Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El poeta inédito más celebre entre los inéditos

>> sábado, 14 de diciembre de 2013


Cilmoa Turbanec nació en un pueblito ubicado en el suroeste antioqueño. Su edad es un misterio. Es hijo de campesinos, de recolectores de café. Ellos lo único que dicen de él es que era un niño muy silencioso y que no los miraba a los ojos. Por eso los asustaba. Creían que tenía el diablo por dentro. Pero más que el diablo lo que tenía era la poesía que más que mirar hacia afuera lo llevaba a mirar hacia adentro. 

Desde pequeño se negó a quedarse en su casa. A los 14 años abandona a sus padres y se va a vivir al casco urbano de Fredonia. Allí termina sus estudios y por un tiempo trabaja en supermercados con el único fin de ahorrar e irse para la ciudad a abrirse un espacio con su poesía. 

La primera vez que lo vi trabajaba como empacador en un supermercado. Era un chico delgado, de cabello ondulado, piel blanca, que pocas veces miraba a los ojos. Descubrí, la única vez que hablé con él, que solo miraba a los ojos a aquellos que consideraba sus iguales. Al resto, dice, no vale la pena ni escucharlos. 

Cuando lo vi me sorprendí de su delgadez y de su fuerza. Como ninguno podía alzarse un costal de unos 70 kilos sin quejarse. Era un empleado eficiente y silencioso. Yo había entrado a trabajar en ese supermercado porque mi madre había movido algunas fichas con sus amigos. Durante meses intenté hablarle y él sin mirarme contestaba monosílabos. Después, no volvió al supermercado y desapareció del paisaje del pueblo. 

Años después, ya me había graduado de periodismo de la universidad, me encontré a Cilmoa en el centro de Medellín, el café Versalles, por pasaje Junín. Seguía igual de flaco, pero con barba. Estaba en una mesa tomándose un café. Me senté frente a él y sin mirarme me dijo “¿Qué quiere?” le dije: “Entrevistarlo”. Él sonrío y por primera vez me miró a los ojos. 

Esa tarde hablé con él por primera vez. Hablé, puedo decirlo, con un verdadero poeta. Lo sorprendente fue que habló de él como si hablara de mí mismo. Ese misterio de la palabra que define todo lo soterrado y silencioso me ronda. Esa palabra que acude a la pregunta más que a la respuesta. Esa palabra es la que comparto en esta entrevista. 

¿Quién es Cilmoa Turbanec? ¿Qué costumbres tiene y en que planeta vive? 
Cilmoa es un hombre que es muchas cosas. En su infancia fue un niño tímido, creció en el campo. Estudió en un colegio mixto y hablaba poco. Desde entonces vive solo. Le gusta caminar en las tardes. Le gusta el vino tinto. Le gusta su soledad así como le gusta la guanábana o el jugo de mango. Le gusta enamorar muchachas. Le gusta encarar el amor. Le gustan los boleros. Su gran frustración es no haber aprendido a tocar guitarra. Cilmoa vive en el planeta tierra a pocos años luz del asombro. 

 Dicen que cada poeta que nace tiene la compleja función de inventar el mundo, el lenguaje. Reinventarse a sí mismo siempre que sea necesario. ¿Cómo ha sido ese proceso en usted? 
Cada poeta está en la obligación de inventarse así mismo, escudriñarse y dejar en el verso un pedazo de piel. Lo que no sé es si lo mismo deba hacerse con el mundo. Creo que la invención del mundo viene por añadidura. Uno mismo es un mundo y en la medida que lo interrogue, lo sufra, lo otro será otra pregunta. No sé si esa pregunta se responda o si valga la pena responderla, pero atreverse a preguntar es tener otras posibilidades. Llamemos a esas posibilidades caminos. Entonces es gratificante caminar en uno, en los amigos, en las mujeres, en el lugar donde se vive y sacarle provecho a los pies. 

 Te escuché decir alguna vez que es lamentable la situación en la que se encuentra el escritor, de lo difícil que es ser escritor. Para ser más especifico, si es tan difícil escribir ¿Por qué escribe? ¿Podría simplemente, como ya lo ha hecho, dedicarse toda la vida a trabajar en una empresa? 
Considero que cualquier opinión que dé sobre el escritor es prematura. No sé si a mí mismo se me pueda llamar así. Ese apelativo hay que dejárselo al tiempo. Pero si creo que se debe ser fiel a sí mismo, a sus cuestionamientos. Luego, esperar que sean los hechos los que den las certezas de lo que uno dice que es uno. De esta manera, el recuerdo, la medida del tiempo en nosotros, será lo único que pueda afirmar sí uno de verdad es un escritor. Se preguntará entonces ¿Si está inseguro, por qué sigue escribiendo? la cuestión es elemental, estoy incompleto. Por ello escribo, para descubrirme, para inventarme, para indagar todo aquello que apenas sospecho que soy. Escribo para evitar que lo que desconozco de mí, que es un 90% me convierta en un hombre peligroso. Me explico, soy, como todo colombiano consciente de su historia, un tipo violento. De ahí que la escritura, en ese sentido, mengue las ganas de golpear y agredir al prójimo. Lo del trabajo es electivo. Como en este país todavía es una utopía elegir un trabajo, es necesario soñar. Es la única manera de diferenciarse del obrero, que a causa de sacrificar su vida a un sistema que no lo necesita, se vuelve un catedrático de la queja. De ahí que muchos de ellos sean homicidas en potencia. 

 Esta es una pregunta muy común, se la hace siempre a un escritor ¿Cómo aborda usted la escritura de un libro de poemas? 
La forma en que abordo la escritura es a través de las preguntas y las vivencias que me haga en determinado momento. En síntesis, cada libro de poemas responde a un episodio de mi vida. Primero escribía por disciplina un promedio de tres poemas diarios. Lo único que hice fue escribir el mismo texto tres veces. Ahora me planteo una pregunta, por ejemplo, la causa de mi incertidumbre. Y descubro que me gusta la incertidumbre y disfruto estar en ella. Entonces me escribo, cuento lo que vivo, mis manías, mis caprichos, mis perversiones. Porque lo único que quiero, más que contestarme, es ser sincero conmigo mismo. Es decir, concibo todos los poemas como si fueran uno solo. Parto de mí hacia el mundo. Sí, salen muchos textos desastrosos, pero esos textos son necesarios para que los otros, los definitivos, florezcan y merezcan quedarse como testimonio. 

 Ante un mundo en constante crisis, ante un mundo que se desploma hacia un desconocido abismo ¿cree que tiene sentido andarse escribiendo versitos? 
Disgrego de esa pregunta. Es muy pesimista como para responderla igual. Pero, precisamente, porque hay mucha gente que piensa así, es que es necesario escribir versos. No sé si los míos puedan acolchonar la caída al abismo. Espero que no. No soportaría la culpa de saberme salvador, sobre todo cuando ni yo mismo me he salvado. Pero, y de una cosa si tengo sospechas, es que por la fuerza inevitable de ese abismo hay que aferrarse a algo, así ese algo sea la misma caída. Quizás, y es probable, uno descubra que eligió el camino equivocado. Pero esa elección es ya una certeza de fe. Y por esa ilusión creo que vale la pena atreverse. Además, cuando se elige creer en algo puedes descarriarte del rebaño o de la gente que pasa por la vida como si fueran de paseo a un centro comercial. Si es así, entonces vale la pena escribir versitos porque se aprendió a ser pastor de sí mismo.

¿Qué piensa usted de los escritores inéditos, esos que como usted no saben que será de lo que escribe? ¿Lo acosa a usted la incertidumbre de no ser todavía nadie para la literatura? ¿Cree que algún día será alguien? Y si ha de ser alguien ¿Qué tipo de alguien será o qué tipo de nadie? 
 Creo que el desconocimiento es la mejor escuela para afianzar un estilo. Y cuando más truncado mejor. Entre más enmarañada parezca la esperanza de inscribir tu nombre en la literatura, más ingenio se requiere para conseguirlo. Entre más inteligente más dificultades y sufrimientos. A mayor exigencia mayor sufrimiento. Por ello, una vez más lo digo, lo importante es ser fiel a un deseo íntimo, el que en verdad te mueve el espíritu. Porque son más los que abandonan una empresa a los que la consiguen. 

 Puede que usted escriba poemas, pero a veces pasa que un poeta no sabe que diablos es la poesía (Si acaso es algo) ¿Tiene usted idea de que es la poesía? ¿Cree que le compete a un poeta pensar esas cosas? 
Ese es un debate vigente. Definir las cosas no es más que definirlas. Pessoa, el poeta portugués, se jactaba de ver con los ojos y no con las páginas leídas. Claro, para Pessoa decir eso tuvo que haber visto mucho con las páginas leídas. Bueno, en nuestro caso, si creo que se deba tener nociones de la poesía. Estas nociones permiten descubrir el ejercicio de escribir y leer. Estas nociones son: 1: No teorizar la poesía, más bien sentirla porque la poesía es la vida misma. 2: Ser sincero y decirse a sí mismo sí sus versos son pura incapacidad de escribir en prosa. Esto le da valor poético a lo poco que se pueda escribir desde el corazón. Además, se quita uno esa molestia de utilizar el poema para contar lo que solo se puede narrar en prosa. 3: No utilizar ni una palabra superflua en el poema porque esa palabra es como una segunda intensión. Al final siempre se descubre y decepciona. 4: Evitar el ritmo y la musicalidad de los poetas que se admira. Hay que matar en uno toda influencia para empezar a escuchar su verdadera voz. 5: Esquivar temas trascendentales como el amor y la muerte, como lo decía Rilke, habría que luchar contra una tradición que lo ha hecho brillantemente. 6: Si se hace bien todo lo anterior el poema que se escriba es un poema que muestra y representa. 7: Escribir superfluo es como un golpe en el pecho, corta la respiración. 8: Escribir si no se puede hacer otra cosa. Si es así, la poesía es todos los días. Escuché decir que la poesía el día festivo de la semana. Pero también es los otros días. 

Si el mundo se fuera a acabar dentro de 24 horas y usted quisiera habitar lo más poéticamente el mundo, es decir, siendo lo más usted posible, sin restricciones de ningún tipo ¿Qué haría en sus últimas 24 horas? No se salga por la tangente. Responda seriamente. 
La verdad es que haría lo mismo que venía haciendo. Un amigo decía que escribía en su cuaderno, cuando estaba en el colegio, todos los días: Hoy es un buen día para morir. Sería bello repetirlo ese día. Pero si hay cositas que he pensado y me contengo por cortesía. Pero si las he pensado es porque de alguna manera las he anhelado. La primera: tirar una serpiente venenosa en el concejo municipal y cerrar la puerta con llave. Segunda: desnudarme y hacer las mismas cosas que hago vestido. Tercera: tirar un pedo químico en una de las oficinas de apuestas o chance y decir desafiante que fui yo. Cuarta: no escribir ese día porque eso me quitaría tiempo. Quinta: orinar la puerta de un centro comercial. 

Usted es un poeta inédito, mándele a todos los poetas inéditos, como usted, un mensaje. Algo que se diría a usted mismo si ya no lo fuera? 
Ah, que no pidan perdón por sus textos. Si el texto no se defiende por si solo es una inocentada del autor. Es dañino escribir para que otro te apruebe. Lo importante es sentir lo que se hace. Escribir o no escribir no es la cuestión. Si puede abandonar la escritura ¡adelante! Se habrá librado de una carga de abismos, pero, si no puede huir entonces sumérjase y encárese. Descubrirá, con los días, así no lo acepte, que la tristeza seca la carne, pero que, como decía el escritor español Luis Bonilla, es preferible ser flaco que famoso.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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