Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El maestro poeta

>> sábado, 22 de abril de 2017



Cuando era joven creí que ese hombre encorvado, cual garabato, era un ser de otro planeta al pretender que los muchachos nos interesáramos por la escritura. Algunas veces nos intentó atrapar con algunos talleres de escritura argumentando que el escritor es pura fragilidad y es su debilidad la que se robustece en su literatura. También dijo otro montón de tonterías. 
Veinte años después me lo encuentro y parece el mismo. Excepto por el cabello canoso. Estaba sentado escribiendo en una libreta. Parecía sumergido en un embrujo que le permitía estar en el espacio como si fuera el espacio mismo. Lo miré con curiosidad. Quise hacerle una broma porque, yo, que me consideraba escritor y tenía cierto prestigio, no había llegado a disfrutar tanto el acto de escribir. Más bien con burla me acerqué y le hice esta pregunta: ¿Maestro qué es escribir? Él, sin mirarme, respondió lo siguiente:
 -El acto de escribir revela el agua turbia del corazón. En esa medida es un impulso eléctrico sin dirección que corre el velo de la noche unos milímetros para redimir el origen, el propio, entre las cenizas de las tradiciones. Es curioso, te dije esto mismo hace años y apenas lo escuchas.
El hombre cierra su libreta y sin despedirse, como si yo fuese una aparición, un personaje suyo, se marcha sumergido en sus elucubraciones. 

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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