Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Perversión a goteras

>> domingo, 24 de noviembre de 2013


La perversión se ha considerado nociva en todas sus manifestaciones y exploraciones. De ahí que muchos grandes personajes en la historia sean queridos y temidos al mismo tiempo. Queridos porque se atrevieron a indagar sus oscuridades para exhibirlas sin vergüenzas y temidos porque llegaron a realizar acciones que atentaron contra las doctrinas, la fe o las leyes morales de un pueblo. 

Algunos de esos personajes fueron: el Marqués de Sade, el Conde de Lautréamont, Vincent van Gogh, Arthur Rimbaud… entre otros. Pero también son los artífices de grandes obras de arte. Como si esa relación luz y oscuridad, locura e iluminación, amor y pornografía, misticismo y soledad… los llevara rondar esa ambigüedad cósmica de los espíritus atormentados por la luz.

Nombro a grandes personajes porque sus perversiones hicieron de sus impulsos corceles indómitos que los llevaron al delirio: Uno se cortó una oreja, otro le clavó un cuchillo a su amante en la palma de la mano, otro experimentó los más espeluznantes encuentros sexuales, uno más se sentó en una playa a mirar el mar mientras anhelaba coitos con tiburones… 

Acudo a estos episodios porque me asustan, pero también me excitan. Me asustan porque soy incapaz de violentar a otra persona y me excitan porque he descubierto que un poco de perversión, en medidas controladas, casi a goteras, puede avivar una pasión casi dormida. 

En cada uno hay una fascinación por lo turbulento. Esa curiosidad nos ha llevado a indagar dentro de nosotros mismos. Pero muchas veces este viaje interior es, a mi modo de ver, tenebroso porque puede no concretarse, ni siquiera encontrar el camino de retorno. Esto depende de la naturaleza de las búsquedas. Para este caso, la búsqueda emocional. Hay otra búsqueda, que ninguno de los personajes citados, exceptuando en una época de la vida de Van Gogh, realizó. Y es la búsqueda de su divinidad, de su poder que quedó a penas insinuado y calcinado por el fuego de sus emociones. Por ello, el gran enemigo en el viaje emocional es uno mismo porque se teme que eso que se encuentra sea juzgado por las convicciones del mundo de los otros. Y lo que se encuentra no es más que una acción basada en el dolor físico. Entonces vivimos solapadamente esos deseos. 

Aclaro que no hago una apología de la perversión. No me interesa. Es solo que tampoco la satanizo de tal modo que no pueda ser útil. Lo que planteo es que en ciertos momentos sirve para avivar aquello que está en cuidados intensivos debido a la rutina o al cansancio. Por ejemplo, las relaciones de varios años. Siento que si a estas relaciones se le inyecta un poco de perversión, como dije antes, a goteras, las cosas pueden cambiar. Si el otro apenas nos muestra esa otra faceta de animal el celo es suficiente para despertar el deseo. En parte el amor funciona, al menos la magia que le otorgamos, cuando deseamos al otro. 

 Cuando hablo de esas pequeñas dosis de perversión me refiero a esas cosas que se pueden concertar con el otro y que lo invitan a jugar a un cambio de rol. Claro, pero hay que cuidarse de las pasiones excesivas, de los masoquismos, de la violencia, de la traición, de la combinación de licor e ira… eso no lleva a nada bueno. Lo único que eso ocasiona es soledad y tristeza crónicas. Por eso es necesario aclarar que no es un desborde de locura lo que se necesita, solo un poco de perversión, a goteras, para avivar aquel amor que pide a gritos ser atendido. Al menos así funciona en las búsquedas emocionales, las que podemos aspirar mientras siga siendo el otro el centro de nuestro universo.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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