Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Nunca he sido un aventurero

>> martes, 1 de abril de 2008

La cosa que a uno más le inquieta en la vida, al menos hasta donde tengo entendido, es ser un aventurero. Sí, que la existencia de uno deje un recuerdo en la historia. Que uno pueda tocar la fama con las manos y ser recordado por siempre. Eso no va conmigo. No quiero ser recordado. No he hecho meritos para tal cosa.

De pequeño se quiere ser un hombre con cuatro pies y rescatar la princesa avispa que fue raptada por una colonia de hormigas. Derrotar a las hormigas, casarse con la princesa y tener un hijo mitad avispa, mitad humano. Luego se desea, más grandecito, ser el mejor futbolista. Yo nunca pude jugar bien al fútbol. Siempre fui un petardo para ese deporte. Aunque admito que imaginé que era el mejor futbolista del mundo. Hasta me vi en la selección Colombia, al lado del Asprilla, haciendo túneles y marcando goles.

Lo más característico, cuando a uno lo invaden los problemas de identidad, es querer ser otro tipo más talentoso, más apuesto, más inteligente. Yo nunca estuve conforme conmigo, ni con mi cuerpo, mi estatura, mis sobacos, mis piernas, mi frente, mi ombligo, mi personalidad. Siempre quise ser agradable a todos menos a mi mismo. Así que me fabricaba una imagen de mí que no era la mía. Me figuraba que tenía el cabello liso, la piel blanca, los ojos buenos y azules. Quería ser el hombre más lindo del mundo, el que deslumbraría con su belleza. Quería que todas las niñas se enamoraran de mí.

Pero, nunca fui más que el que soy, un feo que aprendió a hablar bonito. Nunca pude aclarar los ojos, así me hubiera echado limón para aclararlos. Nunca me blanqueé la piel, así me haya escondido del sol por meses. Nunca pude ver otro distinto a mí en el espejo y eso me generó grandes depresiones. Me escondía de lo que yo era.

Todo intento de mí, de definición de mí, era un atentado a la imagen de mí, la que proyectaba y odiaba. Por eso cada que intentaba hablar de mí las palabras se me quebraban en la boca como si me tumbaran los dientes.

Para acabar de ajustar en mi casa yo era el maniquí de mi madre. Ella me vestía como a ella le daba la gana. Los pantalones me partían las pelotas en dos y el borde me llegaba hasta el pecho. Mi madre me peinaba de partido. Lo más desastroso era que los pantalones eran botatuvo y las gruyas me quedaban grandes. Y mis pies son inmensos. Entonces la imagen de mí, la que proyectaba, con los días era más desastrosa. Si me guevoniaban en el colegio por el tamaño de mis pies. Recuerdo que una vez un profesor me dijo que había nacido adulto de los pies. Nunca entendí ese chiste, pero siempre me dolió.

Mi imagen era desastrosa ante mis ojos. Empecé a andar encorvado. No quería que nadie me viera, ni menos llamar la atención con mi imagen, la de espanto.

Empecé a hablar menos. Con los días menos. Hasta que sin saber como, ni porque, me volví tartamudo. Gran lío.

En definitiva era una gueva en todo el sentido de la palabra. Y cuando a uno las cosas no le salen bien y no acepta que le salgan mal, entonces, las cosas se le empeoran más. A mí me pasó lo mismo y los manes del colegio me empezaron a hacer imposible la estadía. Imaginé que los mataba a todos, pero cuando los veía de frente, les sonreía cual mariquita asustado. Me decían pie grande, mariquita, ñoño, atolondrado, gago, ahuevado…

No sé como estoy en pie, caminando, soportándome, recordando, viviendo. El caso es que me dije, un día en que no aguanté más, en que exploté: Camilo, debes ser y aceptar al retrazado mental que llevas por dentro. Eso me dolió pero fue un hallazgo. Recuerdo el día en que exploté. Cursaba noveno y un man de 1;80 metros de alto y acho me dijo mariquita, me le tiré y lo agarré del cuello y le golpeé el rostro. El man, recuerdo, se llamaba Didier Arrollave, me cogió como un bastón y destrozó conmigo una matera, una silla. Admito que grité, pero aguanté la sacudida.

Después de ese percance, empecé a hablar, mierda, hablar y hablar y hablar. Mal hablado hablé por los codos, las orejas, las rodillas. Era una lora gaga, una simulación de megáfono averiado, una fiel imitación de gallo que empieza a caraquear. Hasta me rajé con una cuchilla minora la telita que uno tiene debajo la lengua, porque había escuchado que esa telita era la culpable de mi gaguera. Gran mentira, seguí igual de gago y solo y sin la telita bajo la lengua.

Pero nunca dejé de imaginar cosas. Pero fue mucho después que pude ficcionar algunos hechos. Fue cuando entendí que el respeto, lo que entendí por el respeto, es hacer cosas asombrosas que otros no son capaces de hacer. Entonces dije, lo admito, que estuve con tres mujeres en una noche, que me hicieron sexo oral, que me invitaron a sus fincas, que me culíe a la mejor niña del colegio. Bueno, dije la mitad de todo. Pero nunca estuve con ninguna mujer hasta que cumplí los 19 años. Lo anterior a los 19 fue solo paja. Es tanto que a mi edad, a los 25 años, no conozco el mar, no he acampado, no se ingles, no trabajo, escribo mal, vivo con mi madre. Estoy lleno de limitaciones.

Bueno, el caso es que desistí de esa forma de respeto, la de mentir para ser respetado y venerado. Pues a mí no me funcionó. Esa forma de respeto me precipitó al abismo. Me jodió la respiración. Así que decidí por quedarme callado, por aceptar al bicho raro que soy, la de ser un pajizo, un tipo pasional, un débil de carne, un lío sentimental, un poeta frustrado, un prosista en ruina.

Me dije, a la mierda de aventuras y en vez de imaginarme a las tres mujeres que me follaba en una noche, empecé a sentir a las tres me abofeteaban en una noche o me decían retrazado mental. Pero eso, era verdad.

Tuve que reinventarme. Aún me reinvento. Pero me ha ido mejor así. Al menos eso me ha ayudado a no decir más de lo que me callo. Se que estoy enfermo, de siquiatra, maniático, pervertido, solo… pero, soy yo, inevitablemente yo. Solo así he podido tocar, por mis propios meritos, el seno de una mujer y sudarme en ella toda la noche.

Se que no soy aventurero. No sé como serlo. Solo me he valido del fracaso, de la incertidumbre, para definirme, para no darme de trompadas con los amigos, para no haberme vuelto un violador, un sicario, un padre de familia, un obrero de empresa, un domador de serpientes, un caminante por la paz, un don Juan consumado.

No soy un aventurero, si hasta me embalo para amarrarme los zapatos. Miento, pero no por decir más de lo que soy sino al contrario, para invisivilizarme.

3 comentarios:

losdeaqui viernes, abril 04, 2008  

Espero que estés bien Camilo.
Querido Amigo, como son las cosas, la internet es una maravilla, estaba buscando ensayos sobre los placeres de la necrofilia (nada personal) y, por casualidad, no sé como, me encontré con tu wlob. Leí tu texto; vacano. No sé hasta que punto sea bueno encontrar esta clase de revelaciones propias de un diario, de una intimidad, en la web, pero supongo que a la larga es para eso, para ayudar a sanar el deseo frustrado de publicación, de la hoja impresa. Yo, al igual que tu, reconozco, ya de una manera intuitiva y sin premeditación, que el primer payaso con que uno se encuentra en la vida es consigo mismo, pero pasar de una mesa de charla a un espacio donde cualquiera puede leerme, como que no me sabe bien; se me fue vinagrando la lengua gradualmente con la lectura de “nunca he sido un aventurero”, que debería de titularse “Nunca fui yo mismo”. Pero igual, me divertí con la maniática manera de exorcizar tus trastornas, ya no gozándote, sino humillan ese hombre que fuiste, y que en el fondo, según parece, aun vive ¿Cómo explicar esa manera tuya de masoquismo rememorando de una forma tan sarcástica el pasado?
(…)
Aun me rio del chiste que te hizo el profesor. Je je.
Nos estamos escribiendo.

Max Gallinazo domingo, abril 06, 2008  

qué texto sincero!
mereces una especie de premio a la sinceridad. sería un trofeo con forma de pié grande. o una rodilla con una carita feliz pintada en la nariz larga de la articulación.
lo mejor de todo lloras cuando decis todo esto, todo el tiempo estás por ahí cantando tu condición de fracasado. un fracasado qeu puede hacer eso ya no es un fracasado. ha logrado emerger desde el fondo de su gaguera, como un victorioso hombre pleno en inutilidad. con el tiempo, podremos leer de vos una gran novela sobre la cobardía (que te sé escribiendo hace meses), sobre tu cobardía.

periodico lunes, abril 07, 2008  

los de aqui, no sé quien sos, pero bacaco tu comentario. Pero tengo una inquieud. No es que ya no sea el tipo que fui o que sea el que fui. La cuestion es que he empezado un proceso de afirmacion. y si, desnudarse ante otros es cosa de valentia, pero no desnudarse es cosa de covardia. No me interesa fingir así se me venga el mundo encima. La idea es morirme sindo yo, el resumen de todos mis tormentos, el filtro de todos mis yo

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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