Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Putas, todas son unas putas. En fin... putas

>> viernes, 2 de noviembre de 2007



Soy un resentido desconfiado. Me cuesta mucho creer en las mujeres. Bueno, a las que quiero.


Soy conciente que con este texto las cosas me serán aún más difíciles. Pero que le voy hacer, debo ser fiel a lo que siento y creo. Y creo y siento que todas las mujeres son unas putas antes de ser madres y renunciar a ser mujeres para ser madres. Aunque hay algunas madres... Hum... ¡Qué madres!


Lo de putas no lo digo en forma despectiva. Al contrario, desde el más puro sentir, donde se limita con la santidad. Digo putas como digo aves. La diferencia es que las aves saben esa cosa de ser aves y volar en invierno, a tiempo.


El problema es que las mujeres que me la han jugado no lo han hecho muy bien que digamos. Fueron inocentes.


Al principio creí en ellas. Hasta puedo decir que les fui fiel mientras no dudé. Pero cometieron el error de dejarme pistas. Al parecer fue a propósito para que las descubriera como si yo fuera el detective privado de los cuernos. Y por mi manía de contar historias, de construir hechos con frases sueltas, de leer los rostros, terminé descubriéndolas. En sus rostros vi la culpa. La culpa hizo que sus facciones fueran casi angelicales. Sus pupilas se dilataron constantemente y para no sentirse descubiertas fueron cariñosas y condescendientes.


Hay que desconfiar de las mujeres que te dicen que eres el hombre de su vida. Sobre todo en el momento en que estas serio y no estas pensado en ellas, sino en como desenmarañar un proyecto de novela o el desenlace de un cuento. Y te dicen que eres el hombre de su vida y uno, sorprendido, por tan preocupante ocurrencia, no le queda más de otra que sonreír.


Pero uno nunca llega a imaginarse que tal afirmación fue dicha porque el recuerdo de otro les arañaba las entrepiernas más que tu desprevenida sonrisa. Luego, como para que esa piquiña las haga menos culpables, te excitan y hacen el amor contigo, pero ya no te dicen que eres el hombre de su vida. Y si te lo dicen, es probable que sea cierto y que eres un tipo celoso y posesivo. Porque después de hacer el amor, y si la mujer queda satisfecha, es muy difícil que mienta. Pero si se quedan calladas. ¡Cárajo! Sin duda, hay otro y lo piensan mientras les lames un seno o las ves desnudas.


Lo mejor y lo menos recomendable es que las embaraces. De este modo estarán condenadas a madurar y ser mamás. Pero ya serás tú el que huya. Lo mejor es irse a aceptar que eres un cornudo.


¡Ah, cómo duele la infidelidad cuando uno es la victima! No es fácil admitir que eres una sucursal. Pero si eres lo suficiente maduro para no alterarte. ¡Adelante! Serás el héroe más huevón y burlado.


En mi opinión hay que mandar cualquier sospecha al carajo. Con ella la madre de las sospechas, la mujer: La puta que te hizo frijoles, la que se mojó contigo a altas horas de la noche sin importarle un resfriado, la que te regaló unos calzoncillos de cumpleaños, la que te prestó dinero cuando no tenías ni para comprarte cigarrillos, la que te lloró porque la maltratabas con tus palabras filosas, la que amaneció a tu lado y se reía porque la noche fue corta para tocarte, la que no podes nombrar de otra forma diferente a la de puta porque su recuerdo te duele, la que te hizo sentir querido, la que te dijo pingüino, la que te abrió el pecho para que la traición como espina te chuzara el corazón. Entonces desde lo más profundo de tu sentir, donde se fermenta el odio y representas la soledad sílaba por sílaba, lo único que podes decir es puta. Nadie puede recriminarte, nadie que haya sentido lo mismo, porque hay que sacar el dolor sintiendo, sufriendo y gritando puta, puta, puta...


Tal vez ellas se sientas ofendidas. No debería ser así. En serio. Lo de putas es desde el más puro sentimiento, la justificación de que por ellas estás vivo. Deberían sentirse halagadas porque aún se les recuerda y es difícil olvidarlas.


El puta te queda bien. Hasta luce con tu vestido. Puta me abriste los ojos. Espero a otra a la que pueda querer con toda la fogosidad de mi cursilería y me haga reprimir al tipo indeseado que soy cuando estoy en frente de un par de tetas que parecen inteligentes. Puta no te hagas madre ni me odies, por este texto, más de lo que yo te odio. Te necesito para sentirme triste por estos días y andar con las manos en los bolsillos, cabizbajo.


1 comentarios:

Anónimo,  lunes, junio 16, 2008  

ayyyyyyyyy cami,no dejo de sorprenderme viendo cuanto odias y amas a las mujeres que te rodean y luego te olvidan.
ellas que son musas de tus viles textos.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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