Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Las rodillas de la del vestido blanco

>> domingo, 30 de agosto de 2009

Estaba sentada en la mesa del fondo. Llevaba más de una hora, sola, con una cerveza a medio tomar y con el vaso manchado de labial rojo. Tenía un vestido blanco que le cubría la mitad de la rodilla. Ella miraba el ventilador de una forma eroticamente autista. Parecía que esperaba a alguien o que interrogaba al ventilador o soñaba ser bailarina. Pensé que necesitaba compañía. La palabra indicada con un poco de ingenio proporcionaría una posible aventura. Miré sus rodillas y me senté al frente y le dije que era electricista y reparaba ventiladores. Ella sonrió y me miró a los ojos. Un escalosfrío, desde la columna vertebral hasta la coronilla me produjo su mirada. Sus ojos café oscuros paralizaron los labios. No supe que decir. Ella esperaba alguna palabra, el inicio de una conversacion, como era de esperarse, como siempre había hecho y era infalible. Las palabras se quebraron en la garganta, se trituraron. El silencio se hizo pesado y ajeno. Ella volvió a mirar el ventilador. Por un impulso electro-idiota de autista me quedé mirando sus rodillas saliendo y entrando en el vestido blanco, efecto producido por el aire del ventilador. Había cicatrices en sus rodillas, en especial una que tenía forma de media luna.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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