Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Portales

>> jueves, 28 de noviembre de 2013

Ella viene con la lluvia y toca con sus dos manos el cuerpo de él. En el pecho se abre un portón de madera, antiguo. Al fondo de su pecho se ve un hombre sentado en una mesa, con una vela encendida y dos copas de vino. “¡Entra! ¡Es aquí!” dice él. Ella sospecha que desde allí puede ver perfectamente las estrellas. Además, hay fuego para el frío. Así que sin dudarlo se sienta frente al hombre. Lo mira a los ojos y sonríe porque ve en las pupilas del hombre una mujer igual a ella con una puerta en el pecho entre abierta.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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