Todos estamos bajo pena de muerte
Clarice Lispector

Un buen cuento es una pieza de relojería. Cuando se ensambla bien parece un hechizo que encierra un momento decisivo en la vida de un personaje. Y este instante revela algo esencial sobre la condición humana.

El cuento es breve y requiere de un conflicto central que quiebre la cotidianidad de un personaje para enfrentarlo a una crisis. Al final del relato, esto es lo más complejo del cuento, tanto el protagonista como el lector, no serán los mismos con la resolución o la no resolución de la crisis.

Es tan difícil el cuento que pocas veces encuentras uno que, después de leerlo, se siga contando en ti. Yo recién encontré cuatro cuentos que no puedo olvidar. Voy a escribir sobre ellos, tal vez así, los exorcice. Son: “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto” del libro “El murmullo de las hojas” (2025) de Juan Esteban Londoño, “Estatua” y “Cambio de puesto” del libro “Cambio de puesto” (2023) de Lucía Donadío, “Tradiciones de Navidad” del libro “Tradiciones de Navidad y otros cuentos de familias descompuestas” (2025) de Miguel Castillo Fuentes.

Estos relatos son flechas que te atraviesan y cuando salen se escucha un golpe seco. Se centran en personajes jóvenes o niños marcados por la muerte. Muerte de la que no pueden escapar, sean que la asuman o la atestigüen. Muerte de una vida que se apaga. Una vida de un personaje que ya no está y es memoria en los recuerdos de los personajes que quedan. Y los que quedan, como rasgo humano, proyectan a futuro el espectro de sus experiencias vitales. Esta proyección los hace conscientes de un final del que desconocen la fecha. Y este rasgo, hace que nos contemos historias.

En “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto”, el narrador, quien no revela su nombre, es un joven que vive la violencia de la mafia y el narcotráfico en la Estrella- Antioquia y es testigo de la muerte de su amigo Marcos. En “Estatua” una niña, ante las exigencias de una monja, se queda rígida, sin signos vitales, en “Cambio de puesto” un niño insiste en cambiarse de puesto para estar con sus padres y abuelos en el viaje de la parca. En “Tradiciones de Navidad” Mary ve morir a su hermano menor es una explosión absurda de un muñeco de año viejo.

Estas cuatro historias, como las que abordan el tema de la muerte, nos develan esa singularidad humana de imaginar el final. Y por medio de la imaginación nos muestran posibles sucesos para seguir imaginando otros relatos. Pues ningún otro mamífero cuenta con la facultad de contar historias para imaginar un final. Por lo que en la mente del gato o el perro ellos son eternos. Además, estas historias breves de Londoño, Donadío y Castillo con humor y fatalismo narran la muerte desde el punto de vista de personajes jóvenes, tal vez, para que duela dos veces la muerte, para los que estamos vivos y, a veces no sentimos la vida, sigamos con la tradición de seguir imaginando un posible final.

Quiebre del punto de confort

Como lo advierte Poe, el padre del cuento, el relato debe leerse de un tirón, provocando un impacto único. Así que, al inicio, en un buen cuento, el protagonista experimenta un hecho o una experiencia que irrumpe en su cotidiano.

En “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto” se inicia: “A los veinte años Marcos Leiva era un sobreviviente”. Con esta frase se introduce la historia de Marcos que transforma la vida del narrador. Del mismo modo inicia “Estatua”: “Descubrí en el jugo de mango el ala de una mosca…” y esta ala detona la trama del relato. En “Cambio de puesto”, en el sexto párrafo se dice: “…dijiste que paráramos el carro, que te querías ir con tus papás y abuelos…”, para anclar las acciones y reflexiones de los párrafos anteriores y para dar inicio al final trágico del relato. “Tradiciones de Navidad” inicia: “Desde mi habitación veo el fuego en la casa de Mary”. Esa primera frase es el nervio central del relato porque en el cuento el fuego se explaya y se cobra partes del cuerpo de la familia de Mary.

El conflicto
Aristóteles estableció que la narrativa contiene una estructura de inicio, nudo y desenlace. Así, centrar el conflicto para provocar una transformación. Porque sin conflicto, no hay historia. En tal medida, el conflicto exige una elección entre opciones igualmente costosas. Esa es la tensión dramática que surge cuando un personaje se enfrenta a una fuerza que obstaculiza su deseo más profundo. Y esa elección revela el carácter del personaje.

En “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto”, después de plantear un contexto en la relación del narrador con Marcos, aparecen estas líneas: “Todos deseamos aquellas mujeres con maldad e instinto. Perla no tenía rostro bello, los dientes eran desordenados y grandes, no le cabían dentro de la boca, y los ojos padecían de una leve desviación. Pero emitía feromonas por donde pasara”. Perla está con Marcos y, Escopeta, un pillo de poca monta, está enamorado de ella. En Perla converge el interés de varios personajes. Es un conflicto de Persona vs. Persona (El narrador vs. Escopeta, Marcos vs. Escopeta). En “Estatua”, poco después de las líneas iniciales dice: “Más humillada que el ala de mosca, no supe qué decir o hacer. Me volví estatua”. Así el personaje se rebela ante las ordenes de la monja. Luego, el personaje explica lo que significa ser estatua y da esta declaración: “Había aprendido a volverme estatua, cuando los mayores me ordenaban hacer lo que no quería”. De esta forma, se entra en un conflicto Deseo vs. Deber (se queda ante la exigencia de la monja). En “Cambio de puesto” hay una sentencia que concentra toda la tensión del relato: “Cambiamos de puesto cuando el alma se corre de su asiento seguro y habitual y nos quedamos sin lugar en el escenario de la vida”. Es un conflicto de Persona vs. Familia (el niño vs. la familia que le insiste que no se cambie de vehículo). En “Tradiciones de Navidad”, después de que se presentan los dos narradores: Santiago y Mary, Mary dice: “Si tuviera en mis manos cambiar las cosas, hace tiempo que viviríamos en otra casa. En ese lugar que imagino, el fuego se enciende únicamente en la cocina, mientras que, en el jardín, no habría tumbas, sino plantas y flores. Y papá, antes de decir que el mundo es un lugar violento, estaría enseñándome a montar en bicicleta o algo parecido a lo que hacen el resto de papás”. Mary teme a las tradiciones navideñas y desea otra historia a la que vive y padece. Es un conflicto de Deseo vs. Realidad (desea ser una niña con un papá que la cuide cuando vive en una casa donde la navidad es un peligro latente).

La atmósfera
El “clima” emocional del cuento se logra a través de las figuras literarias (metáforas, símiles…) que apelan a los sentidos. Pues, un cuento no es un informe. Por lo que debe crear imágenes que perduren en la memoria del lector. Por algo Cortazar defendía que un cuento debe “partir de una imagen potente” y esa imagen gira dentro de una esfera que golpea al lector y no lo deja indiferente ante la historia. Así lo hace, de manera bella y clara, Londoño, Donadío y Castillo.

En “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto” aparecen estas imágenes: “…las casas parecían grillos que se aferraban con sus patas a los troncos de los árboles” para describir la Estrella. O para hablar de la violencia: “La Mafia, esa señora de ojos velados que en las noches de luna llena pasaba en un carro de vidrios negros señalando quién merecía la muerte”. En “Estatua” está esta imagen: “Miré con ojos a punto de lluvia”. Para graficar el dolor contenido y el inicio de la transformación en estatua. Y para evidenciar el punto de no retorno del vacío, dice: “Aprendí la lógica de la estatua, la sumisión de sus quietos atributos, la indomable paciencia de la espera, la semántica de la quietud. “En “Cambio de puesto” se inicia con esta imagen: “Los niños cambian de puesto, como bellas aves que buscan sosiego: juegan debajo de la mesa del comedor que les ofrece refugio y paz de rincón, se esconden en los armarios para sentir la noche dentro del día y ocultarse de los mayores…”, como una especie de caricia con algodón para prepararte para la punta de la aguja que es el relato en sí. Y hace los mismo cuando se da el cambio de puesto definitivo, el trágico: “…el verde de la montaña nos acariciaba con su música”. En “Tradiciones de Navidad” aparece lo siguiente: “Desde que tengo memoria, las paredes y el fuego son una sola cosa”, para darle cuerpo al fuego. O para hacer de algo nefasto un juego de niños, más adelante, cuando Mary pierde el ojo, “un globo lleno de agua”, aparece esta imagen: “Los aviones volaron igual que un escuadrón de guerra sobre una ciudad desprotegida”.

El Final
El final, uno bueno, es una promesa implícita en el comienzo del cuento. No necesariamente feliz, pero coherente con el arco narrativo y la transformación del personaje. Así, un buen cuento no “termina”, sino que “clausura” una idea. Por tanto, el final es como una zanahoria que te da en la nariz al inicio del relato para que el final, cuando llegue, te sorprenda y lo aceptes como un final creíble.
En “Tuve que levantarme la camisa para ver si no me había roto” en el primer párrafo se anuncia: “La familia de Marcos, o lo que quedaba de ella, permaneció en el pueblo que se llenó de muertos y sus ruinas comenzaron a ser habitadas por fantasmas”. Se nombra la palabra “fantasmas” y Marcos será uno de esos fantasmas. En “Estatua”, al inicio del quinto párrafo, dice “Me volví estatua”. Es una afirmación que lleva al personaje a la inmovilización total. Incluso, la monja, al final, experimenta algo similar. En “Cambio de puesto”, al inicio del tercer párrafo dice: “Todos cambiamos de puesto. Cambiar de puesto es un acto tan insignificante que apenas tenemos conciencia de él”. Plantea ese cambio, tan cotidiano. Pero en el relato, ese cambio significa pasar de estar vivo a estar muerto. Y la reflexión que genera de fondo, como si ese cambio también fuera, en apariencia azaroso, una cita acordada con la muerte.

En conclusión, en estos relatos, toda la arquitectura converge hacia esa única impresión final. Son redondos, de relectura. Son concisos, sin elementos superfluos. Cada escena, diálogo o descripción sirven al tema central y al desarrollo del conflicto principal.





Las muchas promesas disminuyen la confianza
Horacio

Hace un tiempo leí la novela “Bajo las ruedas” de Hermann Hesse. Y sigue siendo vigente y aterradora. Se trata de la historia de Hans Giebenrath, un niño prodigio cuya inteligencia precoz es descubierta, celebrada y, finalmente, devorada por un sistema hedonista que no la supo cuidar porque estaba demasiado ocupado formándola.

Por lo que acudo a esta novela para plantear la defensa de la decepción, la que los hedonistas evitan porque los devela mezquinos. Y es que, en la era digital, los hedonistas están en todas partes y los peores se disfrazan de buenos amigos. Lo hacen tan bien que ni te das cuenta. Pero se les puede descubrir si se acude a la decepción. Decepción que me ha permitido identificar cuatro clases de hedonistas.

Están los hedonistas parce bacano. Son los más jodidos porque están demasiado cerca. Son los más peligrosos y hay que evitarlos a toda costa. Usualmente rondan el milagro de la amistad. Pero, con el paso del tiempo, pelan el cobre cuando se sienten seguros. A estos les gustan los disfraces. Les encanta estar en grupos de yoga y aman la literatura de superación personal. Son expertos en fabricar promesas. Los puedes identificar cuando les abres el corazón para exponer algo que te agobia. Ellos te hacen creer que te escuchan, pero a los minutos te interrumpen (adoran interrumpir) y luego llevan tu relato a su espacio personal, a su bien sabida experiencia personal y, de frente, sin que puedas hacer nada, te embolatan con frases como: “según mi punto de vista, desde lo que yo viví, a mi modo de ver, desde mi experiencia personal”. Y así, te someten a su hediondo espacio personal. Espacio grumoso que gira en las dos caras del ego. Una: exhiben lo que tienen, desde lo material y sus pensamientos abstractos. Dos: se victimizan por lo que no tienen y se merecen, por lo que el mundo debe detenerse porque son los sufrientes. Sí. ¡Los sufrientes! Y hay que atenderlos como a una estrella reguetonera.

Están los hedonistas pulcros. Se caracterizan por decir que son buenas personas. Y se esfuerzan por ser simpáticos, por estar bien peinados, por ir a misa los domingos, llevar la ropa bien planchada. Se les ve en eventos sociales, en restaurantes caros, en salones de baile. Les gustan las telenovelas y los reality show de Caracol y RCN. Se saben las historias de los vecinos, sobre todo lo referente al pecado. Son expertos en mirar la paja en el ojo ajeno y les encanta mirar a los otros por debajo del hombro. Estos leen poco, casi no leen y, como ningún otro hedonista, necesitan la anestesia de la palabrería y no la certeza de los hechos.

Están los hedonistas forja. Son los que desde pequeños les enseñaron que hay que escuchar al otro, no ser groseros, ser personas que aporten a la sociedad, tener una casa y jubilación. Estos son incapaces de identificar lo que quieren. Se anteponen al otro. Viven en el mundo de las fantasías que, usualmente, no coinciden con lo que viven. Necesitan a quien admirar e idolatran al jefe, a la pareja, al profesor. Se les identifica porque siempre están perfumados. Son sospechosamente aseados. En las conversiones se escandalizan cuando se habla de las flatulencias o los olores corporales. Lo que les interesa son las experiencias extraordinarias como encontrar el amor en una fiesta de barrio, ganarse la lotería o ser alguien famoso. Les encantan las redes sociales y verse a sí mismos en sus publicaciones, en los espejos, en cualquier vitrina. Por lo general, son callados y quieren pasar desapercibidos. Aunque son los más envidiosos y se angustian a solas, ante el bienestar de los demás.

Por último, están los hedonistas pseudointelectuales de culto. Son los más letrados. Se especializan en promover el “deseo”, que es una necesidad urgente e infantil que intenta forzar la existencia de algo para que la “esperanza” sea una baratija de optimismo y no el consuelo de que la vida tenga algo de sentido. Así logran, con discursos convincentes, retóricos, quedarse en las tierras cómodas del quejido y de las ideas fijas. Temen abandonar las fantasías por miedo a no ser aprobados y desean, desde la superficie de su reflexión, amar sin sacrificio y recompensas sin esfuerzos. A estos, se les ve liderando grupos de oración, campañas políticas, acciones comunales, barras bravas o religiones de garaje. Son los más jóvenes y visibles de todos los hedonistas. Caminan erguidos y, tratan, adrede, exhibir una seguridad antihigiénica que, ante el primer fracaso, se taja y se queda en el supositorio del gran artista. Por eso, necesitan pertenecer a un grupo y explicarlo todo, así desconozcan de lo que hablan. Tal vez por ello, para ocultar su ignorancia, sufren de verborrea crónica. Además, se enojan con facilidad, se ríen sin chiste, hacen rifas, defienden las tradiciones, estrenan ropa los viernes santos y los veinticuatro de diciembre.

Si identificas a estos hedonistas y otros, regálales una desesperación tan honda, que descubrirán que es un contra para las falsas ilusiones y los caminos inútiles. Y si no lo descubren, no importa. Es problema de ellos. Al menos tú sabrás que vivir una decepción a fondo, sin huir, te quita la venda de los ojos para identificar que la decepción es un “proceso oponente” que te da el equilibrio necesario para hacerle el quite a la euforia de la promesa. Por algo el amor es ciego y la separación lucida. Porque sólo con la decepción que regala el divorcio se puede ver con claridad los errores. Así, sólo así, ya no te encontrarás tan bueno y eso es muy bueno.