Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


El punto que brilla

>> sábado, 30 de agosto de 2014



Hay un amor que no parte del deseo porque trasciende las fechas. No se marchita con la distancia porque es latido permanente. No impone formas o diseños porque no sería amor sino agujero gris de abrazo mudo. Es un amor muy distinto al que se conoce o al que nos han mal enseñado desde niños. Por ello,  no es el amor de imagen lejana que confunde al ojo que teme a la desnudez del alma. Es el amor del cuerpo el que hace que funcionen las cantinas, las canciones tristes, las dependencias y los centros comerciales. De ese amor se escribe así como se hace palomitas de maíz y como las palomitas es leve e innecesario. 

Intento escribir de otro tipo de amor, uno que sea de verdad. Por ello, quiero situarme desde el otro lado del amor, el que no se ve. Ese amor que para verse, en muchos casos hay que arrancarse las pupilas para dejar de ver con los ojos de los desdichados que solo ven la desdicha. Pero ese no es mi caso. Me arranqué la desdicha de las pupilas hace mucho y ahora puedo ver ese amor que ha vivido conmigo hace años. El que ha crecido a mi lado en silencio como una flor y ahora perfuma todos mis días. El que recorrió el mismo túnel que yo para ver la luz y la pequeñez de este lado. El amor de hermana, de mi hermana, mi pedacito Dios en la tierra, mi reflejo oculto más visible, mi puntito de luz que desde este lado del universo  enverdece el aire que respiro.




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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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