Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Prueba de honor

>> martes, 1 de octubre de 2013


Estaba entre un costal. Aullaba y las fuerzas se agotaban. De pronto  lo movieron y al salir vi a una mujer que me habló con una voz menudita. Caminé con ella hasta una casa de tapia, grande. Ella me dio un plato de sopa de arroz y purina. Comí hasta vomitar tres veces la cantidad ingerida. 

Con los días empecé a explorar el lugar y a disfrutar de los olores que salían de la cocina. Me levantaba en dos patas mientras el estómago se revolvía. 

 Lo más divertido era salir de paseo. Con el collar nada en el mundo me importaba. Incluso cuando otros se me acercaban me dejaba oler sin mover el hocico. Muchos me gruñían porque yo no los olía. Sentían que era superior al no interesarme por averiguar sus edades y posiciones sociales. Por ello, más de uno me dijo que algún día me encontrarían solo. No les hice caso. Pues mi único interés era ella y su olor a menta y tierra húmeda. 

 En la mañana la esperaba en la puerta para saltar y ladrar y morderle los pies. Me gustaba robarle los calcetines y enterrarlos para olerlos y recordarla. Ella se enojaba cuando desaparecían y con un periódico doblado corría tras de mí hasta que se cansaba. A las horas, me acercaba cabizbajo, moviendo la cola y ella volvía a hablarme menudito. Empezaba a saltar, a morderle las manos y pararme en dos patas. 

 En las mañanas ella salía y regresaba en la noche. En el día me quedaba oliendo sus calcetines y aullando. Las horas sin ella eran insoportables. Por eso, una mañana, desesperado, la seguí. Pero a los pocos metros perdí su rastro de menta y tierra húmeda. Lo busqué por todas partes y nada. Aullé. Cuando quise retornar a casa apareció el sabueso y sus compinches. Agaché las orejas y metí la cola entre las patas. Se acercaron y me olieron el rabo. Uno de ellos, el más pequeño, me mordió la pata. Salté y otro me agarró del cuello. De nuevo el más pequeño me mordió la otra pata. Recordé el hambre y el miedo cuando estaba dentro del costal y la voz menudita de ella y como pude giré para zafarme de las mandíbulas que me estaban dejando sin aire. Luego salté en dirección al sabueso. Él no se esperaba ese golpe. Me sujeté a él con todas mis fuerzas. Él saltaba y entre más se movía con más fuerza apretaba mis mandíbulas en su cuello. De pronto el sabueso se quedó quieto y abrí la boca. Los otros se alejaron. El sabueso se incorporó y caminando de lado, se marchó. Intenté moverme pero estaba sin fuerzas. Demoré un rato restablecer la energía. 

En la noche ella a verme gritó y empezó a limpiarme las heridas. Al día siguiente se quedó conmigo. Al recuperarme volví a salir y me encontré que la pandilla del sabueso se había desintegrado. Pero esta vez, al olerme, en vez de gruñirme saltaron sin importarles que no les oliera el rabo. Desde entonces, cuando ella parte, durante el día exploro la montaña en compañía de mis nuevos amigos. 

En la noche, retorno a casa. Echado en una roca alzo el hocico hasta sentir su olor a menta y tierra húmeda. Salto y ladro. Luego me paro en dos patas y la sigo.

6 comentarios:

antonio molina medina martes, octubre 01, 2013  

Relajante y grato el recorrido por sus letras.

un saludo

Antonio

Juan Camilo martes, octubre 01, 2013  

Antonio
Gracias por sus palabras

LUMI BRAVO HERRANZ jueves, octubre 03, 2013  

Qué importante es que los demás te vean "normal", que esas diferencias físicas o de cualquier otra índole no sea un obstáculo para relacionarse vivir experiencias igual que los demás, asumiendo nuestras limitaciones, pero nunca sentirnos inferiores; es la única forma de que los demás nos vean capaces... en nuestras manos está, lo que perciben de nosotros es puramente el reflejo que emana de nuestro interior, Si nos queremos nos quieren. Por otro lado tener a alguien a nuestro lado que nos trata como uno más, da confianza para emprender el vuelo a pesar de las dificultades. Un abrazo.

Elda jueves, octubre 03, 2013  

Que tierno relato para demostrar que siempre hay alguien en el camino que te comprende aunque se sufra de algún defecto y demostrar a los demás que tu fuerza es grande para hacerse respetar.
Me ha encantado estar entre tus letras.
Gracias por tu visita y bonito comentario.
Un abrazo.

Misterio jueves, octubre 03, 2013  

Qué bonito relato de fidelidad...

Adoro a los perros.

Un beso grande.

Juan Camilo jueves, octubre 03, 2013  

Lumi
Gracias por sus palabras, son recibidas con un abrazo

Elda
Bienvenida por estos lados.

Misterio
Gracias por su visita. Un abrazo

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