Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


Hallazgo reverdecido

>> sábado, 8 de octubre de 2011




Entras desnuda a mi habitación y te introduces bajo las cobijas. Conversamos un poco de lo bien que te hacen los colibrís. Luego, nos besamos, tocamos, olemos y solo importa el impulso frenético de penetrarte. Un olor a flor invade el cuarto mientras entro en ti como otra casa habitable. Siento tu humedad de almidón y tierra movediza inundar mi cuerpo. Me quedo quieto dentro tuyo como si hubiera llegado al momento preciso de la evolución donde nuestros cuerpos son un mamífero de cuatro piernas y cuatro brazos. Ambos pronunciamos un mismo discurso, una misma oración. Incluso caminamos de lado, como los cangrejos, sin pensar que antes éramos dos seres diferentes. Ahora lo femenino y lo masculino no se buscan como complemento porque son una misma cosa: Nosotros desnudos dispuestos a sembrar el amor. En la sábana nos revolcamos y siento algunos granos que me tallan en la espalda, pero los ignoro porque quiero envestirte con mis bríos de jardinero. Nuestros pies se unen y juntos buscan la tierra que ahora cubre todo el colchón. Nuestras bocas se encuentran. Cada vez más cerca. La piel empieza a tornarse verde y nos hacemos atractivos a los pájaros.

2 comentarios:

Belén domingo, octubre 09, 2011  

Es necesario ese olor a flores...

Besicos

Juan Camilo miércoles, octubre 12, 2011  

Las flores le dan color a los aromas

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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