Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El cazador de búhos

>> sábado, 10 de enero de 2015


Rogelio era hijo hombre único. Tenía una joroba que lo obligaba andar con la cabeza inclinada hacia la derecha. Medía 1,60 metros. Su voz era suave. Sus orejas eran pequeñas. Sus ojos eran grandes, de cejas y pestañas espesas. Su piel era blanca y llevaba una mochila de cabuya en la que cargaba un cuchillo, varios cartuchos para su escopeta, una caja de fósforos y un paquete de cigarrillos.

El insomnio empezó a los diez años, cuando camino a casa se encontró un búho pequeño. Intentó cuidarlo, pero a los días se le murió. Había algo que le inquietaba, incluso asustaba, pero no sabía qué. La última noche, el ave moribunda, emitía un ulular agudo y continuo. Rogelio se desesperó y en la madrugada, la ahogó en un tanque. Al día siguiente del tronco de un naranjo amarró al búho, con las alas abiertas. Desde entonces perdió el sueño.


Se acostumbró a dormir poco. Se hizo adulto y más solitario. Cierta noche, en que lo perseguía el recuerdo de la humedad del sexo de su exmujer, quien lo abandonó porque él la había encerrado en su casa para que ningún hombre la viera. Pues, desde que había sentido la electricidad del orgasmo deseaba que solo fuera para él. Pero su compañera en el encierro encontró el valor para enfrentarlo y herirlo con un cuchillo. Luego se fugó a la ciudad. Rogelio quiso ir tras ella, tras ese agujero de goce inagotable, tras esa humedad de estremecimientos y vacíos… pero no conocía más allá de la montaña. Desde que ella se fue las noches eran más largas. Hasta que cierta noche, después de varias cervezas, con el recuerdo de ella tallándole en el intestino, tomó su escopeta y recorrió los caminos que ya conocía. Subió hasta una meseta donde había muchos árboles y rastreaba los búhos. De un guamo un búho blanco, era el primero que veía de ese color y tamaño, voló a un mandarino viejo. Rogelio se acercó con sigilo. Le apuntó y apretó el gatillo. Después de la explosión sintió varios quemones en el pecho y el rostro. Incluso la sensación de que la sangre brotaba le hizo soltar el arma. Estuvo unos minutos quieto. Cuando verificó que era solo una ilusión, como también la imagen de que estaba acostado en mitad de una carretera, muerto; sacudió la cabeza y quiso buscar el animal. Pero no lo encontró. Cargó de nuevo la escopeta y como pudo la acomodó para apretar el gatillo con el pie y abrirse de una buena vez la cabeza. Pero no tuvo el valor. Así que dejó el arma a un lado y él, desconsolado, con los ojos encharcados, se quedó mirando las estrellas. Unió los puntos luminosos y trazó una abertura conocida, una humedad que le hacía falta.     

4 comentarios:

maduixeta sábado, enero 10, 2015  

Tal vez lo poseyó el alma del primer búho?
Una historia triste.

una lluvia de besos

Juan Camilo domingo, enero 11, 2015  

Maduixeta
Es un personaje que también me habita. Entre luces y sombras vamos abriendo camino. Gracias por su comentario.

la MaLquEridA domingo, enero 11, 2015  

Que bonito cuento tan sui géneris.

Juan Camilo lunes, enero 12, 2015  

La MaLquEridA
Gracias por sus palabras

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