Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Un café en Fredonia

>> jueves, 7 de mayo de 2015




Fredonia, este pueblito ubicado en el suroeste antioqueño, a 58 kilómetros de distancia de la capital antioqueña, tiene un encanto particular, más allá de lo turístico. Tal vez porque no pase gran cosa y los días, en su sucesiva marcha, sean el mismo día lento y largo. Tal vez porque todavía conserva la magia de lo rural, las historias con olor a monte suceden sin espectáculos ruidosos. Otro factor es que en la actualidad la poesía habita esas calles empinadas. Personajes como Edwin Rendón, Antonio Estrada, Milton Álvarez… entre otros llevan años contagiando a los más jóvenes la enseñanza del verso. Pero más allá de la lentitud y la poesía a este pueblo, como la mayoría de los municipios del suroeste, lo atraviesa el café, su aroma, su economía. 

Desde que Carlos Sánchez fue elegido Juan Valdés, después del cubano José Duval, por la Federación Nacional de Cafeteros, el Suroeste antioqueño, en especial Fredonia, dedicó todo su empeño a la siembra y exportación del café.

Se habla de Carlos Sánchez porque nació en Fredonia. Además, su imagen está en la memoria de todos por ser ese legendario campesino de bigote espeso, carriel, sombrero, camisa, poncho que con su famosa mula llamada “Conchita” hizo famoso el café colombiano en Estados Unidos. Este fredoñita que se jubila en el 2006 es tan universal como lo fueron el escritor Efe Gómez y el escultor Rodrigo Arenas Betancourt. 

Esto hace más de 40 años. Tiempo en que municipios como Fredonia se han dedicado al cultivo del café y fundamentado en este producto la base de su economía sin importar las variaciones del dólar que afectan directamente al campesino en el manejo de sus parcelas.


Domingo después de misa 

Fredonia está ubicado en el suroeste antioqueño. Fue fundado como municipio en octubre de 1830. En tiempos de la conquista española estas tierras eran habitadas por la comunidad indígena llamada los Senifanáes. Por ello, en algunas veredas se han hallado cementerios indígenas. Luego, a este territorio llegó un grupo de hombres bajo el mando de Jorge Robledo en busca de oro, pero al no encontrar nada continuaron el camino a otras tierras. Posteriormente llegaron comerciantes de Medellín y se instalaron allí como en muchos otros municipios de Antioquia. 

El casco urbano, de calles como serpientes al acecho y topografía desigual está a 1.800 metros sobre el nivel del mar. La niebla sube del Cauca y cubre el pueblo. Para muchos ese recuerdo de la niebla es nostalgia futura. Además, a eso se le suma que el casco urbano está en medio de una montaña que ya, en tres ocasiones, ha borrado incontables vidas. La cima de la montaña se llama cerro Combia donde nace Cerro Bravo, montaña emblemática del municipio. 

En esta parte del departamento a diferencia de la ciudad, el día domingo es de más movimiento comercial. Es el domingo el día festivo, el día de más color. Es el día para enamorarse. Esto se debe a que es un municipio cuya población es en su mayoría rural. En promedio un poco más de 22 mil habitantes de los cuales casi 14 mil viven en el campo. Pues en semana trabajan en sus fincas y los domingos mercan. 

En tiempo de cosecha los campesinos suben de sus fincas con costalados de café. Luego, van a misa y muchos se sientan en el atrio principal a tomarse un café o a ver pasar los transeúntes que dan varias vueltas al atrio principal.


El verdadero sabor del café


Aquel que quiera sentir las propiedades del café se le recomienda viajar un domingo a Fredonia y sentarse en el atrio. Sentir la fuerza del campo moverse en todas las direcciones y formas. En tierra del café el café sabe distinto. Sobre todo si se tiene en cuenta que este municipio es la cuna de uno de los mejores cafés del mundo conocido como “Café tipo suave marca Medellín". Las semillas de este café llegaron desde Guatemala. 


Por tal motivo, visitar a Fredonia es entregarse al misterio de esta bebida que tanto define al colombiano. Pues en este municipio el café es negro como las plumas del cuervo, amargo como una mala noticia, caliente como el aliento del fuego y dulce como un beso con los ojos cerrados. 

Los fredoñitas lo saben y lo beben sin prisa, que es como debe tomarse el café. Mientras el vapor sube en el aire y el aroma se expande en todas las direcciones. En ese instante se habla de las cotidianidades de la vida porque se siente el sabor del café en la garganta, en el estómago, en las tripas, en las venas y en la sangre. 

Es una bebida que convoca a conversar, a olvidarse del ritmo acelerado de los días e ir al propio ritmo. Es una bebida que invita de nuevo volver a mirarse a los ojos. 

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