Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Radiografía de los pies

>> sábado, 4 de agosto de 2007

Me llamo Camilo Betancur y de todos mis amigos soy el que tiene los pies más grandes, y quizás más flacos.


No me avergüenzo de ellos. Al contrarío, son mi mayor atractivo. Los pies grandes, que parecen más a aletas de buzo, son la defensa del cobarde. Están hechos para huir. Máxime si se tiene en cuenta que con las mujeres las batallas se ganan huyendo.

También son un atributo del buen caminante, así como los dedos largos caracterizan a un pianista, a un escritor, a un guitarrista y las orejas pequeñas delatan a una mujer inteligente.
Si, además de tener los pies grandes soy un cobarde. Todos tenemos defectos, pero los defectos aceptados están más del lado de las virtudes.

Mis pies, como decía, son grandes y feos. De pequeño no me quitaba las medias. Me avergonzaba de ellos y de los calambombos que tengo en las coyunturas de los dedos. ¿Se imaginan la incomodidad de dormir en casas ajenas, aceptar una invitación a una piscina y la insensatez de bailar descalzo un bambuco? Eran mis grandes tormentos. Por esa época era más un renacuajo que un niño.

Pero tener pies grandes me ha facilitado las cosas, con las mujeres sobre todo. A ellas les gusta que uno les hable de los tabúes, de los temores, de los defectos y cuando se les hace participe, ellas se sienten parte de uno.

No me imagino un cuerpo simétrico, perfecto. Sería un cuerpo aburrido, sin encanto. La belleza es una espiral en la estética, la sensibilidad no codificada. Uno desea más las partes deformes, el talón de Aquiles del otro. Entonces se acaricia, se besa como queriéndole decir que ya no es su talón de Aquiles, ya hay quién lo proteja. Así mis pies han despertado el instinto maternal de las mujeres que han estado conmigo. Es tanto, después de terminar me llaman añorando mis pies.
Sí, mis pies despiertan cierta simpatía. Son tan amorfos que sonrojan, asombran. En ocasiones siento celos de ellos. Opacan mi personalidad. Importan más por el misterio que generan que lo que yo pueda decir de mí. Además su tamaño genera curiosidad. Hay una creencia de que el que tenga pie grande tiene un miembro responsable.

Bueno, mis pies son grandes, feos, es lo único que debe importar aquí. Lo otro es retórica.
Continuando, gracias a mis pies me he salido de más de una metida de patas. A ellos debo que aún no tenga un hijo y que no sea un ser sedentario.

De seguro sino hubiera nacido con los pies grandes tendría los pies pequeños y sería un administrador de empresas o un sacerdote.

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