Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


De las mutaciones

>> lunes, 21 de octubre de 2013


Desde pequeño me he sentido atraído por la luz. Recuerdo que me quedaba frente a una vela. En ese momento la llama era todo mi mundo. Desde entonces he buscado conectarme con la voz interna, esa voz que Cristo comparó con la luz de una vela al referirse a la luz del corazón. 

 En la adolescencia padecí las burlas y las ofensas de los compañeros del colegio. Esa época prefiero pasarla de largo. Luego, en los años de la universidad pasé un periodo de oscuridad exquisita. Licor, mujeres, bares… hasta entrar en una depresión que me llevó a realizar un viaje hacia el sur del continente. En ese recorrido casi muero de hambre y tristeza a las afueras de la provincia de Buenos Aires. En ese desmayo sentí que en mí algo había cambiado. Entendí que cuando la debilidad es superior a nuestras fuerzas es cuando se empieza a fortalecerse. 

En Buenos Aires, por Belgrano, me interné en un templo Krishna y durante dos semanas estuve en un cuarto, sin electricidad, meditando sobre mis acciones. No encontré más que tristeza. El monje del templo, un hombre robusto, de sandalias, me dijo que mi trabajo era lavar las ollas de la cocina. En esencia debía quitarle el tizne. Él afirmaba que así empezaba a quitarle la tristeza al corazón. 

 De regreso a casa solo quería sanar. Así que trabajé un tiempo con niños en las comuna 13. Con el dinero ahorrado pagué una terapia con indígenas en la zona selvática del Putumayo. Viaje y me instalé en la maloca del abuelo indígena. Allí tomé yagé durante quince días. El yagé, conocido también como el vejuco de la muerte, es un brebaje amargo que te pone en otra frecuencia y te comunica, sin atajos, contigo mismo. Después del mareo, la diarrea, el vómito, el llanto, tuve una visión: Un hombre sin rostro, con una ruana blanca, estaba sentado sobre el fuego. Busqué al taita y me dijo que ese era mi padre y el rostro borroso significaba que no lo reconocía como padre. Mi trabajo, dijo el abuelo, era perdonarlo porque todo aquel que lleva el perdón, así no sea bien recibido, va con la frescura del agua. 

Busqué a mi padre después de doce años. Estaba en la misma montaña en la que nací. Hicimos un fuego y le dije que lo culpaba por mi tristeza, por mi fracaso con las mujeres, por mi fascinación por el suicidio… él reconoció su cobardía al no buscar a sus hijos. 

Meses después encontré un hombre de unos cuarenta años que leía el tarot y el tabaco. Me habló de la magia de los actos. Me dijo que si uno aprende a hacer lo que le nace del corazón no debe preocuparse. Lo frecuenté para que me enseñara sobre el tabaco. La primera vez que me vio la ceniza me dijo que debía equilibrarme emocionalmente. Me recomendó echarle azúcar al tabaco y decir “amor” por cada exhalación. Después, sin que ninguno de los dos lo esperara, nos distanciamos. 

Seguí fumando tabaco. Una noche soñé que una mujer, muy adulta, vestida de blanco, me echaba agua. Al día siguiente un amigo me dio una tarjetica con el nombre de una bioenergética. Dejé la tarjeta en la mesa de noche. A los días la llamé. Ella era una mujer mayor, de ojos claros y una voz dulce. Creo que es la voz más dulce que he escuchado. Me dijo que me sentara y llevó sus dedos pulgar e índice a mi muñeca. Buscó el pulso. Con los ojos cerrados me dijo que yo era un hombre muy inseguro en el amor. Por eso había buscado en todas mis relaciones el amor de mi madre. De ahí que me gustaban las mujeres mayores y de carácter fuerte. También que yo había elegido nacer en las circunstancias en las que había nacido y por eso debía agradecer la ausencia de mis padres, más que culparlos. Al final me dijo que durante nueve días, en una olla, debía verter un limón y cubrirlo con alcohol. Luego, debía permanecer frente al fuego hasta que se apagara. En ese tiempo era necesario pedir por la purificación de mis relaciones emocionales, sexuales y espirituales tanto de esta vida como de mis vidas pasadas. 

 Cada persona que he encontrado, ahora que lo pienso, me ha llevado hacía dentro, rumbo a la fuente de la sabiduría suprema: el corazón. Puedo decir esto, porque ahora entiendo lo que significa vivir con el dictamen interior. Pues, hace unos dos días escuché por vez primera la voz interna. Estaba en mi casa. Eran las seis de la tarde y miraba la montaña sin pensar en nada específico. De pronto escuché la voz de un anciano. En el tono de su voz había algo de mi voz. Me decía que fuera a la biblioteca. Sacudí la cabeza. Eso fue todo. Confieso que no le hice caso. Me pareció que era superstición y olvidé el asunto. Una mañana me cité con un amigo en la biblioteca municipal. Llegué primero y lo esperé. En la mesa había algunos libros, pero me llamó la atención un cuaderno. Al abrirlo vi algunas anotaciones. Leí una al azar: “La rectitud concuerda con la luz del cielo”. Al intentar leer otras frases el cuaderno resbaló. Lo recogí del suelo y vi que un papelito se había desprendido. Lo desdoblé. Sentí que esas líneas definían mis búsquedas. Metí el papelito en el bolsillo y me senté en otra mesa. Decía lo siguiente: 

“Inocencia: Lo firme llega desde afuera y se convierte en regente en lo interior. Movimiento y fuerza. Lo firme ocupa el centro y encuentra correspondencia. ‘Gran éxito en virtud de la corrección’. Tal es la voluntad del cielo. ‘Si alguien no es recto, tiene desgracia, y no es propicio emprender cosa alguna’. ¿Si se ha acabado la inocencia a dónde querrá llegar uno entonces? Si a uno no lo protege la voluntad del cielo, ¿Podrá entonces hacer alguna cosa?”. 

Esas palabras daban vueltas en la cabeza. No sabía quién las había escrito. Lo único que podía hacer era mirar mis actos. Lo extraño era que no sentía culpa. Si años atrás hubiera realizado el mismo ejercicio no hubiera soportado el remordimiento. Justo en ese momento recibí una llamada. Era de una mujer que me invitaba a su casa para celebrar mis cumpleaños. Acepté e inmediatamente reservé los pasajes. Después pensé, ya con el boleto en el bolsillo, si era conveniente ese viaje. Entraron dudas y decidí consultar el I Ching, el libro de las mutaciones. Anoté la sumatoria de los números que arrojan las monedas y las líneas correspondientes. Salió el hexagrama 25 Wu Wang: “La inocencia”. Hablaba de si uno tiene segundas intenciones no es posible ser tocado por la luz del cielo. En resumen, me respondía que ahora no es tiempo de emprender acción alguna. Me dolió mirar las cosas como son. Pues quería tener alguna oportunidad con esa mujer. Después leí la parte complementaria del libro y encontré el texto que había hallado días antes en la biblioteca.

5 comentarios:

New Message lunes, octubre 21, 2013  

Cada vez que nos damos cuenta que lo que queremos no corresponde a lo que necesitamos, se nos despeja el camino hacia la verdad... :* http://pasosalconocimiento.wordpress.com/2011/11/26/introduccion-a-los-pasos-al-conocimiento/

Juan Camilo lunes, octubre 21, 2013  

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Gracias. Es sorprendente. Algunos textos ya los conocía. Un abrazo y mucha luz

Maria lunes, octubre 21, 2013  

me gusta el escrito, sentirnos solos es parte de la vida misma, no es para echarle la culpa a nadie, esa maña de sentir ofuscacion por los padres, pues de niños, después, son tus acciones lo que te llevan a tu propio baile, el tizne sirve para ponerte las manos negras,nada más, no crees? es broma lo que escribo, un conjuro para matar ese sentimientito de soledad...saludos

Juan Camilo martes, octubre 22, 2013  

María
Saludos, lo del tizne también pone negras las manos, pero al final es menos el tizne. Abrazos.

Marcela Oromì lunes, octubre 28, 2013  

Namaste. Un honor pasar por estas letras!

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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