Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


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>> martes, 12 de mayo de 2015


El Martín también estaba citado, el mismo día, pero dos horas antes. Decía a sus amigos, entre copas, con orgullo, que una colosal mujer lo citó en el lago para ver estrellitas a cuerpo abierto. Después hizo descripción detallada de su cuerpo, de sus senos, de sus caderas, de sus besos. Les dijo que grabaría el encuentro. No entendía porque ella le coqueteaba al Martín. Ella estaba enferma y más enfermo estaba yo en aceptarla así. Llegué antes de Martín. Ella nadaba desnuda. Su cuerpo, terso, crecía con las ondas de la superficie. Sus piernas como rayos de sol que penetran en lo más oscuro del lago iluminaban el deseo. Martín dejó su bolso sobre la raíz de un árbol. Se aseguró de que la cámara grabara la faena. Luego se quitó la ropa y fue al encuentro. Ella lo esperó. Ambos se abrazaron. Las burbujas empezaron a brotar alrededor de los cuerpos. Más burbujas hasta que los cuerpos desaparecieron de mis ojos. Durante minutos solo las burbujas. Después, la mujer surgió sola. Buscó el bolso y la ropa de Martín. Los ocultó y se sentó en una piedra, desnuda, a esperarme.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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