Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El hombre sencillo

>> sábado, 20 de septiembre de 2014


Trabajas de lunes a lunes
de luna a luna, duermes
sueñas cosas indescifrables.
Te embriagas más de la cuenta
así mismo te entristeces
y reclamas desde la desgarradura
el amor que no has recibido.
Estas en el mundo como en un agujero
y pides que te miren, así sea unos segundos.
Entonces te miro
y reconozco que trabajo igual que tú
pero no con el sudor de mi frente
sino con los latidos del corazón.
También sueño cosas horribles.
Soy hijo de una madre de oro
y de un padre de porcelana.
Como tú soy la vida misma
y la vida fluye como un arroyo.
Vengo, contigo, hermano
a ser el mundo mismo,
el origen de todo milagro.
Sin embargo, no voy a los excesos.
Y por ello me exilias.
Me dejas a un lado.
Cuando mis ojos son dos manos que se extienden
y te llevan a mi pecho
enterneciéndome.
Hermano,
Aunque recorro el mismo camino,
veo los mismos paisajes,
y comulgo los mismos silencios
no me dejo hundir por las penas
ni me inyecto dolor de manera intravenosa.
Algún día, cuando no pidas observen tu caída,
vendrás a mi casa
y juntos miraremos el cielo
y sabrás que siempre fuimos iguales.



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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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