Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


No solo en hombre tiene la manía de humanizar las cosas, las cosas también lo salvajizan

>> miércoles, 15 de octubre de 2008

Cada cosa hace parte de otra cosa que a la vez en la misma cosa que la nombra. Es decir, cada elemento hace parte del equilibrio de otro elemento que justifica su existencia. Todo es paisaje necesario, elemento necesario: unidad.

Lo que está fuera del alcance de la creación del hombre como la vida misma, el hombre termina humanizándola. El hombre mitifica para entender lo que su imaginación no comprende. Porque solo recordamos lo que nuestra imaginación nos permite recordar.

Por ejemplo a los animales domésticos los dotamos de facultades que no les corresponden y creemos que se enamoran, se sienten tristes ante el fin del mundo, toman cerveza y cortejan en estado de embriaguez, les gusta las telenovelas de RCN, los perfumamos, los vestimos, les ponemos nombres humanos, los hacemos dependientes de nuestra incapacidad de estar solos. Y peor aún, creemos que son los únicos que nos entienden.

Lo mismo con las cosas que fabricamos como los vestidos, los escaparates, los muebles y creemos que adquieren cierta energía que los diferencian de otros vestidos, escaparates y muebles. Les damos vida y creemos que con otra persona se revelarían porque nos pertenecen y les hacemos falta.

Pero los hombres no solo son los que humanizan su entorno. El entorno también trasforma el hombre, lo salvajiza. Hay días en que amanecemos árboles y nuestros sueños son pájaros que anidan y se van a otros árboles. También amanecemos cielo y en los ojos se nos ve algunas nubes diminutas. Pero, debido a nuestra inconstancia, a estar siempre corriendo hacía la muerte, a desbordarnos sin control, amanecemos casi siempre cañadas.

Como cañadas nos tornamos, antes de la tormenta, transparentes. En la noche la cañada se hace escuchar. En la noche es cuando somos más conversadores. Caso concreto me sucedió con Julio Cadavid, mi buen amigo Julio. Una vez me lo encontré a medio día y no supe que decirle. Pero en la noche hablamos hasta la madrugada sin interrupciones.

Pero llueve y la cañada crece, se desborda. Nosotros también crecemos y nos desbordamos. Todo en nosotros es turbulencia y como una cañada en creciente arrastramos todo lo que nos encontremos. Furiosos chocamos contra lo conocido y desconocido sin pedir perdón. Nuestras pasiones se nos salen de la piel y huelen a pantano. La cañada cruje y nosotros gritamos, damos alaridos, nos en remolinamos y tragamos angustias así como la cañada traga viento. Somos nocivos en creciente, lo inundamos todo.

Luego escampa. Somos de nuevo trasparentes, en apariencia inofensivos, sonrientes, igual que la cañada, igual que el agua transparente que intenta reflejar el canto de los pájaros en su superficie.

1 comentarios:

Anónimo,  miércoles, octubre 15, 2008  

"Hay días en que amanecemos árboles y nuestros sueños son pájaros que anidan y se van a otros árboles."

Parce genial, putamente genial.

Sí, tenes toda la razón. Al hombre le molestan las cosas que no puede humanizar, que lo deshumanizan , o que simplemente no puede transformar; por eso nuestra manera de castigar a los criminales es la carcel: lo que duele de la carcel no es el encierro, es no poder hacer de ese encierro "mi propio encierro". Todo lo humanizamos, incluso vos mismo humanizas una cañada para hacernos ver los ires y venires de de tu alma.

Canis

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