Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La apuesta

>> viernes, 17 de diciembre de 2010


Aposté con un amigo quien de los dos conseguía primero novia. Visualizamos las dos niñas más lindas del curso: Él a... ya no recuerdo a quién y yo a Sandra, una niña de pequitas, ojos café miel, delgada y con un coeficiente intelectual que podría… Dios mío… solventar mi vagancia en la adultez. La elegí por sus pecas, sus puntos revueltos en el cuerpo. Pero el problema era encontrar las palabras indicadas. No ser muy directo pero tampoco muy aburrido.
Ay Sandrita, tú con tus pequitas en las mejillas me dijiste “no” sin siquiera preguntarte el cómo conseguí dinero para comprarte los caramelos y los chicles Arcoíris. Ay Sandrita, tú con tus pequitas no te enteraste de que perdí una apuesta y tuve que invitar durante un mes a mi amigo a pan con gaseosa.
Recuerdo que en mi habitación apoyaba la cabeza en las manos y fabricaba discursos: “Soy un chico educado. Me gusta jugar a la gallina ciega y al escondidijo. Además, ya tengo mis primeros cuatro pelos en las axilas y ha empezado a cambiarme la voz. Lo más importante es que no digo groserías, me baño todos los días y llevo la camisa del uniforme dentro del pantalón. Ahhh… esto si te derretirá: obedezco a mamá sin discutirle”. Es poco convincente. De seguro pensará que soy bobo. Mejor le dijo la verdad: “Sandra aposté con un amigo a que sería tu novio. Pero, como ves, voy perdiendo. Te preguntaras el por qué. Pues lo que comenzó como una apuesta trascendió y me enamoré.” Si. ¡Eso es! Mañana será el día.
En el descanso compré una chocolatina en la tienda del colegio. Vi a Sandra sentada con dos amigas desayunando. Le obsequié la chocolatina y le dije que necesitaba hablarle. Ella me dijo que al finalizar las clases.
Matemáticas con el profesor Mondri. Le decíamos Mondri por su aliento a pescado, a herida infectada, a no me hables cerca, a masacre en la autopista… Trabajamos las ecuaciones de despeje. Lo más interesante era como un número cambiaba de signo al pasar al otro lado del igual. Entonces pensé en Sandra y en nuestra relación de despeje. Ella, claro, estaba al otro lado del igual. Pero ¿Cómo pasarla? ¿Cómo restarla de mí? Dios ¿Dónde estabas cuando Sandra con sus pequitas me dijo no?
Los gritos se escucharon cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases. Fui el último en salir porque ya no quería confesarle mis sentimientos. Me asusté cuando la vi frente al portón metálico.

—Florentino, ¿qué eso tan urgente que tienes que decirme?
—Eehhh... heee... eeh... lo... que... que... yo... yo... te-te-tengo que-que de-de-cirle es...
—Florentino no decís nada. Mi mamá piensa que estas enamorado de mí. Y no quiero que te enamores de mí porque yo no estoy enamorada de ti. Si quiere, seamos amigos.

No tuve el valor de tomarle una mano, mirarla a los ojos y darle un beso. Ella se despidió y me quedé inmóvil. Desde ese episodio no volví a dirigirle la palabra.
No volví a hablar. Me sentía mal conmigo mismo. Odiaba a todas las mujeres y los hombres. Odiaba cualquier defensa sobre la humanidad. Odiaba sin remedio, sin medida, sin razón, sin mí, sin Sandra, sin pequitas, sin compañía. Odiaba porque era un puñetero cobarde incapaz de abrir la boca y morder. Odiaba el aire, la tierra, los pájaros. Odiaba los profes y por eso exploté en clase de Ética cuando la profesora arremetió en contra del machismo. Ella habló sobre el sometimiento cultural de la mujer en occidente. Criticaba que fuera valorada por sus tareas domésticas. La profesora me parecía una mujer muy extraña. Su juventud y su discurso eran extraños. Ella aseguraba que el machismo era un invento del hombre para ocultar su inferioridad. Porque la mujer es una fuerza oscura e indomable, una energía abismal que lo descontrola todo. El machismo, entonces, es un mecanismo de control regido por el miedo. El machismo sirve para que el hombre niegue públicamente las virtudes de la mujer que podrían direccionar por mejor el destino de los hombres. El machismo es la doctrina del miedo por el miedo. De ahí que el hombre necesite más de la mujer que la mujer del hombre. Pero el hombre no lo admite ante otro hombre porque parece menos hombre. Cuando es sabido que el hombre mero-macho-de-pelotas-de-toro es vencido por una gripe. Se queja porque si, porque no, porque si y no, porque no sabe que hacer consigo mismo sin una mujer a su lado.
Sentí en el estómago un ardor y olvidé que era un joven con dificultades de comunicación y alcé la mano. Era la primera vez que hablaba en clase.

—Comparto su idea pro-pro-fe. Pe-pe-ro, no creo que el machismo sea sólo por parte del hombre. La mujer también es machista. Ella es más más-más débil. Como sufre más lento sufre menos. Nunca se tarjará en segundos co-co-mo le sucede al hombre. Ella no sabrá del vacío de olvidar en pocos días una mujer de pe-pe-cas mági-gicas. La mujer se que-queda viviendo en el pa-pasado. Por eso huye de las preguntas fundamentales. Si a ella se le pregunta el por qué está tan tan sola ella pre-prefiere organizar la ropa o hacer el almuerzo. El hombre no la conoce, es va-valido, pero ella tampoco se-se conoce. Na-nadie se conoce. Pero lo pe-peor es que la mujer hace dependiente al hombre de su se-sexo y por eso él…

—¡Florentino! ¡Se calla! Acompáñame a coordinación.


9 comentarios:

Santiago Trujillo viernes, diciembre 17, 2010  

He de ser franco. me revienta las pelotas que podás escribir como a mí me gustaría hacerlo. Qué se yo, leo tus entradas como leo lo que me interesa de verdad, Leo esto con esa sorpresa, con esa sensación entre admiración y rabia...
andá...

Mirna sábado, diciembre 18, 2010  

Me ha encantado... Describes muy bien a Sandrita y al pobre chico que terminó estando loco por ella...
¡Y además tienes una naranja de cabecera, lo que hace todo aún más genial!
Besitos desde Marte
Mirna

Caín sábado, diciembre 18, 2010  
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Camilo sábado, diciembre 18, 2010  

Santiago
Muchas gracias por su comentario, muy espontaneo y sincero. Le mando un enorme saludo y mucha energía

Mirna
Gracias. La verdad me encanta el jugo de naranja al desayuno. Por mi casa, le confieso, los atardeceres muchas veces paracen un gigantezco gajo de naranjas.

Sebastian
Recibo sus saludos con un abrazo. Espero que podamos tomarnos un tinto por estos días

Humberto Dib domingo, diciembre 19, 2010  

Una bonita historia, de ésas que alguna vez hemos tenido que experimentar en esta vida. Muy bueno el desenlace.
Aprovecho, Juan Camilo, para desearte una feliz Navidad. Eres una de las personas que me ha gustado conocer este año.
Un fuerte abrazo.
Humberto.

Aldabra domingo, diciembre 19, 2010  

la profesora no merece a Florentino, un alumno brillante, y Sandra no se merece a Florentino, un amante apasionado.

¡que pena!, así es la vida, llena de desencuentros.

bicos,

Juan Camilo domingo, diciembre 19, 2010  

Humberto
Gracias por las palabras. A mí también me ha parecido una fortuna haber encontrado su blog. Para el próximo año le mando muy buenas energías

Aldabra
Así son las cosas. Afortunadamente es así. un abrazo

MALENA domingo, diciembre 19, 2010  

Dps de tal manifiesto sincero, q puedo decir salvo q me encantó la historia: Sencilla, dulce, emotiva... cocktel perfecto, Cami!
Q continue, sí?
Sos increible!

Bss!

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