Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Rastros estelares

>> domingo, 8 de diciembre de 2013

Cuando ella nació el astrónomo más viejo de la aldea predijo que ella podría entender todas sus vidas pasadas si encontraba el hombre adecuado. Veinte años después, ella, en el furor de la juventud, en un evento público, miró el cielo y vio una estrella fugaz. Al instante un hombre delgado, de sombrero y lentes la saludó. Conversaron un rato. Mientras hablaban, ella recordó un sueño de la noche anterior. Un hombre le entregaba en el sueño un caja de madera sellada. Él, mientras miraba el cuello de ella recordó que su abuelo le había encargado entregarle una caja de madera, cuyo contenido le era desconocido, a aquella mujer que lo hiciera suspirar y sentir ese cosquilleo en el estómago que todavía asusta a la mayoría de los mortales.

1 comentarios:

ana asensio gil viernes, diciembre 27, 2013  

wow....aun me dura el escalofrio que me sacudio con la lectura de su escrito, lindo ...

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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