Rodolfo la conoció un sábado o cualquier día, pues para él la fecha es un artificio de la memoria porque los hechos van más allá que una mención en el calendario. Por ejemplo, un tres de noviembre será un tres de noviembre en el 2012 y en el 3000. Lo importante no es el número de un día sino lo que ocurre ese día. Por ello un día resalta y es más importante que otros días cuando hay un valor agregado como un acontecimiento emocional. Pues, los otros días pasan como si uno no los viviera, como imágenes con rodillos que se alejan y alejan y se quedan en la nebulosa. En fin, era un sábado o un día cualquiera cuando Rodolfo la vio con el cabello suelto, sentada en un bar con una cerveza y un cigarrillo. Los ojos de Rodolfo alzaron los cabellos de Sofía haciéndole rulitos que brillaban en su imaginación. Para él aquel cabello era un manto para arroparse del frio que produce la soledad de chico introvertido que se desparrama en versos. Su mirada, chapola hipnotizada por el reflejo de la bombilla, se sumergió en el resplandor de la cabellera de Sofía y se encontró naufrago en una cascada azabache con caída libre en unos hombros trigueños, que son lo mismo que el abismo.
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Rodolfo tiene 23 años y es un poeta frustrado. Toda su vida la ha dedicado a cosechar metáforas y lo único que ha logrado es un cultivo de infortunio. Pobre muchacho, nunca creyó que marzo, el mes que evoca a la mujer en todas sus presentaciones, lo llevara a pensar en una fémina así como se mira un arma o se pone una mano sobre una parrilla. Él nunca sospechó que enamorarse era vivir en angustia constante en una ficción inverosímil y cotidiana. Tan solo imaginarse un revolver de la altura de un conejo andando a cachazos descabezando a los desencantados es su única ilusión de poeta con pelotas de icopor.
Hago nada
Ningún amigo llama
No haré cosas asombrosas.


Mis días
hojas arrugadas de un prosista.
Tres amigas se encuentran después de varios años. Las tres tienen niños pero ninguna ama al padre que los engendró.

- Yo creo que a los hombres, cuando se lo merecen, hay que darles un bofetón. Dice C.

- Yo creo lo mismo. Pues el chico con el que andaba está enfermo. Como no quise nada con él y eso es decisivo, él se endiabló y se puso violento. Pero, cuando una no quiere nada con un hombre ya nada le despierta el deseo. Bueno, el caso es que este chico llegó a desesperarme tanto que una vez le tiré el mercado encima y le di puños como una loca. Confieso que descansé. Concluye L.

- Yo salí con un man que si estaba loco. Imagínese que una vez en el centro, sin motivo, empezó a armarle problema a otro chico que estaba sentado. El chico me decía que me lo llevara que estaba a tiempo. Pero nada, este man seguía insultándolo e invitándolo a pelear. Hasta que el chico sacó un cuchillo y nos persiguió tres cuadras. Cuando llegamos a la casa me lleve las manos a la cabeza y empecé a gritar: “¡Hijo de puta, hasta hoy sigo con vos! ¡Me voy! ¡Casi me haces morir de un infarto! Contaba F.

- Y qué sucedió luego, pregunta L.

- El man se queda mirándome como si yo fuera la loca y me dice que me calme, que lo estoy asustando, que mirara como temblaba Lulu, la perrita que le había regalado su madre. Me dio más piedra y de un manotazo cerré la puerta. Concluye F.

- Hiciste muy bien, pues yo al mío, y lo celebro, después de aguantármelo casi cinco años, le di su bofetón. La cara que puso. Es para morirse de risa. Como si le hubieran cambiado la compañera y él no se hubiera dado cuenta. Finaliza C.

- Creo que nos enredamos, quisimos ser mesiánicas y nos crucificaron. Yo admito que hubiera querido que mi nena hubiera sido hija de un hombre que admirara. Pero, a veces, veo unos gestos que hace la chiqui y me descentran. Dice L.

- Es cierto, pero también hay que aceptar que nadie nos obligó y hasta lo disfrutamos. Responde F.

- Pero eso no quiere decir que sean ellos los compañeros que deseamos para educar a nuestros hijos. Todos son unos miserables y tus experiencias F. no son las más afortunadas. Argumenta C.

Justo en ese instante se escucha el llanto de un bebé y las tres mujeres, como felinas, corren a socorrer el hambre de alguna de las tres creatura que sueña con caballos azules que cabalgan por los tejados.
Es de noche, nos hemos fumado un porro y quiero jugar con los ovarios de ella. Para que la cosa no sea muy evidente,  sigo siendo, a pesar de mi reputación, un viejo discreto y busco mi cuaderno de apuntes y le leo algo insinuante. Ella sonríe, se lleva la mano a la entre pierna y me dice:

- Florentino estas pasado de moda.

- Pero nena, si lo que quiero es compartir una rato contigo, nada más.

- Por eso mismo. Lo que no entiendes es que a los caballos viejos los reemplazan los caballos jóvenes, los que aún son briosos.

- Bueno, pero vení te leo un último texto.

Aprovecho un descuido de ella y llevo mi mano a sus piernas y ella me abraza pidiendo más caricias. En ese momento me retiro y le sonrío:

- Mis mañas son más inquietantes que los bríos. Nos vemos linda.

Me confunden los trámites. Hasta para llenar una boleta que dan en los supermercados por compras mayores de 20 mil pesos para la rifa de un televisor necesito que me ayuden. Lo único que hago por iniciativa propia es asustarme.

Soy experto en aburrirme, constante en la inconstancia. Por eso me cuesta cultivar afectos y me es imposible llamar a un amigo:

- ¡Hey! estoy solo y triste. ¡Qué tal si nos tomamos una cerveza o un café!

Pero no llamo. No puedo, aunque anhele hacerlo. Me gusta estar solo porque no soporto la idea de decirle al otro hermano solo cuando lo necesito. Cuando pido algo es porque sospecho que no me lo pueden regalar o solo por aparentar que soy descarado.

Últimamente que intento explicarme me siento más incoherente. Recurro más a la paradoja para estar conmigo. De ahí que Julio Cortazar afirme que las explicaciones son errores bien vestidos.

Por épocas dejo de frecuentar a los amigos porque no me soporto en ellos. Somos insoportablemente parecidos y por ello acudo a la distancia que es distinto que al olvido.

Después de mucho reflexionar sobre estos sentimientos he encontrado que se deben a que no estoy reconciliado con lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta ruptura me ocurrió cuando tenía catorce años. En ese entonces se abrió esta herida que aún supura.

Una noche, si el proceso debido me acosté niño y al día siguiente desperté joven. De un momento a otro caí al abismo y le vi la cara al diablo.

La caída la proporcionó una prima. Gracias a la electricidad de su cuerpo olvidé mis muñecos de yupi, mis volquetitas de madera, mis llantas, mis paraísos perdidos, mis castillos de arroz, mis sueños de ciruela…

Ella me besó en la boca, puso su pezón en mis labios, me mordió la oreja, me incitó a que le enrollara su vello púbico y luego lo soltara como resorte.

Después de lo sucedido con la prima sentí en la mitad del pecho un vacío inexplicable. Con el paso del tiempo entendí que lo que me había sucedido en ese momento era que había perdido la inocencia. Lo peor de todo era que mi prima ocupaba todos mis pensamientos. Ella me había despertado todas las hormonas y todo para mí a partir de ese momento era follable: El aire, las matas de plátano, las revistas de cromos, las mortadelas, los caramelos del álbum de chocolatinas, las cáscaras de banano, las gallinas, tu tía y tu novia, todas las mujeres, el amor… eran follables y la prima retefollable.

El único problema era yo con mis cuatro pelos en el sobaco, mi voz de megáfono averiado y mi insinuación de bozo. Es decir, apenas tenía tarjeta de identidad para entrar en la prima y partirla en dos. Mientras su novio era mayor de edad y podía partirla en dos las veces que se le diera la gana. Eso ya era una diferencia abismal.

Con los días el deseo por la prima era más fuerte. El recuerdo de su desnudez de jugo de naranja raspándome el estómago, la vejiga, los riñones me daba escalofrío en la noche hasta que jodido de tanto pensarla me masturbé. Estaba boca bajo en cama y al moverme sentí algo bacano. Me volví a mover y más bacano. Mierda, la cosa de moverse sobre el colchón es bien bacana, me dije y pusssssssssss. ¡Mierda! Pensé que el pipi se me había dañado. ¡yo, el gran Florentino puedo quedarme mongólico! Estaba tan asustado que recé un padrenuestro, el primero sentido de verdad.

No sabía lo que me pasaba porque nunca estuve preparado para mí. Sabía que me había saltado un paso y por eso era que me contradecía una y otra vez. Por ejemplo, me decía no más colchón y volvía al cochón con más determinación hasta que descubrí la mano y con la mano me quedé. Me parecía fantástico que pudiera apretarla o soltarla un poco imponiendo mi propio ritmo.

Culpé a mamá por lo que me sucedía con las mujeres. La maldije porque ella no me dijo que el amor era un casco de limón untado de pimienta que te extrémese y te deja lleno de llagas y suspiros. Tampoco me advirtió que la mujer entra en uno como si uno fuera un cuarto y te desordena para luego irse.

Pobre mamá, ya no la culpo, apenas tuvo tiempo de ser ella para educarme. Madre te perdono por haberme dado la vida. Te perdono porque ahora soy yo quien debe aceptar que soy esta mancha de aire perdida en algún lugar del olvido. Madre te libro de todas mis culpas porque ahora voy, como siempre debió ser, sin desvíos, a la invisibilidad, a la inutilidad total.
No he escrito con frecuencia porque he estado viajando por Colombia en busca de la fuerza de mi tierra. Me he encontrado con seres mágicos que ningún libro podrá ilustrar mejor que la vida. Mìsticos campesinos que asumen la vida como un milagro en continuo movimiento. En la capital  me robé del centro Gabriel García Márquez  las cartas del I ching. Partí sin remordimiento para Santader donde conocí varios pueblos como Suita, San José de Suita, Olival, El Socorro, Oiba, San Gil, Curití, Cimitarra. Cada lugar tiene una historia que iré desenmarañando en otras entradas. El viaje acompañado de una mujer que es a fin con tu vibración hace que sea más ágil el camino. Con mi compañera la suerte fluye y sé qué es la chica con la que quiero viajar el tiempo que estemos juntos. Porque se necesita de lo femenino para que el viaje sea una enseñanza continua. Acompañado los maestros se sienten menos intimidados y te ayudan a ser un hombre práctico. Las fotografías van bajo la retina. Porque prefiero viajar que dejar de viajar por fotografiarme y decir que viajé. Voy lleno de montañas y voces bajo la piel.
Me nombro el naciente, el que nace todos los días, el sacerdote del amor. Soy un mago de la luz y creo que uno puede vivir como quiere vivir y no como le toca vivir. Ejemplo. Quiero vivir en Dios con la mujer que amo en una casa en el campo con un gato y una huerta casera. Quiero trabajar, no mucho, lo suficiente para ganarme el sustento diario y que me quede tiempo para disfrutar de la tarde y de la literatura. Quiero estar saludable para recibir la porción de amor, sabiduría y amor que me pertenece. Quiero creer que puedo. Quiero seguir investigando sobre mí sin descuidar un solo movimiento porque soy mi propio maestro. Quiero escribir y ganarme la vida con la literatura. Quiero tener un hijo, uno solo, y crecer con él. Quiero viajar hasta que el cuerpo me lo permita. Quiero aprender a bailar y llevar a mi chica a una disco y besarla como si la acabara de conocer. Quiero hacer el amor en una oración continua de dos cuerpos que se entregan para aprender a vibrar con la creación. Quiero empezar el 2012 respirando el cuerpo de la mujer agapanto, tomarme un vaso de vino tinto, encender un cigarrillo sin filtro, morder una galletita dulce, escuchar el día hacerse luz con su ejército de pájaros. Quiero vivir como un pájaro en continuo vuelo y que mi futuro sea un cielo azul para mis intenciones.

Llegué con Diana a eso de las siete de la noche en medio de un aguacero. Los taxis con el agua hasta la mitad de los neumáticos pasaban de largo. Recordé que en la mañana en las noticias habían anunciado fuertes lluvias mientras mostraban una toma área de la entrada de la ciudad. La autopista parecía un hilo de hierro sobre un rio gris patrullado por peces metálicos.

Después de una hora resolvimos abordar un bus y luego un taxi que nos llevaría hasta la casa de una hermana de Diana. Allá, al bajarnos, sin percatarnos, dejamos una maleta con la mitad de nuestro efectivo. No quedamos con las placas del vehículo ni con el nombre del chofer. Nada podíamos hacer más que respirar y comernos un ajiaco para desintoxicar nuestra suerte.

Decidimos arrancar de nuestro vocabulario la palabra hubiera para no atormentarnos por la perdida del maletín. Porque el hubiera empieza invocar una cantidad de cosas que ya no van a pasar porque nunca fueron. De esta manera evitamos desencadenar malestares y culpas innecesarias.

Nos madrugamos para el centro de la ciudad. Entramos al café El Automático donde el humo era un pasado de pulmón roto que retumbaba en el aire. Un café que a falta de fumadores consiguió un televisor de pantalla plana, del tamaño de una pared, para que la gente consuma y hable menos. Es una característica de estos tiempos creer en el malsano imaginario de que entre más grande el televisor más prospero el negocio.

Caminamos por la séptima, una tripa de cemento congestionada de parásitos provistos de sombrillas, chaquetas y bufandas. El olor del café con orín se filtraba entre la lluvia, más bien se trepaba a la lluvia. Afortunadamente en la Candelaria, donde nació la Sabana de Bogotá, el progreso de rascacielos y vidrios polarizados no tiene entrada. Es posible sentirse en un pueblo atrapado en el tiempo de José Asunción Silva con sus trajes bien planchados para sus excursiones nocturnas. 

Entramos en un café y pedimos un vino. Encendimos de a cigarrillo. Miramos el cielo y parecía que el apocalipsis fuera una espuma gris que se iba a abalanzar sobre la ciudad más gris de Colombia. Abracé a Diana y la besé. Ante el desastre mejor besar a la mujer que amas que salvar lo insalvable.
En el extremo superior derecho encontraras el link al libro de La mujer agapanto. Es el diario de un jardinero, El Hortalero, que se enamora de una flor que es mitad mujer. Allí, este personaje solitario, emocional, lacónico escribe sus reflexiones más intimas y sinceras. Sus notas pasan de lo cotidiano a lo fantástico de una forma asombrosa y preocupante porque las flores son como señoritas que pasan por la calle y uno las sigue con la mirada, como si llevaran un secreto oculto en alguna parte. Es un libro corto y sustancioso y  ante todo cursi para una mujer cursi de un hombre cursi. Pero ser cursi y salir bien librado es una osadía en estos tiempos  donde los escritores se dedicaron a escribir en los blog olvidándose de la lectura, la verdadera, la de los libros que se llenan de polillas. Por ende, se olvidaron de escribir bien. En este caso uno se divierte y se interroga. Al menos todavía se encuentran propuestas innovadoras, con errores gramaticales, que se atreven a pintar un mundo posible.

Att: Florentino Cólera
En una iglesia del barrio Las Independencias, ubicado en la comuna 13 de Medellín, un toro entró y arremetió contra los feligreses.






Eran las doce del medio día del domingo cuando un toro negro, de cachos largos, “se introdujo en la iglesia envistiendo todo lo que encontraba a su paso. Yo fui el primero en verlo. Parecía el diablo en persona. Me eché la bendición y salí corriendo”, dijo Facundo Restrepo, comerciante de la zona.

Una monja, tal vez creyendo que el poder del espíritu santo podría interceder entre ella y el animal, tomó la camándula, cerró los ojos y empezó a rezar. La mujer se quedó parada frente al altar donde estaba el sacerdote, quién al ver al animal alzó la túnica y escapó.

“Vi como la monja volaba como un enorme pájaro. No podía creer que el toro la hubiera envestido y arrojado contra una banca de la iglesia. Cuando cayó el toro volvió a alzarla en los cachos arrojándola al suelo. Fue horrible. Sino hubiera sido porque don Pacho y Don Lolo distrajeron al animal la monja hubiera… mejor ni lo dijo… ¡Santo Dios! Eso es señal de que el mundo se va a acabar” Manifestó Ester Rodríguez, vendedora ambulante. La monja sufrió fracturas serias en la espalda y el las piernas y está hospitalizada.

La policía y los habitantes de la zona capturaron al animal y se lo llevaron. Se desconoce el paradero del camión, que se rumora, era el vehículo que transportaba al animal y que desapareció sin dejar rastro.


Lleva varias horas intentando escribir un poema que sea propio. Tras cada verso se evidencia las sombras de Juan Ramón Jiménez, Jaime Sabines, Rubén Darío, Porfirio Barba Jacob, Gonzalo Rojas, Antonio Machado… Y cuando no es una mala imitación de sus poetas favoritos su verso se repite en otros versos. Esto lo hace sentir que da círculos sobre un mismo asunto. Además, le disgusta sus problemas de ritmo. Cada poema es un muchacho cojo dispuesto a participar en una prueba de velocidad de cien metros. Le preocupa no sentir que su voz interna despierte en él la mirada del niño, eso que llaman don poético, y reinvente el significado de las cosas. Pero lo que más le atormenta es saber que la emoción, espíritu del poeta, no sea en él el rayo que atraviesa las palabras. Entonces deja caer el bolígrafo sobre el cuaderno de apuntes. Fija su mirada en el horizonte sin visualizar algo especifico. No se percata de que la niebla como tinta de Dios cubre el paisaje en letras gigantes: “El ocaso se derrite sobre la noche de párpados de acero/ La niebla, como una yegüa briosa, atraviesa el Valle”.



Entras desnuda a mi habitación y te introduces bajo las cobijas. Conversamos un poco de lo bien que te hacen los colibrís. Luego, nos besamos, tocamos, olemos y solo importa el impulso frenético de penetrarte. Un olor a flor invade el cuarto mientras entro en ti como otra casa habitable. Siento tu humedad de almidón y tierra movediza inundar mi cuerpo. Me quedo quieto dentro tuyo como si hubiera llegado al momento preciso de la evolución donde nuestros cuerpos son un mamífero de cuatro piernas y cuatro brazos. Ambos pronunciamos un mismo discurso, una misma oración. Incluso caminamos de lado, como los cangrejos, sin pensar que antes éramos dos seres diferentes. Ahora lo femenino y lo masculino no se buscan como complemento porque son una misma cosa: Nosotros desnudos dispuestos a sembrar el amor. En la sábana nos revolcamos y siento algunos granos que me tallan en la espalda, pero los ignoro porque quiero envestirte con mis bríos de jardinero. Nuestros pies se unen y juntos buscan la tierra que ahora cubre todo el colchón. Nuestras bocas se encuentran. Cada vez más cerca. La piel empieza a tornarse verde y nos hacemos atractivos a los pájaros.
A veces, en las mañanas, el sol estira sus rayos y se despereza a un costado de la montaña donde está constituida gran parte de la comuna 13 de Medellín. El sol bosteza pájaros verde-azules que se filtran por los vitrales de la estación del metro San Javier y se reflejan en las escalas, paralelas a las eléctricas. La luz hiere la retina del fotógrafo y le impide ver con nitidez el movimiento alucinante de los senos de las mujeres recién bañadas  que se dirigen  a sus trabajos. 



El sol no ha salido. Debe ser que se trasnochó y no quiere trabajar o ya se olvidó de nosotros. Me pesa la tristeza. Siento que soy una tristeza larga que va a ninguna parte. Soy una tristeza con ganas de llorar en la mañana de un día gris. El problema no es que el sol se haya olvidado de nosotros. El meollo del asunto es que amanecí triste y cuando estoy así suelo delegar al otro el origen de mi tristeza. El sol, lo sé, no tiene nada que ver con mi tristeza. O tal vez si. Es difícil culpar al sol de algo si existir es ya un milagro. Pero estoy triste y nada me consuela. Ella me duele y culpo al sol. Desde hace días está marchita, con las hojas caídas, el color apagado, los pétalos arrugados. Su tristeza también es mi tristeza. Incluso el gris está pálido, como si tuviera fiebre.

Estar solo no es ninguna imposición, como alguna vez leí en Fernando Pessoa. Basta esta frase para saber que soy más un solitario que un lector. Más un hombre dedicado a escucharse a sí mismo que a encerrarse en un cuarto a leer sin mesura. En esa forma, confieso, no soy un lector, mejor dicho, no leo. De vez en cuando hojeo un libro que uno de mis amigos me presta. Además, sospecho, que no es en los libros donde he encontrado la tranquilidad. Eso no quiere decir que no haya leído. Al contrario, he devorado libros, pero ninguno es suficiente. Siempre hay otro. Así me fui llenando de palabras inoficiosas, de ruidos sin sentido. Luego, un día que miré el alba, me dije que el amanecer es el mejor libro que nunca terminaré de leer y todas las palabras se me borraron. Entonces el sol naciente ha sido el libro que leo todos los días. El libro que me muestra las palabras del corazón. Palabras que me enseñan a estar solo. Porque estar solo es aprender a habitarse y a desaprender todo lo leído. Estar solo es un diálogo directo con las flores.


Cuando joven creí muchas veces que había encontrado el amor de mi vida. Pero fueron muchos los golpes que me di en la cara. Ahora de viejo sé que el verdadero amor es una mentira que uno toma por cierta para enredarse, confundirse y creer que eso es lo más milagroso de la vida. Ahora no me preocupo por eso. Aunque Lucrecia me abandonó definitivamente porque me considera un viejo cascarrabias e infantil. Sé que ya no tengo la energía para cortejar a nadie. Por eso dejé buscar lo que no llegará. Entonces me dedico a recordar mis pequeñas tragedias, las que constituyen el día a día. Curiosamente se recuerdan los momentos más emotivos. Uno de ellos ocurrió hace mucho ya mucho en Argentina. Y lo que ocurrió lo sabía antes de que sucediera. Ella me esperaba en el aeropuerto y cuando la vi supe que ella no era mi apuesta. Me pregunté el por qué estaba allí, si ya no había vuelta atrás y empezaba a dudar. Amanda ya no era un motivo para agradecer la existencia de cada átomo. En ese instante empezó a importar el objeto amado, más que el amor. Pero, no quise admitir ese presentimiento por miedo de que fuera cierto.

Ella esperaba afuera del aeropuerto. Nos saludamos y respondí al beso por decencia. Ella encendió un cigarrillo y me dijo que ya estábamos juntos, volvió a besarme. Esperamos el autobús que nos llevaría a la terminal de transporte de El Retiro, dónde abordaríamos otro autobús rumbo a la casa de sus padres en el municipio de Suipacha.
El municipio de Suipacha está ubicado en el oeste de la Provincia de Buenos Aires, en la llamada Pampa Ondulada a 126 km de la Capital Federal. “Pampa”, una palabra aymara que significa “espacio”. Y si que había espacio porque se podía contemplar la inmensidad del horizonte. Incluso, a veces, cuando intentaba mirar más allá del primer pantallazo visual sentía un dolor en la córnea, como si el ojo empezara a utilizar otros músculos.

Suipacha fue la primera batalla que los argentinos ganaron en la Guerra de Independencia. Batalla disputada en Bolivia el 7 de noviembre de 1810. Suipacha también era el municipio de la siesta. Afortunadamente, durante la siesta no se escuchaba el aullido oxidado de la locomotora. Se almorzaba a la una y se dormía hasta las cuatro de la tarde. Durante tres horas el silencio era eco. No había radios a alto volumen. El viento despeinaba los árboles y levantaba el polvo. Había bicicletas estacionadas en las calles, automóviles viejos, perros inmensos y flacos, empanadas de pollo enrazadas en pastel de guayaba, estofado de carne, fideos, arroz aguachento, ancianas en bici, niños en bici, mujeres con sus bebés en bici.

Lo que más me impactó fue empezar a moverme sin ver una sola montaña. El horizonte era una línea recta por todas partes. Era sorprendente que eso me hiciera sentir más cansado y torpe. Habían desaparecido las calles empinadas que me permitían demostrar la destreza del mono que se evidencia en las personas de zonas montañosas. Estas personas desarrollan cierta agilidad que les permite pensarme al ritmo de su geografía. Pero cuando se encuentran en otra geografía su ritmo es distinto y no logran concentrarse en el camino porque sienten que algo les falla. Frente a Amanda no encontraba las palabras para comunicarme y esa era mi falla. Quizás porque no veía las montañas empecé a cansarme del camino, a pensar más en cómo seguir que en seguir. Más en el cansancio y las necesidades fisiológicas que en la contemplación del paisaje. Estaba atrapado en el miedo.

Esa noche de domingo hacía un calor del demonio y los zancudos patrullaban el aire. En cama, con el ventilador encendido, mirábamos televisión. Cuando desperté Amanda no estaba, así que me quedé en la habitación porque no quería ver a nadie. Sabía que el rumor del novio de Amanda era más atractivo que yo. Un yo que permanecía en cama intentando encontrarse a sí mismo para llegar hasta el centro de mando que Amanda tenía entre las piernas. Centro rosado e inalcanzable que me hacía decir más te quiero de lo necesario.

Amanda me decía que era pasivo, antisocial, cobarde. Me reía de sus acusaciones porque eran ciertas. Aún así, se sentía responsable de la tristeza que se me veía por encima y me dejaba en la mesa de noche un billete de 10 pesos para los cigarrillos. La preocupaba ver que el gris era en mis ojos un color incómodo. Tanto que ella en los días de descanso se quedaba conmigo en cama mirando Los Simpson. Intentaba acompañarme con la intención de establecer los primeros hábitos de la convivencia que nos permitiera estar juntos muchos días. A eso había ido, a vivir con ella mucho tiempo. Pero esa utopía la mataba poco a poco.

Desde que llegué a su casa quería tener sexo con ella porque me sentía muy triste, aún sabiendo que después del coito el hombre es un animal más triste. Quizás fue mejor no haber tenido sexo porque nos hubiéramos hecho más daño. Pero no me importaba lo triste que pudiera estar después de penetrarla. Quería llegar hasta el fondo, con tal de no seguir suplicando afecto. Me había convertido en un mendigo de las caricias de Amanda y como el mendigo dejé de ser mirado como un igual. Porque lo que más repugna del indigente es que representa la miseria humana. Mi miseria era la tristeza y la necesidad del cuerpo de Amanda. Eso no me permitía estar bien conmigo mismo porque me sentía inconcluso, como un viajero sin rumbo, con miedo a viajar. Entre más inestable más necesidad de Amanda. En las noches buscaba su cuerpo y ella sólo se dejaba acariciar hasta cierto punto. Cuando sentía que no podía controlar el deseo me decía en tono amenazante: “Allá”, refiriéndose al extremo de la cama. “Allá” significaba separación, fin de la función, detener la marcha del instinto. A Amanda la enojaba decir “Allá”. A mí me excitaba que dijera “Allá”.

Hacer el amor fue una imposición. Silencio. Era el rey de los monosílabos. Silencio. Amanda más distante porque el sueño se hacía infierno. Silencio. Yo quería hacer el amor porque estaba muy triste. Ella quería evitar hacer el amor porque estaba muy triste. Silencio. Amanda había conseguido un apartamento en un hotel en Suipacha, su pueblo natal, y había que ir a la ciudad por el equipaje. Fuimos en tren. Llegamos al apartamento. Silencio. Ambos sabíamos que íbamos a hacer el amor pero no encontrábamos los movimientos naturales. Sin preámbulos la besé. Ella sabía que algo se rompería esa tarde porque las cosas iban mal y lo que hiciéramos estaría mal. Pero también lo anhelaba. No de la forma en que ocurrió, pero lo anhelaba. Acaricié a Amanda. Sus senos a mis manos, su vientre a mis manos, sus labios a mis dedos, su ombligo a mis labios, sus senos a mis labios, su gemido a mi peso, sus retorcijones a mis movimientos y sus lágrimas a mi silencio. Amanda lloró. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Silencio. Me vestí y salí al balcón a fumarme un cigarrillo. Era inaudito que llorara. No lo había hecho tan mal. Pero ella lloró. Algo había fallado, lo que presentí desde el principio. Silencio. Por horas miré la calle. Los automóviles en fila. Los transeúntes, el cielo, las nubes, los colillas de cigarrillos al lado del cuaderno de apuntes, la tristeza, la soledad. 

Amanda empezó a ver en mí una atadura y un límite a sus espacios. Sentía que no era justo que aparte de sus problemas tuviera que soportar los míos. Por ello, se desentendió de mis cosas y me quedé en casa de sus padres durmiendo, leyendo, encerrado, sin ganas de hablar. No volví a decirle te quiero y el silencio aumentaba con los días entre ambos. Nuestro diálogo se había reducido a los buenos días y a las buenas noches. Hasta que de tanto silencio una tarde abrí la boca y hablé desde la necesidad de irme y recuperar el sentido del viaje que era viajar:

—Las cosas no funcionan. La vida sigue. Tomo mi mochila y me largo. Trabajo de peón. Aunque tampoco quiero regresar a Colombia. Es hora de hacerme hombrecito.

—Florentino, si no puedes conseguir trabajo. Te la pasas encerrado todo el día. No hablas con nadie. No me dices lo que te pasa. No imagino cómo harás para conseguir comida y dormida. Aquí al menos tienes techo. No digas bobadas que ni tú mismo te crees.

Amanda lloró y sus lágrimas me dieron fuerza. No se habló más del tema. Seguí en casa de sus padres. Pero después de ese enfrentamiento ella asumió mis ocupaciones y se hizo responsable de mí. Fue en ese momento cuando ella mutó de amante a madre. Me había asumido como un ser desvalido que necesitaba afecto y comida. Si antes no habíamos logrado solucionar nuestras diferencias, ahora sería más difícil. Yo ya no era el hombre que la acompañaría sino el desvalido al que debía cuidar. Mi incapacidad para sentirme autosuficiente generó el doble de estrés al que Amanda estaba acostumbrada a soportar y el estrés engorda, la grasa engorda, la harina engorda, la prisa engorda, la culpa engorda, el fracaso engorda. Amanda se engordaba y más me atraía su carne, su carácter, su actitud callada de hincha-pelotas, su manía de arrancarse los callos de la planta de los pies y masticarlos. Ella era una mujer gorda y eso implicaba que era más discreta a la hora de vestir, pero más atrevida a la hora de hablar. No era una de esas mujeres que usaban minifaldas trasparentes para atropellar la imaginación con la furia del instinto, el instante, la prisa y el olvido. En cambio, Amanda era una mujer de más tiempo, de más carne. Por eso cuando me besaba despertaba los más negros instintos y me hacía creer que podíamos estar juntos.

Amanda consiguió un apartamento en un hotel a una cuadra del parque de Suipacha. El apartamento era un salón que a la vez era sala, comedor, habitación, patio y cocina. Lo mejor era el baño porque me sentaba en el bidé y abría una llave multidireccional. Las primeras veces grité porque no estaba acostumbrado a las cosquillas que me producía el chorrito de agua. Al costado del bidé estaba el lavamanos y el espejo. Al fondo, la bañera y la ducha. En el nuevo espacio la distancia entre ambos fue mayor. Ella trabajaba lunes y martes de siete de la mañana a cuatro de la tarde. El miércoles viajaba en tren a Buenos Aires. El jueves a las diez de la noche se acostaba a dormir para madrugar el viernes. Los sábados los dedicaba a las artesanías. Los domingos cantaba en algún matrimonio o tomaba mate con sus conocidos. Mi itinerario era despertarme a las once y desayunar dos galletas con dulce de leche y un vaso de agua. Luego me dirigía a la bañera. Giraba la llave del agua caliente. Cerraba los ojos. La bañera se había convertido en un lugar de refugio, de recogimiento para no sentirme tan triste. Era como entrar de nuevo a la placenta, a un recuerdo mudo donde fui autosuficiente. La situación era cada día más complicada, así mismo eran más las ganas de hacerle el amor a Amanda. Cuanto más triste necesitaba más de ella. No encontraba cómo sacarme ese deseo enfermizo de la cabeza. Sentía una pasión violenta que sabía que de ser satisfecha abriría una herida insondable. Pero quería penetrar a Amanda con violencia y también quería no penetrar a Amanda. La única salida que encontré para controlar el deseo fue masturbarme. Sabía que no tenía la fuerza ni la voluntad para enfrentar ese deseo, y si no buscaba cómo enfrentarlo podría enloquecerme y perder el control definitivamente. Después de que el semen flotaba me sentía menos triste y me era menos doloroso pasar el resto del día semimuerto, con sueño, los ojos vidriosos, con ganas de llorar, desganado, encorvado, sin palabras, apetito ni deseo; que sentir la necesidad de Amanda. El semen flotaba. Bajo el semen mi cuerpo cadavérico.

Días atrás quise hacer una crónica para el especial de Semana Santa que organizaba El Espectador. Un compañero de la universidad hacía las prácticas en este diario colombiano. Contacté a Bibian, un sacerdote irlandés que conocía a profundidad la historia de sus compañeros asesinados en la dictadura militar en Argentina en los 70. La mamá de Amanda me indicó dónde encontrarlo. Llegué a la casa cural y me presenté como el reportero Florentino de El Espectador. Bibian recién salía de una diálisis. Me preguntó qué necesitaba. Le dije que era el novio de Amanda y que buscaba hacerle un reportaje. Además, me parecía muy interesante que él escuchara a Pink Floyd, Led Zeppelin, The Kiss, The Rolling Stones, Alice In Chain, Black Sabbat… y que tocara guitarra. El sacerdote me contestó que no tocaba guitarra y que no era el indicado para el reportaje. Le dije por decir, no tenía que decir, que las obras de caridad eran universales. Sonrió y dijo que no le interesaba. Salí de la casa cural con la saliva seca. El humo del cigarrillo sabía amargo. Otra bocanada. Los calzoncillos en el borde de la bañera. El cabello flotaba. Pensé en Amanda. Otra bocanada. Vi anotaciones de otra crónica. Había encontrado un refugio con el Grupo de Teatro Integrado de Suipacha. Iba a los ensayos dos veces a la semana. El grupo estaba integrado por seis jóvenes de capacidades insuficientes y dos chicos menores de dieciocho años con facultades mentales suficientes. La directora quería viajar a Colombia. Le dije que en Colombia no había proyectos como el de ella. Los chicos me abrazaban y me permitían ser. Al menos con ellos me sentía seguro porque no me exigían demostrarles que podía valerme por mí mismo. Fueron los únicos amigos que conseguí en Suipacha. Por eso, no sabía cómo decirles que la crónica no había pasado el Comité Editorial. Según los editores de El Espectador al texto le faltaba contexto y calidad. Era una crónica de aficionado. Entonces les dije que habían publicado la crónica en una gaceta impresa en Bogotá.

Otro cigarrillo. Parte de la ceniza cayó al agua. Los dedos de los pies estaban arrugados y blancos. Cerré los ojos y recordé el primer asado al que fui. Asaban media res. Por el consumo de carne los habitantes de Suipacha son histéricos, redondos, cachetones, grandes, rosados, con manos gruesas. En cambio en Antioquia los gordos, en su mayoría, se caracterizan por la barriga que les cuelga sobre el vientre. Una gordura dispareja, donde la barriga se asoma por los espacios que hay entre los botones. Pero a los gordos de Suipacha la adrenalina segregada en la carne de la vaca y del chancho al morir, les recorre las venas. Tienen más vértigo en el cuerpo. Quizás, por ello, son en exceso alegres o depresivos y acuden al sicólogo porque no pueden con ellos mismos. Mientras que el antioqueño con algunos tiros al aire encuentra una buena terapia para transferir sus emociones.


En el asado me decían: “Flaco, si no come se muere”, “Flaco, es necesario consumir vitaminas”, “Flaco, cuidado con una torcedura de hueso”, “Flaco, la salud es lo más importante”. Mi contextura era la de un chico de quince años. Incluso, Augusto, el hermano menor de Amanda, tenía catorce años y era más corpulento. Yo era uno de los tipos más delgados de Suipacha. Por no decir el más delgado y el único trigueño. Los hombres cocinaban. Las mujeres conversaban en el comedor. Yo estaba con los hombres. Me hablaban gritado, pausado, graficando con las manos lo que decían. Acentuaban las palabras más de lo necesario como si me tradujeran de otro idioma. Mientras escuchaba mordí un trozo de carne de más de una pulgada de grueso.

Vacié  la bañera. Esperé que el agua desapareciera. Me vestí. Me puse el pulóver que Amanda me había tejido. Salí a caminar, a presenciar el primer otoño de mi vida. Era como si hubieran florecido todos los guayacanes amarillos. El azul del cielo contrastaba con el amarillo. El azul era tan azul que la retina se dilataba. Las hojas amarillas luego se secaban y caían de los árboles. Las calles eran un colchón de hojas amarillosas.
Dentro,
muy dentro de tu vientre
el eco de un gemido retumba,
titila en lo oscuro
y desaparece
en luces en diamante.


Dentro
hay un manantial de gemidos en caracol
para beber
gota a gota
tu cáliz envinado
tu sudor sacro
tu secreto de Eva.
“Me envolvió en sus cabellos
ondeantes y rojos,
y hallé el deleite en ellos
entornados los ojos.”

Porfirio Barba Jacob

La Marihuana o Cannabis es una planta que proviene de Asia central y se esparció por todos los continentes debido al consumo y las búsquedas de los hombres. Quizás, aquellos primeros consumidores de la Cannabis descubrieron en ella un espíritu de mujer, de amor incomprendido y abismal, y por ello la cultivaron. Además ayudó la adaptabilidad de la planta al entorno para que se estableciera como una planta milenaria.

Ya en la antigüedad denominaban a la Cannabis como una planta con poderes que podía hacer sentir, como la mujer, cosas diferentes. Tanto que en los escritos Sustra, el tratado más antiguo de medicina hindú, la nombran Vilahia, que significa: productora de vida.

Se cuenta que los asirios conocían la Cannabis y la usaban como anestésico para encarar el paso a la muerte, como catalizador de misterios del más allá. Esto sucedió por el siglo IX a.C.. La mujer también es un anestésico para el viaje a la muerte. Pues si cada día es un paso a la muerte es la mujer quien mejor está equipada para el viaje porque ella puede trasmutar el dolor en calma y alegría. Quizás esa presencia, ese espíritu femenino, es el que referencian los textos sánscritos cuando nombran la Cannabis como “las píldoras de la alegría”.

La etimología devela el poder femenino que domina a quien la consume si éste no la respeta. La palabra Marihuana proviene del náhuatl marihuana que está compuesta por mallin que quiere decir prisionero. Es decir, aquel que irrespete su espíritu y la consuma sin ritual queda sumergido en un abismo inexplicable y necesario. Lo mismo le sucede al hombre que se enamora de muchas mujeres y no es capaz de quedarse con una; queda sumergido en un vacío que ningún cuerpo femenino puede cubrir. Y hua significa propiedad y la terminación ana, agarrar. Entonces, como en el amor, si un individuo no está firme con sus ideas y propósitos puede eliminar su individualidad ante el otro. Esto debió entenderlo los indígenas al nombrar a la planta marihuana: planta que se apodera del individuo.

Pero, lo saben aquellos que actúan desde el respeto, con un propósito la Marihuana y la mujer son aliadas que hacen del amor una religión de los sentidos. En caso contrario consumir es como estar con una chica por miedo a estar solo. Mientras se esté así se está en traición a sí mismo.

Si se acude a la Marihuana sin claridad así como se acude a una mujer movido por el instinto y el miedo a estar más que por la magia de estar, se seguirá amando el equívoco, estando con cualquier mujer y consumiendo cualquier Marihuana, sin poder ver como arde, con el viento, sus cabellos salvajes y mágicos.


Me duele la muerte de Facundo y no se me ocurre qué escribir. Pienso en la posibilidad de utilizar mis propias palabras para decir lo que siento y las palabras parecen ocultarse. Cada que intento nombrarlas se escabullen como aves que se asustan con los transeúntes. Entonces las dejo ir. No las persigo. Me quedo callado. Recuerdo una de las tantas frases de Facundo: “no estas deprimido… estas distraído…” y es inevitable que sienta que en sus letras hay algo, una energía vagabunda, un llamado a la contemplación de las nubes, un deseo de comprarse unos zapatos y cruzar el desierto silbando una canción no aprendida… un aire que infla el pecho y angustia porque se entiende que el lenguaje es insuficiente para explicar el por qué de todo lo que sucede, al menos con hechos tan cuestionables como el asesinato.