Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Detengamos hoy antes de que sea imposible

>> martes, 25 de marzo de 2008

Cada me duele más la prisa con que se mueve el mundo en que vivo. Cada día los avances tecnológicos, las modas, el consumo, la idea de progreso, la necesidad de producir, la incapacidad de ser individuo han hecho que el día me sea más corto.

El mundo, el de principio de siglo, éste que me está tocando presenciar, está proclamando la prisa como la única religión posible de subsistir en un mundo tan cambiante, donde nunca hay nada definitivo, porque la competencia siempre está latente, inventando algo, cada vez más extraño y útil. Ejemplo claro, los celulares y su infinitud de usos y herramientas.

Si, como decía, me duele que cada día haya menos espacio para el individuo. Cada vez interesa menos que el hombre se piense así mismo porque eso requiere que se detenga, renuncie al ritmo abismal del progreso y se quede quieto. Mirando como la prisa desploma el amor y la conversación. Ya no se conversa, ya no se escucha. Lo que se hace ahora es hablarse ante el otro, mostrarse ante el otro, ser una producción en serie de palabras ante el otro. Ser un super hombre, una maquina con arterias y huesos.

Pero detenerse es otra cosa. Admitir que se es imperfecto, que sos casa del miedo, que te equivocas, que sos inseguro, que sos pervertido, que te asusta hasta el zancudo que no te ha picado. Detenerse es aceptarse.

Pero aquel que se detenga debe dejar de producir, de comprar cosas innecesarias, cosas que consiguen inducidos por la moda y la necesidad de comprar. Apuesto que más de la tercera parte de las pertenecías que se tienen en la casa son innecesarias, están haciendo bulto. Porque un comercial de tv dijo que comprar el ultimo televisor pantalla plana era estar in, a la moda. Así con tanta cosa que estorba y entretiene.

Pero la culpa es de todos, todos los que no se atreven a detenerse y salirse del engranaje del sistema, ese que nos envejece más rápido. Gracias a esa cantidad de gente que se muere en el momento que se olvidan de ellos, es que hay que atreverse a vivir y anclar los pies, detenerse.

Lo que nos dice el progreso es que produzca, como lo decía en son de sátira el escritor francés Voltaire, “Trabajemos sin razonar, es el único medio de hacer la vida soportable”.

Sí, trabajemos sin razonar, sin pensar como si fuéramos máquinas creadas para el trabajo y no para la vida, como si fuéramos una tuerca, muchas tuercas, tuercas, solo tuercas. Trabajemos sin ser individuos, sin atrevernos a jugar, a sentir que es posible el asombro, a soñar, a crear. Trabajemos para involucionar al progreso y morir sin haber sido nada, solo una mancha de aire que respiró, copuló, procreó, trabajó, compró un televisor, trabajó, envejeció, trabajó y murió como una máquina vieja de procrear otras maquinas de procrear.

Esta vida es otra cosa distinta al progreso, a la idea de progreso que nos venden en la familia, en el colegio, en la tv. Hay que renunciar a ser todo eso que nos piden que sea y que no somos. El hecho de pertenecer al engranaje es dejarse entristecer porque sos feo, imperfecto, injusto. Es llenarse de mocos por no tener esa mujer que sale en una propaganda de cerveza y tener que envejecer con una mujer mueca y cantaletosa. Es admitir que siempre te faltará algo para aceptarse tal cual sos, el último celular, la última chaqueta que hace masajes a al vez que te protege del frío.

No, eso no es vivir. Hay otras cosas más pequeñas y asombrosas. Atreverse a ser uno mismo es ser esa libélula que estorba al engranaje y vuela celebrando su imperfección, su incapacidad para ser otra cosa distinta a la que es. Vamos a ser nosotros mismos, esas libélulas que aún juegan, conversan, sueñan, se detienen y celebran su existencia. Atrevámonos a jugar, a detenernos, a ser el mosquito en el ojo del progreso.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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