Uno de mis dilemas ha sido el de los cierres. Durante años dejé cosas empezadas con la esperanza de que las dilatara el tiempo. Por ejemplo, iniciaba un nuevo estudio y no terminaba. Lo mismo con las relaciones emocionales. Esto, creo, por la incapacidad de priorizar y de asumir responsabilidades. Lo nombro porque mi ignorancia ahora entiende un poco la dinámica de los círculos o la circularidad de las cosas que hacemos. 

Las cosas son cíclicas. Se manifiestan una y otra vez en el tiempo. Una tristeza, por ejemplo, vuelve cada tanto y cada tanto se sumerge uno en ella. Es como si una especie de círculo guiara nuestras acciones. Es decir, uno abre y cierra, inicia y termina, sufre y se alegra, llora y se ríe… 

Cada acción se podría nombrar como un círculo que representa un momento, una etapa o un cambio en nuestras vidas. Casos concretos: el círculo de la escuela, el del colegio, el de la universidad; el círculo del primer amor, de la primera relación esperanzadora, de la familia; el círculo del primer empleo y la alegría del primer sueldo, del trabajo ideal, de la independencia económica; el círculo de la búsqueda de uno mismo, del aprendizaje del amor, del hallazgo de la espiritualidad, de su lugar en el mundo.

Estamos atravesados por estos círculos. Y creo que al nombrarlos se los lleva al plano de la conciencia y esto permite aprender a cerrarlos. Es importante cerrarlos como abrirlos. El cierre permite un mejor campo de visión del aquí y el ahora. Pues, cuando no se cierra un ciclo se puede quedar padeciéndolo o viviendo en el pasado. Esto para cada una de las cosas que hacemos. Cerrar un círculo y permitirse abrir otro para expandir la visión del ahora. También hay que considerar, según las prioridades de la acción a realizar, el tiempo estimado. Es crucial darse un tiempo para cada círculo. Al menos los que se puedan realizar y estén entre las posibilidades y los deseos más profundos.

Si es en lo sentimental, aprender a defender el “no” que surgió de algo más profundo que un capricho o una pataleta. Si ese “no” es una necesidad íntima que busca el bienestar del corazón, es necesario continuar. Mirar atrás es dudar y vivir del recuerdo, de la sombra que vuelve con la tristeza, con la culpa y el apego. Ese “no” es el cierre y el inicio de un “si” que se empieza a sentirse en armonía. 

Lo otro es descubrir que es aquello con lo que se vibra. Eso a lo que más le has inyectado energía vital. Sea lo que sea. Una cosa al tiempo. Luego llevarlo a la materialización. ¿Cuántas cosas hemos proyectado y se han quedado en la nebulosa? ¿Cuántas veces nos hemos quedado a mitad del camino? ¿Qué nos distrae? 

Darle término a un círculo permite abrir otro y al cerrarlo se abre otro. Así sucesivamente hasta que se descubre que se ha logrado aquello que te hace feliz y necesitas para una vida en servicio al corazón. Cuando un círculo se cierra el aprendizaje se potencia. El aprendizaje del conocimiento de sí sucede en forma de espiral. La espiral está constituida de círculos. En esa medida, se fluye con el universo.

Es vital descubrir el poder, entendiendo como poder el oficio, la tarea o el camino que se elija como opción de vida a materializar. De esta manera vibrar y disponer un tiempo estimado. En caso de que se elija sembrar, un primer círculo sería hacer un surco de lirios y cerrarlo sería verlo florecer. Luego, volver a abrir otro. Si el primero se hizo bien la experiencia para el segundo garantiza un mejor cuidado. 

Otra forma de entender esto de los círculos es cuando un padre suelta a su hijo o un hijo suelta a su padre. Esto no quiere decir que se olvide el uno del otro. Lo que supone es soltar al otro para que viva su vida, pero con la certeza de que cuenta con un cómplice. Para eso es la familia, para compartir y acompañarse. 

Claro, hay círculos dentro de los círculos que a su vez tienen otros círculos. Por ejemplo, la historia del hombre que abandona a su hijo y de viejo se lamenta porque su nieto se siente solo. Escena que se repite una y otra vez en nuestra historia de patriarcados. Por ello, el machismo es un círculo abierto en Antioquia que se abre en muchas familias e individuos. Es como una sombra que pasa de padres a hijos. La lujuria es uno de los círculos que están dentro del círculo del machismo y dentro del círculo de la lujuria está el círculo de la falta de voluntad al bien. Esto se repite. La energía que se le inyecta a las cosas queda girando hasta que se materializa. Algo de lo que sentimos cuando creamos queda en el fruto. De ahí que el hecho de cerrar un círculo permita entrar en otro y seguir avanzando en la espiral que es la vida.

Medellín un pedazo de nostalgia te recorre. Un pedazo de montaña custodiado por el ruido y los atracos. Un pedazo de olvido, como alfombra, se desdobla por tus calles. En ti, Medellín, ciudad de aire mortífero, la eterna primavera ahora es mortal y se viste de smog porque el aire le perfora los pulmones más que el humo de los cigarrillos. Medellín, ciudad de café en grano, café instantáneo, café en termo, café expreso, café humeante, café oscuro y amargo, café dulce y trasnochador, café caliente, café frío, café olvido que ya pocos quieren probar. Ciudad de bandeja paisa, de empanada frita, de silicona y escotes prolongados, de cerveza pilsen, de aguardiente antioqueño, de ron Medellín, de Coca-cola, de casinos, de buses furibundos, de chanceras, de amas de casa, de artesanos, de aduladores, de vagos, de niñas y niños vendidos al mejor postor, de matones con tarjeta de identidad, de padres ausentes. Ciudad de lluvia gris por el residuo de la industria. Ciudad que canta bajo la lluvia gris “Rain Fall Dow”. Ciudad con sol de fiebre, sol apagado, acudo a ti como a un funeral. 

“Cierra los ojos y no grites,” me dice. Sé que ve cómo en la noche paso la lengua por el filo de los colmillos.


Cuando era joven creí que ese hombre encorvado, cual garabato, era un ser de otro planeta al pretender que los muchachos nos interesáramos por la escritura. Algunas veces nos intentó atrapar con algunos talleres de escritura argumentando que el escritor es pura fragilidad y es su debilidad la que se robustece en su literatura. También dijo otro montón de tonterías. 
Veinte años después me lo encuentro y parece el mismo. Excepto por el cabello canoso. Estaba sentado escribiendo en una libreta. Parecía sumergido en un embrujo que le permitía estar en el espacio como si fuera el espacio mismo. Lo miré con curiosidad. Quise hacerle una broma porque, yo, que me consideraba escritor y tenía cierto prestigio, no había llegado a disfrutar tanto el acto de escribir. Más bien con burla me acerqué y le hice esta pregunta: ¿Maestro qué es escribir? Él, sin mirarme, respondió lo siguiente:
 -El acto de escribir revela el agua turbia del corazón. En esa medida es un impulso eléctrico sin dirección que corre el velo de la noche unos milímetros para redimir el origen, el propio, entre las cenizas de las tradiciones. Es curioso, te dije esto mismo hace años y apenas lo escuchas.
El hombre cierra su libreta y sin despedirse, como si yo fuese una aparición, un personaje suyo, se marcha sumergido en sus elucubraciones. 


Alonso estaba en su casa con la firme determinación de empezar hacer bien las cosas. Después de cierta edad empezó a cansarse de la bulla y la rutina disfrazada de asombro en las noches de fiesta. Siempre era la misma soledad, la misma sensación de estar incompleto, la misma desesperanza de buscar la plenitud que solo duraba unos segundos: la ebriedad antes de la borrachera o el orgasmo antes del hastío. Así que decidió quedarse un tiempo prudente consigo mismo. Al cabo de unos días deseaba volver al bar, a las mismas canciones, al aturdimiento de la fiesta. Como pudo y con mucho sacrificio permaneció en la casa. No mucho tiempo después lo llamó una amiga que lo extrañaba y quería visitarlo. Él se alegró de recibirla.  Pese a su determinación de estar solo empezó a mirarla como un cautivo recién liberado. Ella, con sutileza, destapó la botella de vino. 


Hace unos tres años y medio llegó a la casa un perro de manera inesperada. Mi hermana lo encontró en un costal a la orilla de un camino. El animalito temblaba de hambre y de solo; le faltaba el otro temor, la muerte, para ser un buen aspirante a mal ciudadano. 

Cual estropajo en mal estado salió un chandoso y contactó con el corazón de mi hermana. Desde ese día, ambos, experimentaron una relación hermosa, que a veces, no se logra con nuestros semejantes. Al parecer, esa incapacidad que tienen los animales de hablar, es tal vez, su mayor virtud porque no enredan sus acciones con su manía de herir lo más cercano. Es lamentable como los más civilizados, nosotros, la jauría de tristes, hemos convertido la palabra en un campo de batalla donde disparamos odio, envidia, cizaña… con el fin de ensanchar el reino de la mentira, la culpa, el dolor y el sufrimiento. Por ello, llenamos el silencio con palabras ruidosas, sin sentido; a tal inconciencia que celebramos las burradas de las canciones de Maluma, los disparates de 99.9% de los políticos y su mal sana costumbre de salvar el mundo a través de la seguridad democrática y las balas. 

El nombre que le otorgaron al canino fue “Confite” porque salió de un empaque. Antes, se llamaba “Bruno” y fue regalado a una familia que decidió dejarlo en un costal. 

En nuestra casa, vivió como un rey mendigo. Tenía los cuidados y los mimes de un perro doméstico, sin embargo, su apariencia era la de un perro callejero y su instinto era un llamado vagabundo. A veces, se perdía tardes enteras en sus asuntos perrunos. Esa era su naturaleza. 

Confite no nació con la idea de que un muro invisible se le iba a venir encima. Por ello, orinaba en cuatro patas. No representaba esa figura de los perros moribundos de muchas obras de arte. Como sucede en algunos versos de Hugo Mujica: “Vi un perro negro muerto/ en la calle, aplastado en medio de la acera, manchado,/ porque nevaba”. Tampoco era una mercancía barata, de poca monta, “una mezcla de perro callejero y cerdo” como lo describe Chejov en su cuento La perra cara. Y medio representaba esa imagen que hace Baudelaire en el texto El perro y el frasco cuando afirma que a un perro, como al público, no hay que ofrecerle perfumes delicados, sino basura cuidadosamente seleccionada. Otro dato curioso era que Confite comía cuando le daba la gana. Podía quedarse con la comida servida, y no atragantarse. Recuerdo esa hipótesis de Séneca cuando dice que el hombre en las emociones es igual al perro con varios huesos. El perro se atraganta queriendo comerlos todos a la vez y el hombre quiere poseer todo al instante. Dice el sabio, que mostrar el hambre aleja el alimento. 

A parte de las referencias literarias, que abundan, los perros también son animales terapéuticos. Por ejemplo, a mi madre le sirvió para canalizar su natural forma de nombrar lo que no funciona; pues, en frente del canino le daba tantas vueltas a un mismo asunto hasta olvidar que funcionaba. A mi hermana para hacerla sentir un estado alto de servicio, de entrega, que le ayudó a soportar las inconsistencias del entorno social, que no es otra cosa que un espectáculo barato de segundas intenciones. Y a mí, para expresar mis interminables monólogos que nadie, es su sano juicio, podría soportar sin alterarse. 

Hablo así de Confite porque ya no está con nosotros. Al menos en cuerpo. Salió una noche tras el rastro de una perrita. Tal vez fue correspondido y por no renunciar al desarraigo, la pulsión, la fuerza aterradora de un instinto insaciable se enfrentó a un rival más corpulento que lo mordió en el cuello y lo sacudió de tal forma que le perforó el pulmón, faringe… Si se recuperaba, dijo el veterinario, quedaría con el cuello torcido y comería solo líquido. Eso no era vida para un animal que vivió para el libre albedrío. 

Con la despedida de Confite se celebra su vida y no se vive su muerte, que es una costumbre errónea que hemos asumido para demostrarle al otro la pérdida de un ser querido. Esperamos su muerte para morirnos en vida. Cuando lo amado, si se ama, se ama en vida. El que ama la muerte de un ser querido representa el drama del miserable que no puede ver lo que tiene pegado a las narices. 

La pérdida de algo o alguien es la ganancia de un sentimiento, de una experiencia más en el amor en sus múltiples manifestaciones. Pues, el amor de pareja, al que más se le invierte tiempo, es tal vez, el más improductivo a la hora de ver a quienes nos aman. El amor es más que una interpretación. Y amar es agradecer lo bello que queda del otro para dejarlo ir. Pues, nos renuevan el sentir. Sí, es cierto, se pierde el objeto amado más se gana el amor.


Durante años fue un hombre escurridizo porque mascó tierra y olvido en nombre del amor. Después, el amor se le cayó de la cama y se fracturó de gravedad. Desde entonces ha partido de cada relación mientras no sienta en las tripas el arrebato irracional y espontáneo de la vida. Por ello, se ha habituado a la palabra “adiós”, ha aceptado no mirar a atrás, ha hecho de la despedida un antídoto contra el apego, ha visitado tantos lechos como le ha sido posible, ha llorado de solo y de acompañado, ha olvidado en tiempo record... Sin embargo, desde hace días sus ojos están más grises. Parece que su corazón se le quedó anclado en un recuerdo que no encuentra en su inventario de amores furtivos.


A veces necesito salir de mi cotidianidad porque tanta sobriedad me abruma. Así que evoco mis años juveniles y me aventuro de nuevo a la noche, a su misterio e incertidumbre. Elijo un lugar para aturdirme un poco, reventarme los oídos antes de hacer lo correcto. ¿Qué es lo correcto? ¿Para quién? En fin, un par de cervezas para escribir sobre la barra del bar algunos poemas efervescentes. Dejar fluir la palabra sin medida, sin ilación, sin propósito. Escribir de la misma manera que un vagabundo dirige sus pasos a un lugar desconocido. De esta manera encarar el olvido como si la vida se fuese en ello. 

No es un salto definitivo al vacío. Tal vez sí. Es como si la mucha luz necesitara un hilo de oscuridad para brillar más. O quizás en la noche se buscara el brote de luz que le dé sentido a la vida. Como si en lo aterrador surgiera la chispa, de la inconsciencia la locura, de los bríos la enfermedad, de la desgarradura la calma. Hay algo en ese juego de luces y sombras que atrae y asusta. 

Lo cierto es que en cualquier forma no sale uno bien librado porque cuando se aventura al abismo queda la piel desgarrada en el recuerdo, el lecho contaminado de algún dolor y la soledad persiguiendo gatos y estrellas. 

A veces, no siempre, busco aturdirme un poco del ruido que endiosa la estupidez. Lo hago porque a veces estoy demasiado sobrio para hablar con mis semejantes.


Pocos creen que cada hallazgo tiene su fisura. Por ejemplo, mi última hipótesis es que hay una  relación entre la imagen de la "mano peluda" o la "bestia" o  el "monstruo" en los cuentos infantiles con el "olvido" en la vida del adulto. Es lo mismo. Hay un temor que se despierta al nombrar algunas de esas presencias. Un temor que se evita y se busca. Si se pudiera dar forma al olvido sería un ser amorfo con las manos peludas, dientes afilados, ojos desorbitados... Un ser tan horrible que de solo sentirlo nos precipita a los brazos equivocados. Nos lleva justo a donde es más certero: al abandono.  A fuera llueve. El agua ruge como una fiera furibunda. Escucho que tocan a la puerta. 


Desde pequeño mi padre me educó para enfrentar a los toros. Para poder ganarme su amor me encaré a mi destino con desgano. Sin embargo, tenía tanta agilidad que veían en mí una estrella de la tauromaquia. Pese a ello, me afligía las banderillas en el lomo del animal. Muchas veces, así apagara la vida del toro, mi corazón se afligía así saliera en hombros de la plaza bajo una lluvia de flores y la ovación del público. Cierta vez me dejé embestir para equilibrar las cosas y me recuperé milagrosamente.

Hoy estoy de nuevo frente a un toro. Mi padre está con algunos empresarios que quieren promocionar su emporio ganadero y desean invertir en el negocio familiar. La plaza está llena. Frente a mí un toro formidable. Mi progenitor ríe porque ve sus bolsillos llenos. Me señala con orgullo. 

Me acerco al toro y no se mueve. Sus ojos en los míos. No tengo ganas de seguir en la farsa. Además, en sus ojos, en vez de furia hay compasión. Como si fuera la mirada de un perro. Incluso, bufa cuando los banderilleros lo hieren y se queda en el mismo lugar. Las personas empiezan a pedir la estocada final. Lamentan que no sea un espectáculo digno. Camino hacía él y sus ojos dulces e inofensivos. No tengo el valor de apagarlos. Así que arrojo la espada y de rodillas me inclino ante el toro. Me olfatea. Al instante, tanto al animal como a mí, nos retiran de la plaza y me llevo las manos a los oídos para no escuchar las rechiflas.

Entré a ti como un soldado a la batalla. Los primeros días tu artillería pesada hizo frente a la mía y nuestras fuerzas nos derrotaron en un frenesí casi irreal. Los siguientes meses, la misma batalla nos abrumó y quisimos habitar el recuerdo y lo que logramos fue dirigirnos al hastío. Ahora, heridos de tanto amor, buscamos otro rival. 

No se puede escribir de lo que no se conoce. Solo cuando se tiene algo para contar, que parta de la experiencia, la prosa fluye. Por algo dice Eduardo Galeano: “Sea señor escritor, por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma”. Se refiere a esa autenticidad que se lleva dentro y que uno se pasa buscando en bares, mujeres, libros… Cuando la clave de toda buena escritura, al menos una responsable y espontánea,  es sentir lo que se dice para que no haya simulacros. De ahí que el gran reto de La mujer agapanto. Diario de un jardinero, sea que los textos se conciben con un razonamiento sencillo y natural. Para ello el autor se vale de un diario. Y un diario personal da la dimensión de que es un subgénero de la autobiografía, data de la narración que hace una persona de las experiencias personales que vive. Normalmente  los diarios personales son leídos únicamente por su autor, en especial, por las cuestiones privadas e íntimas. Precisamente es esa intimidad la que  pretende compartir el personaje El Hortalero, el narrador. Y lleva lo personal al plano literario. 

Para mirar un poco más del libro, puedes hacer clic aquí. 

- ¡A que te cojo ratón!, dijo un niño.

Y el ratón disfrutaba de su pedazo de queso mientras observaba sin entender el comportamiento tan extraño de las crías humanas.


Entras desnuda a mi habitación y te in­troduces en las cobijas. Conversamos un poco de lo bien que te hacen los colibríes. Luego, nos besamos, tocamos, olemos y solo importa el impulso benigno de penetrarte. Un olor dulce invade el cuarto mientras en­tro en ti como otra casa habitable. Siento tu humedad de almidón y tierra movediza inun­dar mi cuerpo. Me quedo quieto dentro tuyo como si hubiera llegado al momento preciso de la más alta evolución. Como si te sintiera de antes, del principio de los tiempos: Tú y yo un mismo ser que se ha buscado durante muchas vidas. Y ahora adentro, cálido y suficiente, vuelvo a ser un mamífero de cuatro piernas y cuatro bra­zos. Vuelvo a la oración única. Te abrazo queriendo meterme piel adentro y empezamos, sin saber cómo, a caminar de lado, como los cangrejos, recordando lo que éramos. En ti siembro el amor. Me dejo fluir. Soy contigo yo. En la sábana nos revolcamos y algunos granos me tallan en la espalda, pero los ignoro cuando te envisto con mis bríos de jardinero. Y nuestros pies se unen y juntos buscan la tierra que ahora cubre todo el colchón. Nuestras bocas se fusionan. La piel empieza a tornarse verde y nos hacemos atractivos a los pájaros. 



Con este micro salgo a vacaciones este año. Para todos los que pasaron por este espacio les deseo salud y sabiduría para el nuevo ciclo que empieza.

Desde pequeño quiso ser un hombre importante. Soñaba con ser diferente a sus hermanos. Por ello, dedicó toda su fuerza vital en capacitarse y acumular diplomas para certificar sus conocimientos. En pocos años enmarcó sus sueños y los colgó en la sala de su casa, agregó varios ceros a su patrimonio y viajó por todo el mundo,  figuró en la lista de los hombres ilustres, lideró proyectos humanistas... En fin, se ubicó en el púlpito de los hombres respetados.
Sin embargo, a sus sesenta años, en las noches, acostado en su cama, con las cobijas hasta el pecho y los ojos abiertos, se siente intranquilo. Es incapaz de confesar a la jovencita, que podría ser su nieta, que solo la quiere unos segundos, cuando se desnuda y la besa y le hace el amor. En ese frenesí le dice te amo como si eso fuera suficiente para ocultar su desazón. Mientras tanto, en esos segundos, su compañera lo desconoce y responde con desgano a su declaración de amor. Para evitar que él la vea llorando cierra los ojos y recuerda su infancia. Se ve de niña con sus hermanas ayudando a su mamá en el cuidado de las gallinas.
Él siente un estremecimiento. Gime. Luego vuelve al rincón de la cama y apaga las luces. Ella organiza su pijama, busca sus calzones que estaban en el borde de la cama y se los pone. Trata de decirle algo, pero él ya no la determina. Ella, con lágrimas en los ojos, sigue recordando la casa donde fue feliz. Él la escucha llorar y disfruta. El llanto lo arrulla y lo sumerge en el sueño. A veces ha considerado la idea de terminar con ella para no hacerle más daño. Aunque es incapaz de dejarla ir porque con ella ensancha la herida insondable que lo hace sentir sesenta años más solo, sesenta años más triste, sesenta años más lejos de la mujer que ya no llegará porque es una ausencia tan fuerte que  ha empezado a averiar los resortes del colchón. 




Fragmento del capitulo 10 de la novela que por estos días está circulando. Buen provecho.

Solía sentarme en la cama con una taza de café y un cigarrillo para intentar ordenar las ideas. Algunos días mi cabeza era un cuarto desordenado. Los pensamientos, cosas tiradas en el piso, unos sobre otros. Si buscaba alguno era imposible y esto me sumergía en la tristeza. Logré identificar que ese caos lo originaba el miedo. Intenté buscar el temor. Recuerdo que mi primer miedo, del que no me libro por completo, era enamorarme. Me aterraba y lo anhelaba. Imaginaba la compañera que me hiciera sentir menos triste y a los minutos me aburría sin remedio. Sin embargo, fantaseaba con besarla en un acto religioso. Claro que en un lugar para los dos, porque no me atraía la idea de sentarme en un parque y exhibir el amor como una prenda de vestir de última moda. Me indisponía ver a aquellas parejas que se besaban con las manos y las piernas como si les faltara aire. ¡Ah, a lo que hemos reducido el arte de besar! Pues el beso debe ser pausado y tranquilo para que exprese lo que las palabras insinúan. Debe ser un ritual y no un espectáculo de circo barato. Debe ser un acontecimiento estético que erotice el espíritu y produzca ese mareo comparado a la ebriedad del vino. Pero no, las parejas en los parques se besan como si tuvieran hambre y quisieran comerse el banquete del cortejo de un bocado. Como si ese beso fuera el único y el último de sus vidas. Como si se les fuera la vida y con ella la oportunidad de volver a besar. Si es así, estamos perdidos porque eso evidencia la incapacidad de sentir a conciencia. Y si no podemos vibrar con la magia de un beso porque nos puede el instinto… ¿Qué será del amor? Tal vez un recuerdo de algunos o una moda en desuso para los más civilizados, los que se creen avanzados. Cuando hablo de civilizados me refiero a los que aman la tecnología, pero sin parecen cavernícolas: jauría de tristes devorándose los unos a los otros. Quisiera no reflexionar sobre el asunto, y cuando veo esos espectáculos siento repudio... 

A los que nos gusta escribir versos nos encontramos que no siempre podemos hacerlo. Sea porque repetimos un verso anterior, sea porque no llegan las palabras, sea porque estemos muy apacibles o lo contrario. Sin embargo, cuando llega un verso, uno que atrapa una sensación profunda, el gozo es incomparable. Es como una experiencia con la divinidad, si me permite tal comparación. Lo digo, porque algo de eso queda entre líneas, como un ritmo interno que brota como agua fresca con cada lectura. Por esa luz del verso que nos redime, invoco la luz para siga apareciendo entre líneas. Llamo esa llama cálida y tenue para que alumbre el verso. Para que surja del vacío, nido de la creación, un poema del aliento interior para que susurre en verso aquellas letras que dibujan signos en la hoja en blanco. 


Andan preocupados por habitar la ciudad. Se hacen viejos y no quieren aceptar que ya pasaron de moda. Se niegan a renunciar al ron, los cigarrillos, la música y la marihuana. Hablan sobre películas proyectadas en el recuerdo, sobre fiestas de las que se cansan rápido, sobre mujeres que nunca han visto. Necesitan inventar historias que coincidan con los recuerdos de aquellos días joviales cuando creían que podían hacerlo todo. Se sientan en los bares a ver pasar transeúntes porque sus amigos se casaron o emigraron. Vuelven, en la madrugada, a la soledad de sus cuartos y cansados se resignan a cerrar los ojos dispuestos a despertarse religiosamente para acudir a sus trabajos.


Antes de ser el que soy, el escritor, el andariego, el prospecto de buen ciudadano, fui muchas veces mujer. En sueños me llegan retazos o imágenes sueltas. Soy otro ser, en otro cuerpo. Y al despertar quedo con la sensación de haber estado con tantos amantes como dolores. También, que amé tanto la carne que encerré al espíritu  en el retrete. Pues, mi único interés era saciar el deseo del cuerpo, el que se agota con el tacto. 


Ahora,  con lo que soy y con esos vagos recuerdos, he sido una especie de don Juan, no por el éxito con las mujeres, más bien por el enredo con ellas. Pues he amado mujeres menores, predecibles, que me aburren y me agobian. Asimismo, mujeres mayores, indómitas, que me asustan y huyo. A todas, les he otorgado el poder de organizar mi intimidad por colores, por formas y días. 

Ellas, con sus cuidados, han formado la imagen de mi madre. Cada fémina una línea del rostro de la progenitora. Por ello, he sido su hijo contemporáneo. Pero los hijos crecen y en gratitud a lo recibido, abandonan a su madre.


Cuando te vi te imaginé tan cerca, que ahora, que estamos juntos, me sorprendo. Vamos con los días profundizando en nuestro encuentro, como una cita de antaño. Ahora que te veo, le quito a la distancia el recuerdo y al recuerdo el pasado para verte entre entre jazmines y rosas. Te beso la piel y mi boca, cual abeja, saborea el sudor y el perfume del deseo. Cierro los ojos para sonreír un poco más íntimo. 


La escritura es como un viento que mueve las ramas de los árboles. No se sabe en qué dirección. Y si hay una dirección no siempre es la misma. No se sabe de dónde viene ese viento y a dónde va. Se siente y los árboles doblan sus ramajes y se dejan llevar por ese movimiento. Así, a veces, sucede cuando te sientas a escribir. A veces, ese viento llega  y trae palabras que mueven las manos y las manos, como en una danza antigua, van gestando un sentido o un concepto de algo que era inimaginado. En ese sentido, son las manos como árboles que se inclinan ante ese viento antiguo, que en cada que sopla renueva la palabra. 

En el momento circula por un blog algunos textos de la producción personal que esta semana quiero compartir con los lectores. 

Para ver de que se trata con un solo clic aquí .

Jugamos a detener el tiempo. Te encargas de los minutos. Me ocupo de los segundos. En minutos me olvidas y en segundos ni te recuerdo. En minutos te detengo y en segundos me ocupas. Tic tac suena el beso como un rumor en la distancia. Tic tac... 

No te besaría más, pero tus besos, lentos y seductores. Sobre todo dulces, los resto de mis labios. Por el bien de ambos, no quiero ser solo el tahúr con partida prometedora. Hoy lo entiendo. No quiero asumir una deuda que estoy cansado de pagar.

Se me van de las manos, como las hojas de los árboles, el recuerdo de tu sonrisa y el calor de tus abrazos. Desde que te olvidé la vida me sonríe y el amor me llega igual que siempre. Hoy, se me van de las manos el pasado en hojarasca.

En tus labios derramo el vino tinto del beso. La copa está servida.

Sueños estériles: 1
Desamores:          agotada la existencia
Equivocaciones:   3
Miedos:                sin señal
Dependencias:     fuera de circulación

Total: 32 olvidos sin clasificar. 



Cuando manso dominas la pasión, esperas la pasión.

Alguien trota en las mañanas,
se ejercita para estudiar el Kama-sutra ilustrado.

Hace poco recibió una mención de honor
en deseo derramado por los dedos. 

Le gusta comer arroz con yuca y papa,
ver el noticiero de Caracol que es menos nocivo
y cada mes rasurarse las axilas. 

Quiere estar.

Miente. 

Amanece y quiere ser Alguien
pero el cansancio lo agobia.



Como fuego atizado por el viento
el placer humo denso sin dirección
Pienso en el pasado más cercano
La última caricia
el último lecho donde hizo
acrobacias el corazón
Y el deseo emerge como llama
antorcha encendida
impulso incontenible
Entonces te veo.



Carlos llegó muy tarde y puso sobre la mesa una caja blanca. Esa noche, como muchas otras, yo lo esperaba sentada en la silla mecedora. Pensaba servirle la comida, los frijoles que tanto le gustaban. Éramos un buen matrimonio y habíamos basado nuestra relación en el respeto. Ambos creímos que una relación funciona cuando el otro le despierta a uno lo mejor y no lo peor. Conozco muchos matrimonios infelices porque perdieron el respeto y se tratan mal. Lo de nosotros fue diferente porque era un amor verdadero. Así al menos lo creía hasta aquella noche en que Carlos después de dejar la caja sobre la mesa empezó a llorar por algo que yo desconocía y todavía no entiendo. Recuerdo que era la primera vez que lo veía llorar. Ante una dificultad decía que no había que preocuparse porque todo problema tenía solución y si no tenía solución entonces no era problema. Por eso, cuando lo vi llorando, por solidaridad lloré con él. Él miraba la caja y pensé que si la tiraba a la basura todo iba a ser como antes. Al contrario, cuando vio mis intenciones me alzó la voz, hecho que me asustó. Al cabo de unos minutos me atreví a preguntarle por lo que había en el interior de la caja. Carlos se limpió las lágrimas con un pañuelo y mirándome sonrió sin explicarme el misterio que me devanaba los sesos. No insistí en la pregunta y me quedé con él. Estuvimos en silencio hasta que él con su mano derecha limpió mis lágrimas deslizando la punta de sus dedos por las mejillas hasta el mentón. Me miró a los ojos como si algo terrible le fuera a pasar. En sus ojos la luz era opaca, como si habitara en ellos una tristeza sin precedente. Sonrió y me dijo que se iba a un lugar donde yo no podía acompañarlo. Intenté abrazarlo y pedirle que me llevara. Pero él insistía en que volvería y para que creyera en su palabra me dejaba la caja blanca. Miré la caja con odio porque era la culpable de todo lo que estaba ocurriendo. Como si intuyera que iba a echarla a la basura, me hizo jurar que la conservaría hasta su regreso. Después dio media vuelta y salió de la casa. Inmediatamente me dirigí a la caja y despegué una cinta gruesa para alzar las dos alas de cartón. Cuál fue la sorpresa al ver que en el interior había mariposas blancas que al ser liberadas dieron vueltas por la sala y se posaron en el techo, las cortinas y las paredes. Eso fue hace veinte años y Carlos no ha cumplido su promesa. Llevo todo este tiempo como una idiota conservando una caja vacía. Ya perdí la esperanza. Tal vez todo lo que me dijo fue un invento para abandonarme con mis dos hijas. Son veinte años, querido nieto, imaginando el regreso de un hombre que amé con toda mi alma. Ya estoy vieja y cansada. De no ser por ti, mi bello Rogelio, mi niñito, hace años hubiera enloquecido.



Esa noche, hace ya varios años, la abuela lloraba sin consuelo porque se le acababan las fuerzas y decía que se iba a morir sin ver de nuevo a su esposo. Me abrazó y lloré porque me dolía verla así. Pensaba que era injusto que un ser tan bueno tuviera que sufrir de esa manera. Lo único que se me ocurrió fue llevar mi mano derecha a su rostro. Justo en ese instante vi una mariposa blanca aleteando en círculos sobre nosotros. La abuela se limpió las lágrimas y me mostró las mariposas que volaban sobre las cortinas y toda la habitación. El corazón palpitaba muy rápido por lo que cerré los ojos con la ilusión de que al abrirlos las mariposas se multiplicaran. Pero ocurrió lo contario. Al abrir los ojos tanto las mariposas como la abuela habían desaparecido. Busqué por todos los rincones y lo único que encontré fue la caja blanca sellada con una cinta gruesa. Escuché que adentro algo se movía. Sin pensarlo la abrí y del interior volaron mariposas blancas. Dieron varios círculos sobre mí. Incluso, puedo jurar que escuché un susurro de voces de una anciana y un anciano antes de que salieran por la ventana. 


La soledad lo inmoviliza.
Por dentro, temblores y derrumbes.
Invierno crónico.
Ni los ojos, las fosas nasales,
las orejas, la boca,
el ombligo y el culo
sirven para evacuar el llanto.
Se inunda de abismos.







La chica camaleón-calzado visitó a F. Ella se sentó en la cama y puso cara de “chica quiere fuego”, “derrite suelas”, “camíname con zapatos nuevos”, “calzado cómodo de amar”. F empezaba a aburrirse. La chica acarició sus cabellos cordones negros abundantes e hizo con los dedos un peine improvisado.

Ella se despojó del vestido. Dos senos señalaron la boca de F, pero F le dijo que no quería. La chica puso cara de 43 Reebok nuevos, cara de botas Brahma indiana future boots y le pidió a F que la acompañara hasta su casa. F dijo que no porque estaba muy cansado, pero, en su condición de caballero le pedía al espíritu de él que la acompañara. “Espíritu acompaña a care-botas-Brahma indiana future boots hasta la puerta.” La chica hizo un gesto de All Star 5 ½ y se fue sin despedirse cerrando la puerta con furia. F verificó que la chica no la hubiese averiado. Luego se sirvió una copa de vino y asombrado miraba en las baldosas huellas de zapato derretidas, humeantes. Se tomó un trago y celebró que una vez más había hecho mejor el olvido que el amor.

Alguien tiene una alergia en la piel llamada sexo.
Brota y pica.
Hace tiempo quiere curarse.
Lee libros de poesía amorosa,
ensayos sobre el control del deseo
y cree mejorar.
Pero ve una mujer
y la piel hierve.
Es una alergia,
una roncha gigante.
Se rasca,
infecta la herida,
desespera,
tritura la palabra paciencia
y sobre sus residuos
se lanza al contagio.


Por ventiscas llega el deseo y te deleitas con las mujeres que te debilitan. Te gustan las que saben cómo robarte una mirada. Las que huelen a camino cercado por flores y alzas las fosas nasales. Respiras profundo hasta que aparezca un brote de ilusión en el instinto. Hueles y deseas. Deseas. De pronto, aparece una chica y con movimientos sutiles deja claro que no acortará la distancia, así te mire. Otra se escuda entre sus amigas y se inquieta contigo, sobre todo, por tu manera de sostenerle la mirada. Una tercera juega a hacerte creer que no existes para ella. Se esfuerza por dejarte en el gris civilizado del “¡no me importas!, aunque a veces se avergüenza al admitir que te observa con discreción. 

Con ninguna concretas. Tal vez no quieres. Quizá te aburres. Prefieres estar quieto. Respiras un poco. Con calma coincides en que todas son la misma mujer. El mismo espejismo maravilloso, el mismo filo de la navaja. Al final, lo aceptas, ellas son ninguna. Son la respuesta a tus impulsos primitivos. Los originales. Pura biología aplicada, puro reflejo y una gran posibilidad antes de echarse a perder.


Palabrería pus.
Pus pus pus.
Siempre está de más hablar.
Alguien es culpable de tener una boca
llena de palabrería pus.
Pus para una incertidumbre miope
pus para espantar la noche y sus adeptos
pus para que el amor no sea idilio
pus para asustar a las mujeres que quieren poesía y no hombre.

Pus pus pus.
La lengua
madre de signos pus
de palabrería pus
tristeza pus
despedida pus
alegría pus.
Un circo pus de gira por la vida pus
lleno de espectáculos pus
leones dormidos
y palabrería pus

¡Bienvenidos!
Podrán presenciar una boca sin dientes
que lustra zapatos
y escupe elefantes.
¡Señoras y señores!
¡Lo que esperaban!
Palabrería pus
para público pus.





Alguien guarda las frutas de ciruelas en los bolsillos,
son balas para rescatar la voz de su madre
                                 atrapada en un charco.
Alguien rodea el charco con sus muñecos de yupi.
Ve su rostro en el agua.
Dispara.
No hay señal de la voz de su madre.
Vuelve a disparar.
El agua le mancha los pantalones.
Alguien brinca y se arroja al suelo.
Los muñecos flotan.
Antes de que pueda rescatarlos el grito de su madre:

- ¡Alguien hora de bañarse!

Alguien abre los ojos, infla el pecho, mira el cielo y sonríe.
Misión cumplida.


Como el hombre que mira de frente los rayos del sol y le quedan manchas en los ojos que se reflejan en lo que observa, Alguien escribe lo que siente.

Se levanta temprano.
No se persigna,
olvidó como es eso.
Va a la cocina.
En una olla
hierve agua
con dos cucharadas de azúcar
y una de café.
Sirve.
Afuera, en la ventana,
ve una hoja de plátano.
Los verdes de la hoja varían con la luz.
Alguien parpadea.
Pone la taza de café en algún lugar.
Vuelve al cuarto.
Busca el cuaderno de apuntes.
Está por concebir
el verso que lo inmortalice.
Escribe:
la hoja de plátano es verde.




La habitación
es quien habita en Alguien.
Le quita las telarañas de los labios
y los ojos.
Se asegura de que Alguien, su ente móvil,
el que la trasporta fuera de casa,
esté bien aseado.
A veces es justa
y deja que Alguien crea que ella es la habitación.
Alguien la desordena un poco
tira un zapato, un bolso o un libro.
Pero esa ilusión se le permite a Alguien
minutos antes de dormir
cuando el desánimo es lo mismo que el ánimo.


Alguien es el ratón que se disfrazó de gato
para cazarse a sí mismo.
Alguien es un principio,
un retorno a lo invisible,
un automóvil en reversa.

Alguien es un hombre con el pecho 
                          inflado de sombras,
un punto que es todos los pánicos,
un cocuyo que anhela ser estrella.




Alguien va al psicólogo.
Sale del consultorio con hojitas de lechuga en la mano.
La calle está llena de conejos.
Un saltito
dos saltitos
tres saltitos.

Malos consejos de consultorio.



Por algunos años fui las sobras de otros.
Consumí fritos y fui altamente grasoso 
                                   y contaminante.
Me nutrí y nutrí de lo menos saludable.
Hasta que empecé a verme como consecuencia
                                                  de los alimentos. 

Ahora soy caviar,
un suculento plato.
Ya no me da hambre de compañía
menos, alzo el plato para pedir migajas. 
Al contrario,
consumo lo que fortalece el amor, el propio,
el que te hace dulce, suave,
digerible y exquisito. 


El abuelo sufre de Alzheimer y hace ya tres años que no reconoce a su propia familia y los confunde con sus amigos de la infancia. Parece que se quedó en esa época y a sus ochenta años se le ve en el prado buscando hormigas e inventando figuras con un palo en la arena. Ayer llegué de la cuidad y me senté junto a él a mirar una flor. Durante veinte minutos estuvo en silencio hasta que sorprendentemente me llamó por mi nombre y sin dejar de mirar la rosa dijo que si uno sintiera un poquito el corazón descubriría que muchas veces se vive por nada y puede envejecer sin siquiera haberse detenido a oler una rosa. Sonreí y le pregunté entusiasmado quién era yo. Él se quedó mirándome unos minutos. Luego, sonrió y me dijo que el tiempo era una escalera que conducía a una torre donde estaba atrapada la juventud, una princesa hermosa con senos grandes de pezones rosados. Él hablaba sin dejar de mirar la rosa, estaba en el último peldaño y sentía que estaba llegando al final. En ese instante se levantó con el bastón y empezó a caminar. Salió de la casa y no tuve la fuerza para detenerlo. En las huellas de sus pasos brotaron algunas rosas de un rojo intenso.






Lo conocí en el primer semestre en la Universidad. En ese entonces fumábamos Piel Roja sin filtro, escribíamos a mujeres desconocidas, bebíamos vino hasta la inconsciencia porque en nuestra juventud nos era permitido el agravio. Fundamos “El club de la serpiente” donde leíamos nuestros textos y maldecíamos cuanto se pudiera nombrar. Pero, cuesta creerlo, éramos inofensivos. Quizás, el único hecho relevante fue cuando entramos a un supermercado armados con flores de plástico en los bolsillos. Habíamos conseguido un ramo de girasoles en un almacén de antigüedades. La cajera, cuando le dijimos: “¡Alto, esto es un asombro!” activó la alarma y un vigilante nos encerró en una bodega. Allá nos golpearon en las piernas y brazos. Pasamos varios días en cama reponiéndonos de la golpiza. 

Semanas después, “El zurdo”, como le decíamos por cariño, entró en depresión. Decía que quería irse de la universidad porque era demasiado genio para la academia. Lo escuché y en vez de disuadirlo lo animé a que madurara la idea. Dije que la universidad era una mierda para los adelantados y que yo me iría con él a conquistar Suramérica. Nuestro sueño era darle la vuelta al continente. 

Pasaron tres días y “El zurdo” no fue a clase. Un mes, dos meses… A los seis meses me enteré de que estaba internado en un centro de rehabilitación por consumo de marihuana y sustancias químicas. Después se escapó del centro y no volví a saber nada de él. Seis años más tarde me lo encontré. Estaba sentado en un andén fumándose un porro. Parecía otra persona. Estaba muy flaco y con la mirada perdida. Tenía la misma mirada de los sonámbulos. Le hablé y no me determinó. Me senté a su lado y siguió mirando las nubes. Estuve sentado una hora sin lograr comunicarme. De pronto él me miró y en ese instante llevó una mano a la mochila y extrajo un pedazo de una flor de plástico. Sonrió y se dirigió hasta una vendedora ambulante. Lo seguí. Cuando estuvo frente a la mujer le habló, pero sus palabras eras inentendibles. 



Los rayos de sol se filtran por las rendijas de la ventana hiriendo los ojos de Felipe. Son las siete de la mañana. Hora de levantarse, bañarse, ponerse el pantalón azul oscuro y la camisa blanca, medio desayunar y salir. En la calle la gente va y viene. Felipe camina con la mirada al frente atento a la anciana que cruza la calle, la motocicleta entre dos automóviles, la niebla, el sol que irradia rayos de distintos colores en los espejos, el niño frente a un árbol, el hombre que camina indiferente. En la avenida mira los postes, los transeúntes, las casas... Imágenes mudas, sin resolución. Camina sin mirar, sin ir, sin rumbo al trabajo. 

En la oficina se sienta en el sillón giratorio y presiente que ha estado allí muchas veces, frente a los mismos textos para corregir y entregar en la tarde. El mismo día que avanza con las mismas rutinas. Sobre el escritorio el mismo arrume de textos mal escritos que corrige una y otra vez. No le gusta encontrar los mismos errores ortográficos, como si el mismo texto fuera escrito todos los días por alguien diferente. Se enfurece con los mismos informes mal redactados. En ese momento tira varias hojas al recipiente de la basura. Respira y trata de calmarse pero no encuentra un motivo. Al contrario, cada día se encuentra más afligido. Incluso, llega a imaginar que las paredes empiezan a estrecharse hasta el punto de aplastarlo o el techo se desprende y acaba con su existencia.

Luego, se dirige al restaurante y mira el precio del plato típico. En ese momento se percata de que todas las mesas están copadas y decide no almorzar. Enciende un cigarrillo y se dice a sí mismo que la multitud aburre, pero estar un día sin ella es insoportable. Se necesita de otros cuerpos para alimentar la tristeza. Exhala la última bocanada y arroja la colilla a una charca y produce un sonido semejante al estornudo de un bebé. En la calle, otra vez el azar con su música en escala de grises. Desde alguna parte se escucha There to get ready, Summer song de Dave Brubeck y él camina mientras rompe la última hoja de su currículum vítae.  




La chica camaleón-calzado visitó a F. Ella se sentó en la cama y puso cara de “chica quiere fuego”, “derrite suelas”, “camíname con zapatos nuevos”, “calzado cómodo de amar”. F empezaba a aburrirse. La chica acarició sus cabellos cordones negros abundantes e hizo con los dedos un peine improvisado.


Ella  se despojó del vestido. Dos senos señalaron la boca de F, pero F le dijo que no quería. La chica puso cara de 43 Reebok nuevos, cara de botas Brahma indiana future boots y le pidió a F que la acompañara hasta su casa. F dijo que no porque estaba muy cansado, pero, en su condición de caballero le pedía al espíritu de él que la acompañara. “Espíritu acompaña a care-botas-Brahma indiana future boots hasta la puerta.” La chica hizo un gesto de All Star 5 ½  y se fue sin despedirse cerrando la puerta con furia. F verificó que la chica no la hubiese averiado. Luego se sirvió una copa de vino y asombrado miraba en las baldosas huellas de zapato derretidas, humeantes. Se tomó un trago y celebró que una vez más había hecho mejor el olvido que el amor.