La mujer agapanto. El despertar del jardinero. Diario. Es una novela que narra una historia de amor muy singular. El amor es el eje de la trama. El Hortalero se enamora de la mujer agapanto (mujer-flor o flor-mujer)

Estos términos: “flor” y “mujer” no son solo ornamento sino algo profundo. Tanto que a veces uno no sabe cuándo es “flor” o “mujer”. A veces, es las dos cosas o ninguna. Por eso, cuando se escribe “flor” también se escribe “mujer” y ambas conservan la magia de lo efímero, la belleza finita de un olor. Por ello, en este libro, la “mujer” que es “flor” o la “flor” que es “mujer”, está viva y se traslada del jardín del Hortalero al jardín de un mundo literario.

Por lo tanto, este libro contiene una sabiduría orgánica. Una sabiduría de montaña. Y ¿Por qué no?, puede ser un libro indispensable que acompañe al lector en la biblioteca universal del corazón. Porque es un libro que puede comprender y desligarse de cualquier movimiento religioso o político. Ya que lo importante es que libro permite una voz narrativa que acompañe, poetice y comparta el amor como un alimento para los más necesitados.

A continuación un fragmento de la novela leído por el autor:



También es interesante del libro el recurso narrativo que utiliza: el diario. Así, el libro se construye como una novela fragmentada, en apariencia sin ilación, pero que va tejiendo la trama a través de la observación del personaje-narrador. Y las reflexiones, en capítulos distantes, se van convirtiendo en un organismo que necesita de cada una de sus partes para respirar.

Y el personaje-narrador lleva lo personal al plano literario como una huella en el alma para el que es sensible al aroma de las flores. Y quién lo percibe siente un perfume que se esfuma apenas se huele, pero que queda en la memoria. Un perfume que atestigua que lo efímero, aunque desaparezca, nunca muere. Un perfume que entra por los ojos y se queda en la mente. Un perfume que marca el inicio y el final de toda vida. Un perfume que perdurará aún después de terminar la lectura de esta novela.

Para ampliar la información, puedes ver el siguiente video:

 


"Estos relatos de Camilo Betancur exploran la condición humana en cuatro niveles desconocidos, ignorados o terribles. Y para interpretarlos hay que entrar en esa otra dimensión, dudando de la realidad tal como se ve en su aspecto mundano. Porque las cosas no son como aparecen, la verdad es lo contrario, la vida está más allá o más adentro, el ser amado es inalcanzable, el sabio es aprendiz y el hombre es pájaro, bestia o limón.

Las cortas historias casi inofensivas o juguetonas presentan rupturas, imposibilidades, mentiras, contradicciones y absurdos, así como la muerte, el más allá, el regreso de la eternidad y la inquietud sobre la realidad que se vive sin sobresaltos. Igualmente, bestias, brujas, magos, poderes ocultos, seres extraños y humanos crueles entran en escena para revelar impredecibles transformaciones y metamorfosis.

Lo anterior solo es posible por el sueño, la imaginación y la creatividad de un escritor sumergido en su mundo interior y en permanente contacto con la realidad circundante".
Óscar Castro García.


La brevedad es un factor indispensable porque nace de la exigencia del momento, pues no es un secreto que en los tiempos actuales el afán caracteriza a la mayoría de las personas porque necesitan informarse lo más rápido posible y por eso evitan las lecturas lentas, rumiantes y cuidadosas por la simple razón de que los desespera.

Es por ello que este libro, “Los errantes”, de microcuentos, llega como pan para el chocolate, como abrigo para el frío, como un abrazo en tiempos de pandemia. Porque este tiempo pandémico nos ha llevado a hacernos preguntas que antes ni se nos ocurría. Y este libro parte de cuatro preguntas que tal vez, algún lector se ha hecho: ¿Qué es la renuncia?, ¿es la muerte el fin?, ¿existen otras formas de vida? y ¿son los sueños una proyección de la cotidianidad? Por cada pregunta en el libro se agrupan los microcuentos en cuatro momentos: Los errantes, los del otro lado, los visitantes y los del ensueño.

A continuación un microcuento en audio, del momento "Los del ensueño". De fondo suena la canción "Viajero" de XOL. Gracias XOL por permitirme utilizar la pita.



Cada personaje que habita el libro “Los errantes”, a su manera, fabrica el destino, transforma su realidad y así triunfa provisionalmente sobre la dificultad. Y toda la atmósfera del libro plantea un universo donde la acción encuentra su forma entre hechos nostálgicos y desesperados, y crea, no obstante, una posible salida en este tiempo, el de las sociedades contemporáneas, de las redes sociales, que se han trasladado al mundo digital para sobrevivir al encierro. Muchos, incluso, olvidan lo que saben de su “antiguo mundo”. Es ahí, donde este libro cobra importancia ya que los personajes, en este libro, aprenden nuevas formas de habitar el mundo. Que tal vez, ojalá sea el caso, inspire al lector a reflexionar sobre su propia vida.








22 de marzo 2021

Por Juan Camilo Betancur E. 

Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida.

Jorge Luis Borges

Años atrás un gran amigo y maestro, Oscar Castro, me asesoraba en el libro de microcuentos “Los errantes” y me obsequió el libro “Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos”, de David Betancourt.

Guardé el libro para leerlo y desapareció. Lo busqué y nada. Años después un amigo llegó con una sonrisa para amortiguar mi enojo y dijo que era un buen libro.

Así que lo leí y me encontré unos cuentos tan impredecibles como una desgracia. Algunos golpearon tan fuerte las bases en las que uno, un lector hembra, ha edificado su vida, que al final no salí igual de ese libro. Sentí tristeza, rabia, ternura y mucha alegría. También, quedé con la sensación de que esos personajes se quedaron en el imaginario de los hombres reales, por lo que sufrían igual que uno al pagar los servicios públicos cada mes o pasaban por una calle silbando y mirando de reojo las piernas de una muchacha.

“Los personajes de mis cuentos son pura gente inventada de la vida real, que a veces se quiere parecer a mí más de la cuenta, pero ahí sí me pongo serio y no la dejo. Que sean ficción ellos que para eso están y a mí que me dejen tranquilo porque, si no, si se empiezan a parecer mucho a mí, les hago lo que les hacía a los personajes de mis primeros cuentos. Ellos saben que yo soy capaz”, dice David.

Quise en un primer momento descifrar cuales elementos hacían que ese libro, “Yo no maté el perrito…” de David fuera tan intenso. En primera instancia, sus relatos tenían una historia, eran cortos, directos y conmovían. Pero había algo más que no descifraba. Y miré ese libro con desconfianza.

Y me llegaban noticias de David. Se ganó el premio de cuento de la Universidad Industrial de Santander y Jorge Gaitán Durán con el libro “Ataques de risa”. También, ganó el V Premio Nacional de Cuento La Cueva con el relato “Beber para contarla”... Se radicó en Puebla-México. Publicó: “Buenos muchachos”, “Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos” y “Bebestiario”.

Tiempo después, en el taller de literatura que tenemos en la Casa Cultural Talpa, en Girardota, propuse leer de nuevo el libro de David, “Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos”, más: “La vida me vive amargando la vida”. Quería desentrañar la obra de David. Como quien dice, dejar sus cuentos desnudos. Y bueno, no sé si lo logramos, pero encontramos cinco elementos que hacen de los cuentos de David relatos imprescindibles y que quedan contándose dentro de uno.

1. Están bien escritos
Tal vez porque David estudió Filología y Periodismo cuente con el criterio, el rigor y el conocimiento para que sus relatos no tengan fallas de ortografía ni frases ambiguas. Esto no distrae al lector. Porque atrapar un lector es tan difícil como agarrar un marrano engrasado. Por eso, el cuidado de un texto exige al escritor pensar cada frase para que el lector no tenga que releerla. Así se empieza a establecer el vínculo entre el relato y el lector. Por eso, una prosa cuidada eleva el relato a otro nivel. Y además de cuidada, espontánea.

2. Se leen de una sentada
Los conflictos que plantea David exigen al lector saber cómo se van a solucionar. Ejemplo, el relato: “Los amigos no existen” hay un atraco. Luego el agresor y agredido, por algunas páginas, son los mejores amigos. O “Yo no maté el perrito”, el conflicto no es original, pero, es importante para los personajes. Es decir, una abuela puede no querer a su nieto y lo culpa de la muerte del perro. No obstante, en el transcurso del cuento la relación entre la abuela y el nieto se pone tensa, absurda y fascinante hasta el punto final. O “Detrás de mí” es un relato donde no suceden giros sorprendentes, pero son los necesarios para alimentar las expectativas del lector. En ese cuento el personaje narrador dialoga con el narrador Omnisciente y esperan la llegada de un maestro, un trascendido. Y al recinto llegan todo tipo de personas. Es una espera aburrida. Pero, el ingenio del escritor lo deja a uno ahí, esperando, sin aburrirlo.

3. Los finales son aceptados
Cuando David termina un relato, uno, el lector, lo acepta como el único final posible. Es un final coherente con la historia. En “Los amigos no existen”, el atracador, que se hace amigo de la víctima, al final termina conquistando a la madre y se fuga con ella. David le da sentido al final de cada cuento y no deja la sensación de truco ni engaño, así utilice trucos y lo engañe a uno. Por ejemplo, en el relato “La vida me vive amargando la vida”, el personaje escritor, en su primera lectura en un lugar de prestigio, termina sucumbiendo a su gran temor y es dormirse en plena lectura.

4. Emocionan
Los relatos de David emocionan y por eso asombran. En el cuento “Último partido" se pasea la tristeza y la alegría. Se narra un partido de fútbol entre muchachos. El encuentro es divertido. Los personajes disfrutan. Hasta que el más calidoso muere con una bala perdida. Así también con el relato “Única oportunidad”, los personajes llevan las cenizas de su amigo al Estadio para que atestigüe que el Deportivo Independiente Medellín por fin quedó campeón. Pero pierde. En ambos relatos la alegría prepara la piel del lector para que el aguijón de la tristeza sea certero e inolvidable. También, en sus relatos se trasmite una experiencia de vida, como es la relación de pareja y el fantasma de la infidelidad en el cuento “Abrázame fuerte”. Son cuentos donde la emoción le permite al lector relacionarse con el personaje porque el lector conoce el sentimiento y ha vivido algo de lo narrado. Por ejemplo, en el relato “La vida me vive amargando la vida”, todos los escritores vemos nuestra inseguridad y el sueño amargo de la fama.

5. Las piezas encajan
Así parezcan espontáneos, ingeniosos, los cuentos de David no suceden por casualidad. En ellos, cada elemento, cada personaje, cada diálogo, tiene una función que lleva al relato hasta el único desenlace posible. Para no alargarme, analizaré un cuento, pero sucede con la mayoría. En el relato “El último partido” David escoge el escenario de un barrio, en las horas en que las señoras salen de misa, hay un escenario, muchachos malos, niñas buenas… se siente el barrio.

Otra pieza es el final. En un buen cuento el final se anuncia sin que el lector lo vea. Esto, para que cuando termine el relato el lector lo acepte porque siempre estuvo ahí, pegado a la nariz. En “El último partido” David mostró el final como si fuera un conejo que metía en un sombrero y desaparecía. Y el conejo nunca se movió del sombrero. Me explico mejor, ese relato empieza con el final: “Cómo no acordarme de tu último partido, Felipe, de tu tragedia”. Luego, en el tercer párrafo repite la frase, pero en forma interrogativa. Y sigue haciendo referencias durante todo el relato cuando repite varias veces “¿Te acordás?”, evocando lo que no está. Y te mete en el partido, en la tocata, en la apuesta, en la llegada del zarco… te distrae del final anunciado hasta que en el último párrafo sucede la muerte de Felipe: “…ahí, tendido en el piso, con tu inocencia, a solo dos goles de la gloria y mamá llevándome a casa de la mano, arrastrándome para que no llore más por vos, sacudiéndome la melancolía…”. Era un final con tragedia meditada.

04 de marzo 2021

Por Juan Camilo Betancur E.


Aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral”. 
Walt Whitman

Un viaje es una aventura a lo desconocido, así se haya planeado. Y el gran viaje es que se hace al olvido. Es cuando se pierden los puntos de referencia y se empieza, por la necesidad de la subsistencia, a descubrir otra forma de relacionarse con la soledad, el dolor, el hambre y la muerte.

Por eso, en esta emisión de Me revientan los adultos vamos a hablar sobre los viajes. Para el programa se hizo un proceso de reportería. Algunos niños hicieron un guión para realizar el programa. Al final, fue un viaje en nombre de la amistad, este hermoso programa, que espero disfruten y les despierte de nuevo las ganas de moverse, de ir a otro lugar, de cambiar de paisaje.

Porque el viajero, el que busca algo de sí en cada viaje, vivencia una metamorfosis de su personalidad. No vuelve a ser el mismo. Y se empieza a ver en él un paisaje interior con fragmentos de los lugares que transita. De este modo, la inmersión del viajero en su ser y en los lugares que transita le permite observar a fondo su condición de buscador de respuestas que le cambian la vida.

Entre las grandes respuestas que encuentra el viajero están los cuatro momentos fundamentales para determinar el encuentro consigo mismo.

El primero: ajeno al paisaje; es cuando el viajero tiene miedo a interactuar con el paisaje.

El segundo: aceptación de la soledad; es cuando el viajero muere en los recuerdos para verse por primera vez y posiblemente encontrar un aliado.

El tercero: las fuerzas internas; es cuando recobra la confianza en sí mismo.

El cuarto: la naturaleza de los actos; es cuando sus actos están en armonía con sus semejantes y la naturaleza.

Por ello, prevalece durante el viaje, como una constante, en cada individuo por la relación que establece con su entorno.




Juan Camilo Betancur Echeverry nació para las letras. Lo supe desde cuando lo oí hablar por primera vez en alguna clase de literatura o de géneros periodísticos. “Escuché el viento como un rumor eléctrico, como si la luz fuera aire y acariciara mi rostro”, dice ahora, desde la frase final del sexto capítulo de La Sociedad, Florentino, el narrador al que cualquier lector puede verse tentado a identificar con el autor. Esta es su primera novela. Siguiendo una larga tradición, que puede rastrearse hasta la novela de formación alemana de comienzos del siglo XIX, el relato nos sumerge en los años cruciales en los que el personaje principal y sus compañeros de generación afrontan el paso de la niñez a la adolescencia, de los amores filiales a los tortuosos y de la vida inocente al enfrentamiento con un mundo vasto y basto. No uso al azar el verbo sumergir, pues eso es lo que hacemos al adentrarnos en estas páginas: nos sumergimos en el espíritu sabio y un poco atormentado, docto y un poco díscolo, de un hombre que rememora los años inmensos en que el mundo dejó de ser para él y empezó a ser de él. 

En los verbos que los signan pueden diferenciarse el autor y su narrador. Mientras este nos sumerge en su visión del destino, aquel se aventará un día a la conquista del suyo. Sigo sin saber por cuál lado optará este escritor cuando decida no seguir andando por la cuerda floja de su destino, pero tengo la sensación de que no importa mucho; a fin de cuentas, en la literatura o en el delirio, creo que Juan Camilo va a seguir contando historias. Y que valdrá la pena saber de ellas. 

Cesar Alzate Vargas

A continuación un video sobre el libro: El escritor mago. Libro 1: La sociedad. Para que se antoje.









Fragmento del capítulo 4 de la Novela "El escritor mago. Libro 1: La sociedad" que prontamente estará circulando por Amazon.


Mi padre había tenido la idea de matricularme en una escuelita que manejaba el modelo educativo de Escue­la Nueva. Aquel modelo consistía en que una profesora en un aula dictaba todos los grados y enseñaba todas las materias. La docente se apoyaba en fascículos que tenían todas las lecciones y pautas académicas, y vigilaba desde su escritorio mientras los alumnos se rascaban la cabeza o leían esas páginas donde las palabras eran cucarrones en vuelo. Si alguien no seguía las instrucciones, hablaba en voz alta o se dormía… pasaba al frente y permanecía de pie. En algunos casos extremos podría ganarse un reglazo en las piernas. 

Mi padre afirmaba que el contacto con otros niños me ayudaría a fortalecer mi carácter. Tenía razón: conocí la timidez a muy temprana edad. Estuve en esa es­cuelita dos años. Luego, mi padre decidió matricularme en otro colegio de más categoría. Una institución con varias plantas, dos patios y docentes suficientes, uno por área. Sin embargo, el mal de la Escuela Nueva, la ralentización de las capacidades cognitivas del alumno, ya estaba sembrado. Ya era parte de aquellos que en los primeros años de sus vidas, los fundamentales, recibieron la educación desde un fascí­culo y no desde una experiencia de vida (un docente). 

Para los hijos de la Escuela Nueva el lenguaje no era la capaci­dad indispensable para crear un universo de significados y así dar respuestas al sentido de la existencia, sino un ruido intenso de cucarrón en la cabeza. Nos pusieron una venda en los ojos justo cuando debían abrirlos; nos prohibieron jugar con las palabras, sentirlas, vivirlas... Muchos, la mayoría, cayeron en la trampa de crecer con una chicharra en vez de cerebro, convirtiéndose en los magnos representan­tes de nuestra idiosincrasia.

Prontamente en una antología "Sueños a blanco y negro" que hizo la editorial ITA, en Bogotá, en su convocatoria sobre "Sueños", 2020, se publicarán nueve micro cuentos, mientras tanto, les dejo este. 



A la una de la mañana estoy sentado en la cima de la montaña, esperando que la luna se acerque más para dispararle y tumbarle un pedazo con la cauchera que me obsequió un mago. El anciano me dijo que con un pedazo de luna bajo la almohada puedo ver el rostro de la mujer que hace días se me aparece en sueños. Si no le doy en la parte superior la luna puede derramar su líquido azul y perder para siempre el conejo que salta en su interior. 



Cuando me callo. Cuando por fin me callo. No me encuentro con tanto ruido, con tanto ruido en mi interior. Mi corazón ya no es como una radio mal sintonizada, un ruido blanco, molesto. Me calmo. Respiro. Y un silencio se asoma en lo indecible. Se deja observar. Le gusta que lo mire, solo que lo mire. 

 


La niebla subía del río Cauca y una capa blanca impedía que se viera a más de un metro, por lo que se me dificultaba el camino. Había ido a la plaza de mercado a conseguir un queso, un pan y una botella de vino porque había escuchado que era lo que le gustaba al monje que vivía en la montaña. 

Del pueblo a la casa hay zonas muy pantanosas, específicamente en el último tramo. La primera parte es una carretera rodeada de potreros. A lado y lado de la carretera hay eucaliptos que dan la sensación de estar andando bajo un túnel vegetal. Luego se toma un desvío por un camino precolombino en muy mal estado.  

Juan estaba sentado en una silla mecedora como si estuviera esperándome. Por eso, me sorprendí al verlo. Lo curioso era que llevaba más de diez años sin recibir visita porque afirmaba que desde que el pueblo había olvidado el cuidado de sus vidas espirituales había dejado de ser su pueblo. Por ello le pregunté, en son de burla, si llevaba mucho tiempo esperándome. Él sonrió y me contestó que sí. Además, me ordenó que me quitara los zapatos y me pusiera una bata blanca. Quedé muy inquieto, pero no le pedí explicaciones. 

En la sala había sobre la mesa una canasta con frutas y semillas. Al lado Juan dejó el paquete. 

—Sígueme que ya empezó tu trabajo. Después nos sentaremos a descansar —dijo Juan y continuó— en la mañana vi un colibrí tigre dando vueltas por la casa. Esa era la señal de que vendría alguien con un camino espiritual trazado y que era necesario empezar con su iniciación. 

Caminamos juntos hasta el altar ubicado en un cuartucho al costado derecho de la casa, lugar en el que Juan pasaba días encerrado meditando. Era un cuarto pequeño con una alfombra y cojines. En la mitad había un candelabro de siete puestos y algunos cuarzos de diversos tamaños. Él se sentó cerca de la entrada indicándome que cerrara los ojos y tratara de pensar en un propósito mayor. 

No habían transcurrido más de diez minutos cuando escuché la voz de un hombre diciéndome que era requerido en la alcaldía municipal. Sin abrir los ojos respondí que lamentaba no poder acompañarlo. Al día siguiente, llegaron dos hombres con un papel firmado por el Alcalde. Juan sonrió y con un movimiento de cabeza aprobó mi partida. A los días fui nombrado alcalde. Misteriosamente a mi despacho llegó una carta de Juan con una lista de libros, estatuillas, esencias, collares, camándulas, entre otra infinidad de cosas. Al mes, Juan escribió otra carta donde incrementó el pedido. 

Una mañana me comunicaron que había sido nombrado el mejor alcalde del país. Entonces Juan me escribió otra carta con la solicitud de una casa y un sueldo fijo de por vida. Respondí que esa petición era imposible. Incluso sentí que Juan estaba abusando de mi generosidad y dudé de su espiritualidad por lo que le dije de manera tajante y grosera que ya había pagado sus enseñanzas. 

Ya era de noche cuando abrí los ojos y vi las velas casi consumidas en el candelabro. Estaba solo en el altar. Estiré las piernas y al salir me sorprendí al ver a Juan sentado en la silla mecedora con una manzana en la mano. 

—El que desea gobernar debe poner toda su fuerza interior en dominar las emociones y evitar que las emociones lo dominen. Cuando las emociones son las que dominan el espíritu se turba y el gobernante mira pero no ve. Sin control de las emociones es muy difícil gobernarse a sí mismo y casi imposible gobernar a un pueblo. 

Recibí la manzana que el monje me había obsequiado para el camino. Cabizbajo, con la bata blanca, di la vuelta y desaparecí entre la niebla.

 08 de septiembre 2020

Por Juan Camilo Betancur E.

Yo sé muy pocas cosas, es  verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos... Y sé todos los cuentos.”

León Felipe 

Volvemos con el programa “Me revientan los adultos”, que estuvo sin hacerse por la pandemia. Sin embargo, volvemos. Sobre todo ahora que recibimos un estímulo del Ministerio de Cultura, Comparte lo que somos, a procesos educativos y artísticos afectados por la pandemia. 
Para realizar este programa fue necesario un mes de ensayo de lecturas de diferentes cuentos infantiles para que los niños identificaran los signos de puntuación y los signos de pregunta y admiración. Trabajo que se había iniciado antes de la pandemia. Luego, por petición de los niños, nos reunimos, con los debidos cuidados de bioseguridad. En estos encuentros ensayamos, en la lectura, varios tonos de voz y sonidos de animales para que los infantes vieran otras posibilidades de la lectura en voz alta. 
Al principio les fue complejo cambiar la voz, pero cuando lograron entonar, bajar y subir la voz disfrutaron de leer así como se disfruta comer de un helado. Después de varios cuentos eligieron leer: “El pequeño topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza”. 
En la lectura los niños conectaron con el relato. Se relajaron y leyeron por su propio disfrute, más que por demostrar que leían bien. Esto es de valorar ya que empiezan, desde muy temprana edad, a entender pautas de la lectura en voz alta:
1. Hacer una lectura previa de los textos en un ambiente propicio, sin ruidos y en un lugar cómodo.
2. Leer pausadamente, con voz clara y utilizando diferentes tonos de voz. Así sentir un poco la textura de las palabras, sus sentidos.
De esta forma, entender la lectura como un juego divertido y lleno de aprendizajes para la vida, pues quien lee encuentra en los libros una compañía, a veces difícil, pero otras veces una compañía que brinda información para tomar mejores decisiones en la vida. Información que se puede transformar en sabiduría para frenar el impulso juvenil, tener consuelo en la vejez y riqueza inmaterial en la pobreza.





En Colombia, más que el Covid-19 y el cambio social que ha generado esta pandemia, tal vez lo más preocupante son las matanzas que están ocurriendo a nivel nacional en los últimos dos meses. Por ejemplo: 
La matanza de nueve universitarios este fin de semana en Samaniego, en el departamento de Nariño, en el suroeste del país. Hace una semana, en Cali, cinco adolescentes de entre 14 y 15 años fueron encontrados muertos y con marcas de tortura. El 10 de agosto dos estudiantes, de 12 y 17 años de edad, fueron asesinados en la localidad de Leiva (Nariño) en momentos en que se dirigían a su escuela a entregar unas tareas. El 27 de julio asesinan a tres personas de una misma familia en la aldea de Versalles, en el departamento caribeño de Córdoba. Dos días después asesinan tres personas en Puerto Colombia, ambos caseríos del municipio de San José de Uré. En la zona de frontera con Venezuela, el 19 de julio, mueren seis personas en el caserío Totumito, un área rural ubicada entre los municipios de Tibú y Cúcuta, capital del departamento de Norte de Santander. 
Por lo tanto, es necesario pronunciarse. Como una novela es una zambullida en lo hondo de la realidad es el sentido de un escritor rendir la más alta justicia posible al universo que habita. Es decir, reflexionar sobre la sociedad mortecina que se desmorona día a día. Es por ello, que ante la rabia, la desolación, el odio que se respira en Colombia, les comparto el capítulo 54 de la novela “La mujer agapanto. El despertar del jardinero”. Es una reflexión de la violencia que le muerde el corazón a los colombianos. Tal vez así despertemos de esta horrible noche de la violencia. Noche impuesta por un organigrama criminal estructurado en forma vertical, donde los campesinos, los indígenas, los civiles y ahora los jóvenes están en último lugar. 

                                              “54 
Nací en un país violento. Mi familia es vio­lenta. El medio es violento. La muerte es cotidiana desde hace más de medio siglo. Los homicidios suceden sin que nadie se escandalice. El país está dividido por ideas sexuales, religiosas, políticas y eso hace que nadie tenga el corazón en calma, porque cuando el corazón está en paz no se está ni a favor ni en contra de nada. Sin embargo en Colombia somos violentos porque estamos en contra del sexo y felicidad orgásmica. Como no hay libertad para sentirse en cada encuentro sexual se genera más culpa y preocupación, hasta el punto de que el sexo se convierte en un pensamiento recurrente y se transforma en una obsesión o enfermedad. Y esa es la primera división, la del cuerpo y la mente, la que origina el primer conflicto que justifica cualquier tipo de violencia. Entonces, los líderes divididos dividen más cuando empiezan a afirmar que la religión es correcta y el sexo erróneo. Sobre todo a establecer juicios de valor que abren cada vez más la brecha entre el cuerpo y la mente para seguir alimentando la culpa y el remordimiento, que a fin de cuentas genera más violencia. Por consiguiente, son los reprimidos los más sexuales y los que están en contra del sexo. Por esto, crean un objetivo opuesto de las cosas. Por ejemplo, el más violento crea la idea de la no violencia para ocultar su violencia. No obstante, será violento contra sí mismo, su cuerpo y se reprime y se preocupa. En esa medida, surge esta pregunta: ¿Cómo puede ser no violento si es violento? En conclusión, no se puede suprimir algo si no se entra en ello, porque de lo contrario la violencia consume la no violencia. Por tanto, el meollo de la violencia es la división, así que si uno quiere aportar a la paz que tanto necesita el país hay que partir de no hacer divisiones para no estar dividido. Pues, alguien dividido no puede ser natural porque la naturaleza existe en unidad y por ello está exenta de conflicto ya que lo acepta todo. De ahí que una clave sea no elegir ni estar en contra de algo. Si dado el caso se siente la violencia, entonces tener la sensatez de estar iracundo y luego dejar marchar la violencia. Sin embargo, cuando llega la ira el colombiano se vuelve más iracundo y codicioso. 
Ahora bien, ante un país tan dividido no se me ocurre como aportar a la unidad para poder cambiar un poco las cosas. Partiendo de que no soy un orador y soy incapaz de sostener una idea en un debate. Además, ni siquiera converso con más de dos personas sin intimidarme. Saber eso no quiere decir que deba quedarme quieto ante el mundo que se desmo­rona. La solución, lo digo de manera intuitiva, es alejarse un poco y volver a la unidad interior. Es decir, buscar un lugar tranquilo para enfrentar la violencia que corre por las venas y aceptarla de manera individual. Para ello, el lugar más propicio es la monta­ña porque uno puede encarar sus fantasmas sin necesidad de enlodar al vecino; pues la montaña permite una mirada panorámica de la situación. Asimismo, desde la cima se puede respirar mejor y aquietar los pensamientos. Por eso, creo intuitivamente que para llegar a un cambio importante en la sociedad es preciso invertir el proceso de migración a las ciudades. Es decir, en lugar de buscar la urbe volver a la montaña. De seguro habrá más en qué ocuparse porque en el campo está todo por hacerse y sobre todo para no hacerse. Pues, ante la ardua tarea que representa la tierra se hace más y se piensa me­nos y se empieza a reducir la brecha entre la mente y el cuerpo. Prueba de ello es que se evita la mal sana costumbre de solucionar primero la vida de los otros. También, asumir alguna responsabi­lidad porque es muy cómodo decir que la culpa es del otro. Luego, cuando el corazón esté en unidad, ninguna división podrá imponernos un modelo de vida y los políticos, los pastores y otros líderes de la división se encontraran sin oficio porque ya no serán necesarios. 
Al fin de cuentas, en el campo uno acepta esa parte de ciudad que también es. Entonces si uno es esa costra gris llena de auto­pistas puede oxigenarse con flores, pájaros, árboles… Quizás, volver a la mon­taña ayude a que seamos unos mejores ciudadanos capaces de construir unidad, mejor dicho, montaña.”
17 de julio 2020
Por Juan Camilo Betancur E.




Con la novela, su ópera prima, “Las vidas posibles” el escritor y antropólogo antioqueño Jacobo Cardona Echeverri, ganó el Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera, en el 2014. Esta novela cuenta con una trama abundante en digresiones, protagonizada por un historiador que es profesor de Ciencias Sociales. 

En la novela se recrea muy bien la sensación de realidad. Por lo tanto, Heriberto, el personaje principal, parece un profesor de carne y hueso que dejó un texto autobiográfico de su experiencia como docente en la Comuna 13, en Medellín. Esto gracias a que el autor, Jacobo Cardona, trabajó como docente unos cinco años. Entonces, el autor pasó por su cuerpo, su sangre, la vivencia de docente para darle vida a su personaje. Luego, llegaría el trabajo de la escritura: “Después de tomar bastantes notas. Bastantes apuntes, se hizo un trabajo de sistematización y luego de redacción de la novela que tardó unos 18 meses”, dice Jacobo. 

Lo que llama la atención es como Heriberto logra meterse en los nervios del lector. Es un personaje vivo y creíble. Tal vez se deba a que el autor utilizó la herramienta de las impresiones que consiste en acudir a los sentimientos de los personajes para crear un aire de realidad. Es así, que las impresiones de Heriberto son la ilación de detalles, sucesos y conflictos que al unirse dan una idea de verdad. Esta sensación de ilusión es manifiesta desde las emociones de Heriberto generadas a partir de su incapacidad de interactuar con el mundo circundante. Ejemplos: La frustración de trabajar en un colegio, la relación con su ex-mujer, el conflicto con los alumnos, el conflicto con la monja por ser ateo, su afición al whisky y la ropa de mujer... 

Por ello, el fracaso se plantea en la novela como una acción limitante, excluyente, como una barrera que deja a Heriberto sumido en la incertidumbre. Como sucede en las escenas en que los alumnos no lo escuchan y el personaje dice en el capítulo V: “Me sentí humillado y frustrado. Poseía algo valioso para decirles, pero a esos pequeños roedores no les interesaba escucharlo. Es más, tenía las respuestas de las preguntas que a ellos nunca se les ocurrirían; involuntariamente, yo estaba siendo desaprovechado.” O en el capítulo IX, cuando se encuentra con una ex-alumna de la universidad y salen a tomarse unas copas. Luego, en el apartamento de ella, Heriberto tiene la oportunidad de tener sexo con una mujer atractiva y: “Se me acercó, visiblemente achispada. Moví la cabeza afirmativamente, de forma automática, y le di un beso en la mejilla. Me fui sin decir nada”. Posteriormente, en capítulo XI, otro docente, Oscar, invita a Heriberto a unas copas. Entonces Heriberto confiesa que lo echaron por plagiador cuando trabajaba en un proyecto de investigación para el Ministerio de Cultura. Después, en el capítulo XIV, en una discusión, Sofía, su ex-mujer lo ve con medias veladas y le dice: “—Das pena —dijo, y salió cerrando de un portazo. Me senté en el suelo y agaché la cabeza, avergonzado”, concluye el personaje. Entre otras escenas donde el fracaso, como Jonathan Smith, el gato, es su fiel compañero. Por algo, el personaje se la pasa rumiando ideas, bebiendo y vistiéndose de mujer. 

En esta novela el fracaso es un elemento importante porque platea una reflexión profunda de que ante la vida se puede pasar más fácil a la acción al aprender de las adversidades, más que evadirlas. Sobre todo en este tiempo, el de las sociedades contemporáneas, de las redes sociales, que están obsesionadas en alcanzar el éxito, como si fuera un mandato a obedecer decretado por no se sabe quién, que tampoco advirtió que el umbral del éxito es una infinitud de fracasos. Por lo tanto, es ahí, donde “Las vidas posibles” tiene un lugar muy importante, porque muestra el fracaso como un compañero de vida, no como una enfermedad. Aunque es un compañero implacable y dramático, también enseña que cuando se acepta la vida con las adversidades, la vida empieza a ser una existencia robusta, llena de conflictos y sufrimientos, como le ocurre a Heriberto al aceptarse femenino de manera inesperada, exhibicionista y valiente. 

En Heriberto es más evidente su metamorfosis cuando vive su sexualidad. Pues, en la novela el personaje evoluciona, cambia, a causa de lo que vive. Y cuando el personaje cambia es vulnerable y puede ver el mundo que habita de otra forma. Por ende, ante cada evento difícil, como la distancia de su hijo o la posibilidad de perder su empleo por ateo, Heriberto quiere probarse más lencería femenina. Aunque el personaje le gustan las mujeres, como lo dice en el capítulo XIX: “…no quería ser mujer, pero tampoco trans ni travesti ni lesbiana ni perrito de la reina. Yo era un hombre al que le gustaba vestirse de mujer y punto. Adoraba mi voz, mis huesos, mis pelos de hombre”. Esta declaración plantea un conflicto de fondo, el de estar dividido, el de ser dos personas distintas bajo un mismo cuerpo: un hombre y una mujer. De modo que tiene dentro de sí mitad mujer y hombre. Entonces es mitad mujer y mitad hombre. Por lo tanto, este personaje plantea algo más complejo que el limitado juicio moral de ver las acciones desde la óptica del bien y el mal. Es las dos cosas, pues no siempre los hechos son como parecen. 

Para finalizar, es de celebrar que la novela sea la posibilidad de pensar el mundo, de transgredirlo, de cuestionarlo para que el lector se confronte de manera frontal. En tal medida, los novelistas plantean grandes preguntas para crear su universo literario. Preguntas que son obsesiones. Tal vez Jacobo, en “Las vidas posibles” deja estas preguntas: ¿Cómo asumir el dolor y llevarlo a una experiencia vital?, ¿cuál es el sentido del dolor en la vida? y ¿por qué existimos? 

Ta vez no haya respuesta. No importa. Pero esas preguntas y otras que cada lector encontrará, permiten ver a Heriberto como un personaje que tal vez pueda ser un amigo o uno mismo. Esto gracias a que la novela representa escenas sencillas y naturales. Tan verosímiles que engañan al hacer creer que todo es real (mientras se lee) y afecta porque sumergen a lo hondo de una realidad posible. 




Fernando durante años anheló un maestro para aprender a vivir. Estuvo en varias religiones y movimientos espirituales. Incluso hizo un ayuno de siete días y se trastornó a tal punto que creyó que estaba muerto. Decepcionado empezó a caminar sin rumbo. Cada vez más silencioso. 

Amanda, la hermana menor de Fernando, tenía una finca a las afueras de la ciudad. Allí vivía un anciano que cultivaba yuca y plátano. Ella, cierta vez que vino Fernando a visitarla, le propuso quedarse. Él aceptó. 

Al principio, Fernando no determinó al anciano. Durante el día se sentaba en el corredor, inútil. El anciano fue a un tanque, sacó agua en un balde y se la arrojó a Fernando. Fernando como un toro decidió atacar a su agresor. De manera asombrosa el viejo saltó por encima de Fernando. Luego realizó un giro inesperado y le dio con el balde en la cabeza. Fernando se sentó con los ojos incendiados. 

El anciano soltó una carcajada. Fernando llenó otro balde de agua. El anciano apenas se sostenía en pie de reírse. Fernando le arrojó el agua, con balde incluido. Sin embargo, aunque el agua y balde impactaron, el anciano seguía riéndose sin ningún enojo, exclamación de dolor o rastro de humedad.    


02 de mayo 2020
Por Juan Camilo Betancur E.


Leí un poemario, Informe sobre la belleza de un gran amigo, el poeta Edwin Rendón. Aunque muchas veces he escuchado que uno no debe opinar sobre la obra de un cercano porque está condicionado y esto no permite ser objetivo. No estoy del todo de acuerdo porque es precisamente ese condicionamiento, el que brinda la cercanía, lo que posibilita ir más allá de la obra y darle una mirada más profunda. Por eso, celebro este poemario porque me conmovió, comentario poco objetivo, sobre todo si agrego que lo encontré dos veces bello, por ser de un amigo. 

El libro de Edwin se divide en tres partes: “La belleza y el amanecer”, “La belleza y el atardecer” y “La belleza y el anochecer”. Esta división da la impresión de que la belleza es un día con sus ciclos (mañana, tarde y noche). Esto le aporta al poemario una idea cíclica. Como si en el trasfondo del poemario, en los espacios entre líneas, en lo que apenas insinúan los poemas, se manifestara el misterio de la belleza como en un día que se repite a diario. Es decir, como si el poemario contara con la magia del día que vuelve al amanecer y de nuevo inicia la vida con su incertidumbre. Si es así, entonces en el poemario, como en un día, pasan muchas cosas que poco se recuerda. No obstante, en este poemario los eventos no escapan de la memoria porque está lleno de momentos decisivos de relevancia. Veamos: “En la mañana,/ la ventana abierta/ gotea claridad”, del poema Un estudio sobre la luz, “Disfrutar la tarde, el amor, el café,/ la hegemonía de la tristeza”, del poema Plan de vida, “Después de la tempestad/ la noche abre sus carnes/ y se entrega al poeta/ que hunde sus colmillos/ y se nutre de su savia”, del poema Fragmento de la noche

Al leer el poemario se manifiesta la belleza de lo cotidiano desde la infancia, la creación literaria y el paisaje. Está la belleza presente por lo que es inevitable que también se asomen en el poemario sensaciones como la melancolía y la nostalgia. Esto, porque todo encuentro con lo bello, si es bello, genera perplejidad ya que requiere más atención y esto provoca algo muy similar al vacío. De ahí que la melancolía sea un registro de lo bello o lo sagrado cuando se ve algo conmovedor como un amanecer, un camino o el brote de una flor. Ante esto uno se conmueve. Otra cosa es cuando se lee. No obstante, en el poemario se manifiesta constantemente la naturaleza y eso también conmueve. Se evidencia en poemas como: El nacimiento, Lista de agradecimientos, Juego de la canica, entre otros, que generan un estremecimiento interior porque invita a estar en silencio, sin pensamiento, mirando en un estado de estupor. Luego, no siempre, llegan reflexiones trascendentales con el vapor de un chocolate caliente, con el abrigo de un fogón de leña o con el recuerdo de la casa de la infancia del poeta. Cito uno de los muchos episodios que conmueven dentro del poemario. “Ahora viene el poema/ recoge leña del monte,/ la belleza en astillas”, del poema Fotografías de la infancia

Ahora, el término “luz” y belleza” en el poemario son como lámparas que alumbran el paisaje y hace que lo cotidiano se perciba con otra sensibilidad. Entonces, se requiere ojos nuevos para el nuevo paisaje que muestra lo oculto de lo cotidiano. De esta manera, la visión, que es más que una función de los ojos, transmite la sensibilidad de lo observable. Y en esa medida los términos “luz” y “belleza”pintan de nuevo el paisaje. Por lo tanto, se pueden ver las cosas sencillas que escapan de la superficialidad. Cosas que se ven con mirada fresca. Cosas donde la naturaleza se manifiesta y genera un clima interior, como si se caminara por un pueblo lleno de flores, abejas y árboles. Así, al menos se percibe en poemas como: El día retrata asombros, Naturaleza del poema o Juego de luces. Este último poema lo cito entero porque en él la “luz” y la “belleza” resignifican el trascurso del camino: 

“Poema de la noche 
y los días nublados. 

Poema se concentra 
en el origen de la luz. 

Responde con destellos 
y partículas incandescentes. 

Dialoga con luces 
brillantes y cenicientas. 

Estudia el color y la sombra, 
enciende velas y lámparas. 

Le prende fuego al camino 
para iluminar el paso." 

Desde una mirada general el poemario Informe sobre la belleza cuenta con versos donde se evidencia una preocupación por los ancestros, como se ve en el poema Posibilidades de la nostalgia: “El poema/ puede volver a tocar,/ con manos de niño,/ el rostro viejo de mamá./ Su aroma, su voz”. También hay modelos y metalenguaje en versos que se referencian así mismos o nombran el camino con un simbolismo propio, como aparece en el poema El poema es un camino a casa: “El poema calla/ cuando más lo necesito,/ suele llegar a deshoras”. Tal vez por ello, existe en este poemario una presencia sensorial que genera cierta tensión que empuja hacia adelante la música impersonal del silencio en los paisajes recreados por el poeta. Y esto es vital para que el instante siempre permanezca pasajero, es decir, que pase sin irse, como el viento y le dé la frescura, la sencillez e incluso la ingenuidad que posibilita la ilusión de tocar lo eterno, y por eso mismo fugaz, para que prevalezca en el tiempo. Gracias a ese instante Edwin puede, con este poemario, rozar el misterio de la creación con los dedos y su peculiar mirada del mundo que lo circunda. 


A penas se decretó la pandemia su familia se hospedó en su casa. Nunca antes había tenido que estar las 24 horas del día, con sus dos hijos y sus cuatro nietos. Al principio era lindo porque se podía compartir con los niños. Pero después de unos días esa alegría fue mutando a una ofuscación en el ánimo ya que persistía en la casa un ruido constante que empezó a desesperarlo y hacerlo necesitar un poco de soledad, de silencio y sobre todo del verde de la naturaleza. Pero debido a su edad, sus hijos y nietos lo sobreprotegían y no lo dejaban salir de casa. Incluso cuando se asomaba al balcón para respirar debía utilizar tapabocas porque ese virus del covid19 podía sostenerse en el aire unos minutos para visualizar mejor la víctima, preferiblemente un anciano bonachón como él, al que todos querían. Podía vivir con esos afectos con la distancia prudente, pero los niños no entienden del espacio individual y de que a cierta edad se necesita de espacios de silencio para descansar. A los niños solo les interesa jugar y ven la vida como un desafío donde cada día se cambia las reglas del juego. Entonces el abuelo para conservar su espacio individual a salvo de sus nietos, esos niños silvestres que al despertarse gritaban su nombre como una declaración de guerra de brazos abiertos y besos chillones, empezó a utilizar un bastón, así no lo necesitara, de cuando tenía un problema en la rodilla. Los nietos se acercaron, conservando cierta distancia, y alzaron sus espadas imaginarias, hicieron piruetas asombrosas y le dibujaron sonrisas al anciano hasta que el bastón se convirtió en una lanza poderosa para quitar las telas de araña del techo.
Yo fui de los pocos que se quedó en la ciudad. La gente emigró al campo para salvarse de la pandemia y de peligros insospechados. Entonces salí a buscar provisiones. Las calles desiertas, silenciosas y sin transeúntes. De pronto, entre las sombras escuché murmullos de personas que no veía. Al tiempo las ratas gigantes se asomaron. Empecé a temer por mi vida y cuando estaba dispuesto a huir en cualquier dirección la vi a ella envuelta en una capa negra. Su palidez casi alumbraba y contrastaba con el cabello. Accedí a tomar su mano para salvarme. Caminamos juntos por calles que ya no conocía, calles que se despintaban del paisaje, calles que conducían a un futuro incierto. Ahora, mi palidez es igual a la de ella.
26 de marzo 2020
Por Juan Camilo Betancur E.


Los patos salvajes siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido
Proverbio chino

El sueño

Desde su casa, sentada en un piso de madera, sin electricidad, sin juguetes, sin más entretención que mirar el techo, las ramas de los árboles o el cielo para que su imaginación recreara fantasías o leyendas de hombres que se convertían en tigres o animales que podían comunicarse desde el espíritu, ella esperaba que llegara la noche para acostarse a dormir. Hasta que cierta tarde, después de formar figuras con las nubes, vio un gallinazo que cruzaba el firmamento y daba círculos en el cielo. Luego, como una flecha se precipitó al vacío en línea recta cortando el aire. La acrobacia la dejó perpleja, sobre todo después de que el ave volvió a recuperar altura para retornar su vuelo en círculos.A sus cinco años, recostada en el corredor de tabla, sin importarle la molestia de los mosquitos que parecían proyectiles en miniatura que impactaban en su cuerpo, Agripina Garreta, imaginaba que era un ave de la comunidad indígena Inga que podía cruzar el cielo del Putumayo-Colombia, un ave que podía posarse sobre la rama de cualquier árbol y observar cómo vivían las personas de comunidades cercanas, que ella no conocía. Por consiguiente, sin pensarlo, al día siguiente se dirigió al gallinero para recolectar plumas y construirse un par de alas con el fin de realizar su primera aventura área. A las 4:30 de la mañana, Basilio Garreta, el papá de Agripina, con camándula en mano despertó a la familia para rezar el rosario. Persistía en este ritual porque de esa forma salvaba a la familia al re-significar sus creencias. Ya que para él no había más credo que el del Dios cristiano. Y ya no le interesaba el Dios Sol que con un soplo dorado le daba vida a las semillas o la Diosa Luna que hacía que las cosechas fueran abundantes. Aunque conocía esas historias prefería estar de rodillas y repetir las mismas oraciones todos los días.

A veces, Agripina olvidaba el sentido de las palabras y solo las repetía como un trabalenguas de sonoridad limitada. Pero esta característica no era solo de Basilio sino de muchos indígenas que habían renunciado a sus tradiciones de taitas y mamas del yagé para convertirse en seguidores del credo católico. De mujeres y hombres que encontraron en la evangelización cristiana otra forma de relacionarse con la espiritualidad, dejando el legado ancestral de hechizos contra el mal aire, rituales para escuchar a los ancestros, secretos para las picaduras de serpientes, ungüetos de hierbas para las infecciones... Por eso no es extraño que un indígena apostólico romano recite algunas oraciones en latín para que nadie dude de su fe, cuando sería más sensato que evocara los cantos en su dialecto indígena que le enseñaron sus ancestros, donde hay más divinidad y sabiduría. Pero lo sensato dejó de ser lo importante y empezó a primar lo urgente y lo urgente era que las tierras del Putumayo fueran evangelizadas por colonos influenciados por franciscanos, porque para ellos esta tierra era el patio de la casa del Dios cristiano. Un dios que prohibía cualquier ritual, tradición o manifestación de la cosmovisión indígena, ya que era una ofensa a la fe cristiana, por lo tanto, los indígenas que persistían en sus tradiciones eran considerados infieles porque atentaban contra el orden universal que implantaba la Iglesia y los organismos gubernamentales. 

Después del rosario, Laura, la madre de Agripina, como es tradición en las mujeres indígenas, se dirigía a sembrar a la chagra (lugar donde cultivaban) con sus hijos. En la chagra Agripina aprovechó un descuido de su madre. Hizo ventajosa su baja estatura para escabullirse hasta unas plataneras. Allí verificó que no la siguieran. Luego, con sus manitas arrancó tiras de guasca para amarrarse las plumas en los antebrazos. Durante varios minutos estuvo ajustando las plumas. Las amarró bien. Realizó varios movimientos para verificar que no se le desprendieran cuando estuviera volando. Posteriormente, se subió a un árbol seco que estaba diagonal a las plataneras. Se acomodó en una rama, a más de metro y medio del suelo. Acto seguido, después de mantener el equilibrio en una horqueta, empezó a mover las manos y se lanzó al vacío.

Cuando la niña despertó lo primero que escuchó fue la voz de Laura, su madre, precedida del rumor del río Caquetá que se mezclaba con el ruido blanco del radio de pilas que estaba en una tabla clavada en la pared: “El balance del gobierno del presidente Alberto Lleras Camargo es bueno. Es el primer presidente del Frente Nacional que ha logrado la paz momentánea entre los liberales y conservadores…” Agripina pensó, aún con un fuerte dolor de cabeza, cómo sería el hombre que vivía dentro del radio. 


La escuela 

La escuela, ubicada en la vereda Condawa en Mocoa-Putumayo, era la única construcción de concreto que había en la zona. El resto de construcciones eran en tabla, levantadas de la tierra con pilares para que no entraran serpientes o animales peligrosos. En la parte inferior de la casa, muchas veces la utilizaban para las gallinas o animales domésticos que podían ser perros y hasta cerdos. Por tanto, la escuela, por ser la primera edificación en concreto era una novedad para la zona. La construcción contaba con un salón donde enseñaba una maestra hasta el grado tercero. 

Todos los niños estaban en el mismo salón. A Agripina le gustaba el lugar porque podía ver a otros niños. Para asistir a la escuela, con mucho esfuerzo, sus padres le compraron un cuaderno de doble línea de hojas amarillas para que cursara primero de primaria. Pues, los cuadernos, para ese entonces, eran un privilegio para muchos niños que utilizaban pizarrones con tizas porque debían memorizar lo que habían copiado cuando la profesora borraba el tablero. Así que el niño que no memorizara lo que se había copiado en el pizarrón se encontraba en dificultades a la hora de los exámenes. Por lo que los que tenían cuadernos contaban con la ventaja de poder estudiar luego las lecciones. 

Por otro lado, los grados se diferenciaban por filas. Una fila para niños que cursaban primero, otra para los niños de segundo y la última para los de tercero. Agripina, con su gran tesoro: el cuaderno de doble línea, estaba sentada en la fila de los de primero y después de varias semanas, cuando comprendía mejor la dinámica de la escuela, creyó que si se sentaba en la fila de los niños de segundo sería una niña más grande y podía aprender cosas nuevas. Pese a su motivación, la profesora al verla en el lugar que no le correspondía, la devolvió a la fila de los de primero. Fila que volvió a ocupar el año siguiente. 

En tercero, después de diferenciar las letras, armar palabras y frases, de sumar y restar, la profesora introdujo el credo cristiano y empezó a prepararlos para realizar la primera comunión y así recibir el cuerpo de Cristo. La docente expuso con detalles el ritual. Concepto complejo de asimilar, sobre todo para niños, porque da la idea de que el cuerpo del hijo de Dios se puede comprimir en un pan ácimo (sin levadura) de harina de trigo con forma circular; además que se recibe el cuerpo de Cristo al unísono en un pedazo de pan redondo, pequeño y omnipresente. Por lo tanto, para evitar cualquier especulación la docente decidió ir a la acción y preparó sus alumnos para la eucaristía con rodajas de plátano maduro. Con la rodaja cortada de forma circular, con un sabor dulce y de más humedad, los niños debían intentar no morder el plátano que representaba la hostia que a la vez representaba el cuerpo de Cristo. De esta manera, estarían listos para recibir la verdadera hostia. Así, sus alumnos estarían preparados para cuando la hostia se deshiciera en el paladar sin morderla, sin tragar saliva y sin mover la lengua para que fueran habitados por Cristo. 

Al final todos pasaron la prueba y estaban listos para la última fase que determinaba si los niños podían continuar con sus estudios. La prueba consistía en pararse frente al corregidor, la profesora y el sacerdote del pueblo para responder de memoria las preguntas que ellos, el jurado evaluador, le hicieran. Agripina fue una de las niñas más elogiadas por su memoria y capacidad de reproducir las lecciones al pie de la letra. 

Fue así que a los días, en medio de las luces undívagas de las mechas sostenidas en las botellas con petróleo que se iban encendiendo paulatinamente en las casas, Agripina y su padre Basilio marcharon rumbo a Mocoa. Iban a un lugar donde la niña pudiera continuar sus estudios. Así que Basilio había conseguido un cupo en el internado María Auxiliadora en el corregimiento de Santiago, hoy municipio. 

Agripina y su padre caminaron un día desde Condawa hasta Mocoa. Pasaron por pantanos, rastrojos, arroyos... La caminata era exigente para Agripina, pero si quería estudiar debía llegar hasta Mocoa. Luego, en Mocoa tomaron una chiva que rugía como un animal rabioso hasta Santiago. 

Después de eso la niña estuvo, gracias a su buen desempeño académico, en varias instituciones hasta conseguir su título de primera indígena Inga bachiller, graduada en 1976, en la segunda promoción de bachilleres del Colegio Goretti de Mocoa. 


El trabajo 

Agripina se capacitó en pedagogía en el Bajo Cauca antes de llegar como docente a una escuela en la vereda Las Delicias del municipio de Caicedo donde trabajó sólo seis meses por inconvenientes con el sueldo. 

Como pagaban cada dos o tres meses, Agripina se unió al paro de docentes en Mocoa que reclamaban por el respeto a sus derechos y por cumplimiento de una labor digna. El paro era una causa justa y no una sublevación por capricho. Por ello, si era necesario enfrentarse cuerpo a cuerpo con la fuerza pública irían hasta las últimas consecuencias sin importar que los policías estuvieran armados. Los docentes, que custodiaban el palacio de la gobernación de Mocoa, protestaban a distancia. Ella observaba con asombro. Era la primera vez que participaba en un paro y aprendía a hacer respetar sus derechos como trabajadora y a exigir, más que a pedir un favor, por las garantías laborales. Con el paro, hecho que recordaría por siempre, se logró el pago de los honorarios. 

Después de renunciar a la escuela en la vereda Las Delicias se trasladó a la escuela de la vereda de Buenos Aires-Mocoa donde conoció a Aníbal Hernández, un joven callado, trigueño, alto y misterioso. Bastó una mirada de aquel joven para que se diera entre ambos el primer y definitivo contacto que los uniría para el resto de sus vidas. 

La profe, embrujada por el idilio del amor, pidió licencia en el trabajo y se escapó con Aníbal para Popayán porque quería un lugar tranquilo para el nacimiento de su primer hijo (luego nacerían sus otros cinco hijos). 

De regreso a Mocoa, por intermedio del padre Tamayo, consiguió trabajo con la comunidad indígena Awá en la vereda Playa Larga del municipio Villagarzón. Para ese entonces los nombramientos indígenas estaban en gran parte del país bajo la tutela de la Iglesia. 

Los Awá era una comunidad indígena proveniente de Nariño que había llegado al Putumayo en busca de tierra para el cultivo. Una comunidad extraña que no sabían hablar en español y lo poco que conocían lo utilizaban de manera rudimentaria. Además parecían que solo conocían la vocal “e” que combinaban con todas las otras consonantes. Por ello, Agripina se sorprendió cuando en su nuevo trabajo la primera frase que escuchó fue la siguiente: “Profe nosotre somes paisas… e… le guste e uste el chontadure madure.” 

Esta comunidad no gustaba del trabajo porque no buscaban conseguir más de lo que necesitaban para vivir. Por eso, la mayor parte del día la pasaban en hamacas durmiendo o mirando el cielo sin saber en qué día estaban o cuántos años tenían, aunque, paradójicamente, eran puntuales. 

Agripina estuvo hasta 1987 con los Awá. Durante su estadía los organizó en cabildo y les enseñó a leer y a escribir. 

Años después, al territorio donde habitaban comunidades como los Awá llegaron actores armados como las Farc, el Eln, Los Rastrojos y otros grupos que nacieron tras la desmovilización de las Auc en 2005. Desde entonces fueron sometidos a toda clase de crímenes. Por consiguiente en el 2012 se presentó un informe en Barcelona, España, con el fin de que las autoridades internacionales ayudaran a evitar que el pueblo Awá fuera exterminado por el conflicto armado. Además, varias empresas entraron a estos territorios a realizar explotación aurífera y no consultaron las autoridades indígenas. Otro factor que afrontan estas comunidades son los cultivos de coca que provocan la deforestación acelerada y el insumo de químicos, abonos, fungicidas e insecticidas que contaminan y degradan la biodiversidad. También las comunidades indígenas prefieren los cultivos de coca porque son más rentables. Más tarde, en abril de 2016, la Unidad de Víctimas y el antiguo Incoder asignaron un predio de 239 hectáreas en la vereda La Paz, en Villagarzón (Putumayo) con el fin de restablecer los derechos territoriales a los pueblos indígenas desplazados por el conflicto armado. Sin embargo, no hubo una reparación integral colectiva por lo que para los indígenas el Estado los olvidó ya que no los ayudó en la adecuación de servicios básicos como agua potable y luz; tampoco estuvo el Estado en la construcción de sus viviendas. Cuando hay 15 pueblos indígenas registrados en el departamento del Putumayo según la Organización Zonal Indígena del Putumayo (Ozip). Hay 7 pueblos de la zona: los Inga, Kamentsá, Siona, Kichwa, Coreguaje, Murui y Kofan. Los otros 8 pueblos llegaron desplazados: los Nasa, Awá, Yanakona, Quillasinga, Pasto, Embera Chamí y Pijao. 

Posteriormente Agripina estuvo un corto tiempo en Guayuyaco antes de volver a la Escuela Bilingüe Inga Kamesa de Mocoa que, después de la reorganización del cabildo Inga-Kamtsa en 1986, buscaba el rescate de la identidad Inga. 

En los inicios la escuela empezó con un aula múltiple y 14 alumnos bajo la dirección de Agripina Garreta. Luego, esta institución, que se construyó peldaño a peldaño, hasta la jubilación de Agripina, se convirtió en un espacio donde los indígenas cuentan como indígenas. Es quizás, por ello, que el centro educativo es un modelo en la zona. 


Mocoa 

Mocoa es una ciudad pequeña con toda la arquitectura de un pueblo grande. Una ciudad golpeada por la fiebre de la coca. Sobre todo, Mocoa es una ciudad de motos. 

En Mocoa Agripina se estableció con su familia. Volvió a la tierra de sus ancestros. Pues, Agripina es descendiente de la comunidad Inga. Comunidad descendiente de los Incas de Perú. En la época de Kapak Yupanqui, 1230 al 1250, la tribu Mitimak (Ingas) era considerada una de las tribus más valientes. Tanto que en lengua quechua Mitimak significa (Mitikuy) irse y (Makay) pelear. Pasaron por Quito y por otros pueblos indígenas como Collas, Quillacingas y Pastos. Llegaron al Valle del Sibundoy. Cruzaron los ríos Coca y Aguarico, pertenecientes al territorio de las tribus Kafanes y Quijos. Luego se establecieron en el Putumayo donde resguardaron las fronteras en el bajo y medio Putumayo, en el oriente de Nariño, la Bota Caucana y en el sur del Caquetá. Después se organizaron en Mocoa, fundada en 1562 por don Pedro de Agreda, general de la provincia de Popayán. 

En Mocoa Agripina afrontó dos hechos que todavía la requerían como líder de su comunidad. El primero fue la fiebre de las pirámides (DMG y DRF). Sobre todo DMG que en 2007 tenía oficinas en las ciudades capitales, como Mocoa. Entonces la gente creyó que esta empresa era la multiplicación de los billetes e invirtieron su patrimonio. Sin embargo, en el 2008 se decretó Estado de Emergencia Social y en noviembre de ese mismo año capturan a David Murcia, el creador de DMG. Murcia fue condenado a 22 años de prisión y en enero del 2010 lo extraditan a Estados Unidos. Así lo vieron irse las más de 187.000 víctimas que se quedaron sin sus bienes. Entre esas víctimas había padres de familia y docentes de la Escuela Bilingüe Inga Kamesa, que se endeudaron por el idilio de volverse millonarios y que al final, muchos de ellos, como varios docentes, sobrevivieron con 150 mil pesos mensuales porque tenían el sueldo embargado por los bancos. En ese momento el requisito para acceder a un préstamo bancario era una copia del contrato laboral y de la cédula de ciudadanía y a los dos días estaba el dinero en las manos. Por tanto, el acompañamiento como líder de Escuela Bilingüe Inga Kamesa fue vital para salir de ese mal momento. 

El otro episodio, ya siendo jubilada, fue la avalancha ocurrida el 31 de marzo del 2017, producto del desbordamiento de los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco y las quebradas Taruca y Taruquita, dejando un saldo de 335 personas muertas, 400 heridas y cerca de 22 mil damnificados. Además, quedaron 17 barrios del municipio afectados. Ante tal evento, Agripina, al conocer a muchas de las damnificados, ya fueran alumnos, hijos de sus alumnos, amigos, padres de familia, docentes, que lo perdieron todo, los acompañó como pudo, desde su papel civil.

Ahora, dos años después de la tragedia en Mocoa los a avances de reconstrucción son lentos. Se han realizado obras como la construcción de un puente vehicular sobre el río Mulato, a la altura de la avenida 17 de Julio, y otro puente en el río Sangoyaco en el sector de la Avenida Colombia, también se hicieron la construcción de viviendas, en el proyecto Villa Aurora, entre otras obras. Pero el panorama sigue siendo desolador. Todavía se siente la pérdida de muchas vidas. 

Aun así, Agripina sigue imaginando con agitar sus brazos y levantar sus 1,45 metros de estatura entre los escombros y las agrietadas calles de Mocoa con el fin de ayudar a sus vecinos.