Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La mutación

>> martes, 9 de septiembre de 2008

Los enfermos se buscan. Se encuentran, se violentan, se contagian, se sufren, se ladran, se maltratan y cuando se alivian se marchan.

Estoy enfermo. Lo sé y mis actos son efectos segundarios. Padezco una mutación. Me transformo en perro. Con los días el perro que llevo dentro de mí es más autónomo.

Saberlo no sirve de nada. Igual las cosas llegan sin que pueda evitarlas. Voy perdiendo la batalla.

Últimamente exhibo mi animalidad sin vergüenza. Así como un perro menea la cola y ladra yo hablo y actúo

A veces, camino a casa, me acompañan unos panas. Lucas y los otros de la manada que cuidan en bar donde trabajo los fines de semana. Voy como si fuera parte de ellos. Alzo la pata y orino. Acto seguido ellos orinan conmigo. Sonrío y me asusto. Comparto mi humidad con ellos así como ellos comparten su animalidad conmigo. El puente es el orín. De alguna manera somos fraternos.

Hasta tengo una serie de poemas sobre un perro. Antes de que el perro alce la pata y… se titula. Algo de raro debe de haber en esos poemas. Tal vez es el registro de mi mutación.

Me comporto como un perro callejero. Soy un perro callejero. Me siento un perro callejero con cara de perro doméstico.

El fin de semana pasada, específicamente el domingo, amanecí con un guayabo puntudo. No tengo novia y no sabía que hacer para calmar el deseo. Y llamé a una pelada de Bello. Pactamos que venía a eso de las tres de la tarde.

Me bañé. Me estregué bien las pelotas. Verifiqué cada uno de mis órganos fueran aún míos y no del perro que me crece por dentro. A las tres estaba en la entrada de la iglesia más hombre que perro.

Caminamos hasta la casa. Me tomé un vaso de agua. Entramos a la pieza. Quise estar reposado y que ella hablara un poco. No quería que mi sed de ella me delatara. Me dijo hola y la besé.

Mierda. Me le tiré encima. Un animal. La desvestí y jugué con su cuerpo. Guao.

Quería penetrarla, saciar mi instinto. Cuando estuve dentro ella brincó y dijo que no, que afuera lo que quisiera. Adentro no. Ummm…

Fresca le dije. Tenía que demostrar que podía controlar la situación. En silencio miré el techo. Guao. Me preguntó si me vine y si eso era sexo. Le dijo no a las dos preguntas. Que ella no sabía que era eso y que tenía un trauma. Que algo en ella se activaba como mecanismo de defensa cuando las cosas se le salían de control. Cuando empezaba a sentir cosas que no entendía se alteraba y se alejaba como si eso fuera una herejía.

No me contestó y volví a su cuerpo. Guao. Lo mismo. El brinco y mi condición de iniciado. Guao. Mierda. Guao.

Me dijo que yo no estaba hecho para el amor y que mientras no dejara de idealizar a la mujer no estaría con ninguna. Cierto, dije, pero asumo mi soledad sino empeño mis sentidos en lo que siento. No quiero decirle a una mujer te quiero como deporte para llegar a su sexo. Si quiero follar follo y lo digo sin rodeos ni mentiras. Quiero decir te quiero cuando no me de miedo tirarme de cabeza al abismo sin importar si pierdo la vida. Con usted no se puede, me dijo.

Volví a su cuerpo, esta vez con más furia, con el ego herido y no busqué su sexo. Guao. Me le monté por detrás. Eché saliva en sus nalgas. Lamí su espalda. Me moví. Me fabriqué una penetración fuera de ella, pero en ella. Tenía que ladrar, de alguna manera ladrar, moverme, lamer, ladrar, guao, guao… Ladré sobre su espalda. Moje su espalda y cuando estaba listo para ser domesticado ella se fue. Guao. Adiós. Calle. Guao. Otra perrita. Guao.


3 comentarios:

Juan sebastian acosta martes, septiembre 09, 2008  

"Guao, adios. calle, otra perrita..."
No seas tan hijue... jajaja
Todos tenemos unos rasgos animalescos que tratamos de llevar con decoro. Tu texto es una propuesta a reconocer lo animal del ser hombre, lo animal de ser tan humano. Bacano por eso.

!PERROS DEL MUNDO UNIOS!

Anónimo,  jueves, septiembre 11, 2008  

me pusiste los pelos de punta. No sé si insultarte o animarte a qye sigas escribiendo

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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