Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Nadie sabe hacer silencio

>> martes, 22 de julio de 2008

Somos bulla. Entre más escándalo más felices. Nuestra idea de la felicidad en la lujuria del ruido.
Pero ¿Quién puede ser feliz a medio día con una canción de Darío Gómez? Una y otra vez Darío Gómez. ¡Irrespetuosos! Al que le guste Darío Gómez que lo escuche, pero a un volumen moderado. La involución es permitida por iniciativa propia no por contagio. A los vecinos no tiene que gustarle Darío Gómez. Como a la vida también tenemos derecho al silencio.

Estoy en mi casa, alterado, porque otro no es capaz de estar consigo mismo y prefiere aturdirse y aturdirme. Por culpa de ese semejante mío tuve que parar la lectura de Los Endemoniados de Fedor Dostoyevski.

Imagino que él dirá lo mismo de mi música. Pero es que yo no se la impongo. Si escucho música es para mí, no para él. Me importa un pito que los demás se enteren si estoy alegre. El principal benefactor de mi alegría soy yo, lo otro es accidente y vanidad. Pero no ¡Estamos demasiado tristes!

Los adeptos a Darío Gómez y a muchos de estos canta autores populares buscan la satisfacción de sí mismos en la cuota oficial de una tocada de teta o de nalga, en aparentar que son hombres porque beben, fuman, pelean, emborrachan, son injustos, bullosos, paracos, matones, dicen hifueputa, y son machistas, pendencieros o pendejos. Buscan la satisfacción enajenándose de si mismos. Buscan la tranquilidad en lugares diferentes a sí mimos. Gravísimo error. Como si para la realización del ser se necesitara de Darío Gómez.

En Antioquia estamos demasiado tristes. Queremos por cualquier pretexto que el otro crea que estamos alegres, así agredamos sus espacios e impongamos nuestros gustos y nuestras carencias como únicas verdades.

Cuando un hijo se va a la ciudad y viene a casa de visita, éste quiere que todos los vecinos se den cuenta de que él vino, claro, de visita (debe ser el caso de mí vecino). Pone el equipo de sonido a todo volumen, muestra los codos más de lo necesario orgulloso de que sus cicatrices se borran poco a poco, mira más por un ojo que por el otro simulando ser bizco porque en la ciudad todos son bizcos. Pura bulla, pura bizcada, puro escándalo, pura deformación de la esencia, pura tristeza camuflada, porque es el fondo está solo, triste, inseguro, gris.

Entre más bulla más lejos de sí mismo, entre más bulla más sexo, entre más bulla más licor, entre más bulla más feliz, entre más bulla más Darío Gómez, entre más bulla más simio, entre más bulla más ignorante, entre más bulla más triste, entre más bulla más vacío, entre más bulla menos individuo.

El ruido es la religión. No se camina sino que se grita. Los kilómetros no se andan, se gritan. El campo dejó de ser para los pies ahora es para la boca. ¡Gran tristeza!

Estamos tan tristes, tristes.... tan enajenados, enajenados... tan solos, solos... Se nos olvidó escuchar, respetar y mirar a los ojos.

Estamos tan tristes, tan sonámbulos, tan metidos en la moda del desconocimiento propio que no sabemos que es lo que es estar callados un minuto, un puto minuto.

Estamos tan tristes en Girardota, en Medellín, en Antioquia, en Colombia, en Suramérica que no existe una conciencia del individuo. Somos otra referencia de coca-cola, del estado. Somos otra ficha del progreso, otro engranaje del olvido, otro empleado, otro muerto con cedula, otra producción en serie de fetos sin identidad, sin voz, sin alma.

Estamos tan tristes que necesitamos de la bulla y el ruido para creer en Dios, para reelegir a Uribe, para escuchar a Darío Gómez, para creernos la idea de que la felicidad existe, para embrutecernos y así, justificar nuestros pecados y nuestra propia ausencia.

1 comentarios:

Anónimo,  jueves, julio 24, 2008  

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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