Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La flor de plástico

>> sábado, 16 de abril de 2016




Lo conocí en el primer semestre en la Universidad. En ese entonces fumábamos Piel Roja sin filtro, escribíamos a mujeres desconocidas, bebíamos vino hasta la inconsciencia porque en nuestra juventud nos era permitido el agravio. Fundamos “El club de la serpiente” donde leíamos nuestros textos y maldecíamos cuanto se pudiera nombrar. Pero, cuesta creerlo, éramos inofensivos. Quizás, el único hecho relevante fue cuando entramos a un supermercado armados con flores de plástico en los bolsillos. Habíamos conseguido un ramo de girasoles en un almacén de antigüedades. La cajera, cuando le dijimos: “¡Alto, esto es un asombro!” activó la alarma y un vigilante nos encerró en una bodega. Allá nos golpearon en las piernas y brazos. Pasamos varios días en cama reponiéndonos de la golpiza. 

Semanas después, “El zurdo”, como le decíamos por cariño, entró en depresión. Decía que quería irse de la universidad porque era demasiado genio para la academia. Lo escuché y en vez de disuadirlo lo animé a que madurara la idea. Dije que la universidad era una mierda para los adelantados y que yo me iría con él a conquistar Suramérica. Nuestro sueño era darle la vuelta al continente. 

Pasaron tres días y “El zurdo” no fue a clase. Un mes, dos meses… A los seis meses me enteré de que estaba internado en un centro de rehabilitación por consumo de marihuana y sustancias químicas. Después se escapó del centro y no volví a saber nada de él. Seis años más tarde me lo encontré. Estaba sentado en un andén fumándose un porro. Parecía otra persona. Estaba muy flaco y con la mirada perdida. Tenía la misma mirada de los sonámbulos. Le hablé y no me determinó. Me senté a su lado y siguió mirando las nubes. Estuve sentado una hora sin lograr comunicarme. De pronto él me miró y en ese instante llevó una mano a la mochila y extrajo un pedazo de una flor de plástico. Sonrió y se dirigió hasta una vendedora ambulante. Lo seguí. Cuando estuvo frente a la mujer le habló, pero sus palabras eras inentendibles. 

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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