La chica camaleón-calzado visitó a F. Ella se sentó en la cama y puso cara de “chica quiere fuego”, “derrite suelas”, “camíname con zapatos nuevos”, “calzado cómodo de amar”. F empezaba a aburrirse. La chica acarició sus cabellos cordones negros abundantes e hizo con los dedos un peine improvisado.

Ella se despojó del vestido. Dos senos señalaron la boca de F, pero F le dijo que no quería. La chica puso cara de 43 Reebok nuevos, cara de botas Brahma indiana future boots y le pidió a F que la acompañara hasta su casa. F dijo que no porque estaba muy cansado, pero, en su condición de caballero le pedía al espíritu de él que la acompañara. “Espíritu acompaña a care-botas-Brahma indiana future boots hasta la puerta.” La chica hizo un gesto de All Star 5 ½ y se fue sin despedirse cerrando la puerta con furia. F verificó que la chica no la hubiese averiado. Luego se sirvió una copa de vino y asombrado miraba en las baldosas huellas de zapato derretidas, humeantes. Se tomó un trago y celebró que una vez más había hecho mejor el olvido que el amor.

Alguien tiene una alergia en la piel llamada sexo.
Brota y pica.
Hace tiempo quiere curarse.
Lee libros de poesía amorosa,
ensayos sobre el control del deseo
y cree mejorar.
Pero ve una mujer
y la piel hierve.
Es una alergia,
una roncha gigante.
Se rasca,
infecta la herida,
desespera,
tritura la palabra paciencia
y sobre sus residuos
se lanza al contagio.


Por ventiscas llega el deseo y te deleitas con las mujeres que te debilitan. Te gustan las que saben cómo robarte una mirada. Las que huelen a camino cercado por flores y alzas las fosas nasales. Respiras profundo hasta que aparezca un brote de ilusión en el instinto. Hueles y deseas. Deseas. De pronto, aparece una chica y con movimientos sutiles deja claro que no acortará la distancia, así te mire. Otra se escuda entre sus amigas y se inquieta contigo, sobre todo, por tu manera de sostenerle la mirada. Una tercera juega a hacerte creer que no existes para ella. Se esfuerza por dejarte en el gris civilizado del “¡no me importas!, aunque a veces se avergüenza al admitir que te observa con discreción. 

Con ninguna concretas. Tal vez no quieres. Quizá te aburres. Prefieres estar quieto. Respiras un poco. Con calma coincides en que todas son la misma mujer. El mismo espejismo maravilloso, el mismo filo de la navaja. Al final, lo aceptas, ellas son ninguna. Son la respuesta a tus impulsos primitivos. Los originales. Pura biología aplicada, puro reflejo y una gran posibilidad antes de echarse a perder.


Palabrería pus.
Pus pus pus.
Siempre está de más hablar.
Alguien es culpable de tener una boca
llena de palabrería pus.
Pus para una incertidumbre miope
pus para espantar la noche y sus adeptos
pus para que el amor no sea idilio
pus para asustar a las mujeres que quieren poesía y no hombre.

Pus pus pus.
La lengua
madre de signos pus
de palabrería pus
tristeza pus
despedida pus
alegría pus.
Un circo pus de gira por la vida pus
lleno de espectáculos pus
leones dormidos
y palabrería pus

¡Bienvenidos!
Podrán presenciar una boca sin dientes
que lustra zapatos
y escupe elefantes.
¡Señoras y señores!
¡Lo que esperaban!
Palabrería pus
para público pus.





Alguien guarda las frutas de ciruelas en los bolsillos,
son balas para rescatar la voz de su madre
                                 atrapada en un charco.
Alguien rodea el charco con sus muñecos de yupi.
Ve su rostro en el agua.
Dispara.
No hay señal de la voz de su madre.
Vuelve a disparar.
El agua le mancha los pantalones.
Alguien brinca y se arroja al suelo.
Los muñecos flotan.
Antes de que pueda rescatarlos el grito de su madre:

- ¡Alguien hora de bañarse!

Alguien abre los ojos, infla el pecho, mira el cielo y sonríe.
Misión cumplida.


Como el hombre que mira de frente los rayos del sol y le quedan manchas en los ojos que se reflejan en lo que observa, Alguien escribe lo que siente.

Se levanta temprano.
No se persigna,
olvidó como es eso.
Va a la cocina.
En una olla
hierve agua
con dos cucharadas de azúcar
y una de café.
Sirve.
Afuera, en la ventana,
ve una hoja de plátano.
Los verdes de la hoja varían con la luz.
Alguien parpadea.
Pone la taza de café en algún lugar.
Vuelve al cuarto.
Busca el cuaderno de apuntes.
Está por concebir
el verso que lo inmortalice.
Escribe:
la hoja de plátano es verde.




La habitación
es quien habita en Alguien.
Le quita las telarañas de los labios
y los ojos.
Se asegura de que Alguien, su ente móvil,
el que la trasporta fuera de casa,
esté bien aseado.
A veces es justa
y deja que Alguien crea que ella es la habitación.
Alguien la desordena un poco
tira un zapato, un bolso o un libro.
Pero esa ilusión se le permite a Alguien
minutos antes de dormir
cuando el desánimo es lo mismo que el ánimo.


Alguien es el ratón que se disfrazó de gato
para cazarse a sí mismo.
Alguien es un principio,
un retorno a lo invisible,
un automóvil en reversa.

Alguien es un hombre con el pecho 
                          inflado de sombras,
un punto que es todos los pánicos,
un cocuyo que anhela ser estrella.




Alguien va al psicólogo.
Sale del consultorio con hojitas de lechuga en la mano.
La calle está llena de conejos.
Un saltito
dos saltitos
tres saltitos.

Malos consejos de consultorio.



Por algunos años fui las sobras de otros.
Consumí fritos y fui altamente grasoso 
                                   y contaminante.
Me nutrí y nutrí de lo menos saludable.
Hasta que empecé a verme como consecuencia
                                                  de los alimentos. 

Ahora soy caviar,
un suculento plato.
Ya no me da hambre de compañía
menos, alzo el plato para pedir migajas. 
Al contrario,
consumo lo que fortalece el amor, el propio,
el que te hace dulce, suave,
digerible y exquisito. 


El abuelo sufre de Alzheimer y hace ya tres años que no reconoce a su propia familia y los confunde con sus amigos de la infancia. Parece que se quedó en esa época y a sus ochenta años se le ve en el prado buscando hormigas e inventando figuras con un palo en la arena. Ayer llegué de la cuidad y me senté junto a él a mirar una flor. Durante veinte minutos estuvo en silencio hasta que sorprendentemente me llamó por mi nombre y sin dejar de mirar la rosa dijo que si uno sintiera un poquito el corazón descubriría que muchas veces se vive por nada y puede envejecer sin siquiera haberse detenido a oler una rosa. Sonreí y le pregunté entusiasmado quién era yo. Él se quedó mirándome unos minutos. Luego, sonrió y me dijo que el tiempo era una escalera que conducía a una torre donde estaba atrapada la juventud, una princesa hermosa con senos grandes de pezones rosados. Él hablaba sin dejar de mirar la rosa, estaba en el último peldaño y sentía que estaba llegando al final. En ese instante se levantó con el bastón y empezó a caminar. Salió de la casa y no tuve la fuerza para detenerlo. En las huellas de sus pasos brotaron algunas rosas de un rojo intenso.






Lo conocí en el primer semestre en la Universidad. En ese entonces fumábamos Piel Roja sin filtro, escribíamos a mujeres desconocidas, bebíamos vino hasta la inconsciencia porque en nuestra juventud nos era permitido el agravio. Fundamos “El club de la serpiente” donde leíamos nuestros textos y maldecíamos cuanto se pudiera nombrar. Pero, cuesta creerlo, éramos inofensivos. Quizás, el único hecho relevante fue cuando entramos a un supermercado armados con flores de plástico en los bolsillos. Habíamos conseguido un ramo de girasoles en un almacén de antigüedades. La cajera, cuando le dijimos: “¡Alto, esto es un asombro!” activó la alarma y un vigilante nos encerró en una bodega. Allá nos golpearon en las piernas y brazos. Pasamos varios días en cama reponiéndonos de la golpiza. 

Semanas después, “El zurdo”, como le decíamos por cariño, entró en depresión. Decía que quería irse de la universidad porque era demasiado genio para la academia. Lo escuché y en vez de disuadirlo lo animé a que madurara la idea. Dije que la universidad era una mierda para los adelantados y que yo me iría con él a conquistar Suramérica. Nuestro sueño era darle la vuelta al continente. 

Pasaron tres días y “El zurdo” no fue a clase. Un mes, dos meses… A los seis meses me enteré de que estaba internado en un centro de rehabilitación por consumo de marihuana y sustancias químicas. Después se escapó del centro y no volví a saber nada de él. Seis años más tarde me lo encontré. Estaba sentado en un andén fumándose un porro. Parecía otra persona. Estaba muy flaco y con la mirada perdida. Tenía la misma mirada de los sonámbulos. Le hablé y no me determinó. Me senté a su lado y siguió mirando las nubes. Estuve sentado una hora sin lograr comunicarme. De pronto él me miró y en ese instante llevó una mano a la mochila y extrajo un pedazo de una flor de plástico. Sonrió y se dirigió hasta una vendedora ambulante. Lo seguí. Cuando estuvo frente a la mujer le habló, pero sus palabras eras inentendibles. 



Los rayos de sol se filtran por las rendijas de la ventana hiriendo los ojos de Felipe. Son las siete de la mañana. Hora de levantarse, bañarse, ponerse el pantalón azul oscuro y la camisa blanca, medio desayunar y salir. En la calle la gente va y viene. Felipe camina con la mirada al frente atento a la anciana que cruza la calle, la motocicleta entre dos automóviles, la niebla, el sol que irradia rayos de distintos colores en los espejos, el niño frente a un árbol, el hombre que camina indiferente. En la avenida mira los postes, los transeúntes, las casas... Imágenes mudas, sin resolución. Camina sin mirar, sin ir, sin rumbo al trabajo. 

En la oficina se sienta en el sillón giratorio y presiente que ha estado allí muchas veces, frente a los mismos textos para corregir y entregar en la tarde. El mismo día que avanza con las mismas rutinas. Sobre el escritorio el mismo arrume de textos mal escritos que corrige una y otra vez. No le gusta encontrar los mismos errores ortográficos, como si el mismo texto fuera escrito todos los días por alguien diferente. Se enfurece con los mismos informes mal redactados. En ese momento tira varias hojas al recipiente de la basura. Respira y trata de calmarse pero no encuentra un motivo. Al contrario, cada día se encuentra más afligido. Incluso, llega a imaginar que las paredes empiezan a estrecharse hasta el punto de aplastarlo o el techo se desprende y acaba con su existencia.

Luego, se dirige al restaurante y mira el precio del plato típico. En ese momento se percata de que todas las mesas están copadas y decide no almorzar. Enciende un cigarrillo y se dice a sí mismo que la multitud aburre, pero estar un día sin ella es insoportable. Se necesita de otros cuerpos para alimentar la tristeza. Exhala la última bocanada y arroja la colilla a una charca y produce un sonido semejante al estornudo de un bebé. En la calle, otra vez el azar con su música en escala de grises. Desde alguna parte se escucha There to get ready, Summer song de Dave Brubeck y él camina mientras rompe la última hoja de su currículum vítae.  




La chica camaleón-calzado visitó a F. Ella se sentó en la cama y puso cara de “chica quiere fuego”, “derrite suelas”, “camíname con zapatos nuevos”, “calzado cómodo de amar”. F empezaba a aburrirse. La chica acarició sus cabellos cordones negros abundantes e hizo con los dedos un peine improvisado.


Ella  se despojó del vestido. Dos senos señalaron la boca de F, pero F le dijo que no quería. La chica puso cara de 43 Reebok nuevos, cara de botas Brahma indiana future boots y le pidió a F que la acompañara hasta su casa. F dijo que no porque estaba muy cansado, pero, en su condición de caballero le pedía al espíritu de él que la acompañara. “Espíritu acompaña a care-botas-Brahma indiana future boots hasta la puerta.” La chica hizo un gesto de All Star 5 ½  y se fue sin despedirse cerrando la puerta con furia. F verificó que la chica no la hubiese averiado. Luego se sirvió una copa de vino y asombrado miraba en las baldosas huellas de zapato derretidas, humeantes. Se tomó un trago y celebró que una vez más había hecho mejor el olvido que el amor.

Hace unas lechugas llegó el amor. Ella lo sabe. Sonriente, al sentirse observada, se desnuda con lentitud dolorosa. Una brisa y un poco de neblina es lo que la aleja de su amante. La mirada de él, viento que disipa las nubes, empaña la ventana.

Soy un fabricante de sueños. Bueno, más bien del paisaje en qué ocurren. Es decir, nací con el don de ambientar algunas escenas en el subconsciente del soñante. 
Desde pequeño pintaba paisajes y quienes lo veían afirmaban que después se introducían en ellos al dormir. Por tal motivo, una orden sacerdotal me recluyó en un monasterio para orientar mi don y así, darle a los sacerdotes, un descanso merecido. A cambio, le dieron a mi madre una pensión mensual.
Al crecer me educaron como uno de ellos. Claro, me dieron ciertas libertades: Podía estar en la biblioteca, en las tarde, pintado. 
Amo pintar. Cuando lo hago no hay nada en el mundo que me llame la atención. Todo yo soy paisaje, cada vez más variado. 
Procuro no pintar personas. Ha ocurrido que al pintar a alguien su destino se ve condicionado por el paisaje. Es decir, si hago el primer plano de un caballero y de fondo una tarde sombría, lo más seguro, es que el hombre tenga alguna ruptura, una depresión. También, admito, he hecho cosas milagrosas. Hace unos meses llegó un caballero con la foto de su hijo que fue secuestrado. Pagó una fortuna a los monjes para poder verme. Dibujé a su hijo en casa, alegre. De fondo entraban rayos de sol y una luz celestial que le daba calidez al hogar. Le sugerí al hombre que durmiera con el dibujo bajo la almohada. 
A partir de entonces se complicó mi trabajo. Muchos pagaron un alto precio por aparecer en mis dibujos. Otros, y esto me pesa en el corazón, me convencieron de inducir pesadillas. Por ejemplo, dibujé un señor entre varas de hierro. Después me enteré de que era el hermano de un político importante y lo llevaron preso. Otro, se fue del país huyendo de sus responsabilidades. Debido a esos sucesos, los sacerdotes decidieron encerrarme. Al principio me dejaban estar por el templo. Una vez salí a un jardín cercano y me quedé observando una flor, pues sus colores eran una alucinación. Los monjes creyeron que pensaba fugarme y me encerraron en una celda sin papel ni colores. 
No entendía el porqué me trataban así. Me contó uno de los pocos aliados que tengo en estos calabozos, donde se han podrido todos los rebeldes cristianos, o lideres sindicalistas, que los sacerdotes afirman, a quien pregunta por mí, que desaparecí sin dejar rastro. Al parecer fui secuestrado por un grupo guerrillero. Aunque, la causa de mi encierro, es que uno de esos personajes que me visitaron pagó un precio exorbitante para desaparecerme porque soy una amenaza estatal. Los sacerdotes, por el cariño que me tienen, no me eliminaron, solo me enclaustraron. 
Lamento que teman. ¡Si entendieran el bien que se puede hacer al ambientar un sueño con mis paisajes! Eso hace posible los sueños. Me duele que se les priven a las personas de bien, a los hijos de Dios, la posibilidad de materializar sus sueños más profundos. Es deplorable que se me considere peligroso por mis paisajes sombríos, los cuales fueron por encargo. Sé que esos dibujos conectan con el sufrimiento del soñante e inducen a la culpa y el remordimiento. Cuando son más los dibujos que han dado felicidad y prosperidad.
No entiendo a los sacerdotes. Saben que soy incapaz de hacerle daño a alguien. Podrían enviarme lejos y no privarme la posibilidad de dibujar, mi pulso, lo que sé y amo hacer. Por ello, para pasar el tiempo entre estas paredes, empecé a imaginar en mi cabeza trazos mentales, repetitivos. Con los días, como un director de cine, decoré mis pensamientos. Hice como una especie de cortometraje. De tanto pensar las imágenes empezaron a tener secuencia y trama. Lo más difícil fue introducir algunos personajes. Luego, mostrarles, por imágenes, como fotogramas, el camino al lugar donde estoy encerrado.


Llevo varios días soñando con aquel hombre que me ayudó a encontrar a mi hijo. Quise volver a él y agradecerle, pero los sacerdotes dijeron que había desaparecido. Me dolió profundamente. Hice, desde mi despacho, pues soy juez, una búsqueda exhaustiva y sin resultados. 
Cuando ya me iba a dar por vencido empezaron a llegarme ciertas imágenes en los sueños. Vi una celda, un camino, algunos árboles, y el monasterio. No entendía qué significaban. Así que volví y me sorprendió encontrar en el templo una docena de personas que afirmaban que allí estaba el fabricante de sueños. Los sacerdotes negaron. Logré una orden judicial y al entrar al recinto, me sorprendí al caminar por él como si ya lo conociera. Supe dónde buscar. Bajé, con familiaridad, unas escaleras. Llegué a unos calabozos y allí lo encontré. Estaba demacrado y en un profundo sueño.


Julio está rodeado de muy buenas referencias. En su casa hay Cds y libros indispensables. En la mesa de noche hay biografías de cantautores  como León Gieco, Lenoard Cohen, Bob Dylan, entre otros; poetas como Neruda, Whitman, Pessoa, Borges [musicaliza el soneto La Lluvia]; o discos de Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani, Violeta Parra, Joaquín Sabina, Javier Krahe, George Brassens [de quien tomó la música de una canción para componer  El amanecer].


Un hombre soñó que una mujer tenía dos mil ojos y los abría. Se despertó sobresaltado y salió de su casa a tomar un poco de aire. Afuera, en la estepa, encontró un ejército de cocuyos.

Cuando un cabello hace parte de la arquitectura del nido de un pájaro, un hombre encuentra en un sueño la respuesta de algo que creía imposible.