Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El editor

>> domingo, 10 de abril de 2016



Los rayos de sol se filtran por las rendijas de la ventana hiriendo los ojos de Felipe. Son las siete de la mañana. Hora de levantarse, bañarse, ponerse el pantalón azul oscuro y la camisa blanca, medio desayunar y salir. En la calle la gente va y viene. Felipe camina con la mirada al frente atento a la anciana que cruza la calle, la motocicleta entre dos automóviles, la niebla, el sol que irradia rayos de distintos colores en los espejos, el niño frente a un árbol, el hombre que camina indiferente. En la avenida mira los postes, los transeúntes, las casas... Imágenes mudas, sin resolución. Camina sin mirar, sin ir, sin rumbo al trabajo. 

En la oficina se sienta en el sillón giratorio y presiente que ha estado allí muchas veces, frente a los mismos textos para corregir y entregar en la tarde. El mismo día que avanza con las mismas rutinas. Sobre el escritorio el mismo arrume de textos mal escritos que corrige una y otra vez. No le gusta encontrar los mismos errores ortográficos, como si el mismo texto fuera escrito todos los días por alguien diferente. Se enfurece con los mismos informes mal redactados. En ese momento tira varias hojas al recipiente de la basura. Respira y trata de calmarse pero no encuentra un motivo. Al contrario, cada día se encuentra más afligido. Incluso, llega a imaginar que las paredes empiezan a estrecharse hasta el punto de aplastarlo o el techo se desprende y acaba con su existencia.

Luego, se dirige al restaurante y mira el precio del plato típico. En ese momento se percata de que todas las mesas están copadas y decide no almorzar. Enciende un cigarrillo y se dice a sí mismo que la multitud aburre, pero estar un día sin ella es insoportable. Se necesita de otros cuerpos para alimentar la tristeza. Exhala la última bocanada y arroja la colilla a una charca y produce un sonido semejante al estornudo de un bebé. En la calle, otra vez el azar con su música en escala de grises. Desde alguna parte se escucha There to get ready, Summer song de Dave Brubeck y él camina mientras rompe la última hoja de su currículum vítae.  


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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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