Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Las buenas intenciones

>> martes, 14 de octubre de 2008

De joven, antes de que me graduara de la universidad, trabajaba en un bar. Me gustaba esa vida. Era poco lo que ganaba, pero me servía para los pasajes. Era el tiempo de las buenas intenciones.

Los bares son necesarios para la catarsis de los hombres. Son en esos lugares donde el hombre se enamora con más frecuencia. El amor está en las mesas, en la barra, en el licor, en el cigarrillo, en las paredes. El hombre puede enamorarse hasta tres veces en una noche. Llegan. Piden una cerveza. Se sientan en la barra como animales feroces. Las victimas de su instinto son aquellas damiselas solitarias. Los hombres las miran, les mandan una cerveza. Claro, yo les llevaba la cerveza. Luego las miran y se sientan al lado. El resto depende de la mujer.

Las mujeres también beben. El licor les altera los sentidos y el instinto de conservación. Entonces ven el amor, en las mesas, en las paredes, en la nariz respingada de algún tipo y si querer, si que lo hayan pensado ese día, piensan en tener un hijo en tipos tan inconstantes como yo.

En el fondo, en lo que se esconde tras las palabras, lo que la cultura determina en el inconciente, la mujer dice quiero tener un hijo y el hombre dice puedo huir de la mujer que quiere tener un hijo.

Cosa seria esa la del juego del amor. Más de una vez resulte enredado en situaciones embarazosas. Pero no me arrepiento. Tenía mis buenas intenciones. Por ese entonces había decido hacer bien las cosas y empezar, por fin, una relación seria, fiel y aburrida, pero seria.

Aquel día, domingo, había dos mujeres en el bar. Llovía horrible. Me emputaba la lluvia. Quería que escampara. Era una noche de los mil demonios de la lluvia. Lluvia caza buena intenciones. Quería que escampara para que la más fea de las dos mujeres se fuera. Porque se había hecho un peinado y la lluvia lo estropeaba. Deseaba que escampara. Rezaba.

En verdad, era una chica muy fea, pero, no hay que negarlo, estaba hecha una reina de belleza para mi apetito trasatlántico de vulvitas espumosas y oceánicas.

La otra era lesbiana y era una amiga. Se tomaba una cerveza. Con ella no había problema. Como sabía que no tenía chance no la miraba con el pipi, con los ojos del instinto. No había deseo. Pero con la otra era diferente. Solo verla, su fealdad, me daba ganas de metérsela toda hasta el estómago. Su fealdad me excitaba.

Por esos días había arreglado las cosas con Lucrecia y no quería traicionarla. La quería y por eso iba a hacer bien las cosas. Me había ducho a mi mismo: Florentino, esa es la mujer con la que te vas a quedar. Como te gustan las relaciones turbulentas, y Lucrecia es turbulenta, es la indicada. Sabes que Lucrecia te saca a flote las pasiones más macabras. Y cuando le haces el amor también la matas. Porque el amor es una muerte gemida en el otro.

Pero no escampaba y mis buenas intenciones se derretían con la lluvia. Puta lluvia daña buenas intenciones.

Cerré el bar. Nos quedamos los tres adentro. Mientras arreglaba las cuentas ellas dos conversaban. Luego me senté al lado de ellas. Hablamos. Quedé a unos centímetros de la fea. La otra fue el baño. Miré a la fea, le dije que ese día iba a pecar, le iba a ser infiel a su novio. Se río. Creyó que bromeaba. Y bromeaba pero en serio. Porque las cosas serias hay que decirlas charlando para que surtan efecto. Mientras reía lleve una mano a su sexo y por encima del pantalón froté los dedos. No impidió ninguno de mis movimientos. La otra se sentó al frente de nosotros. Seguimos conversando, seguí acariciando el sexo de la fea, seguimos haciendo de cuenta que no pasaba nada, seguí acariciando la entrepierna de la fea.

A ratos me cansaba de la muñeca de la mano y me hacía el huevón y prendía un cigarrillo y volvía con la mano a su entrepierna.

Estaba a punto de reventar la cremallera. Tenía una erección tumba muros. De pronto, porque me dolía la mano, la espalda y el miembro que atacaba enfurecido la cremallera, me acordé de Lucrecia, de sus ojos de bruja, de su sonrisa, de sus movimientos de bailarina en la cama, de sus gritos de felina en celo y propuse que bailáramos. Era la única manera de sacarle la mano a la fea de la entrepierna y no serle infiel a Lucrecia y ser consecuente con mis buenas intenciones.

Las cosas se enredaron más. La lesbiana propuso un juego. Consistía en que ella iba a ser profesora de baile y nosotros sus alumnos. Me puso contra la pared. Me dijo que no me moviera. A la fea le dijo moviera sus nalgas, me rastrillara las nalgas, me hiriera mortalmente las buenas intenciones con sus nalgas. La fea puso las manos en el piso. Hizo fuerza y empujó hacía atrás. Mierda. Cerré los ojos y traté de pensar en algo feo. Pensé en la fea y no pude resistir. La embestí. La fea me dijo: ¡Calmado Florentino! Es solo un baile.

Me senté en la barra. Saqué una cerveza, prendí un cigarrillo. Quería parar el juego. La lesbiana dijo que no habíamos terminado. Faltaba el sanduche. La miré y solté la carcajada.

La lesbiana se hizo tras de mí y la fea al frente. La fea me daba la espalda y yo le daba la espalda a la lesbiana. El caso era que yo debía seguir los movimientos de la lesbiana y la fea los míos. Nos movimos en círculos. Hacíamos una buena coreografía. De pronto la lesbiana me embistió. Me dio con su vientre en la nalga. No me aguanté y solté la carcajada. ¡Florentino, es en serio!Volvimos al sanduche, igual que antes. La lesbiana volvió a embestirme. Me aguanté la risa y embestí a la fea. Me gustó la embestida. Me embestían y embestía. Me tallaban el trasero con la hebilla de una correa y tallaba la nalga de la fea con mi aparato reproductor. Mis manos volvieron al sexo de la fea. La fea dijo listo. No le gustó que la apretara. Paramos. Se fue. Se sentó en la barra. La lesbiana seguía embistiéndome. La vi y tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Me volteé. La embestí de frente. Ella abrió los ojos. Nos sentamos en la barra, en silencio. Decidí irme para la casa. En la puerta nos despedimos. Había escampado. Maldije a la lluvia y me fui con la lesbiana. Había encontrado mis buenas intenciones en el bolsillo del saco.

2 comentarios:

Juan sebastian acosta miércoles, octubre 15, 2008  

Pues... que decir. A este man es poco lo que se le pude creer.(ejemplo:la mujer araña,el motociclista negro,este texto. e.t.o)¿El hombre le huye a la mujer que quiere ser madre por un impulso inconciente?,¿la mujer desea tener hijos inconcientemente?

La historia mi querido Cami, si es verdad, parece un video porno inconcluso;debiste haberte "#$$%& a esas dos nenas. Pero como yo se que es mentira, no me lamento de que no haya pasado nada, y por el contrario me alegra que encuentres un medio tan apto y prolifico, para canalizar tus deseos eroticos.

Saludos.

Anónimo,  jueves, octubre 16, 2008  

Una buena carcajada por los nombres y otra, por lo ducho en el tema.

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