Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El cuentista de vidrio

>> viernes, 5 de septiembre de 2008

Conozco un cuentista fracasado. Pero un episodio de su vida, para mí, es su único cuento digno de ser leído.

El cuentista está casado con una pintora. Desde que convive con ella su producción literaria disminuyó notoriamente.

Él dice que ya no tiene tiempo para sí mismo. En cambio la pintora puede estar con ella así él la acompañe. Esa es la gran diferencia entre ambos.

Cuando el cuentista siente que puede escribir y el cuento lo espera acostado sobre la página en blanco, y solo falta poner el lápiz sobre la hoja para que el cuento se mueva, se insinúe y aparezca por arte de magia, ella lo distrae. Él dice que no puede escribir mientras lo miran. Se siente intimidado. Algo le impide concentrarse con otros ojos.

El cuentista desiste de escribir, algo habitual en él. Se sienta al lado de su esposa y antes de comentarle su situación ella lo envuelve, sin escapatoria. Le habla de los proyectos de sus exposiciones, de sus cuadros, de la calidad de los pinceles, de la importancia de los pintores clásicos en la pintura contemporánea, de la diferencia entre la fotografía y la pintura. Luego le pide que le pose. El cuentista abatido, en silencio, posa y se queda en la misma posición por horas.

El cuentista se siente frustrado, lejos de su anhelo de ser el renovador de la literatura. No protesta. Cada vez siente que tiene menos palabras. Mira el techo y sigue, por inercia, las órdenes de la pintora. Qué el mentón un poco más arriba. No... a la izquierda... así... sí... ¡Perfecto!

Quizás mientras parece un sonámbulo recuerda cuando era soltero y se sentaba en su mesa de noche y escribía horas y horas y perdía la noción del tiempo. Escribía sin medida y sin interferencias. Tenía el mundo a disposición de sus manos. Su condición actual no era de su agrado.

El cuentista baja la mirada del techo y mira a su mujer. Sus ojos la interrogan. Tal vez esté indignado de sentirse observado, marioneta, limitado y cada vez más insatisfecho con su escritura. Ella le sonríe. El cuentista le dice que está cansado de posarle y que ha llegado el momento de escribir. Después de mucho tiempo habla, se hace sentir. Miró a su esposa. Empezaré por mi mismo. Seré un personaje de uno de mis cuentos. Un tipo de piel de cristal. Y para subsistir y continuar escribiendo, debes dejarme solo. Porque sí se me toca mucho, si se me molesta mucho, si no me das mi espacio, me tarjaré y romperé para siempre.

2 comentarios:

Los Espejos lunes, septiembre 08, 2008  

querido Camilo, me rasco la cabeza.
Ese es el precio y la reconpensa de todo escritor, la soledad. Pero lo malo de la soledad es que es tan hermosa que se hace necesario compartirla con alguien.
pompilio.

Anónimo,  miércoles, octubre 01, 2008  

Tanto para cuentos, novelas o la vida real es muy interesante cuando conviven dos artistas, es algo mágico, son miles de relaciones especiales que se pueden crear como: una pintora y un actor; un músico y una escritora; un poeta y una escultora. Aunque se establece una conexión desde lo pasional y lo intelectual, también se encuentran muchas dificultades que si fueran superadas, este tipo de parejas serian muy productivas tanto para ellos como para la sociedad.

Como pueden existir parecidos para entenderse, igualmente hay diferencias que crean rupturas, lastimosamente la vida de pareja de dos artista es tan… es difícil definirlo, solo se puede decir que es de locos.

Isobel

Publicar un comentario

Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

  © Blogger template Simple n' Sweet by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP