de comienzos del siglo XIX, el relato nos sumerge en los años cruciales en los que el personaje principal y sus compañeros de generación afrontan el paso de la niñez a la adolescencia, de los amores filiales a los tortuosos y de la vida inocente al enfrentamiento con un mundo vasto y basto. No uso al azar el verbo sumergir, pues eso es lo que hacemos al adentrarnos en estas páginas: nos sumergimos en el espíritu sabio y un poco atormentado, docto y un poco díscolo, de un hombre que rememora los años inmensos en que el mundo dejó de ser para él y empezó a ser de él. 

En los verbos que los signan pueden diferenciarse el autor y su narrador. Mientras este nos sumerge en su visión del destino, aquel se aventará un día a la conquista del suyo. Sigo sin saber por cuál lado optará este escritor cuando decida no seguir andando por la cuerda floja de su destino, pero tengo la sensación de que no importa mucho; a fin de cuentas, en la literatura o en el delirio, creo que Juan Camilo va a seguir contando historias. Y que valdrá la pena saber de ellas. 

Cesar Alzate Vargas

A continuación un video sobre el libro: El escritor mago. Libro 1: La sociedad. Para que se antoje.









Fragmento del capítulo 4 de la Novela "El escritor mago. Libro 1: La sociedad" que prontamente estará circulando por Amazon.


Mi padre había tenido la idea de matricularme en una escuelita que manejaba el modelo educativo de Escue­la Nueva. Aquel modelo consistía en que una profesora en un aula dictaba todos los grados y enseñaba todas las materias. La docente se apoyaba en fascículos que tenían todas las lecciones y pautas académicas, y vigilaba desde su escritorio mientras los alumnos se rascaban la cabeza o leían esas páginas donde las palabras eran cucarrones en vuelo. Si alguien no seguía las instrucciones, hablaba en voz alta o se dormía… pasaba al frente y permanecía de pie. En algunos casos extremos podría ganarse un reglazo en las piernas. 

Mi padre afirmaba que el contacto con otros niños me ayudaría a fortalecer mi carácter. Tenía razón: conocí la timidez a muy temprana edad. Estuve en esa es­cuelita dos años. Luego, mi padre decidió matricularme en otro colegio de más categoría. Una institución con varias plantas, dos patios y docentes suficientes, uno por área. Sin embargo, el mal de la Escuela Nueva, la ralentización de las capacidades cognitivas del alumno, ya estaba sembrado. Ya era parte de aquellos que en los primeros años de sus vidas, los fundamentales, recibieron la educación desde un fascí­culo y no desde una experiencia de vida (un docente). 

Para los hijos de la Escuela Nueva el lenguaje no era la capaci­dad indispensable para crear un universo de significados y así dar respuestas al sentido de la existencia, sino un ruido intenso de cucarrón en la cabeza. Nos pusieron una venda en los ojos justo cuando debían abrirlos; nos prohibieron jugar con las palabras, sentirlas, vivirlas... Muchos, la mayoría, cayeron en la trampa de crecer con una chicharra en vez de cerebro, convirtiéndose en los magnos representan­tes de nuestra idiosincrasia.

Prontamente en una antología "Sueños a blanco y negro" que hizo la editorial ITA, en Bogotá, en su convocatoria sobre "Sueños", 2020, se publicarán nueve micro cuentos, mientras tanto, les dejo este. 



A la una de la mañana estoy sentado en la cima de la montaña, esperando que la luna se acerque más para dispararle y tumbarle un pedazo con la cauchera que me obsequió un mago. El anciano me dijo que con un pedazo de luna bajo la almohada puedo ver el rostro de la mujer que hace días se me aparece en sueños. Si no le doy en la parte superior la luna puede derramar su líquido azul y perder para siempre el conejo que salta en su interior. 



Cuando me callo. Cuando por fin me callo. No me encuentro con tanto ruido, con tanto ruido en mi interior. Mi corazón ya no es como una radio mal sintonizada, un ruido blanco, molesto. Me calmo. Respiro. Y un silencio se asoma en lo indecible. Se deja observar. Le gusta que lo mire, solo que lo mire. 

 


La niebla subía del río Cauca y una capa blanca impedía que se viera a más de un metro, por lo que se me dificultaba el camino. Había ido a la plaza de mercado a conseguir un queso, un pan y una botella de vino porque había escuchado que era lo que le gustaba al monje que vivía en la montaña. 

Del pueblo a la casa hay zonas muy pantanosas, específicamente en el último tramo. La primera parte es una carretera rodeada de potreros. A lado y lado de la carretera hay eucaliptos que dan la sensación de estar andando bajo un túnel vegetal. Luego se toma un desvío por un camino precolombino en muy mal estado.  

Juan estaba sentado en una silla mecedora como si estuviera esperándome. Por eso, me sorprendí al verlo. Lo curioso era que llevaba más de diez años sin recibir visita porque afirmaba que desde que el pueblo había olvidado el cuidado de sus vidas espirituales había dejado de ser su pueblo. Por ello le pregunté, en son de burla, si llevaba mucho tiempo esperándome. Él sonrió y me contestó que sí. Además, me ordenó que me quitara los zapatos y me pusiera una bata blanca. Quedé muy inquieto, pero no le pedí explicaciones. 

En la sala había sobre la mesa una canasta con frutas y semillas. Al lado Juan dejó el paquete. 

—Sígueme que ya empezó tu trabajo. Después nos sentaremos a descansar —dijo Juan y continuó— en la mañana vi un colibrí tigre dando vueltas por la casa. Esa era la señal de que vendría alguien con un camino espiritual trazado y que era necesario empezar con su iniciación. 

Caminamos juntos hasta el altar ubicado en un cuartucho al costado derecho de la casa, lugar en el que Juan pasaba días encerrado meditando. Era un cuarto pequeño con una alfombra y cojines. En la mitad había un candelabro de siete puestos y algunos cuarzos de diversos tamaños. Él se sentó cerca de la entrada indicándome que cerrara los ojos y tratara de pensar en un propósito mayor. 

No habían transcurrido más de diez minutos cuando escuché la voz de un hombre diciéndome que era requerido en la alcaldía municipal. Sin abrir los ojos respondí que lamentaba no poder acompañarlo. Al día siguiente, llegaron dos hombres con un papel firmado por el Alcalde. Juan sonrió y con un movimiento de cabeza aprobó mi partida. A los días fui nombrado alcalde. Misteriosamente a mi despacho llegó una carta de Juan con una lista de libros, estatuillas, esencias, collares, camándulas, entre otra infinidad de cosas. Al mes, Juan escribió otra carta donde incrementó el pedido. 

Una mañana me comunicaron que había sido nombrado el mejor alcalde del país. Entonces Juan me escribió otra carta con la solicitud de una casa y un sueldo fijo de por vida. Respondí que esa petición era imposible. Incluso sentí que Juan estaba abusando de mi generosidad y dudé de su espiritualidad por lo que le dije de manera tajante y grosera que ya había pagado sus enseñanzas. 

Ya era de noche cuando abrí los ojos y vi las velas casi consumidas en el candelabro. Estaba solo en el altar. Estiré las piernas y al salir me sorprendí al ver a Juan sentado en la silla mecedora con una manzana en la mano. 

—El que desea gobernar debe poner toda su fuerza interior en dominar las emociones y evitar que las emociones lo dominen. Cuando las emociones son las que dominan el espíritu se turba y el gobernante mira pero no ve. Sin control de las emociones es muy difícil gobernarse a sí mismo y casi imposible gobernar a un pueblo. 

Recibí la manzana que el monje me había obsequiado para el camino. Cabizbajo, con la bata blanca, di la vuelta y desaparecí entre la niebla.

11 de septiembre 2020

Por Juan Camilo Betancur E.


Recuerdo que a principios de marzo, cuando el gobierno nacional decretó toque de queda y la cuarentena obligatoria, las personas salieron a los supermercados a abastecerse. El producto que primero se agotó fue el papel higiénico, como si la pandemia del Covid 19 fuera una cagada monumental que provocaba la extinción de la humanidad. 

En Girardota el alcalde se pronunció en Facebook Live, cada día. En su intervención dijo que los ancianos no podían salir de las casas, había toque de queda, las escuelas cerraban, lo mismo que la iglesia y el comercio y el municipio tendría un pico y cedula distinto al del gobierno nacional y departamental. Por esos días el alcalde era una estrella de las redes sociales. Salía en carro, con el sacerdote, bendiciendo a los girardoteños, como si el voto popular lo hubiese dotado de poderes sobrenaturales que le permitían alejar a un enemigo invisible. Un enemigo como el Covid-19 que tiene la paciencia de quedarse encima de cualquier cosa, inútil, esperando. Ni siquiera tiene identidad o hace una selección de sus víctimas, como otras especies. Un virus que ni siquiera alimenta la idea apocalíptica de que la humanidad puede ser exterminada por una nave espacial de seres superiores. Nada de platillos voladores, robots inteligentes o seres avanzados. Nada extraordinario, excepto la muerte y la vulnerabilidad. ¡Nada más terrorífico! 

Así, que fui al D1, el que queda por la Santana. Había fila para el ingreso. También, un letrero en la puerta que decía: “Está prohibido comprar más de dos rollos de papel higiénico por familia”. 

Al ingresar noté que había unos cuantos rollos de papel higiénico. Tomé los dos que podía llevarme. El terror iba en aumento. Hice la fila para pagar. Las personas hablaban. Un señor gordo comentaba que en Australia tres mujeres se jalaron del cabello tratando de arrebatarse los últimos rollos que quedaban en un supermercado. Una muchacha agregó que en China algunos ladrones con cuchillos robaron cerca de 600 paquetes de papel higiénico a un trabajador de un almacén. Ante estos acontecimientos miré el lugar donde estaba el papel higiénico y se había agotado. Daba la sensación de tragedia. Pues es más evidente que se agoten 30 pacas de papel higiénico a que se agoten 30 latas de atún o 30 jabones desinfectantes de manos. 

Una señora, ante estas historias, abrazó un rollo de papel higiénico con fuerza. Otra miraba su carrito del mercado, en el que llevaba más de un rollo de papel higiénico. Efectivamente, cuando llegó a la caja tuvo que devolver los cuatro rollos que llevaba de más. 

Ninguno de los presentes estábamos acostumbrados a la escasez y la privación de los artículos de la canasta familiar que podíamos comprar cuando nos diera la gana. Por ello, cuando se agotó el papel higiénico se prendieron las alarmas. Las personas por el temor se vieron obligadas a actuar, sin saber muy bien qué hacer. Y lo más sensato fue comprar la mayor cantidad de papel higiénico, como si este artículo, tan voluminoso, tan bien publicitado con cachorros de perro de raza fina, tan suave y perfumado brindara la seguridad que ni el gobierno podía garantizar. 

Además, nadie estaba diseñado para no saludar a los seres queridos, tomar distancia y estar encerrado. Ante este cambio estructural en las relaciones interpersonales surgió el papel higiénico como un superproducto salvador. Aunque era una solución inútil porque era más eficiente, ante el Covid 19, comprarse un antibacterial, toallas desinfectantes, tener distanciamiento social y lavarse las manos con frecuencia. 

Así que fui a la caja a pagar. Verificaron que llevara dos rollos. Estaba feliz. Al menos, tenía el escudo de protección higiénico como un símbolo absurdo y subjetivo de seguridad.