Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Cambio de actitud

>> martes, 29 de julio de 2014


Salió de su casa dispuesto a sentir algo que lo asombre. Pues ha decido dejar de preguntarse por el sentido de las cosas: la necesidad del trabajo, la búsqueda del amor, la posibilidad de hacerse millonario de la noche a la mañana, la utilidad de cada día para hacer de las ganancias un palacio para almacenar medallas y reconocimientos. Ha decidido volver a lo básico, a lo no dicho que se dice y resuena en el aire hasta hacerse inaudible, pero que sigue diciendo hasta perder el mensaje. Hasta encontrar la vibración de las cosas que de pronto, sin buscar, lo encuentran. Porque todo fluye, lo sabe pero no lo ha atestiguado con su ser sino con sus ojos. Por ello, caminó por las calles de la cuidad sin nada extraordinario digno de un asombro. Hasta que se sentó, cansado, algo afligido por no ser capaz de ver más allá de las cosas, es decir, más acá de las cosas, lo evidente, lo que refleja el movimiento del universo. De pronto, cuando desistió de ver el asombro,  vio en el asfalto, en una grieta, una plantita sostenerse como un milagro. Esa imagen lo conmovió. Sintió que todo en el universo está en continuo movimiento. En ese instante varios miles de niños nacen, miles de personas mueren, el agua corre, una estrella alumbra desde un pasado irrecuperable, el cosmos se reorganiza... y él, bueno, espera perder el ocaso ante el espectáculo de lo apenas perceptible.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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