Casi siempre se encuentra un decálogo sobre cómo redactar un cuento, conquistar una mujer o descubrir una infidelidad... Se dan pautas, bajo el uno y el cero. Reflexionando sobre el diez se encuentra que diez son los dedos de las manos, diez son los mandamientos. Además, al diez se le atribuye el sentido de la totalidad. En fin, en esta ocasión se acude a las bondades del diez para intentar dar algunos dechados sobre el cuidado del agua, que debería ser tan importante como el proceso de paz o el impacto del dólar en la economía. Pues, sin agua, habría hambruna porque no se puede remojar los alimentos con saliva. Tampoco, respirar sin humedad en los pulmones. 

1. No juegues con el agua: El agua es un recurso insustituible, agotable y no nace en supermercados o almacenes de cadenas. Sin embargo, varias cosas de las que usas necesitan de agua. La bicicleta en la que paseas requirió por lo menos 1. 817 litros para el acero. La lámpara fluorescente que cuelga en la sala tiene solo 0,01 por ciento de su peso en mercurio y puede contaminar 30 mil litros. ¡Imagínate la contaminación de mercurio y cianuro en las fuentes hídricas con la extracción de oro! Esto no es un juego. 

2. No contamines: Lo que tires al suelo devela el nivel educativo que tienes. A mayor educación mayor cuidado del entorno. Por ejemplo, cuando tiras ácidos y disolventes por el inodoro o el drenaje envenenas el agua. 

3. Riega el jardín por la mañana y o en la noche: El horario influye porque con el calor se evapora el agua. Parte de tu alimento depende del agua que derrochas. Estima que para una porción de la lechuga que consumes se necesitan cerca de 23 litros y para una de carme vacuna más de 9 mil litros. 

4. Cierra la llave mientras te cepillas los dientes: Una modificación en tus hábitos puede cambiar al planeta. Pues, una canilla a diario que gotea pierde casi 1.900 litros de agua por mes, la suficiente para bañarte unas 100 veces.

5. No demores en la ducha: A veces, abres la llave y esperas que salga el agua caliente. Si es así, ten un balde cerca para recoger la fría y úsala en otras cosas. También, puedes cantar, vale un pito si eres desafinado, pero cierra la canilla. Si quieres reflexiona y ten presente que en promedio, si eres adulto, quienes cultivan lo que consumes, necesitan unos 24. 400 litros de agua.

6. Lava el carro o la moto con cubeta y no con manguera: Haz el esfuerzo en estregar. Solo imagina que el juego de llantas de tu vehículo requirió, como mínimo, 7.853 litros de agua. Gracias a toda esa agua puedes darte el paseo matutino. ¡Así que agradece cuidándola! 

7. Repara o reporta las fugas de agua: Repara las fugas de agua en tu casa e informa sobre cualquier fuga en la calle a la autoridad correspondiente. Recuerda que hay leyes para aquellos que no cuidan el agua o la contaminan. Por ejemplo, en Antioquia, un departamento hídrico, es alarmante la contaminación de ríos y quebradas gracias a la minería, las hidroeléctricas y la tala de árboles. Cuando la Ley 1333 dice: “Todo el que realice acciones que lesionen, deterioren, degraden, o destruyan el medio ambiente, deberá ser sancionado como lo fija la ley”.

8. Lava los trastes en una bandeja con agua y no con la llave abierta: Cuando dejas la canilla abierta al lavar los platos podes gastar hasta 120 litros cada vez. Con cinco lavadas con la canilla abierta se podría fabricar la edición de un diario que requiere alrededor de 568 litros de agua.

9. Aprovecha el agua de la pileta para lavar todos los alimentos y no los laves uno a uno: Incluso el trigo que consumes, aunque cueste creerlo, para la producción de una tonelada se necesitan mil toneladas de agua. 

10. Cuídate a conciencia y comparte este decálogo: Come, duerme, respira e hidrátate bien. Si estás sano puedes unirte al cuidado del agua. Recuerda que cuando estás deshidratado el desempeño físico se reduce en un 22 por ciento. Además, si tu cuerpo pierde de 3 a 5 por ciento de agua es posible que padezcas nauseas, mareos y dolores de cabeza. Incluso, alucinar y perder la conciencia.


El placer es fuego atizado por el viento.
Pienso en el pasado más cercano.
La última caricia
el último lecho donde hizo acrobacias 
                                       el corazón
y el deseo emerge como llama
antorcha 
impulso incontenible.
Entonces te veo.


“En la pira bautismal del corazón 
Te nombro para la muerte
Para no perder ya
Tu presencia.”
J.O.

Hay libros que uno deja en la memoria. La mayoría son de poesía. Esto, tal vez, porque la fugacidad del poema gusta más a la emoción. Por lo general, esos libros que nos acompañan en el trasteo o se visitan en la biblioteca son de autores muertos. Por algo, los buenos lectores recomiendan aquellos que han sobrevivido al tiempo. Y bueno, abuso de mi condición de mal lector para agregar a mi biblioteca de la memoria una obra de un autor vivo: Radiación y Silencio de Julián Ospina, ganador de Estímulos al Talento Creativo 2014.  

Me refiero a lo memorable porque de entrada es un libro hermoso, pequeño, fácil de cargar. Es de anotar que las ilustraciones de Alejandro Echandía son un poema visual. Parece que nada tienen que ver con el texto y a la vez son el texto mismo. 

Al abrirlo uno se encuentra con que es un libro que desacomoda porque el poeta escribe para sí y no para los demás. Esto permite que sus poemas sean íntimos. Cuando me refiero a íntimos acudo a la valentía de exponerse: “Solo en ti, amor, puedo odiarme.” Es intimidad que incomoda y desnuda. 

También fui testigo de su creación. Julián tenía sobre su escritorio un arrume de libros que leía a la vez. A parte había algunas hojas sueltas, sin ilación, bosquejos de poemas. Por ello, Radiación y Silencio agrupa los ejercicios de varias libretas de apuntes: “El garabateo de lápiz/ De lo que ha mucho tiempo/ Consideraste sentido…”. Es evidente la lectura y las correcciones. Un trabajo constante que permite que la inspiración aparezca como un hecho natural. 

Radiación y Silencio es un libro forjado con la espada de la práctica que supera la práctica. Es decir, llega a lo espontaneo, lo que surge de improvisto, sin forzarse, sin dirigirse. Por algo, el libro no se limita al canto de una musa o temas gastados como el amor, la muerte, la incertidumbre; u objetos decorativos y molestos como el cigarrillo, los bares… Más que musa, temas u objetos en el libro hay silencio “Voz de lejanía/ Sentido secreto de las constelaciones”. Es un silencio que aturde cuando aparece el tigre, la montaña despierta, el águila es mediodía, el poeta está ebrio de vacío y la luna llena es el azabache cráneo del búho.


"No permitir que se despinte el paisaje.
No abandonar a mi soledad entre la multitud.
No alejarme de aquellos libros gastados."
E.R.

El estilo es una manifestación del alma. No se sabe muy bien de dónde nace, a qué se debe, pero está ahí y lo define a uno. Eso más o menos pasa con la poesía de Edwin en su libro Poética del territorio, libro ganador al Talento Creativo 2014, publicado por Pulso & Letra Editores.

Su libro es un territorio donde el abismo y las montañas son paisaje: “Empuño la taza de café/ como quién levanta una espada”. Sin embargo, a mi modo de ver, lo abismal y la continua evocación de la angustia pareciera más un postulado estético del poeta que un sentir profundo. Pues, hay imágenes terribles y bellas que pocos quisieran encarnar: “Esta vida sosa/, ausente, lejos del cuerpo”. Y otras más que son un índice amplio de poetas fatalistas como Baudelaire, Rimbaud, Bukowski, Cesar Vallejo, Artaud, entre otros. Y de pronto, cuando uno está sumergido en la lluvia de sus tristezas aparece un resplandor que emociona: “Quiero hacer las paces con la vida. /Acepto al viento y las arañas”. 

Su peculiar forma de escribir, que uno podría definir como telegráfica, quien lo creyera, es su influencia en quienes lo hemos leído. Confieso que fue él quien me enamoró de la literatura. Tendría yo 17 años y estaba sin saber qué hacer con mi vida. Hasta que una tarde se apareció Edwin y me hizo una invitación. Fui a su casa y me sorprendí al ver en su cuarto una botella de vino tinto Santa Elena, en ese entonces conocida como La Casona. En la botella tenía el poema El alma del vino de Charles Baudelaire pegado en una hoja amarillenta. Ese día, la poesía, quedó en mi corazón como un trago de vino que se filtró en la sangre.

Una de las cosas que se rescata de su poesía es que es directa y pega en las tripas. Tal vez se deba a que el poeta no permite que la emoción esté por encima del poema: “Solo es posible hablar de amor/ en lenguas muertas”. Acude a la emoción con un sentimiento crítico, distante, cosa que le permite, en pocas palabras, manifestar su rebeldía, aullido, fatalismo. 

Un párrafo aparte para las ilustraciones de Omar Ruiz, quien compagina con sus trazos las intenciones de los versos. Sus imágenes permiten ahondar en la esencia del ensueño, esa otra realidad, medio gris, que aparece en Poética del Territorio, donde el lector, estoy seguro, no saldrá igual después de recorrerlas.





“La lluvia sabe escuchar la plegaria de las montañas.
En tiempos de sed
Oro con ellas”.
J.F.O.


Hace unos días Juan Felipe Ospina me obsequió su libro Constitución de los árboles y otros poemas humanos publicado por Sílaba Editores. Lo miré y agradecí al tiempo que me asusté porque la amistad está condicionada por la gratitud y el amor y desde ese punto de vista hasta los poemas cojos caminan bonito. Sin embargo, este libro, ganador de Estímulos al Talento Creativo 2015, me sorprendió por la sutiliza. Hay un viento vivo que sopla entre las páginas y dan ganas de respirar. Cosa pasada de moda en los poetas jóvenes que lo que buscan es romper la respiración. 

En estas breves páginas se ve un poeta que también es prosista. Tiene lo mejor de ambos géneros. En la prosa el escritor se hace bueno en los conectores, en las intercepciones de las ideas o frases y le cuesta esa escritura cortada, telegráfica, fugaz… que es habitual en la poesía. En este libro la escritura es a veces telegráfica, fugaz y cortada y también, apenas deja ver la terminación de un verso y el inicio de otro. Ejemplo, el poema Carbón y alas: “Esta palabra: /Pájaro,/ es en verdad un pájaro./ Viene desde el primer bosque hasta el carbón del lápiz y/ extiende al vuelo sus alas en el aire fósil del papel.”

Este libro, y es algo notorio, no es grotesco ni terrible o sentimental, cosa que buscan muchos escritores jóvenes en su afán desenfrenado de encontrar su voz. En él, la objetividad podría ser extrema, pero no lo es. Hay un lenguaje sutil y prosaico entre lo poético que no es desgarrado ni florido, más bien ascético, y deja ver la voz del autor sin que le dé al lector pautas morales sobre la vida. “Tengo un derrame de petróleo en las retinas”. Cuando se dice lenguaje ascético se refiere a la lucha solitaria del autor en la búsqueda de la palabra indicada, sin guiarla o someterla. Pues lo que busca es alumbrar ciertas zonas sombrías en el alma del poeta que es un bosque creado de su mundo psíquico y emocional dentro de un contexto vegetal, prosaico y sutil. 


Para este libro es vital ese postulado de que la prosa fluye cuando se tiene algo que contar. Acá se cuenta la poesía y crea un mundo posible. Por ello, lector, encontrará pájaros como razonamientos sencillos, naturales e insinuantes en esta constitución de árboles.



Te quiero porque el amor tiene fecha de vencimiento. Vence cuando admites que dura para siempre y te niegas el momento, el instante, el presente que siempre pasa, se va, se esfuma y deja de ser tuyo cuando me recuerdas. Y te recuerdo y sé que me quieres cuando admito en mí la necesidad de ti, de cuerpo de ti, de compañía de ti y creo que el amor es espontaneo, sin arreglos musicales ni cartografías diseñadas. Y las fechas son para todo menos para el amor porque a veces me aferro a un capricho que difumina el fondo, los detalles del paisaje, y visualizo tu rostro que de tanto verlo se me hace amorfo y me asusto porque me eres cotidiana y te asustas porque ya no soy tan simpático… y nos sucede el silencio, las cosas no dichas que no sabemos expresar y que apenas sabemos que sentimos… y nos suceden los fluidos, las palabras descuidadas y mal intencionadas… Y nos aferramos a las tablas de la cama cuando hacemos el amor en un intento desesperado de que suceda lo inevitable. 

Pensándolo mejor, a veces creo que no te quiero porque no sé si te quiera de una manera definida como se quiere un amigo o un libro. Por ello, no sé si cuando te digo te quiero quiera algo de ti que me haga falta y me ayude a estar tranquilo. Es decir, como comer cuando tengo hambre o descansar cuando estoy agotado. Es un querer distinto, una alegría difuminada o una sonrisa fugaz, pero que es alegría y sonrisa. Lo que ocurre es que de tanto quererte me dan unas ganas incontrolables de verte menos. Es que tu cercanía me hace extrañarme para volver a ti renovado. ¡Si supieras cuánto te quiero cuando admito que hay días en que celebro no verte! ¡Si supieras cuánto te quiero cuando miro el vacío y pienso que las nubes se retrasan y con ellas la lluvia, que hace calor y quisiera un poco de viento, que a veces me eres tan ajena como la mujer del prójimo o extraña como si te viera por primera vez y me alegrara de verte y me extrañara de verte! ¡Si supieras cuánto te quiero cuando te quiero con la lentitud del olvido!

En definitiva te quiero los lunes cuando inicia la semana y abrimos los ojos con el letargo de tener que movernos y separarnos. Te quiero los martes cuando no estas y las palabras son palomas mensajeras que llegan a medias. Te quiero los miércoles como si no te quisiera y entonces miro por la ventana como buscando una señal en el cielo mientras tú te arreglas las uñas o charlas con alguien por el celular. Te quiero los jueves cuando me haces un reclamo y no estoy para atenderlo y te duele y te enojas y me quieres menos y arrugas las cejas para fingir una dureza que se desquebraja con una sonrisa. Te quiero los viernes porque los viernes son días verdes para ir tomados de la mano, espontáneos y seguros porque el beso y el abrazo son un alimento sutil y sonriente. Te quiero los sábados cuando me alejo de ti para extrañarte porque quiero escribir, estar sin ti; en cambio, tú quieres estar contigo pero conmigo cerca y te alejas con la tristeza de no entender que yo pueda estar solo sin ti como si impidieras mi intimidad. Te quiero los domingos cuando eres otra que finge no conocerme porque me ve contradictorio e indescifrable, como un solitario innegociable que vuelve a ti con los brazos abiertos, con las ganas renovadas y la determinación de cerrar los ojos antes de que me seas un recuerdo y te sea una imagen lejana. 


A veces soy muy religiosa para evitar mis pensamientos libertinos. Eso me ha funcionado. La idea de un castigo supremo impide que le dé rienda suelta a mis fantasías. Es una medida de control mis rosarios. Sin embargo, desde que encontré a Ricardo me es difícil contenerme. Lo intento, de verdad que lo intento. Incluso me he mordido la lengua hasta el punto de sacarme sangre con tal de no develar mi naturaleza de ninfa, de mujer salvaje y apasionada. Lo he intentado, he hecho mi mejor esfuerzo... Y cedo al encanto de ese hombre que es un toro con astucia de zorro. Incluso, cuando él no está y en el baño veo las marcas de sus uñas sobre mis senos me toco pensado en sus manos, en sus uñas gruesas y duras. Sus uñas que se clavan en mí y no puedo ya pensar en otra cosa. Solo la cama es mi soporte y me agarro a ella como si fuera a caer a un vacío delicioso, esperado. Me agarro de lo que pueda y la cama no es suficiente y se me olvidan las Ave Marías, las oraciones. Ni si quiera puedo rezar cuando él abre mis piernas como Moisés abrió el Mar Rojo y el camino queda para él y su pueblo elegido de suspiros y preceptos lisiados de buenas costumbres. Él me atraviesa y toda yo, hecha sedimento, lo siento subir por mis entrañas hasta la orilla de mi vientre. Entonces el agua vuelve al agua e inundo al pueblo de preceptos lisiados de buenas costumbres que me contienen y grito como una loba y Ricardo grita como un lobo y ambos parecemos flotar en la cama. Ni siquiera la madera nos contiene. En ese momento, lo confieso, ya no quiero rezar. No me hacen falta las oraciones. Me siento mejor que nunca. No sé, pero desde que conocí a Ricardo ya no soy tan religiosa, en cambio, si soy más libre, más yo, más ninfa. Tal vez esto me delate, pero desde que estuve con él por primera vez quiero que me visite siempre. Todos los días. Sin embargo, Ricardo no puede salir de mis sueños.  Viene en la noche inesperada. No avisa, habla poco. A veces, cuando creo que lo olvido me sobresalta en el mundo onírico. Asimismo, padre, no sé como confesar lo que me sucede con este hombre que sueño que ni sé si en verdad se llama Ricardo y que me deja sin fuerza para continuar con mis rosarios y mis oraciones matutinas. 


Las redes sociales están ocasionando una ruptura en el diálogo donde cada vez es más difícil confrontarse, entenderse, manifestarse en intimidad. Pues en la conversación no solo cuenta el mensaje escrito, lo que se dice; sino los gestos, los silencios, la sonoridad de la voz, el lenguaje no verbal… Pues, lo que se dice por un chat representa el 10% del sentido del mensaje que se trasmite. 

Pensaba en esto y encontré en el País, en su portal de internet, una entrevista que le hacen a Zygmunt Bauman, uno de los grandes pensadores más representativos que reflexiona sobre la revolución digital y su impacto. Este polaco se ha ganado con su obra el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2010, junto a su colega Alain Touraine. 

A Bauman lo entrevista el filósofo español Javier Gomá, en el marco del Foro de la Cultura, y responde de manera clara y contundente a la última pregunta de la entrevista, sobre las redes sociales. 

Javier Gomá: Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?

Bauman: La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

Para continuar con el resto de la entrevista has un clic aquí 

El libro A otra Cleotrapa con ese trapo de Nebur Zelev, publicado por Silaba Editores, podría no ser para niños, sin embargo, posee elementos importantes de la literatura infantil. Por ejemplo, corresponde a un sector específico de una población. En este caso, a la diferencia social de una familia pobre, con hijos, los “Santamaría” en Marinilla y una familia adinerada, sin herederos, los “Santa-María” en Medellín que los une la navidad. De esta manera, este libro aborda características étnicas y así inscribe su historia ─aunque no sea la pretensión del autor─ como un aporte a la literatura infantil regional.

La particularidad de este libro es que no se limita al convencionalismo de lo dramático, sino que abre sus posibilidades a las preguntas que invitan al lector a reflexionar: “¿El silencio queda en la torre de al lado o en un sótano de la Edad Media?” “¿Cuál es la diferencia entre un rincón y la palabra silencio?” “¿En qué se parecen un cuervo y una máquina de escribir?” 

Un punto a favor es el humor. Sobre todo porque es difícil de manejar ya que se requiere ingenio, sorpresa, contraste y gracia cuando la gracia es una manifestación interna. No se sabe muy bien de dónde nace, a qué se debe, pero está ahí y define el estilo de Nebur Zelev: “El Hada Madrina no está autorizada para mejorar la suerte de las criaturas de carne y hueso. Eso es cosa de los políticos.”

Además, la brevedad permite la expresión máxima de la condensación literaria y contiene la esencia misma de la narrativa. Lo otro, es que aparecen como accidente decorativo de un sótano referencias de cuentos y personajes de la literatura infantil tradicional: Cenicienta, La bella durmiente, Gulliver, Alicia en el país de las maravillas… entre otros.

Quizá, sean estos factores los que permiten dibujar un aspecto sicológico y sociológico de un personaje ficticio que a veces puede incomodar con sus elucubraciones porque requiere que el lector relea de nuevo algunas líneas. Cuando en este tiempo, el de la lectura rápida, el tiempo es efímero porque se vive a una velocidad, a veces, aterradora. 


Contigo, a veces, te engaño.



Estaba sobresaltado. Me soné las fosas nasales. Me esperaba un hombre trigueño, delgado, nariz finamente delineada, ojos saltones, de pelo largo. Mientras llenaba los pulmones recordé que se llamaba Cilmoa Turbanec. Al verlo lo saludé y después de sentarme sin que él me lo pidiera empecé a hablar de la magia del bolígrafo. La verdad quería incomodarlo. Bueno, yo estaba incómodo, alterado, contradictorio. Empezaba a delirar. Cuando no callaba por horas hablaba lo primero que se me ocurriera. Padecía una locura ordenada, un desorden lógico. Era, en definitiva, un impaciente poco civilizado. Así que hablé sobre el escritor de bolígrafo y el escritor de computadora. Dije que no me gustan los nuevos escritores de computadora que se han desbocado hacia la tecnología desconociendo una tradición de años. Expuse que la facilidad para escribir provee a la literatura de banalidad. Y esto se debe a que los escritores han dejado de escribir a mano. Cuando escribir una carta implica empuñar el bolígrafo, sostenerlo entre los dedos índice, pulgar y corazón. Deletrear una palabra, formar una frase, un párrafo. Además, al escribir a mano se descubre que la caligrafía permite hacer otra lectura. Por ejemplo, la letra inclinada a la derecha expresa que la persona es tímida, se baña todos los días y cree en el matrimonio. La letra inclinada a la izquierda dice que la persona es decidida y busca relaciones efímeras. Pero, lo revelador es el palito de la “t”. Si está más arriba de lo habitual, “T”, es porque la persona es atrevida, ambiciosa y sexual. Le dije a mi anfitrión que estaba casi seguro de que él era un escritor de computadora. Le manifesté que ahora los medios para publicar están al alcance del afán de publicar y esto le ha hecho un daño terrible a la poesía porque el poema escrito en computadora es frío, distante y brinda esa peligrosa sensación de que está listo. Cuando el poema no es una anécdota reproducida en serie. El poema no permite escribir más rápido de lo que se siente. Por eso el poema electrónico no tiene música. En cambio, el poema escrito con bolígrafo suena a rumor de quebrada y el de máquina de escribir a tren en marcha. De ahí, que el bolígrafo remita a la provincia y la computadora a la ciudad. Y la ciudad es acelerada, ruidosa, de desconocidos, empapelada de publicidad, con ladronzuelos, mendigos y despertares de pito de busetas. En contraposición de la provincia que es cauta, de saludos improvisados, de balcones, de conversadores y de amaneceres indescriptibles. Y si se hace un análisis de ambos escritores no es muy descabellado afirmar que el escritor de computadora sea un eyaculador precoz porque su aventura es la superficie. Se autodenomina poeta, ensayista, novelista, cuentista, documentalista, periodista y crítico de arte. Mientras que el escritor de bolígrafo vuelve a respirar y mantiene el bajo perfil que le permite estar en todos los espacios. Para este último la vida es una caminata reposada con nubes en el cielo. 

-Muy interesante su discurso, pero no entiendo por qué me lo dice. Su monólogo está descontextualizado. Hay que saber en qué lugar decir las cosas. Es sabio un poco de mesura. No sé. Me divierte escucharlo. Aunque evidencio que en el fondo su perorata busca intimidarme así como se hace con un aprendiz. Creo que me subestimas estimado caballero. 

-Pensé que serviría para iniciar una conversación. Sin embargo, ya que lo menciona, me gustaría saber la razón por la que me hizo llamar –expresé algo apenado y acepté que cuando estoy alterado soy como un timbre, me tocan y sueno. Incluso, un timbre averiado que suena cada tanto sin que nadie lo toque. 

-Bueno, quería discutir con usted sobre su exmujer. Como sabe, el Patrón espera que ella descubra al asesino de Franco para que puedas salir. La verdad, perdona si soy muy directo, no creo que ella lo logré. Es evidente que ninguna mujer es tan inteligente como para resolver tal misterio. 

-Es cierto. Será una eternidad. –Repuse y ya quería estar en silencio. Deseaba quedarme quieto. Pasaba de una sensación a otra con velocidad. Respiré profundo para no perder el control y si era posible, averiguar un poco más sobre la misión de Lucrecia.

-Es extraño, ahora que le planteo un tema de conversación es usted lacónico. Llegó dando catedra y ahora apenas abre la boca. Eres algo contradictorio. Sí, eso eres, una contradicción. Empezaste como narrando un cuento, con decisión. Luego, te perdiste. Yo no empezaría un cuento sino sé cómo acaba porque se va uno para cualquier lugar, como un cucarrón en la oscuridad. Los buenos finales están escritos en las primeras líneas. Pensé que tu discurso tendría un final ejemplar, pero quedó en la nebulosa. Creo que eso mismo le sucederá a tu excompañera. En esa investigación empezó sin imaginar el final. Cada razonamiento puede tener la profundidad de un pentagrama. Depende del talento del intérprete. Para mí, disculpa si reitero en lo mismo, no sé cómo su exmujer desenmarañe este asunto si empezó empapelando la ciudad con retratos tuyos. En vez de encontrar el asesino de Franco busca a su excompañero. Es muy incoherente todo esto. Por eso deseaba hablar con usted para entender un poco este asunto –manifestó Cilmoa quien percibió mi desequilibrio emocional. Deseé levantarme y volver a la celda. Pero vi en el rostro de mi interlocutor una sonrisa apenas perceptible, como la de un niño al ver la trampa e imaginarse la caída de su víctima. Estuve en silencio unos segundos. Al final decidí, hasta donde lo soportara, seguir conversando:

-Ahora que menciona la literatura debería saber que la primera versión de un texto es un mal necesario. Suele estar muy lejos de lo imaginado. Pero por algún lado se debe empezar. Luego, la reescritura. Ese es otro tema. En cada escritor sucede de manera particular porque no hay reglas universales para este oficio. Lo mismo para la vida. A veces los lugares comunes son muy interesantes y profundos. Tal vez por ello no soy tan pesimista respecto a Lucrecia. Aprendí de las mujeres una cosa: Su amor es la primera y la última línea de la historia de todo hombre. Lo que hay en el medio es un misterio. Por ello, no me aventuraría a dar tales afirmaciones sobre el desenlace de algo que ni sospecho. Ella sabrá cómo hacer sus cosas. Por lo tanto soy el tipo menos indicado para hablar sobre sus métodos de trabajo. Pero, lo intuyo, ella no te importa. Si la nombras es para desestabilizarme emocionalmente y luego sacar a superficie lo que en verdad te interesa. Te recomendaría ser más directo e incisivo –afirmé y vi a Cilmoa acomodarse en la silla.

-Es sorprendente la manera cómo descubrió la segunda intención en mi argumento. También, es evidente que ese amor que define la historia de un hombre ya puso punto final en su historia. Pero veo que ese tema te incomoda. Podemos hablar de otra cosa. Te concederé ese honor ya que insistes en que vaya al grano. Te diré la verdad. Cuando no puedes conversar fluidamente con un pesado mejor decirle la verdad o dale un laxante. Contigo usaré la verdad porque no traje laxante. Hay algo que me inquieta y es sobre tu literatura. De verdad que no la entiendo. Es más bien leve. Está llena de lugares comunes. En muchas líneas no pasa nada. Sin embargo, es lo curioso, se lee y gusta –Cilmoa sonrió porque tropecé en su trampa. Respiré profundo. Tal vez era el momento de irme. Era lo más prudente. Pero deseaba dar la batalla. Al menos, permitirme la satisfacción de incomodarlo un poco. Moverlo de su trono y embarrarlo. Para conseguirlo debía calmarme, conservar la cordura y fingir el dominio de las emociones. Entre más cortés más desagradable. Era indispensable insinuar algunas veces y otras tocar directo la llaga. Jugar con las palabras como dardos.

-Ah… entiendo su enfado. Espero que después se disipe la discordia. Ahora que pregunta por algo específico procederé a responderle. No me centro en lo profundo, en lo que la literatura ha tratado desde el inicio de los tiempos. Me limito a contar lo que imagino y llevarlo al papel así como un director de cine lleva a la pantalla una idea. Luego, en el fondo, esos temas trascendentales aparecen sin importar lo que haga. Entonces descubro que utilizo los mismos conceptos que muchos han utilizado. Escribo sobre lo que ya muchos han escrito. Considero que los conceptos son de todos. Sin embargo, no sucede lo mismo con el estilo. El estilo es otra cosa, es una manifestación interior –agregué y Cilmoa estaba más atento. Buscaba mi punto débil para derrumbarme. Sabía que horas antes estuve gritando incoherencias en la celda. De pronto soltó una declaración mordaz:

-Creo que perteneces a la “Generación de la Superficie”, así la llamo. Son aquellos escritores que se entregaron al desgaste de las palabras, al abuso de la repetición, los lugares comunes, a la trivialidad del momento y por eso, para generar un poco de misterio donde no hay hablan del estilo, la inspiración y esas babosadas del interior –repuso con tono solemne. Lo miré un rato. En vez de meditar una respuesta, como se hace en los debates serios, acudí a la improvisación. Es decir, abrí la boca y permití que las palabras agolpadas en la garganta se atropellaran unas a otras en aire con el riesgo de producir una distorsión o, era mi anhelo, lograran una armonía celestial. No tenía otra alternativa. Era una medida desesperada. Afortunadamente las palabras fluyeron:

-Lamento que piense en esa forma. Pues, esas babosadas me han hecho lo que soy. Para mí el estilo es vital porque nace de adentro y te da una manera singular de narrar lo que sientes. En cada ser es diferente. Es como el aire al caminar. Cada persona tiene sus propios movimientos, los naturales, así como cada escritor tiene su estilo. Por ello, se puede copiar las ideas y los conceptos, pero el estilo no. Intentarlo no está mal. Se puede escribir bajo el influjo del estilo de un escritor que se admire. El caso es que al cabo del tiempo el propio estilo se anula. Se convierte uno en la sombra de un muerto y me interesa la vida. Para aterrizar más el concepto, el estilo es una particularidad individual e irrepetible que te permite fluir en el mundo interior, el de cada escritor. Ese fluir otorga espontaneidad a sus palabras. Esa espontaneidad permite que la prosa fluya –dije sorprendido. Cilmoa tampoco esperaba un diálogo tan elevado. Se rascó el mentón. Sonrió, esta vez con la risa del impotente, el que ríe para sí y busca la ofensa como última alternativa. Claro, la ofensa civilizada, en la que se adiestran los letrados: 

-Eso es puro sentimentalismo. He leído mucho y sé que entre más lea más elementos adquiero para escribir. Uno es consecuencia de lo que lee. Dime qué lees y sabré quién eres. Creo que la tarea del escritor es escribir lo que no se ha escrito. Superar a todos los fantasmas. Para eso debe competir con sus autores favoritos y sobrepasarlos. De esa manera supera los lugares comunes y gastados que tanto te gustan. Eso es lo que busco. Eso es lo que me impulsa. El sentimentalismo es un agujero negro en la obra de arte. Eres un sentimentalista, un digno representante de la “Generación de la Superficie” –aseveró satisfecho de envolver lo fétido de sus palabras en un vestido elegante. Entendí que para enlodarlo, como deseaba, debía llevar la conversación a lo más personal. Recordé que la vanidad es el talón de Aquiles de la mayoría de los escritores. La vanidad de habitar un anaquel de la biblioteca de la historia. Entonces redireccioné mis palabras:

-Lo que buscas es otra cosa. Lo que persigues es el éxito. Aunque no me desagrada, trato de evitarlo. El éxito te debilita un poco porque te roba soledad. Para escribir se requiere mucha soledad, más de la imaginada. Y si no puedes estar solo la literatura es un camino tortuoso si te acostumbras a las mieles del éxito. Digo tortuoso porque cuando llega un fracaso te derrumbas. Si persistes al fracaso entonces el éxito es inevitable. Aún en el éxito seguirás escribiendo porque no puedes hacer otra cosa. Si puedes hacer otra cosa, entonces hazla para evitar decepcionarte. Si no puedes vivir con el fracaso y la decepción es mejor buscar otro oficio –Cilmoa no respondió de inmediato, sino que miraba el techo de la choza. Tal vez di en el blanco. Él, más serio, como si tratara de defender una postura personal, tomó un sorbo de vodka. 

-Creo que vemos el mundo de manera muy distinta. Para mí ser escritor es un arte que se ejercita todos los días. Se lucha contra el lenguaje. Se vive el lenguaje. Nada de sentimentalismo. El que escribe desde la emoción es patético. Contamina la belleza del arte. El arte de escribir consiste en eliminar la emoción –afirmó. Me di cuenta de que él estaba enlodado. Así que acudí táctica de la pregunta. Como daba explicaciones de sí mismo, se podía atontar con preguntas directas, sobre todo si iban dirigidas a su espiritualidad. Claro, sin que ninguna palabra descalificadora se filtrara para que hablara hasta enredarse. La idea era llevarlo al callejón sin salida que él era. Bueno, que somos todos.

-¿Qué pasa con los sentimientos de los lectores? Ellos si tienen sentimientos, al menos, eso es lo que creo.

-Me importa un pito los lectores. No escribo para ellos. Es vanidad. Cada texto imagina a su lector. Llega por añadidura. Además, no lo conozco ni me interesa. Eso de darle al lector todo mascado es creer de antemano que el lector es un ignorante. Bueno, muchos si lo son. 

-¿Qué sucede con ese otro, el implacable, el que se lleva dentro y no se puede engañar?, ¿piensas en él cuando escribes?

-Eh… bueno… pienso… bueno… creo, mira, es que ese punto es complicado –Cilmoa llamó a un guardia. Estaba enlodado hasta la coronilla. Para la puntada final formulé una conclusión trascendental y sencilla que hablaba de la persona, su oficio y que enfatizaba su carencia. Era importante enfatizar en la carencia para que Ciloma creyera que me importaba. Y así, llevarlo a su propia trampa.

-Intenta discernir porque es clave. Creo que más que la literatura está la vida, la propia. Si algo no funciona en la conexión con ese otro, el implacable, es difícil concebir una idea clara de lo que se quiere. Trata al menos de apropiarte de tus palabras y definir quién eres y qué necesitas. ¿A qué le inyectas tú energía vital? De ti no puedes huir –concluí. Cilmoa se rascó la cabeza. La sonrisa había desaparecido de su rostro. Un guardia me acompañó a la celda. Antes de irme hice una venia porque comprobé una vez más que la ignorancia de sí mismo era la mayor vanidad del escritor de computadora. 


Efraín sabía que ella era fugaz, como esas actrices que saludan de paso y dejan esa mirada relámpago que vale oro en el recuerdo. Efraín de todas formas, hiciera lo que hiciera, no podría impedir que ella se fuera como las actrices que saludan de paso. Así que cuando ella lo miró, él sonrió y se acercó entre la gente, sigiloso. Antes de que ella sonriera a otro y le dejara su gesto como una herida dulce, Efraín la tomó del brazo y la besó. Cuando ella reaccionó Efraín había partido como un hombre que ya no tiene nada que perder al dejar todo el amor en un beso relámpago. 

Me hago verde con los naranjos florecidos
y gris con el terciopelo de la tarde
                        antes de que la luz
       gota a gota ablande el cuerpo.


No soy feliz
pero me siento  como el bebé que mira
                                el cauce del arroyo.








De niño ves el amor como un jardín sin zancudos
                                               en un castillo lejano.

De joven sientes el desierto, arena en las tripas,
festín de anfibios.
Te crecen cicatrices, vellos y olvidos.


De viejo encontraste que el amor si era un jardín sin castillo,
con zancudos, lagartijas y desierto.


La luz invade el espacio. Poco a poco la montaña se muestra. Los pájaros cantan en sus ni­dos. El sol es una canción dorada en el paisaje. Las mujeres con un gesto dorado besan a sus hijos. Los hombres con una sonrisa dorada beben chocolate y se disponen a arar la tierra. A los ramajes de los árboles, como espadas, los atraviesa varios rayos de luz. Uno que otro anciano ve fibras de luz en sus sueños e intenta agarrarlas con los dedos. Los perros ladran al ver a sus amos con una mochila en la espalda. Algunas gallinas revoletean por la casa en busca de maíz. El día despierta con todas sus cotidianidades. Todo vuelve a la normalidad. La brisa trae fragancias. El olor de las flo­res se expande por todo el jardín, por toda la casa, por toda la vereda.

Para escribir no es suficiente con peinarse con agua lluvia,
perfumarse con ausencias programadas,
acostarse en el césped y descifrar jeroglíficos en las nubes,
esperar mujer con rumor a hoja seca y versos exaltados,
robar algunos gatos a la noche para encarar el misterio,
abrir y abrir la boca para soltar palabras como halcones,
perforar el silencio a gritos…
Basta con sentir desde las tripas, desde la boca del estómago,
empuñar el bolígrafo como espada, ser ángel y demonio,
batalla y desierto, selva y muerte, memoria y olvido, vida y noche…
hasta que ardan las yemas de los dedos.


Digamos que llegaste de una estrella lejana de una constelación que no figura en este sistema solar. Digamos que te lanzaste al vacío y después de viajar hasta dolerte la soledad, me encontrarte sostenido en el aire, como un encantamiento. Abriste los ojos al descubrir mi capa de versos que me hacían levitar. Me rondaste. Tocaste tímidamente mis versos. Digamos que alzaste uno de ellos y éste se hizo más cálido en tus manos. Lo besaste entre la “e” y “r”, donde es más sensible y lo guardaste en tus cosas. Sonreíste. Digamos que llegaste de una estrella lejana de una constelación que no figura en este sistema solar.

Se puede olvidar a alguien en tres días si se quiso de verdad. Basta con contradecirse, hacerse el fuerte, sentir rabia, dolor, fluctuar en los estados de ánimo. Sentir hasta la tripa. Luego, sacudir las sandalias y seguir. El amor es demasiado bueno como para quedarse recordando lo que no fue. Tres días te duelo. Tres días te olvido. Suerte que la vi. 



Antes de enamorarte de un escritor trata de identificar donde lo sientes para que no sea solo una experiencia tormentosa. Pues los escritores son expertos en las relaciones problemáticas. Por ello, antes de embarcarte en uno de estos encuentros trata de identificar donde sientes al escritor y luego decides qué hacer. 

Hay tres formas de reconocerlo. La idea es sentir. Detenerse y mirar si lo sentiste más en el plexo solar, en el corazón o en la cabeza. Después de saber esto es más fácil predecir lo que puede ofrecerte este ser extraño, solitario y sobre todo insoportable. 

Para tratar de dar una idea de lo que representa sentir a un escritor en alguna de estas tres partes (cabeza, corazón y plexo solar) hablemos un poco del tipo de escritores que ubicamos allí. No diré nombres para no herir susceptibilidades, pero si trataré de mostrar algunos de sus comportamientos. 

El escritor que se siente en la cabeza es el que trabaja con las ideas. Es el que todo el tiempo tiene una gran idea, un proyecto que revolucionará el mundo. Habla de ello con entusiasmo. Por lo general, respecto al amor, es el que lo ha teorizado a tal punto que cuando siente se contradice más de lo habitual. Por ello, busca mujeres jóvenes con las que pueda exhibir sus ideas como plumas de pavo real o mujeres mayores, de buena posición, de las que pueda obtener algún beneficio sin grandes compromisos. Pues la idea es escurridiza, volátil y muy atractiva. 

Este escritor lleva todo su potencial discursivo para sembrar un deseo en la idea del otro. Aprovecha que maneja la palabra, sabe qué efectos tiene en el otro y hace crecer una segunda intención hasta que obtiene lo que desea. Cuenta historias donde un personaje actúa como él quiere que procesa el receptor del mensaje. Crea en la psiquis del otro un modo de operar en su beneficio personal. Cuando está satisfecho vuelve a las reuniones sociales donde es un pez en el agua. 

Por lo general este tipo de escritor que va a cócteles, a reuniones sociales; es excelente conversador y se fabrica relaciones como puentes para mostrar su obra, que por lo regular está estancada. Es común que dirija talleres de escritura donde todo se hace a su imagen y semejanza. Es el protagonista de todas las historias y por ello su obra está guardada en un cajón o inconclusa porque no puede resolver la trama. Por ello, se vuelve más un mercader del reflejo que lo impulsó a escribir en un inicio que el escritor que vende de él mismo. En ese juego de la imagen atrae desde la idea, desde lo que puede subvertir en el otro; a veces corromper, con la satisfacción de que aún puede instaurar ideas en el otro. En definitiva, es el peor de los escritores, al menos el que menos escribe. 

El escritor que se siente en el plexo solar por lo regular es el escritor joven, el que está empezando a crear, el que busca temas para escribir en todo lo que vive. A veces, su sistema emocional es un desastre y es dependiente de sus amoríos, casi siempre tormentosos. Vive la herida como materia prima de creación. Hace un nudo de sus relaciones y crea divas de toda mujer que lo abandona. Como si esa sensación de frustración le diera la vitalidad para crear desde el abismo. Muchas veces logra crear páginas hermosas que incomodan al lector, que les refleja sus emociones más oscuras, las más ocultas. Él, por ser un cohete sin dirección vive el instante sin miedo a verse desnudo, indefenso, expuesto, corroído por su propio veneno. Muchas veces encuentra una mujer que lo cuida como un hijo porque le mueve el vientre, su maternidad, su instinto de conservación. Utiliza la victimización para que lo cuiden y le den afecto. Pocas veces se ha visto que uno de estos escritores logre canalizar esta desgarradura en algún proyecto creativo de gran impacto. Tal vez los malditos, algunos dadaístas y uno que otro poeta a lo largo de la historia. Por lo general es un fuego que se apaga con el mismo vigor que encendió. Se le ve en las cloacas, los antros, las plazas; solo, obsesionado con una mujer a la que le escribe como enfermo terminal. 

Por último está el escritor que se siente en el corazón. Éste ya es un hombre adulto y mesurado. Ha entendido muchas cosas de sí mismo y procura hablar poco. Sabe que lo importante es su obra a pesar de él. Va a los eventos que considera importantes. Habla poco de sí porque ya no quiere llamar la atención. Mira profundo como si estuviera extrayendo información para un posible personaje. Es atento si está interesado, si no, no es posible abordarlo porque es un experto en evadir lo que no desea. Pues, ha entendido que primero está él y sus deseos. No es bueno del todo, pero tampoco malo. Sabe que pocas veces un escritor es mejor que su obra y casi siempre es decepcionante conocer al hombre que está al otro lado de las páginas. 

Este tipo de escritor es el silencioso. Sabe que en su escondite es un animal solitario, un rumiador de sonidos, un creador de silencios. Nadie puede interrumpirlo porque ya no será tan encantador. Por eso se aísla, porque él es su propio mundo. Casi siempre es centro porque no teme estar solo. Es odiado por los escritores de la cabeza y admirado por los escritores del plexo solar. 

El escritor del corazón es difícil de encontrar. Pero si te topas con uno de ellos lo sabrás porque te hace creer que los elegiste. Que eres más eficiente que él. Sentirás, más que el registro de los sentidos una sensación fuerte que te crece en el pecho con los días. No sabrás si es amor o amistad, pero sí que es fuerte y de emociones encontradas. Te hará sentir la espontaneidad del instante porque él es más que palabra, es vibración pura. Además, no te escribirá todo el tiempo. Lo hará con la medida adecuada, en el tiempo justo, porque su palabra es su herramienta de trabajo. Se asegura, que el objeto o sujeto sentido se instaure dentro de él, donde les fluye la palabra. Si no sucede no obtendrás de él más que relatos orales y buenas conversaciones. 

Cuando está interesado sabe cómo hacer creer el deseo desde el erotismo. Conversar con él es como leer un buen libro. Descubrirás que cuando te roce con la mano ya te había tocado cada poro con la palabra. 

Si te enamoras de este tipo de escritor y soportas su soledad (que clasifica por color y tamaño), si no te intimida que todo el tiempo te esté observando, si admites que se olvide de ti por temporadas y por otras seas el ser más importante sobre la tierra… habrás encontrado un pedazo de eternidad en su historia. Tu nombre dormirá en una página y despertará con el canto de un poema. Habrás encontrado un rincón en el mundo donde te quedaras por mucho tiempo, así después, te abandone.

A veces sientes que es necesario aquietarse y si los consideras pertinente corregir el camino. Puede ser difícil. En mi caso, por ejemplo, después de dedicarme siete meses a culminar una novela en la que llevaba trabajando varios años me quedé como un barco a la deriva: Averiado y vació. 


Lo sobrellevé de la mejor manera porque sé que casi siempre, al terminar un proceso creativo, el creador queda algo oscuro, desconcertado. Es como si de repente no se sintiera el pulso. Como si te faltara el aire y la fuerza para empezar algo de nuevo. Al menos en los procesos creativos donde la apuesta es cambiar algo, así sea un gesto.

A eso se le sumó que me di cuenta (conscientemente) de que no tenía trabajo y me sentía más inútil de lo acostumbrado. Curiosamente un amigo me facilitó un nuevo empleo. Más sorprendente que conseguir trabajo fue reunir los papeles requeridos. 

Es un camello hacerse apto para un trabajo. Entre los requisitos se pedía un certificado médico. Asistí a una clínica y me atendió una mujer de unos 40 años. Era delgada y reservada. Bajo sus gafas miraba a sus pacientes como cifras en una ecuación matemática. 

Ella me preguntó la edad y le respondí que tenía la edad indicada y que estaba en mi mejor momento. Ella me miró seria. Tal vez creyó que estaba buscando una aventura con ella. Guardé silencio. No quise explicarle que tener la edad indicada era admitir que estar sano es la fuerza más profunda de la atracción. Es la señal de que uno se hace elegible para asegurar la evolución y la postergación de la especie.

Después de un examen exhaustivo, de caminar en puntas de pies, en talones; de abrir la boca, aguantarse las cosquillas, pararse como un exiliado de sí mismo; la doctora admitió que yo estaba bien. Las orejas estaban donde deben ir las orejas. Lo mismo los ojos y la nariz… Al final se alegró de tratar a alguien que no la necesitará. 

Salí del consultorio contento de saberme sano y sentí la posibilidad de lo que era. Sereno y manso, contemporáneo de las flores me hago visible a la semilla que aguarda. Después miré al cielo. Cerré los ojos y me dejé guiar, sin rumbo, por los pies.