Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Medellín una foto más de Carlos Rodríguez

>> domingo, 24 de mayo de 2015

Lustrabotas en Guayaquil 1952
Carlos Rodríguez tiene las orejas adecuadas para colgar todos sus recuerdos. En ellas se pierde las patas de las gafas. Podría decirse que su cachaco se ajusta detrás de las orejas, donde martilló la historia entre 1940 y 1947, como un retrato en una pared, con sus más de un millón de disparos de su cámara. 

Los parques, carretilleros, artistas, detectives, emboladores, políticos, reinas de belleza… y los eventos culturales o políticos en Medellín pasaron por su lente fotográfico. 

En sus imágenes se evidencia la transformación de una ciudad fluctuante, cambiante, como el de una jovencita que se hace mujer.

Los primeros días
Carlos nació en 1913 en Yarumal, en una finca. Vivió allí los primeros años de la infancia hasta que muere su padre y emigra a la ciudad. Estudió con Las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús donde recibió su formación religiosa. También, en los institutos San Carlos y Pedro Justo Berrío, en este último aprendió tipografía y casi pierde el dedo corazón.

Las primeras fotos las tomó con una cámara Pochet que le regaló su madre. Empezó a trabajar (1930) en el periódico La Estrella Roja donde ganaba 12 centavos. Luego, en la tipografía del Padre Ríos y más tarde a la Foto Club dirigida por Ciro Mendía. Pasó por El Bateo donde conoció a Tartarín Moreira hasta llegar a El Heraldo. La primera foto que se le publicó fue de Alfonso López Pumarejo que salió como una caricatura debido a que en el revelado el negativo sufrió algunas deformaciones. 

Entendió y vivió su pasión por contar la noticia a través de sus fotografías y logró detener el tiempo en una ciudad encerrada entre montañas que acogió el esmoquin, los sombreros, los tangos, la poesía, la moda, el comercio… sin desconocer las raíces del judío, el vasco y el arriero. Carlos lo entendió y comprendió la vitalidad de su trabajo. Incursionó en la foto judicial. Tomó fotos de homicidios, sepulcros, cementerios y en 1939 fue nombrado jefe de fotografía del detectivismo.

Carlos es un negativo fijado al pasado para que sus anécdotas no se velen y olviden. En 1940 fue encarcelado. Algunos dicen que fue porque les tomó fotos a unos detectives y otros porque fotografió a un policía borracho. A Carlos casi le da un infarto porque al otro día se jugaba el clásico Medellín Vs Nacional. A las 24 horas lo dejaron libre gracias a las influencias del gobernador de Antioquia y a las de su amigo Jesús Tobón. 


El bogotazo
Cuando ocurrió el Bogotazo llevaba un mes y cuatro días de haber cumplido una década de casado con María Vélez González. Algo sucede con el diez, el uno y el cero traen en sí un misterio. El todo y la nada, la vida y la muerte, el día y la noche, sol y luna, hombre y mujer... Diez son los mandamientos. Tal vez ese diez en la vida de Carlos lo llevó a estar en las calles aquel nueve de abril de 1948 cuando muere Gaitán. En ese evento perdió tres cámaras, pero logró vender las imágenes a la prensa extranjera. Afirma de ese episodio: “Ese día la mayoría perdió su casa, y a mí me la dio”. Con los 300 dólares que ganó se compró su vivienda. También, fundó en 1949 FotoReporter con el periodista y amigo Arturo Puerta.

Diferencia su pasión: “No es lo mismo un reportero de prensa a un reportero independiente. El resultado del trabajo es distinto. Mientras el fotógrafo esta sentado en el periódico esperando a que un redactor lo llame a tomar las fotos para ilustrar una noticia, yo me entretenía en la calle buscando la noticia”. Así encontró la foto de Los obreros, una de las más recordadas del Bogotazo: Unos obreros sentados en medio de los escombros rodeando una estatuilla de cristo. Era una metáfora a la esperanza al igual que la representación de una guerra ciega basada en la fe por un color. 

Otras fotos
Oficina de Carlos Rodríguez 1949
Carlos fue catalogado como unos de los primeros, si no es el primero, en incursionar en la fotografía deportiva. En diciembre 14 de 1947 hizo un congelado a unos caballos milésimas de segundos antes de éstos cruzar la meta. También, otro congelado del portero “Caimán” Sánchez en febrero de 1955. El arquero quedó suspendido en el aire, con la mano estirada, deteniendo la pelota. Fotografió la primera vez que en Medellín el ciclismo era practicado por mujeres y fue un fiel seguidor de la Vuelta a Colombia. 

Carlos fotografió las primeras votaciones de la mujer en 1958. Entre sus fotos de retratos están las de León Valencia, Gonzalo Arango, Agustín Lara, Marta Felix, Fernando González. Este último retó a Rodríguez a que no era capaz de fotografiarlo, González no había acabado de retarlo y Carlos Rodríguez ya le había sacado el retrato.

Sus fotos aparecieron en Cromos, Semana, El Tiempo, El Espectador, El Colombiano. Fue uno de los fotógrafos más codiciados del país. 

En sus fotos está la transformación de Medellín. Las calles mutaron a avenidas. Es su archivo, en esas calles se paseaba, descansaba, esperaba las manifestaciones de la llegada de Rojas Pinilla en el año1953, la del padre Camilo Torres en 1965, la vida de los lustrabotas en Guayaquil, el derrumbamiento del teatro Junín entre otros acontecimientos. 

Esas calles ahora son las avenidas de paso, donde se trata de reducir al máximo el tiempo muerto de los semáforos.

Los últimos días
Antes de retirarse de El Colombiano intentó fundar a principios de los setenta un periódico que llamó Pregones del Chocó. Su empresa no llegó a la quinta edición. 

Los últimos días de su profesión, ya cansado, entrado en arrugas se le presentaba un reto más, tal vez el más grande, competir con la fotografía digital. Esa pelea no la ganó, lo traicionó el temblor en las manos y el cansancio. 

Se retiró de su oficio con la satisfacción que dan los años de lucha. La satisfacción de saber las historias que cuentan las imágenes y las historias que no se ven y sucedieron a la hora de tomarlas. 

“No puedo decir que fui o que soy un fotógrafo, fui un reportero gráfico y me siento orgullo de ello” dice. 

En las noches, al cerrar los ojos, como un laboratorio artesanal, las imágenes cautivas en su memoria llegan como un recuerdo y se proyectan en el sueño como una película en una ciudad que lo ve a blanco y negro y que él sigue transitando.

1 comentarios:

LF sábado, mayo 30, 2015  

jajajaja, la primera frase es mundial. Al mejor estilo de Cilmoa.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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