28  marzo 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


 Llevo la invidencia no como una limitación porque la limitación es mental


Uno ve, así pocos crean, a través de los otros sentidos. Lo que pasa es que las personas le dan demasiada importancia a la visión porque creen que la visión es la que hace pensar y eso es falso. La visión solo transmite información al igual que los oídos, el olfato, el gusto y el tacto. Entonces el cerebro procesa esa información que llega independientemente del canal. Porque la vista como el tacto, el olfato, el gusto y el oído son solo canales. Entonces lo que se procesa es la información que esos canales llevan al cerebro para convertirla en conocimiento. 

Yo nací bien pero a los seis meses se me desarrolló un glaucoma congénito y a los tres quedé ciego. Pero no recuerdo esas primeras imágenes. Por eso me considero ciego de nacimiento. Aún así, me muevo igual y trabajo igual que un vidente. Por ejemplo, para llegar al trabajo todos los días me despierto a las 3:20 am. En casa me demoro una hora organizándome y desayunando. Luego camino 20 minutos desde mi casa ubicada en el barrio Guayabal-Medellín hasta la estación del metro Aguacatala. Me monto en el rectángulo gigante de sillas a lado y lado que me lleva hasta la estación de metro que necesito donde abordo la buseta que me deja en la Institución Educativa en la que soy profesor. 

Para moverme construyo en mi cabeza mapas mentales de los lugares para poder desplazarme con exactitud por el espacio. Por eso cuando uno va a un lugar desconocido es como si a uno lo lanzaran a un desierto porque no hay puntos de referencia. Pero cuando un lugar es familiar es como si lo viera porque a través del tacto y el oído uno se imagina como es la calle y las esquinas. Uno forma los espacios igual que los sueños por medio de los sonidos. 

Mis sueños son acústicos porque así vivo la realidad. El vidente sueña imágenes, pero yo sueño con sonidos. Puedo soñar que alguien me está haciendo una crónica y en el sueño el cerebro me da la información de que está la mesa y el periodista al frente, en una zona campestre… pero no lo veo así tenga la certeza de que su presencia está. Es así que en el sueño lo represento como me lo imagino. Bueno, sueño como me imagino su presencia no su apariencia. 

Trabajo 
Cuando entré al colegio le pedí a la coordinadora que me diera todo digital para tener más autonomía y poderle presentar el diario de campo y las actas. Para la realización de estos documentos cuento con un programa especial: el software Jaws, que es un lector de pantalla para ciegos o personas con visión reducida que desarrolla la compañía Freedom Scientific. Esto me permite una autonomía en un 80% en la búsqueda de información en internet. Cuando necesito escribir algo lo hago en Word utilizando todos los dedos. 

En casa, como cualquier docente, preparo las clases. Pienso en el objetivo y las metas que quiero alcanzar. Cuando necesito escribir una información en el tablero llamo a un estudiante. Otras veces traigo la lectura en braille y leo. Después les dicto las preguntas. Pero lo que más me gusta es el trabajo cooperativo. Por eso, busco ejercicios como obras de teatro para motivar el trabajo en equipo porque como decía Vigotsky, el trabajo social es el que jalona los procesos de aprendizaje. 

También utilizo una regla metálica conformada por 28 cajetines. Cada cajetín tiene seis puntos, tres en el lado derecho y tres en el izquierdo de arriba hacia abajo. Combinando los seis puntos se obtienen todas las letras del abecedario, los signos de puntuación, los números y la simbología matemática. Aclaro que el alfabeto uno lo tiene en la cabeza y lo combina para crear una palabra. Ejemplo, usted tiene un papel y un lápiz. Pero en el lápiz no está el alfabeto. Con el lápiz puede acceder a las letras del alfabeto. Lo mismo es con el braille. La A es el punto uno; la B el uno y el dos de arriba hacia abajo; la C el uno y el cuatro de manera horizontal; la D uno, cuatro y cinco… 

Para que las clases funcionen considero que hay que hablar mucho con los muchachos. Aunque no existe un contacto visual con ellos procuro que haya mucha familiaridad. Por eso, me les aprendo el nombre y los reconozco según el tono de voz. 

Hago esto porque sé que pertenezco a una cultura basada en la deshonestidad. Y si creo un ambiente de credibilidad las cosas pueden cambiar. Por ejemplo, cuando paso revisando las tareas los muchachos intentan mentirme. Lo que no saben es que ser ciego no es ser tonto. Me hacen creer que me leen la tarea cuando la están inventando sin percatarse de que la voz, al inventar, titubea. Además, se quedan mirándome como sino sintiera que sus ojos me interrogan. Por eso los pongo a leer de nuevo y caen en la mentira. La mentira se delata porque se inventan versiones de la misma. Por eso las personas no son capaces de sostener una misma versión de su mentira. 

Amor
Usualmente soy tranquilo con los afectos porque considero que a través de una mujer se pueden amar a todas. Tengo una novia. Ella es secretaria. Con ella he tenido cuatro novias y todas videntes. 

Antes, confieso, les tenía miedo a las mujeres. Hay un episodio que me marcó a los nueve años. Mis amigos jugaban pico botella con unas niñas, pero ellas dijeron que solo jugaban si yo no jugaba. Fue cuando creí que por ser ciego no iba poder conquistar a ninguna mujer. Después me enteré de que todo era una condición mental y cambié ese pensamiento negativo porque descubrí que a las mujeres les gustan los hombres seguros. Y un hombre seguro no tiene miedo, menos a las mujeres porque ellas son como cualquiera, como un amigo, que también dice groserías y se contradice. Por eso no hay que idealizarlas. 

Educación
Estudié mis primeros años en una escuela especial para ciegos y sordos que estaba ubicada en Campo Valdés, que desafortunadamente cerraron en el 96. Digo desafortunadamente porque el estado no debe desconocer que los invidentes necesitan una educación especial para desarrollar las competencias necesarias con las cuales defenderse en el mundo de los videntes. Allá estudié hasta segundo. En tercero de primaria fui integrado a un colegio regular y a partir de entonces estudié en instituciones regulares. 

Después ingresé a la Universidad de Antioquia y me gradúe en octubre del 2009 del programa de lengua castellana. En el Alma Mater puede leer muchas cosas, sobre todo a Hermann Hesse, mi autor preferido. Pero mi obra favorita es El Principito del francés Antoine de Saint-Exupéry. Esta obra igual que La Metamorfosis de Franz Kafka son las dos obras más importantes del siglo XX. Según el filósofo alemán Eugen Drewermann estos dos libros logran el culmen de la literatura del siglo.

Pero el libro que menos me gusta es Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, en especial en el informe sobre ciegos, porque es una visión muy negativa que tenía el autor sobre los invidentes. Algo, pienso, tenía que ver la pelea que tenía con Borges o simplemente le tenía miedo a la ceguera. Afortunadamente se quedó ciego para que viera que las cosas no eran como las imaginó en su informe. Porque los ciegos no somos una sociedad secreta que se pueda comparar con los murciélagos y las babillas.

Otro libro, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, que también trabaja la ceguera lo hace distinto porque la utiliza como una metáfora para describir la decadencia de la sociedad. Esto no está muy lejos de la realidad, por ejemplo, hay grupos de invidentes que en las fiestas arman tremendas bacanales, cosa que no me agrada mucho. 

También escribo pero no me aventuro a la novela porque me parece muy complicado y lleva mucho tiempo. Por eso me gusta escribir cosas cortas como cuentos. Uno de mis cuentos fue publicado hace poco en una revista para invidentes en la Universidad de Medellín. Claro que también sacan el número en tinta. El cuento se llama Bajo un cielo azul y relata la historia de una mujer que tiene un sueño que la atormenta todas las noches. Ella intenta evitarlo y va al sicólogo. Pero el sueño continúa. Hasta que llega un día de primavera en que ella decide cumplir su sueño. Se levanta de la cama, se pone la mejor gala y sale a caminar por la calle. Cuando está en la avenida principal de la ciudad se desnuda y sale corriendo. Ese era su sueño. 



Desde que se vieron querían saber más de lo que a simple vista podían intuir del otro. Ella imaginaba que ese muchacho tan delgado, tan femenino y tan de su gusto le dijera cualquier cosa. Por otro lado, él tan orgulloso de sí mismo, al menos era lo que intentaba reflejar porque con las mujeres era más que inexperto, por lo que se desesperó al ser incapaz de generar algún tipo de pretexto para acercarse. Sin embargo, gracias a la diligencia de unos amigos lograron reunirse. Después de varias palabras triviales, él sugirió caminar. Ella aceptó. Así que salieron sin decirse gran cosa. Él aceleraba el paso un poco y luego volvía a nivelarse al de ella. Ella se acomodaba el cabello sin dejar de mirarlo. Caminaron sin rumbo y ella se sorprendió a notar que estaban cerca de su casa. Creyó que era una señal por lo que no dudó en invitarlo a un café. Además, sus padres regresaban tarde. 

En la sala él imaginaba que la besaba, le bajaba el vestido con los dientes y le hacía el amor con tal frenesí que jamás lo olvidaría. Asimismo, ella anhelaba que él se le acercara, la abrazara y la tocara de tal forma que su cuerpo fuera una explosión de sensaciones. Ambos anhelaban lo mismo y no sabían cómo expresarlo. 

Cuando el silencio era un recipiente lleno de deseo, él acercó su rodilla a la de ella y ella emitió una sonrisa de niña que lo sonrojó. Acto seguido, ella puso su mano sobre la rodilla de él. Sin previo aviso él se lanzó, como si fuera un combate de lucha libre, a darle un beso y los dientes se chocaron entre sí produciendo tal estremecimiento que ambos se distanciaron. Ella se quedó mirándolo algo asustada. Pese a ese desafortunado inicio quería insistir, ese chico le gustaba mucho, por lo que le solicitó que se dejara guiar. Acto seguido lo besó lento. A medida que sentía la humedad de los labios empezó a emocionarse a tal punto que se quitó el vestido y sin previo aviso, le susurró al oído: “quiero que me la metas tan adentro que te recuerde siempre. ¡Dime qué quieres tú!”. Él se paralizó. Nunca se imaginó que ella emitiera tales palabrotas. Al ver la insistencia con esfuerzo balbuceó: “Te… lo voy hacer como… un animal”. Ella se apretó con fuerza y él tomó la iniciativa de envestirla, pero en el cambio de posición las manos se enredaron y las espinillas con las espinillas y las rodillas con los tobillos los condujeron a separarse de nuevo. Él se llevó las manos a la cabeza, aunque ardía de deseo. Ella se acostó en un mueble y lo invitó a acompañarla. Él, de un brinco, ya le estaba acariciando los senos, que más que tocar amasaba hasta que ella le dijo que más suave. Luego la abrazó en un estremecimiento y ella empezó a decirle: “Eres sucio y me harás sucia y haremos lo prohibido ¡Ah perro salvaje hazme tu perra! Ahhh..! Él se paralizó de nuevo al verla poseída frotándose sobre él de tal forma que no se atrevió a desconcentrarla. Luego, ella le quitó el pantalón y vio que el miembro del chico estaba flácido. Él dijo que eso nunca le había pasado e intentó tocarla de nuevo. Ya ella fue la que se quedó quieta, decepcionada. Él de golpe se vistió y dijo que tenía que irse. Ella asintió con un gesto de desgano y vio como ese muchacho se marchaba cabizbajo y no tan hermoso. 

Entre nubes los recuerdos y entre los recuerdos la nostalgia de mirar los días pasados a puertas cerradas. En las noches las casas estaban cerradas por miedo a los ladrones que se incrementaron con el racionamiento de energía. Esto hizo que muchos cerráramos las casas con llave. Las calles estaban desoladas y las personas en sus casas. Éramos los citadinos de la cuidad-dormitorio, algunos con vestigios de los aburraes, otros con genes judíos y vascos, pero la mayoría encerrados en casa para evitar el encuentro con hampones que tenían un arma y decían: “cuidado mañiño con abrir la puerta de la casa”, “pilas parcero se le meten por la ventana y le roban el televisor que con tanto sacrificio compró la cucha”, “no confíe en nadie porque le hacen la farisea y lo convierten en muñeco…”. Las casas cerradas de la ciudad que nació en Guayaquil y que intentaba ignorar desde el solar cuando miraba las nubes.


─Hola, acabas de despertar de un accidente. Llegaste ayer en la noche sin signos vitales. Te dimos por muerto y hace apenas unos minutos que has abierto los ojos. ¿Recuerdas cómo te llamas y cómo llegaste aquí? 
─Doctora sé que me llamo Edwar, soy marino y estaba en casa de visita. Luego discutí con mi hermano y subí a la moto. Estaba por las afueras de la ciudad cuando dos hombres intentaron robarme. Aceleré. Ellos igual. Y bueno… acá estoy. 
─Espero no me mal interprete. Usted no se llama Edwar, su nombre es Enrique. Edwar es su hermano que sí es marino y está afuera esperando. Según su hermano estabas en una especie de histeria, de esas que te llevaron varias veces al centro mental. Y bueno, luego avisamos a tu familia que te habías accidentado. 
─Pero… 
─Tranquilícese. Es posible que por el golpe haya perdido la memoria momentáneamente. Creo que es prudente que hable con su hermano. Tal vez te llegue un recuerdo. ­─dijo la doctora mientras salía de la sala de urgencias y llamaba a un hombre. El hombre entró a la habitación. 
─Hola hermano. Espero que me recuerdes. 
─La verdad no me eres familiar. Discúlpame. La doctora me dijo que tenía un lapso mental… 
─Bueno, hermano, no hay problema. Es lo que menos importa. Vine a decirte, porque eres parte de mí, que estás muerto. Saberlo te sirve para que no te quedes dando vueltas en historias sucesivas que no terminaran hasta que aceptes que ya no vives. Para que te consueles, yo también lo estoy, asimismo la doctora que te atendió. Y sí, nos has visto pero con otros rostros. Es decir, me has dado otra apariencia sin olvidar el laso familiar. Imagino que esto se dio porque la última información que registraron tus sentidos antes de morir la integraste y la desplegaste como una historia o varias historias posibles y completamente ajenas a la realidad. 
─¡Eso no es cierto! ¡Estoy vivo! ¡Mírame, no eres mi hermano! ¡Vete de aquí! ¡Doctoraaaaa! 
─Tranquilo. Nadie te va a escuchar. Respira y escucha. Ayer llegaste a la casa a saludarme. Yo llegaba de un viaje de varios meses por el atlántico. Al verte te abrace y estabas indiferente. Mi madre me contó que en el último tiempo estabas más que irascible porque no conseguías trabajo. Te ofrecí dinero y te enojaste. Estabas fuera de control. Mi madre se asustó e intenté detenerte. Pero sacaste una pistola y me disparaste y luego saliste en la moto. Morí instantáneamente. Sé que no quería morir. Sin embargo acá estoy intercediendo por ti. Eres mi hermano a pesar de que me hayas quitado la vida. Para que no te quedes en el limbo de las historias sin sentido que se alternan entre sí cuando no se acepta la muerte es que estoy aquí. Vine para que trasciendas al otro viaje, el de la muerte. Ahora cierra los ojos. Recuerda que te he perdonado. En esa medida, también perdónate. Desata todo vínculo con la vida pasada. Ahora tu historia es como una imagen difusa de un sueño de hace muchos años. No hay recuerdo. Solo hay vacío. En ti todo se hace oscuro. La oscuridad es tu madre. Eres ausencia de luz. Ahora recuerda que estás muerto y que ya no te llamas Enrique y que ya no soy tu hermano. Ahora, abre los ojos. 

Antes de ese encuentro no hubo un referente que pronosticara que algo pasaría entre ellos. Ella era distante y él no había imaginado que pudiese fantasear con una mujer así. Se encontraron en un ejercicio de meditación. Él estaba al lado de ella. Hicieron varias posturas de yoga y él no podía concentrarse debido a las piernas de esa mujer medio largas y carnosas que le despertaban los más básicos deseos. Además el tatuaje que se le insinuaba en una de las piernas lo inquietaba. Ella sentía una mirada que en vez de incomodarla la motivaba a estirarse más y a jugar a no expresar sentimiento alguno. Al iniciar la meditación él, con sutileza, movió su pierna cerca a la pierna de ella y apenas logró el más leve roce se quedó quieto, sintiendo la cercanía de esa hembra que lo erotizaba. En el momento de visualizar un círculo dorado para iniciar el viaje al interior, él visualizó dos piernas que se sentaron frente a él. Dos piernas que se estiraron como dos manos abiertas y en el medio tenían una flor naranja, como una especie de begonia. Una flor que intensificaba el color de sus pétalos con cada movimiento de las piernas que parecían dos hojas de carne. La mirada de él era como una especie de abeja que giraba alrededor de esa flor. Un olor a eucalipto perseguía la mirada-abeja. Hasta que se posó en el centro de la flor y en una danza perfecta flor y abeja se sumergieron en las profundidades del encuentro y las piernas como hélices de una nave no identificada ascendieron por el recinto expandiendo un olor mentolado que alegraba todo a su paso...
Cuando terminó la meditación él abrió los ojos algo extrañado por la experiencia vivida. Ella, antes de irse, se acercó y en un papelito le dejó su número telefónico.


XII 

El Perro entra a la iglesia aunque digan que los caninos no son bienvenidos.
Observa a la gente y en apariencia se ven buenos,
pero les importa un pito los mandamientos.
De los diez que le fueron entregados a Moisés, infringen once.
El otro que no fue incluido por ese viejo arbitrario y caprichoso
no era menos importante: “amarás la naturaleza como a ti mismo”.
Sucede al contrario, la mayoría de humanos tratan la naturaleza
como si fuera la hija bastarda de Dios.
Además, los actos de los hombres han modificado las milenarias leyes.
En su incoherencia los mandamientos de Moisés quedarían así:
Amar los centros comerciales sobre todas las cosas.
Tomar el nombre de Dios como artesanía de mercado de miserias.
Santificar las fiestas con licor y pólvora (cosa aterradora para los perros).
Deshonra a tus padres y a tus hijos exige que te honren.
Mata con la palabra y el pensamiento porque otros lo hacen con ametralladora.
Comente actos impuros y justifícate en el otro.
Roba y esconde la mano.
Miente porque eres hijo del país de los falsos positivos.
Se concupiscente e impuro aunque te bañes todos los días.
Codicia lo ajeno y lánzate de alcalde.
El Perro siente una mano cálida sobre su lomo. Mueve la cola.
Algo superior le sugiere volver al campo y buscar un rico hueso.

Recordé por última vez la rutina del despertar del pueblo. En algunas horas el ruido de los automóviles y la maquinaria de las empresas se tragarían el canto de los pájaros. El pueblo entraría en la dinámica comercial de la subsistencia, la que hace rugir las tripas y cosecha bostezos y tristezas. Suspiré. Todo transcurría como siempre. En ese momento los latidos de mi corazón se aceleraron. Estaba intranquilo por abandonar mi pueblo, mi vida, mi cotidianidad. Escuché la bocina del bus. Me acomodé en el asien­to. Cerré los ojos y traté de llevar la respiración a un ritmo lento. Sentí que la vida, como el bus, era un teatro en el que uno representa a muchos hombres en el transcurso del viaje hasta que se queda con el menos pretensioso, el más anónimo. Y me fundí en la invisibilidad.

Un hombre se despertó sobresaltado. Se levantó de la cama a eso de las tres de la mañana. Tenía una sensación extraña de ser observado. Recordó el sueño. Vio nítida a la mujer onírica que tenía el rostro lleno de ojos. Era como una esfera llena de esferas pequeñas que lo miraban. La imagen lo asustó a tal medida que en la cocina, mientras tomaba un poco de agua, recordaba ese montón de círculos que lo señalaban. Abrió la ventana y miró el césped que había frente a su casa. Afuera, una cantidad innumerable de cocuyos titilaban como pequeños ojos que parpadeaban.
Partiendo de que cada encuentro es necesario sin importar el daño o la alegría ocasionados, creo que el encuentro contigo es la posibilidad de redimirme con todo lo que he entregado sin carácter devolutivo.  Ella al escuchar tal declaración se queda frente al mar observando el atardecer. El sol antes de ocultarse despliega un camino de luz sobre el mar por el que la mirada de ambos ondea con las olas y el viento.


Gerardo estaba en casa. Su hermana le había solicitado que le cuidara a su hijo. Ella debía ir a la ciudad. Gerardo aceptó, aunque estaba acostumbrado a pasar fin de año solo. Celebraba para sí el cambio de año, hace años, sentado en una hamaca con una botella de vino, sin dramatismo o reuniones ruidosas de familias indeseables. 

Su sobrino desde la mañana empezó a caminar por toda la casa. Necesitaba gente para sentirse vivo. Las veces que intentó hablar con Gerardo no logró una conversación fluida, apenas unas respuestas monosilábicas. Cansado del silencio se ubicó cerca de su tío y empezó a renegar del día, del sol, del fin de año, de su madre que lo dejaba con un loco, de él mismo que no era capaz de valerse por sí solo, de su generación, de su incapacidad para estar solo, del silencio… Se sumergía en ese sentimiento general que profesa que todo está mal y al final por pensarlo tantas veces todo resulta mal. 

Gerardo se preocupó por lo que pasaría si el muchacho seguía llamando esos pensamientos. Así que desde la hamaca se comunicó con el sobrino y no le ofreció una copa de vino. Acto seguido le dijo, como si lograra ver dentro de la cabeza del joven, que los pensamientos nos hacen o deshacen. El joven arrugó el entrecejo y Gerardo continuó: “cuando me endiabla algún pensamiento sacudo la cabeza para alejarlo. Esta estrategia permite relacionarme con otras personas. Saber que la mente es tramposa sirve para no darle mucha mente a los pensamientos. El cerebro es como una antena receptora de ondas que distribuye por todo el cuerpo. Por eso, es necesario que esas ondas tengan una buena vibración para encontrar la conexión con la voz interior. Es en el corazón dónde está esa voz o la fuente de la sabiduría. Incluso, la ciencia moderna ha entrado a valorar que este órgano sirve para algo más que bombear sangre al cuerpo. Por ello, procurarse buenos pensamientos es permitirse estar en paz consigo mismo. Es algo que aprendí con la sumatoria de mis continuos errores. Cuando me vencían los pensamientos tormentosos y me dejaba dominar por el Mister Hyde interior.” 

Gerardo se percató de que su sobrino estaba más que atento. Por eso mismo, con una leve sonrisa volvió al silencio. El muchacho al notar que la conversación había terminado sin posibilidad de reiniciarse, empezó a caminar sin despedirse de su tío, a quien consideraba despreciable. Atravesó un puente vegetal y sin darse cuenta, caminaba sin pensar, con tal despreocupación que parecía parte del paisaje. Gerardo observaba a distancia y con una sonrisa saboreaba un sorbo de vino.

Durante muchos años tuve una especie de muro o pared en la que colgué paisajes que deseaba visitar, retratos de escritores difuntos que admiro, fotografías de mujeres que imaginaba a mi lado, amuletos de la buena suerte; incluso, escribí cifras en papelitos que deseaba ver en mi cuenta bancaria… 

En la medida en que todas esas referencias iban en aumento, llegó el momento en que no hubo espacio para ninguna. Eran tantas cosas para atender que no pude priorizar. Por tal motivo, para no entrar en el dilema emocional de que era más importante, decidí descolgar absolutamente todo. Limpié la pared y le eché una mano de pintura blanca. Después de mucho meditar qué poner se me ocurrió, y no soy religioso, colgar un cuadro de la virgen María. Esas cosas que no se pueden explicar y que lo definen a uno. Lo ubiqué en la mitad del muro y al verlo, sentí que no faltaba nada. 

Al tiempo empezaron a suceder cosas maravillosas. Por ejemplo, por motivos ajenos a mi impulso original de emprender un viaje, como lo es un trabajo o la invitación de un amigo, frecuenté muchos de los lugares que antes había referenciado. Asimismo, conocí escritores vivos que amorosamente me obsequiaron un aprendizaje importante acerca del arte de escribir. También, hablé, besé y amé a más de una mujer. Lo más interesante es que la palabra empezó a funcionar como un amuleto de la buena suerte después de que obedecí al impulso de dejar en mitad de la pared el cuadro de la virgen María. Tal vez, me gusta esa figura sobre otras que habitan las historias de la religión cristiana. Sin embargo, cuando estuve durante horas frente a la pared en blanco, adentro mío, vi ese cuadro. Solo ese. Ese mismo que permanece sencillo y hermoso, en medio de una pared que no es más que un espacio en blanco, un espacio para llenar de sueños al finalizar un año, sueños que ya no se cuelgan en la pared sino en el corazón donde cada sueño brota como una lámpara en el camino.



Entre las sombras y los reflejos de las lámparas transita la ilusión con múltiples entusiasmos a cabestro. En determinado momento los suelta para que corran libres hasta la madrugada. No todos regresan, pero los que vuelven traen incautos que pierden el sentido común y sus delirios son el alimento de estos equinos nocturnos. 

En estos tiempos, los de la era digital, es muy fácil encontrar incautos. Es tanto, se ofertan sin necesidad de cautivarlos porque rigen sus experiencias vitales desde el rango de la visión. Algo muy desgastante porque casi siempre las cosas no son como parecen. Por lo general se distraen de sus deseos profundos o principios de necesidad interior y se precipitan ante el primer entusiasmo como si se tratara de una experiencia significativa o un regalo de los cielos. 

En tal medida, cuando un incauto se cree jinete de un caballo de la ilusión, cabalga con tal frenesí que obtiene una insatisfacción más imposibilitándose para la experiencia del amor. 

Sin embargo, si ves ese caballo nocturno no lo cabalgues ni huyas. Deja que se te acerque. Obsérvalo como una señal de algo en el interior que se te manifestará. Pásale la mano por el lomo. Luego déjalo ir. Para trascender la ilusión es prudente no seguirla. Y es probable que en poco tiempo llegue el corcel del amor, en plena luz del día, el mejor escenario para una experiencia del reino del corazón.

Me inquietaba el “otro” que yo era. El “otro” que caminaba las mismas calles. El tímido, pero no tanto, igual a mí en lo físico y un poco más listo. El “otro” que vestía mi ropa, leía mis libros, se alimentaba en casa, hablaba con mi madre y, sin embargo, no me ayudaba. El “otro” que podía sobreponerse a las adversidades sin que yo me diera cuenta. El “otro” que utilizaba mis pensamientos y no escuchaba. El “otro” que buscaba en los espejos. El “otro” que era una especie de guía guiado, un líder de segunda mano, un resplandor a chispazos. 

Tal vez el “otro”, que era más extrovertido y con sentido común, decidió salir a dar una vuelta en bici. Recorrió algunas calles del pueblo hasta la casa de ella. El “otro” con una sonrisa le insinúo que estaba alegre de verla. Ella juntó los labios y llevándose una mano a la boca envió un beso. Yo vi la trayectoria. El “otro” estiró el mentón para recibirlo. Yo vi como cruzó la calle a una velocidad asombrosa antes de impactar en la mejilla. El “otro” se estremeció porque era un beso pesado, de sentimiento. Así mismo lo sentí. Tanto el “otro” como yo casi perdemos el equilibrio. 

El “otro” cruzó la calle para el encuentro. Yo observé. Ella se acercó y me regaló una chocolatina. En silencio la acompañé hasta su casa. Ella sonreía. Yo intentaba decir cualquier cosa. El “otro” se movió en mí. Ella se veía contenta. El “otro” deseaba abrazarla. Yo la miraba. Ella tomó una de mis manos. El “otro” sonrió. Yo sentí un escalofrío en el cuello seguido de una erección, así que me amarré la chaqueta en la cintura. Ella hablaba. El “otro” escuchaba. Yo respondía con monosílabos. Ella presintió que algo sucedía porque me apretó la mano. El “otro” quiso besarla. Yo empecé a sudar frío. Ella, al llegar a un callejón oscuro, de un tirón me desamarró la chaqueta y corrió. Yo me quedé quieto porque no quería perseguirla. El “otro” la miraba con dulzura. Ella, al ver que no la buscaba, se detuvo y movía la chaqueta. El “otro” la llamaba. Yo, estático, sin saber qué hacer. Ella se devolvió y se acercó lentamente. El “otro” con una mano rozó los cabellos de ella. Yo seguía en un estado de estupor. Ella se alzó en las puntas de los pies como en una clase de ballet y nos dio un beso al tiempo que su mano se introducía en el bolsillo donde estaba la chocolatina. Yo la miré y sentí que me dolía menos la vida. El “otro” volvió a besarla con la determinación de que la vida era hermosa. Ella sonrió y me entregó la chaqueta y media chocolatina antes de marcharse. Yo la vi alejarse y sentía aún entre las piernas el roce de su mano. El “otro” respiró profundo y con una mano le envió un beso. ¡Era maravilloso! Yo era el “otro”. El “otro” era lo mejor de mí. El “otro”, gracias al amor de una mujer, era aquello que ignoré por no verme lo suficiente.


Amanda invitó Manuel a su casa. Lo condujo a su cuarto. Dos velas sobre la mesa de noche iluminaban las cartas y versos. Amanda le pidió que leyera. Él, algo tímido, pues se le dificultaba leer en público, escogió un poema y recitó de memoria. La voz de Manuel vibraba dentro de ella, era rumor de agua. Amanda, como una gata, buscó mimos. Manuel con los dedos índice y corazón recorrió el rostro de Amanda. Descendieron hasta el cuello y los hombros. La mujer se acostó en la cama y se introdujo en las cobijas. Manuel la miraba. Ella se quitó la camisa blanca y el pantalón. Manuel estaba inmóvil. Se sentó sobre él. Manuel respiraba con dificultad. En un arrebato abrazó a Amanda y con un movimiento inesperado quedó sobre ella. Amanda sonrió. Él le quitó la ropa interior y observó la desnudez de ese cuerpo que aparecía ante sus ojos como un espectáculo, como la cosa más bella nunca vista. Contempló la piel, los senos, los hombros, los labios, los ojos, el vientre… Era hermosa. Como si se tratara de algo muy delicado, que podría romperse, deslizó sus dedos por el vientre, las costillas y se detuvo en los senos pequeños, del tamaño de unos duraznos y notó como los pezones se endurecían. Con la lengua sintió la textura. Manuel la besó queriendo conservar ese recuerdo para siempre. Amanda, con un movimiento felino, logró ponerse sobre él. Presionó con sus manos el plexo solar y con sus piernas flexionadas, como la ficha de un rompecabezas, se ajustó al amado. Él sintió una humedad cálida y reconfortante. Estuvo tentado a moverse, pero contuvo el impulso. El amor era esa sensación de estar flotando en una bañera de agua tibia. El amor era la respiración lenta. El amor era aquella palabra que brotó, como agua, desde el estómago y subió hasta los labios. Ella empezó a contraer sus músculos internos y en una danza antigua se balanceaba. Al cabo de un rato ambos eran un solo estremecimiento, el impuso de sus cuerpos, el deseo que los poseía, la entrega hasta el límite del esfuerzo físico.





El hombre al escuchar el timbre que indicaba el cierre de las puertas del Metro salió del vagón sin conmoverse ante la respiración tranquila de su hijo que dormía en una de las bancas. Sólo en ese instante, entre la multitud que salía de la plataforma del tren, perdonó al abuelo del niño.



“Definir qué es lindo y qué es feo no es fácil. Las cosas son lindas y pueden ser al mismo tiempo horribles.” Clorindo Testa



Hemos reducido lo bello al rango de los ojos. Tal vez porque el ojo se engaña con facilidad hemos desarrollado la manía de ficcionar nuestros actos. Por ello, los relatos cotidianos que ocurren en el trabajo, la familia... se modifican. Por ejemplo, el tímido suele decir que una desconocida lo miró desde un colectivo en marcha; el eyaculador precoz habla como si estuviera reinventando el Kamasutra ; el inseguro hace de su trabajo un rin de boxeo con el supervisor y cuando está frente a él sonríe como si estuviera pidiendo un aumento en el salario; el fanático se aferra a las figuras de santos o personajes populares para aceptar su miserable existencia… y así un sinfín de historias que representan una necesidad molesta de creernos otros. Por algo, la mayoría de esas referencias se fundamentan en seres que no existen, en personas que sí existen pero que no hicieron nada de lo que dijimos que hicieron, en personas que vemos como muletillas de nuestra incapacidad de aceptarnos tan feos como somos. 


En el fondo hay un miedo terrible de vernos feos. De ello habla el abrumador mercado del cuidado de la imagen. Lo paradójico es que entre más se marchita la juventud más duele aceptar que hay otros más jóvenes y bellos. Y es peor para los jóvenes y atractivos que se buscan y se dejan como camisetas recién usadas. Al final, el excesivo cuidado de la imagen es un hueco hediondo en la personalidad. 

Cuando el feo, por su condición de excluido en un primer instante, logra construir otro tipo de encuentros porque confía en sus otros sentidos. Por tal motivo puede despertar otras sensaciones. Sobre todo si aprende a caminar con la indiferencia de las cosas que son indispensables. Tal vez, Emerson pensaba en los feos al profetizar que al envejecer la belleza se convierte en una cualidad interior. 

Es en lo no estereotipado, en lo que se sale del molde de la belleza donde se fundamenta el sentido a la vida, es decir, el amor. Porque el amor, ese estado que nos mueve al encuentro con el otro, repara poco, después de varios días, en sí nos parecemos a los personajes que salen en las portadas de las revistas y periódicos. Por algo, quien conoce un feo con personalidad hermosa por lo regular no se decepciona. 

Viendo la importancia que le damos a lo transitorio, la imagen, sería divertido imaginarse un macho alfa que exhibe sus mujeres como artículos costosos de un almacén de elite. Por ejemplo, si el ilustrísimo poeta Maluma hubiese estado en la época del renacimiento Italiano (1400-1700) con sus cuatro babys de estómagos planos y cuerpos curvilíneos; lo hubiesen desterrado porque la belleza perfecta de esa época eran la de las mujeres de estómagos redondeados, pecho amplio, piel blanca, contextura gruesa y caderas grandes. Ni qué decir de sus rimas que son un atentado a la inspiración. 

Otro caso simpático sería el de la lista de patitos feos que figuran en los partidos políticos: Armando Benedetti, Oscar Iván Zuluaga, Alejandro Ordoñez, Germán Vargas Lleras… entre otros que su gran atributo es ser políticos. En fin, serían el hazme reír en la antigua Grecia. Pues, en aquella época, donde se fundamentó la democracia, la mujer era una versión desfigurada del hombre, lo que es hoy el político tradicional colombiano. Por lo que estos personajes podrían haber sido para Sócrates los primeros intersexuales de la historia. 

O tal vez si la rusa Helga Lovekaty fuera una mujer de la época victoriana (1837-1901) coqueta, pomposa, robusta y mostrara sus bananos en vez de pechos, no sería tan importante ese supuesto romance con el 10 de la selección Colombia. 

En conclusión, una personalidad atrayente es como una carta de recomendación que llega al corazón, sin intermediarios. En esa medida, más vale feo y bueno que guapo y perverso, o mejor feo y atrayente que buen mozo y repelente.


Hay ciertos días en los que al abrir los ojos sientes que estás contento a medias. Pues, reír mucho precipita el llanto. Entonces empiezas a hacer lo debido, lo que para ti requiere más concentración, con un poco de distancia. Es importante dejar un hilo de duda en los ojos para sobrevivir a este momento de la historia. Sabes, que todo puede cambiar. Ahora cuentas con la certeza de que existe cierta incertidumbre, como engranaje del caos, que puede hacer de cada instante un cambio repentino de las circunstancias. Es la magia del cambio. Como sí también como no. Aceptas, que el  asombro no admite planes muy rígidos o muy descuidados. Sabes que ciertos días, casi todos,  cualquier hecho puede ocurrir. Ejemplo, que este comentario sea solo un pensamiento fugaz.
A veces prefiero imaginar que no existe para no ne­cesitarla. Pensar que ya no la pienso para que ma­ñana no me duela. Ese es el secreto de que todos los días me enamore más de ella. Es que no espero verla siempre. Incluso, en las horas de la tarde cuando el ocaso es un manto violeta sobre las montañas siento que ya no la siento. Empiezo a no extrañarla. Es de­cir, para encontrarla un poco hay que olvidarla otro tanto. Por eso, la distancia es ella marchándose to­dos los días a mi encuentro.

Así el malestar sea general, te duelan los huesos, la irritabilidad te queme la garganta, soportes una ausencia parecida a un dolor en los huesos y tengas los ojos irritados... Es prudente encender una vela y orar por la calma, el amor y el equilibrio. Siempre hay respuestas Tocad la puerta del corazón y el universo empieza a manifestarte en milagros.

Desde hace un tiempo decidí acercarme a las personas desde otra perspectiva, una más tranquila, que permita conversar un poco más. Pues, han sido muchos los encuentros donde lo importante se ha disipado por lo urgente y después de unos días de lo mismo solo queda el agotamiento. Sin embargo, al tomar esta determinación se me acercó una mujer comprometida, dispuesta a todo conmigo. Me dije: "Enrique ahora que no quieres una relación te llega una oportunidad inimaginable e irracional". Ella argumentó que veníamos de otras vidas, que recordaba muchas cosas conmigo, que me había demorado mucho en encontrarla, que podía separarse y dedicarse a mí el resto de la vida, que esto, que aquello... Ante esa oferta me sentí abrumado. No me interesó en que las cosas me llegaran tan fácil. 
En mi casa, después de muchos mensajes sin responder, sin ganas de explicar por qué no quería salir con ella, con varias excusas para evitar un encuentro... ella se apareció. Abrí la puerta y estaba con un hombre que resultó ser su compañero.
Se sentaron en el mueble y más que incomodo estaba asustado. Él hombre me miraba de pies a cabeza. Yo sudaba. Ella me preguntó sin anestesia, ¿estás de acuerdo en que mi esposo nos dé el visto bueno? Estuve en silencio. El hombre no dejaba de mirarme. Parecía que estaba más por ella que por él mismo. Yo no quería estar con ninguno. Ella volvió a preguntar. Tragué saliva. Estaba aterrado. Era como si de pronto me cayera sobre la cabeza un ladrillo. Abrí la boca y respondí que "no". Argumenté que estaba comprometido con otra persona. Ella se quedó con la boca abierta y después de vociferar algunas palabras de fuerte calibre, salió de la casa cerrando la puerta con violencia. El hombre me dio la mano y dijo que agradecía mi sinceridad. Pues fue él quien le habló de nuestro encuentro en vidas pasadas. Era un último entusiasmo antes de que se viera recluida en una cama. Ella tenía una enfermedad terminal y viviría unos meses. No supe qué responder. Estreché la mano del hombre y lo vi partir a paso lento y seguro. 

Hay un momento en la historia de todo hombre que el instinto deja de primar, por el hecho de que el fruto de los encuentros se basa más en los enredos emocionales que en la posibilidad de estar bien consigo mismo. Eso lo entendió José cuando vio por ultima vez  a Julia. Ellos se  habían aferrado a la idea de un imposible que les ayudaba a soportar la cotidianidad con sus parejas. Sin embargo, en el último encuentro José se sintió distinto. Era como si por las grietas que había hecho de sus relaciones entrara por fin la luz de la cordura y se sintió algo incómodo al saber que en casa lo esperaba su esposa. Intentó dialogar con Julia y ella, desconcertada, con el rostro descompuesto, como si los gestos no encontraran una expresión, le dijo que ese era el último encuentro. Él quiso detenerla, como en otras ocasiones, sin embargo, esta vez, la dejó ir. No sabía muy bien porqué, pero se sentía tranquilo  y sin culpa.   

A veces anhelas tanto estar en silencio, que cuando por fin estás solo, callado y asilado, sientes un silencio tan aturdidor que te asustas y te duele el espacio y le haces el quite a la soledad.

Desde hace unos años, en el arte de escribir poemas, he encontrado que no hay método ni métrica. A veces, es una imposibilidad, una ruptura al lenguaje, una rebeldía de la moral y del sistema. Es decir, hay tal libertad en algunos versos que es imposible que fueran gestados más allá de un arrebato divino. Al menos, a esos versos, los imperfectos e impredecibles, son los que vuelvo una y otra vez a leer. 

Algunos ejemplos de esos versos son: “Un día en que discurren vientos ineluctables / ¡un día en que ya nadie nos puede retener! Porfirio Barba Jacob. “E hizo Dios la expansión,/ y separó los sonetos/ de la versificación libre. Y fue así./ Y llamó Dios a la inspiración.” José María Zonta. “He llorado al hombre, frágil cosa, y a la vez mirada y voz del Universo. He llorado el corazón del hombre, capaz de tanta dicha. He llorado la extraña dicha de estas lágrimas.” Carlos Framb. “Siento lo que escribo al ponerse el sol,/ o cuando una nube pasa la mano sobre la luz/ y un silencio corre por toda la hierba.” Alberto Caeiro, “Un hombre se me viene cayendo por la sangre/ con una copa rota entre los dientes…” Jorge Boccanera.  Son solo un puñado de versos. Quedan faltando los indispensables. 

En fin, hay una espontaneidad en esos versos que no la da el estudio del lenguaje. Tal vez la embriaguez. Pienso esto sentado en un bar. Frente a mí hay algunos envases de cerveza y la libreta de apuntes sin una línea memorable. De fondo se escucha Soda Stereo. La luz está difuminada y el poema, el imposible, tal vez se manifieste. Tal vez. ¡Más cerveza!


A media voz
acepto el medio yo que busca 
a la media tú que no sabe porqué sonríe.




El Hortalero, así se hace llamar aquel hombre que vive en una casa en el campo dedicado a sus cultivos, no solo de la tierra sino del espíritu. Digo del espíritu porque después de estar un tiempo con él uno sale inquieto, con cierta sospecha de lo que cree cierto. Lo conocí porque Carolina, mi compañera, organizó una cita privada. Aunque vivía solo, eran muchas las personas que deseaban visitarlo. Después de publicar su único libro La mujer agapanto. Diario de un jardinero, su fama se disparó a pesar de él. Sin embargo, después de un periodo corto en que promocionó su libro, se alejó por completo de los escenarios, las lecturas, las charlas y esos eventos que algunos escritores anhelamos, a veces, más que la misma literatura. Este hecho me llamó la atención. 


Aunque Carolina me había dicho que enfocáramos la conversación en el amor, el original, el verdadero, el nuestro, yo me centré en su libro y sus influencias. Él, con su cabello cano, su sombrero ajustado a la cabella como el mismo cabello, su voz ronca y pausada empezó a decirme que su libro no era nada asombroso. Lo que hizo fue hacer un diario de campo de sus emociones mientras cultivaba sus flores y vivía con uno de sus amores transitorios y eternos. Transitorios porque para él el encuentro con una mujer no es definitivo, cosa que si es la ilusión, por lo que prefiere asumir el encuentro con final incluido. En ese proceso agregó algunos episodios de El profeta de khalil Gibran, de algunos versos de Lao Tsé, de algunas inspiraciones de Canto a mí mismo de Walt Whitman, de Ilusiones de Richard Bach, de las Cartas a Lucilio de Séneca, de Viaje a pie de Fernando González, en esencia. Aunque me sorprendió que su punto de partida fue El guardador de rebaños de Alberto Caeiro, el poeta de la naturaleza, heterónimo de Fernando Pessoa. Afirma que lo sorprendió la idea de un poeta de la naturaleza y se dijo ¿por qué no? Fue cuando durante años empezó a hacer anotaciones de sus lecturas indispensables, las que se releen y fue haciendo una mixtura de esas ideas con las propias hasta consolidar un libro sencillo, compacto y natural. A eso, le añadió matices de una historia personal que absorbió esas filosofías. Por lo que concluía que no había nada nuevo en su libro. Su único libro. También confiesa algo sonriente que deseaba dejar un libro esencial, con el paisaje de su Antioquia querida. Sin más pretensión que dar pruebas de que el hombre puede saciar sus impulsos destructivos si se conecta con el Creador. Quise indagar sobre la imagen de Dios y Carolina me dio un codazo. Sugería que fuéramos al grano. Así que callé. 

El nombre de El Hortalero es Ángel de la huerta, de familia de comerciantes. Estudió Filosofía y no terminó el pregrado. Se retiró de la universidad para dedicarse a una casa que su familia iba a vender porque no le interesaba a nadie. No sé cómo ha sorteado la economía. No quise preguntar. No era lo importante ante un hombre como él. Aunque eso no le impidió para sus lecturas y su estilo de vida. Ahora su casa es como un centro holístico que no necesita publicidad. Tenía muchas inquietudes y él se acomodó en la silla. Me miró profundo a los ojos. Luego sonrió hasta la carcajada. Nos ofreció un poco de vino y luego miró a Carolina. Ella empezó a sudar y yo sentí algo extraño en el aire, como si hubiese subido un vapor caliente. Así que volví a mirarlo. Él, en tono solemne, pidió que le contáramos el motivo de la visita. Carolina dijo: “Florentino se expresa mejor”. Sonreí y pregunté qué opinaba del amor original. Volvió a reír. Tomó un sorbo de vino y contestó: “El problema del amor original no es que sea original. Igual, el inicio sucede como por encantamiento. El meollo del asunto es el final. Eso no se recuerda en el encuentro y de insensatos nos hacemos daño, nada original”. Intenté formular otra pregunta y él respondió que no era necesario. Se puso de pie y nos regaló algunas flores. 

Al despedirnos Carolina me preguntó qué opinaba. Alcé los hombres a falta de palabras. Sin embargo, la veía hermosa. Ella sonrió y con un beso entendimos el regalo que habíamos recibido de El Hortalero con solo mirarnos.

Más de dos décadas imaginó el amor de su vida. Leyó la carta astral, la maya, fue a adivinos ambulantes...  Tanto indagó que olvidó dejarse encontrar. Estaba tan distraído que no se percató de que su otra mitad, después de verlo y no sentirse reconocida, lo dejó partir.


Cuando me endiabla algún pensamiento sacudo la cabeza para alejarlo. Esta estrategia permite relacionarme con otras personas. Saber que la mente es tramposa sirve para no darle mucha mente a los pensamientos. El cerebro es como una antena receptora de ondas que distribuye por todo el cuerpo. Por eso, es necesario que esas ondas tengan una buena vibración para encontrar la conexión con la voz interior. Es en el corazón dónde está esa voz o la fuente de la sabiduría. Incluso, la ciencia moderna ha entrado a valorar que este órgano sirve para algo más que bombear sangre al cuerpo. Por ello, procurarse buenos pensamientos es permitirse estar en paz consigo mismo. Aunque lo sé de memoria soy incapaz de sentirlo. Pues, en los momentos difíciles me vencen los pensamientos tormentosos. Hasta que me domina el Mister Hyde interior.

Hay libros escritos con tal fuerza que a pesar del tiempo siguen diciendo. Como que con la fuerza que se escribe, también se lee. El es caso de la Mujer Agapanto. Diario de un Jardinero, que regresa renovado, mejor dicho, nuevo. Pues es un libro que tiene vida propia. Es como si fuera un mundo independiente de mí, su autor. Cuando lo escribí, hace ya varios años, no imaginé que fuera tan querido por los lectores. Argumentaba en ese entonces, cosa que no ha cambiado, que no se puede escribir de lo que no se conoce. Solo cuando se tiene algo para contar, que parta de la experiencia, la prosa fluye. Por algo decía Eduardo Galeano: “Sea señor escritor, por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma”. Se refiere a esa autenticidad que se lleva dentro y que uno se pasa buscando en bares, mujeres, libros… Yo la encontré en las flores y entendí que la clave de toda buena escritura, al menos una responsable y espontánea, es sentir lo que se dice para que no haya simulacros. De ahí que el gran reto de La mujer agapanto. Diario de un jardinero, fuera y sea que los textos se conciban desde un razonamiento sencillo y natural. Ahora, es esta nueva edición, que es tal vez la primera porque encontró una historia dentro de un relato novelado que se alimenta del formato del diario. Y un diario personal da la dimensión de que es un subgénero de la autobiografía, data de la narración que hace una persona de las experiencias personales que vive. Normalmente los diarios personales son leídos únicamente por su autor, en especial, por las cuestiones privadas e íntimas. Precisamente es esa intimidad la que pretende compartir el personaje, El Hortalero, el narrador. Y lleva lo personal al plano literario. 



Él estaba sentado en su casa mirando las nubes. Una figura extraña se le manifestaba hace días. Aunque mirar las nubes para muchos era acto cursi más que poético, para él no importaba. Quería mirar las nubes y lo que los otros opinaran lo tenía sin cuidado. Casi siempre el otro es una distracción que deja un ruido molesto en el interior. Eso pensaba de todos, menos de ella, la que lo visitaba y sin hablarle lo miraba a distancia o se quedaba en un lugar cercano. Mientras, él preparaba su corazón. No quería que algún fantasma le impidiera acercarse, como le había ocurrido antes. Al cabo de una semana, cuando quiso buscar a la mujer, se encontró que no estaba. Tal vez nunca estuvo. Tal vez. 


De niño ves el amor como un jardín sin zancudos
en un castillo lejano.

De joven sientes el desierto, arena en las tripas,
festín de anfibios.
Te crecen cicatrices, vellos y olvidos.


De viejo confirmas que el amor es un jardín sin castillo,
con zancudos, lagartijas y desierto.


Después de dicha una palabra ya no hay marcha atrás. Las palabras se filtran en la sangre. Entran a rincones insospechados y desestabilizan las estructuras mentales o emocionales. Cada  palabra es un canal por el que pasa información que queda, como una semilla, germinando en un individuo. Una palabra mal dicha es un tizón encendido que quema una y otra vez en la llaga. Así mismo una palabra en el momento justo es el vaso de agua en el desierto. De ahí, que el poder de la palabra unifique el pensamiento y la acción. Es decir, cuando la palabra es el vehículo que transporta un pensamiento que se convierte en acción trasmite un modo de vida. En esa medida, puede transformar conciencias, forjar  cimientos de una cultura, estructurar los mitos de un pueblo y también, destruir a un individuo o una nación. Por ejemplo, en la segunda guerra mundial los nazis utilizaron la palabra como un mecanismo de tortura contra los políticos o artistas judíos. Encerraban a sus víctimas y durante días les decían: “¡No existen, están solos, son basura!” Hasta que enloquecían o confesaban. La palabra es posibilidad, comunicación, camino. Por ello, entendí la responsabilidad moral y ética al pronunciarla, sobre todo en momentos coyunturales. A veces, uno dice lo primero que se le ocurre y se lamenta de eso toda la vida, cosa que ocurre en una discusión. Como es regular en las confrontaciones uno acude a sus vibraciones más bajas, las que están soterradas. Lo peor de nosotros llega a la superficie como una procesión de sombras. Viene del lado oscuro, donde el odio es un volcán en erupción o una bestia peluda que escupe fuego. Entonces al abrir la boca la lava interna, el resentimiento que somos, quema todo a su paso. Familia, pareja y amigos se calcinan. Lo más cercano sufre y no nos damos cuenta de lo solos que nos quedamos cuando vertimos nuestra suciedad. Como si aquellos que nos aprecian estuvieran condenados a soportar nuestra crueldad, ese placer antiguo que se inyecta a través de la palabra.

Considero que existe un oficio para cada persona y en la medida en que se dedique a ello puede evolucionar emocionalmente en todas sus relaciones. Es decir, el sentido de la vida se manifiesta cuando hallas el oficio donde vibra tu espíritu. Sea el que sea. Aquello a lo que cada vez le inviertes más tiempo. El oficio que se hace con amor es el rio de la vida que fluye sin detenerse y desemboca en el mar. Eres parte del fluir de la vida que es laboriosa y se proyecta al infinito. Si identificas lo que amas hacer nadie puede darte las pautas porque se establecen en tu interior. Por lo tanto, empiezas a ser el director de la orquesta. Cuando eso sucede, empiezas a identificar tus deseos más profundos. Aquellos que si no satisfaces te pasan la cuenta de cobro con los años. Por lo tanto, cuando descubres tu oficio te ocupas de ti mismo. No importa si estás triste, alegre, iracundo, nostálgico, con o sin dinero… Lo relevante es que eres útil y no para los demás, sino para ti. Los otros, con todo el respeto que se merecen, pueden esperar. Luego, es una ley universal, ahí sí los otros, se interesan en ti. 

Al dedicarte a un oficio, con el tiempo, comprendes que es irrisorio controlar tus emociones. Sin embargo, te permites sentirlas sin mutilarlas, sin que te dominen, sin desconocerlas hasta que aprendes a vivir con ellas. Eso es evolución emocional a partir de un oficio. Es tan alta que transforma todas las relaciones. 

Volviendo a lo del oficio, el mío es ser escritor. Es lo que me vibra. Recuerdo que empecé a interesarme por las letras cuando me gradué del colegio. Es curioso, cuando dejaron de enseñarme en la escuela me interesé por aprender. Al principio fue difícil. Partí de la necesidad de ocuparme para que el tiempo no me atormentara con el paso de las horas. 

Mientras removía la tierra fértil de la literatura fabricaba sueños e imposibles. Tensión de hueso y nervio. En la juventud me confundía la caricia, la humedad del beso, el deseo encendido. Todos mis actos eran una urgencia en caída libre a segundos de jalar el seguro del paracaídas. De pronto, una tarde en que inhalé profundo para pedir un poco de sosiego tuve la sensación de levitar, de sostenerme en el aire como ángel. Era ingrávido y sin esfuerzo cada gesto, cada paso, cada signo encajaba en la profecía del reinado de la montaña sobre el hombre. Era montaña, tierra, jardín, palabra y hombre. Era natural y sencillo. Había encontrado mi lugar en el mundo.



Ya te respiro. Sé que estás atrás del suspiro. Tu olor te delata. Digo tu olor porque sé de flores y por ello puedo identificar ciertos aromas, besos, abrazos y caricias. Las flores me han dotado de una sensibilidad que me permite mirar más allá de las cosas. No es que sea clarividente es solo que soy intuitivo. Ese no sé cómo que me hace percibir cosas en el otro es lo que me permite sentir el amor. Cuando el amor emerge desde lo más íntimo del ser es una espiral de luz en un campo magnético. Es vibración y energía. Es más que pasión porque la pasión es una deformidad en el alma. El apasionado se obsesiona y la obsesión es un conjunto de manías que subordina a los espíritus débiles. Nada de estupideces y disparates. El amor es más que un instinto. Es una inspiración, es una creación. 

Ya viste las coordenadas de mi abrazo. Te invito a volar. ¡Abre las alas! El viento es dulce. Es hora de que confíes en la bondad del universo que todo lo organiza. El amor es una fuente inagotable de luz que otorga una felicidad a prueba de tristezas e insectos molestos.

En ese amor crecemos como bosque. En mí verás un abrigo para el frío y una hoguera para la noche. Notarás en ti bombillitas azules. Son flores. Y respiraré profundo. Y mis suspiros, como abejas, se harán contigo intimidad.

Voy a tu encuentro algo incierto,
algo distante, algo contradictorio.
Soy tan predecible en mis predicciones
que me torno algo rebelde, algo incrédulo,
algo necio.
Voy al silencio para sentirte sin molestia,
sin reclamo, sin control
y el espacio y el tiempo
y mi manera de estar solo
y tu manera de mirarme
como si un abandono o un olvido te llegara.
Tal vez estemos hechos para lo durable,
tal vez nos asuste tanto bienestar,
tal vez necesitamos el recuerdo más que el presente,
tal vez busquemos todos los peros
para anteponer el concepto a la caricia,
tal vez voy a tu encuentro algo distraído,
algo suspicaz, algo contradictorio
y no me declaro culpable.
Voy con amor y sin afán a otro encuentro.
Voy algo despreocupado, algo alegre,
algo desatento
y tal vez mañana yo no sé.

Veo el vuelo de los gallinazos, el ave insigne de los andes. Mientras tanto pienso un rato qué palabras escribir para manifestar mi agradecimiento a la tierra. Encuentro mi escritura como postal de mercado de baratijas. No soy un escritor elocuente o fluido. Al parecer, no soy escritor, más bien un escribano que le da por garabatear sus opiniones sin pensar muy bien cómo. Le suceden las palabras así como brota la hierba de la tierra. Si mucho intelecto, más bien descuidadas, pero frescas. Tal vez por eso, cuando intento hilar una idea las palabras son un silencio prolongado. No fluyo y vuelvo a los lugares comunes. Además, me cuesta creer que en Colombia se celebre la tierra cuando en las noticias abundan los incendios forestales, los derramamientos de petróleo, la tala indiscriminada, los desechos de carbón arrojados al mar, el cáncer de la minería… Por eso, al decir esta boca es mía las palabras insatisfechas se agarran de la lengua. Entonces callo y sigo mirando los gallinazos. Al parecer, estas aves de rapiña, están tras las intenciones mortecinas de los colombianos tan bien peinados, tan elocuentes en los proyectos de protección ambiental y tan desconectados de la madre tierra. Lo sé porque cuando huelen una flor la imaginan disecada ya que son incapaces de oler sin poseer.