El miedo a morir es un acontecimiento que nos mueve. No importa la edad ni la religión ni la época, la muerte es un misterio que no desciframos. Es un tema que siempre nos ronda y asusta, sobre todo cuando alguien cercano deja de estar entre nosotros. 

Hemos mal interpretado, así no comprendamos el misterio, el significado de la muerte. La muerte, a mi modo de ver, no es un fin porque morir es solo otro momento. Planteo esta hipótesis porque creo que somos más que un cuerpo que envejece y se descompone. Siento que el cuerpo es como la oruga en la que reposa la mariposa. 

Pero con la muerte creemos que todo se termina porque hemos elegido el fatalismo como salida. Y como somos lo que creemos nos ahogamos en nosotros mismos porque somos nuestros peores enemigos. Nadie nos trata tan mal como nosotros mismos. Por eso, cuando alguien muere, lo primero que sentimos es una especie de arrepentimiento. Pensamos que faltó tiempo para compartir. Lo segundo es que entramos en un estado meditabundo y evaluamos lo que estamos haciendo. Lo tercero es que lloramos la muerte del ser querido con cierto deseo morboso porque nos duele no ser los primeros. Entonces muchos se emborrachan y aprovechan este acontecimiento para sumergirse en un estado deplorable y lastimero. 

Reflexiono alrededor de la muerte porque hace unos días falleció un amigo que quise mucho y que sé, si estuviera con vida, seguiría igual de distante. Me duele que ya no esté, pero la distancia era la naturaleza de nuestra amistad. Por eso, no me siento mal. Estuvimos juntos el tiempo necesario. 

Se llamaba Pablo del Río y era un gran escritor. Algo oscuro y solitario pero con un corazón puro. Su tristeza radicaba en que se sentía fuera de este mundo. Tal vez nunca estuvo. Tal vez ahora esté a donde siempre perteneció. Lo sospecho, no lo sé de cierto, pues ayer soñé con él y me dijo que no me preocupara, que él estaba bien. Acepté esas palabras como quien me dice nos vemos luego. 

No estaré triste, no lo lloraré, no me echaré a la pena por él. Creo que si uno quiere y respeta a alguien en vida hay que seguirlo haciendo en muerte. Pues en el recuerdo su presencia continua. Lo que hice fue sembrar en su nombre un surco de caléndula para que sus heridas cicatricen. 

A mi amigo le deseo un buen viaje. Pues, siento que se fue a un país donde se habla un idioma que no comprendo, pero que algún día aprenderé. Le deseo que la luz del universo lo acompañe donde quiera esté.

Todo aquello que se deja ir es como si llegara de nuevo. Para que se dé el regreso la despedida debe ser desde el corazón. Es decir, cuando se dice adiós es para siempre. No solo de palabra sino de hecho. De esta forma no hay espacio para las palabritas de consolación o los recuerdos nostálgicos. Solo lo que se olvida y queda en esa atmósfera de la indiferencia, como en una especie de neblina, puede verse sin miedo y ataduras. Eso me dijiste hace unos meses e intento vivir como si no te conociera. Por eso, también he decidido viajar a otras tierras. Creo firmemente que la distancia que nos separa es la libertad que nos une.
Tengo una soledad de cuerpo entero 
una de las más feroces 
capaz de estallarme la cabeza. 

Tengo una soledad de 67 kilos 
que se aferra a los huesos 
y desgarra la carne. 

Tengo una soledad de 1,80 metros 
de barbas blancas 
que me asusta en las noches. 

Tengo la soledad del santo 
antes de que sea santo 
es decir, una soledad de tiempo completo 
a término indefinido 
que ni florece ni marchita.

Estaba entre un costal. Aullaba y las fuerzas se agotaban. De pronto  lo movieron y al salir vi a una mujer que me habló con una voz menudita. Caminé con ella hasta una casa de tapia, grande. Ella me dio un plato de sopa de arroz y purina. Comí hasta vomitar tres veces la cantidad ingerida. 

Con los días empecé a explorar el lugar y a disfrutar de los olores que salían de la cocina. Me levantaba en dos patas mientras el estómago se revolvía. 

 Lo más divertido era salir de paseo. Con el collar nada en el mundo me importaba. Incluso cuando otros se me acercaban me dejaba oler sin mover el hocico. Muchos me gruñían porque yo no los olía. Sentían que era superior al no interesarme por averiguar sus edades y posiciones sociales. Por ello, más de uno me dijo que algún día me encontrarían solo. No les hice caso. Pues mi único interés era ella y su olor a menta y tierra húmeda. 

 En la mañana la esperaba en la puerta para saltar y ladrar y morderle los pies. Me gustaba robarle los calcetines y enterrarlos para olerlos y recordarla. Ella se enojaba cuando desaparecían y con un periódico doblado corría tras de mí hasta que se cansaba. A las horas, me acercaba cabizbajo, moviendo la cola y ella volvía a hablarme menudito. Empezaba a saltar, a morderle las manos y pararme en dos patas. 

 En las mañanas ella salía y regresaba en la noche. En el día me quedaba oliendo sus calcetines y aullando. Las horas sin ella eran insoportables. Por eso, una mañana, desesperado, la seguí. Pero a los pocos metros perdí su rastro de menta y tierra húmeda. Lo busqué por todas partes y nada. Aullé. Cuando quise retornar a casa apareció el sabueso y sus compinches. Agaché las orejas y metí la cola entre las patas. Se acercaron y me olieron el rabo. Uno de ellos, el más pequeño, me mordió la pata. Salté y otro me agarró del cuello. De nuevo el más pequeño me mordió la otra pata. Recordé el hambre y el miedo cuando estaba dentro del costal y la voz menudita de ella y como pude giré para zafarme de las mandíbulas que me estaban dejando sin aire. Luego salté en dirección al sabueso. Él no se esperaba ese golpe. Me sujeté a él con todas mis fuerzas. Él saltaba y entre más se movía con más fuerza apretaba mis mandíbulas en su cuello. De pronto el sabueso se quedó quieto y abrí la boca. Los otros se alejaron. El sabueso se incorporó y caminando de lado, se marchó. Intenté moverme pero estaba sin fuerzas. Demoré un rato restablecer la energía. 

En la noche ella a verme gritó y empezó a limpiarme las heridas. Al día siguiente se quedó conmigo. Al recuperarme volví a salir y me encontré que la pandilla del sabueso se había desintegrado. Pero esta vez, al olerme, en vez de gruñirme saltaron sin importarles que no les oliera el rabo. Desde entonces, cuando ella parte, durante el día exploro la montaña en compañía de mis nuevos amigos. 

En la noche, retorno a casa. Echado en una roca alzo el hocico hasta sentir su olor a menta y tierra húmeda. Salto y ladro. Luego me paro en dos patas y la sigo.

Llevo muchos años intentando comprenderla. Siento que cada que sale de la casa se va para siempre y llega otra a quien desconozco. Aunque hay ciertas cosas que no cambian como la manía de parlotear por los mismos asuntos. 

Hay días, cuando vamos de paseo, en los que no soporto que guarde en mi bolso un montón de frasquitos. Dice que cada cosa sirve para algo: pestañas, párpados, labios… En ese momento imagino que aparece un ratón y ella salta y grita y se olvida de tanta indumentaria. 

Cada que ve un niño en la calle quiere llevarlo a casa. Lo mismo con los gatos y los perros. Si no fuera porque el apartamento es pequeño viviríamos en un zoológico. 

En las noches se ducha y antes de dormirse le gusta que la abracen y le acaricien el cabello. Luego me pide que le lea un poema o un cuento. Va cerrando los ojos hasta quedarse dormida. Antes de apagar las luces me desnudo y me meto entre las cobijas. Un aroma a jabón de baño y jazmín me produce escalofrío. Voy cerrando los ojos e imagino que entro a un lago calientito que me reconforta y satisface.
A pesar de que me digan 
que la felicidad es una cortina de humo 
en un país de catástrofes políticas. 

A pesar del desencanto general 
de un pueblo golpeado por su historia 

A pesar del frío y los huérfanos de la guerra 
creo en la luna en los amigos 
en el amor, en la libertad 
en el cambio, en las flores 
y en aire todos los días. 

Entre la mierda una mariposa abre las alas.

En Colombia, lamentablemente, existen asesinos en serie más letales que los que exhiben los programas policiales y las películas gringas. Hombres como Garavito o Pedro Alfonso López, entre otros, le han hecho mucho  daño a la comunidad del Sagrado Corazón calcinado por la injusticia del sistema judicial colombiano. 

Pero algo más aberrante que los asesinos en serie son los medios de comunicación y los grandes poderes industriales. Estos poderes utilizan las fechorías inhumanas de los asesinos como publicidad de venta. Por ello, los extras o las chivas son las declaraciones descarnadas de algunos de estos individuos. 

No está de más que así como hicieron con Pablo Escobar y todos esos personajes de la narco política, los paramilitares… aparezca una serie en alguno de los canales nacionales recreando la historia de alguno de estos asesinos. Como si el asesinato fuera un pasaporte al estrellato en la sociedad de nuestro país. 

Se debería exiliar a estos personajes, no darles protagonismo, llevarlos a una muerte mediática, porque no son ejemplos a seguir. Pues una muerte es un hecho para lamentarse. Por ello, se debería esforzarse un poco, si lo que se quiere es un cambio verdadero en nuestra sociedad, en exaltar aquellos personajes que han dedicado una vida a una causa noble: el agricultor, la profesora de una escuela rural, el músico de pueblo, el poeta de publicaciones piratas… pero no, como no se ven porque no son escandalosos, extravagantes y vulgares, no son dignos de nuestros afectos. Este desconocimiento de los grandes hombres y mujeres se debe a que no se ajustan al márquetin de venta de los medios de comunicación. 

Considero que los medios masivos, al menos esa es mi perspectiva, están creando un modelo de vida retorcido, facilista, amoral en Colombia… Aprovechan que la juventud colombiana dedica la mayor parte del día a la televisión y las redes sociales y los sumergen a la moda mediática para atraparlos como una mosca en una tela de araña. Así garantizan fieles espectadores, fieles televidentes, constantes infelices que han trasladado sus sueños a las pantallas. 

 Los grandes medios, los grandes poderes, nos están alejando de la posibilidad de respirar y de encontrarnos en nosotros mismos. Parece que entre más nos perviertan, entre más nos retuerzan y confundan, más les conviene para seguir lucrándose a costa de la sangre derramada de miles de colombianos en el transcurso de la historia patria.

Tuve dos hijos y los abandoné por miedo a que descubrieran quién era. Durante años evité pensar en ellos. Incluso le hice la vida imposible a su madre para asegurarme de que no me buscarían. Con el transcurso del tiempo me fui olvidando de ellos. Tal vez sea por ello o por mis otros errores, que no logré aceptar mi inclinación sexual. Las veces que fui feliz con otro cuerpo fue cuando lo imaginé. Así me hice viejo y me quedé solo, sin hogar, sin familia, sin amigos. Tal vez eso se deba a que a todos nos llega el momento en que no podemos ocultarnos de nuestros actos. No importa si las decisiones fueron tomadas en antaño. Pues, los hechos nos persiguen como pesadillas. 

 Ayer, después de veinte años los encontré en la casa de mis difuntos padres. No podía creer lo que veía. Ella era el mismo retrato de mi madre y él era idéntico a como era yo cuando era joven. Me saludaron y preguntaron por mi vida. Lo único que pude contestar fueron generalidades. Me asusté y partí de nuevo. Caminé rápido, sin importar mi enfermedad en la columna. Quería huir, pero era imposible. Ellos me mortificaban. ¡Santo Dios, qué hice!

Pero prefiero el dolor a que se hubieran enterado de que no estuve con ellos por miedo a hacerles más daño del que ya les hice.

Ella se recuesta en una silla. Lo primero que hace es echarse un aceite de esencias florales en la piel. Luego se pone un sombrero y unas gafas oscuras. Se queda, casi desnuda, recibiendo el sol por más de dos horas. Sus senos tienen un tono rosado con bordes verduscos; sus piernas largas, con algunas tunas, se abren un poco. En ese momento se escucha el silbido que produce las hojas de la caña de azúcar al tocarme. Ella empieza a suspirar. Comprimo todos los músculos y me dejo ir en una corriente de aire hacía su cuerpo. Siento su calor y su respiración agitada se parece al silbido las hojas de la caña de azúcar. Me deslizo por sus labios, mejillas, cuello... Ella abre la boca y pasa la lengua por sus labios dejando caer un pétalo húmedo. Hago un giro de 90 grados y recojo el pétalo. Con su olor a rosa voy feliz a recorrer otros jardines.

El fuego necesita una base fuerte para que la llama arda y no se apague al instante. Esa base debe ser de buena madera. De ello depende la consistencia y la fuerza. Así también con uno. La base que uno necesita es el alimento del espíritu y el cuerpo. Pues el verdadero fuego es el auto cuidado. Eso dijo el hombre fuego a su hijo antes de que el hijo se incinerara intentando encender la chispa divina de su corazón y renaciera de nuevo de las cenizas.

No puedo estar bien hasta asegurarme de que tú estés bien. Al menos eso es lo que me interesa hacerte creer.  Si giro en torno tuyo puedo hacerte pensar que tengo decisión y así no te enteras de que mi control sobre ti no es más que mi miedo a estar solo y con los bolsillos rotos. Querida patria, espero no enloquezcas para que no me obligues a respetarte a la fuerza.

Vivo en un país diverso y con tierra suficiente para resolver el problema de pobreza que hace años nos afecta. El problema es que no hemos querido entender que lo tenemos todo y no hace falta mirar afuera para generar lo que se puede producir desde adentro. 

Nuestro territorio cuenta con el clima perfecto para sembrar los alimentos que los colombianos necesitamos. Incluso, si hacemos un buen uso de este recurso podemos ayudarles a nuestros vecinos. Lo que falta es un cambio de mentalidad donde se empiece a respetar la tierra y su valor para el desarrollo evolutivo de la humanidad. 

Pero no, en los últimos años los gobiernos se han dedicado a buscar la aprobación de los tratados de libre comercio. Han conseguido varios y no se han detenido a mirar si tenemos las condiciones de infraestructura para competir con otros países. Pero eso no es lo más aterrador. Lo angustiante es que El Congreso de la República expidió la ley 1518 de abril 23 de 2012, "Por medio del cual se aprueba el Convenio Internacional para la protección de las Obtenciones Vegetales, UPOV 1991". Esto, es resumidas cuentas, es darle la libertad a las multinacionales de perseguir a nuestros campesinos, Afrodescendientes, mestizos e indígenas por cultivar semillas sin transgénicos. 
El que controla el alimento controla el pueblo y a nosotros, un pueblo prospero en riquezas naturales, pero pobre en el aprovechamiento de los recursos, nos están conduciendo lentamente a la pobreza absoluta. Somos como el príncipe dormido que rondan los buitres. 

Mientras creamos que la salida de la pobreza sea permitir que otros mercados entren y nos vendan sus alimentos con intervenciones genéticas, y por ello más barato, estaremos entrando en ese peligroso juego de la oferta y la demanda. En esa mecánica fatalista de que solo se es feliz en la medida en que más produzca dinero sin importar lo que haga o le pase al vecino. El mercado por el capital es inhumano y devastador. Pero al parecer, esa es la única alternativa nacional para solucionar los problemas de cartera estatal y las inconformidades del pueblo que en los últimos meses van de un paro a otro. 

Es hora de que empiece a suceder un cambio. Creo en eso. Confío en que un líder de la tierra dirija este barco que se hunde por falta de capitán. Ese cambio es urgente. De lo contrario, nuestras semillas, las que han alimentado a generaciones de colombinos, las que constituyen nuestra soberanía alimentaria, serán más peligrosas que el narcotráfico y nuestros agricultores, los padres de la nación, porque así cueste creerlo, somos un país rural, serán los que habiten las cárceles. Es hora de despertar de ese letargo al que nos ha sumergido la historia de la guerra y la historia de la corrupción política. 

Es hora de que se enteren de que no somos la vaca lechera que otros ordeñan y maltratan. No somos la huerta casera de las multinacionales gringas. No somos las víctimas de los malos negocios del gobierno. No somos los mendigos que han querido que seamos por décadas. Tenemos derecho, por ser hijos de estas tierras, de cosechar nuestras semillas, de caminar nuestras tierras y de tener el estómago lleno. Tenemos el derecho universal de ser felices y de ser agricultores en un país rural.

Salí de la casa con los nervios alterados debido a un sueño. Había visto algo horripilante, una de esas visiones que te ponen los vellos de punta. La aparición era un esqueleto que llevaba sobre sí el rostro de una mujer de tez blanca, cabellera negra y ojos azul cielo. En ese instante desperté e intenté respirar profundo para volver a la calma. Inhalé y retuve el aire en los pulmones cinco segundos. Luego exhalé. Repetí el ejercicio varias veces. Hasta que me atreví a mirar mi habitación y me sentí feliz de ver el desorden tal cual lo conocía. Tuve la certeza de que estaba despierto y me incorporé de la cama con el fin de tomarme un vaso de agua. Pero, cuando quise halar una cobija para ponérmela sobre los hombros vi que había alguien sobre la cama. Levanté la cobija con cautela. Ante mis ojos apareció el esqueleto con rostro de mujer. No pude retener el grito y tumbando lo que encontraba en el camino salí de la habitación. Al pasar el portón resbalé y caí en la calle. Al caer me di en la cabeza con un poste, pero era tanto el susto que como pude me incorporé y seguí corriendo. 
 Creo que el sol empezaba a bañar la cima de las montañas cuando vi al esqueleto con rostro de mujer a una distancia considerable. Caminaba con pasos pequeños y constantes. Cuando estuvo en frente, como si yo no existiera, atravesó mi cuerpo. Grité. Al abrir los ojos estaba en mi cama bañado en sudor. Me llevé la mano derecha al plexo solar para retomar la respiración y lo que toqué fueron los huesos de la columna vertebral. Brinqué de la cama y escuché el chasquido de mis huesos.
La calle esta vez no estaba desértica. Había varios cuerpos caminando en distintas direcciones. Yo era uno de ellos.
El olvido es la señal de que se empieza a liberar el espíritu del miedo de estar con uno mismo.
Lo que más me gusta de ella es que en cualquier momento puede desaparecer. Cuando se le antoje puede empacar sus maletas e instalarse en cualquier país. Tal vez sea esa circunstancia la que impide que la pueda atar y por ello no me queda más remedio que verla cada día como si fuera el último. Ella es como una estrella fugaz que por una fracción de segundo atraviesa el cielo antes de desaparecer y en esa fracción de segundo, quizás por su fugacidad, es más importante que todas las otras estrellas. Lo que me atrae es que cuando desaparezca, ella dejará un rastro de luz en el recuerdo que se borrará definitivamente si intento seguirlo.
Desde pequeño creyó que los espejos eran un mundo paralelo donde su reflejo era un ser dependiente de él. Hasta que una mañana lo arrolló un bus y su cuerpo quedó en pedazos, como en llovizna, en el pavimento.
Durante tres noches, al menos eso es lo que recuerda su hermana, Aurelio se despertó a la 1:26 am y escuchó los lamentos de una mujer que lloraba al frente de su habitación. La tercera noche decidió abrir la ventana y ver quien era la que sufría. Pero sintió un frío muy fuerte en el cuello y un deseo irracional de salir a la calle.
Soy una línea
y cuando sonrío
los ojos se achican

Me siento parte
del gran dibujo

Soy una línea
que se siente viento
ante el ocaso.


En su lecho de muerte el escritor entiende las últimas palabras, las que responden a la pregunta de Dios. Mira el mar por la ventana y entiende que es mejor callar. Un ángel lo llama desde la playa que parece un libro de arena con mensajes en otro idioma. Bajo los pies del ser alado algunos  peces saltan salpicando la superficie con pequeñas gotas de agua fluorescentes. 

Antes de mirar el rostro de la mujer que amaba descubrió que ella era un espejismo.

Él, hombre cauto y mesurado, contó a sus amigos con orgullo que tuvo la fuerza de decirle a una mujer hermosa que no iba más con ella. Eso fue hace días. Hoy va solo y mira de reojo cuál de las mujeres que se encuentra en el camino le sonríe y le da chance de conversar con él unos besos. 



Vivo en el campo y mis sueños respiran todos los días el aire de la montaña. Los vecinos me saludan y son muy hospitalarios. El hecho de no visitarlos y no saber sobre ellos más de lo necesario me permite disfrutar de su amabilidad sin compromisos o responsabilidades adquiridas. De esta manera, desde la privacidad y el privilegio de estar solo puedo disfrutar de las bondades del saludo y el servicio. Claro, siempre manteniendo la distancia. 

En la casa crecen ciertas plantas. Hay borracheros plantados en la entrada, en la parte trasera y en el lugar en el que a veces hago fuego. Este árbol, aún pequeño, custodia el lugar. A un extremo del fuego hay un guayabo al que en las mañanas, en una tablita, pongo un banano y una naranja partida. De esta manera siempre hay pájaros. Son más estimulantes los árboles que las jaulas porque atraen los pájaros sin retenerlos. Ayer, un carpintero gigantesco estuvo en el guayabo. Espero verlo pronto. 

En la noche siempre hay grillos. Los imagino en los árboles, en la manga, en las piedras cantando. Pero donde más les gusta estar es en las hojas de los borracheros. Se quedan allí gran parte de la noche preparándose para algo importante. Cuando sienten que todos en la casa dormimos empiezan a cantar y abren portales o pasadizos secretos a los sueños. No lo sé de cierto, pero los he visto en varios sueños y parecen monjes delgadísimos, con un manto amarillo y azul verdoso, de rostro alargado e inexpresivo, como si su mística fuera dentro del gesto; como si dentro de ellos se germinara el puente o los puentes a lugares fantásticos que solo existen en los sueños; como si desde las hojas de los borracheros fabricaran los sueños a la vez que vigilaran que la música, por más oscura que sea la noche, nunca falte.

Te niegas a aceptar que sus labios ya no florecen en los tuyos. Te cuesta admitir que una especie de silencio, de esos que hacen temblar las palabras, ocasiona que su cuerpo no sea el lugar de tus apariciones.


-Mira Jorge que hembrota. Está como para chuparle la sombra. 
-Carlos, yo me cuidaría de mirarla mucho. 
-¿Por qué? 
-Porque hombre que se mete con ella desaparece así no más. -¿Cómo? 
-Si, vea, el último que estuvo con ella fue Gregorio, el que tenía el puesto de verdura. Estuvieron unos meses y él no se volvió a ver. Lo mismo con Gerardo el dueño del café de la esquina. 
-Hombre Jorge, usted es como huevón. Todavía cree en esas tonterías. Por eso es que está solo. Tiene miedo de estar con una mujer. Le teme más al miedo que a la brujería y a la mujer… 

Carlos se fue y me quedé medio enojado porque no era verdad que tenía miedo. Es tanto busqué a María, la mujer que supuestamente desaparece a los hombres. Lo extraño es que desde que ando con ella Carlos me dice que me cuide. La verdad no entiendo cuando él me dice que ve más delgado y pálido, como sin luz en los ojos. Pero, ahora que lo pienso, los pantalones me quedan como más anchos y me siento más cansado. He pensado en dejarla, pero me es casi imposible negarme a su sexo oral. Nadie como ella. Además, no quiero dejar de alimentarla. Pues, dice que mi leche es su alimento. Quizás Carlos venga a visitarme. Hace días que no lo veo.




En la clínica León 13, por urgencias, en mayo del 2012 entró una joven de 15 años con pus en las orejas. La niña lloraba y por sus orejas, como una hemorragia, el pus salía. Los médicos hicieron todo lo posible por ayudar a que no quedara sorda, pero lo único que consiguieron fue detener el pus. En aquel momento se desconoció las causas del pus. Los médicos omitieron cualquier respuesta porque no estaban seguros de los exámenes. 

Dos meses después, en la Clínica de Prado ingresó un chico de 13 años con las mismas características y los médicos no lograron identificar las causas del pus ni impedir la sordera. A finales del 2012 se registraron en varios centros hospitalarios un promedio de 14 jóvenes entre los 13 y 17 años que han quedado sordos a causa del misterioso pus. 

A principios de este año especialistas de la ciudad y el país se reunieron con los jóvenes afectados. Estuvieron cuatro meses haciendo pruebas. Mientras, en lo que va corrido del año, se han registrado 30 casos de jóvenes con pus y sordera, uno de ellos en el municipio Girardota, ubicado al norte del Valle de Aburrá. Las autoridades han procurado que estos sucesos no se conviertan en una alarma sanitaria que genere terror en la comunidad. Por ello, han creado grupos especializados en los hospitales. En caso de reportarse un infectado se lo llevan inmediatamente de cuarentena. 

El pus del reggaetón 
Hace unos días, la semana pasada, salió el primer informe del estudio titulado El pus del reggaetón. Los científicos afirman, después de muchos estudios que la causa más probable que genera el pus en los jóvenes menores de 18 años es el reggaetón. 

En el informe los médicos afirman que las anomalías que presentan los adolescentes presentan las mismas características de las anomalías congénitas. Dice el informe que así como para las anomalías congénitas hay una explicación científica donde se explica que el feto puede ser alterado por diversos factores externos como las radiaciones, el calor o sustancias químicas; para la sordera de los adolescentes parece ser que los factores que la generan tienen que ver con el reggaetón. 

Misteriosamente, según el examen en varios jóvenes sin pus, a los que se les puso reggaetón por varias horas durante días, empezaron a quejarse de dolores fuertes de oído. A uno de ellos le salió pus. 

Al parecer el contenido del reggaetón produce en cierto tipo de jóvenes un movimiento en el cerebro que lo lleva a colapsar en su procesamiento normal produciendo ese pus y sordera. En el estudio se ha logrado determinar que los jóvenes afectados se caracterizan por su deficiente rendimiento académico. En promedio, en todos los muchachos encuestados, habían leído medio libro al año, no sabían escribir coherentemente una carta donde se les pedía que les expresaran a sus padres que estaban bien y presentaban graves problemas de dicción. 

Esta enfermedad han empezado a llamarla El pus del reggaetón y se presenta en los adolescentes poco alfabetizados como en los fetos por agentes externos llamados teratógenos del griego teratos, “monstruo”, y genes, “nacimiento”. Creen los médicos y especialistas neuronales que estos muchachos, al no tener nada en sus cabezas más que las letras de las canciones que escuchan que incitan al sexo, dinero fácil, fiestas y drogas… y ver que estos imaginarios no aplican en sus cotidianidades porque son de familias de extractos sociales bajos, entran en una confusión y depresión sin referente. Entonces, el cerebro del muchacho queda en el limbo y pierde sus defensas y retrocede misteriosamente a una etapa pre-natal. Justo en ese momento aparece la segregación de este pus como si fuera una anomalía congénita que altera genéticamente el cerebro del feto, en este caso, del adolescente. 

A parte de la deficiencia intelectual de los muchachos que los deja en una situación precaria a la hora de enfrentar un medio que exige un cerebro ágil y competitivo, se cree que otra causa del pus son otros teratógenos como el alcohol, la cocaína, el ácido retinoico (tratamiento para el acné), y los antibióticos tetracilinas y aminoglucósidos (estreptomicina, gentamicina, tobramicina). 

Los científicos dicen que la sordera es irreversible. En la actualidad se conocen 4 tipos de sordera: de conducción, neurosensorial, mixta y central. En algunas líneas del estudio El pus del reggaetón, en la página 18 dice: “La sordera de conducción se produce por enfermedades u obstrucciones del oído externo o medio y no suele ser grave; puede mejorar con audífonos y puede corregirse con tratamiento médico o quirúrgico. La sordera neurosensorial se produce por lesión de las células sensitivas o de las terminaciones nerviosas del oído interno; puede ser desde leve hasta grave. La pérdida auditiva es mayor en unas frecuencias que en otras y queda distorsionada la percepción sonora aunque el sonido se amplifique. En este caso, los audífonos no son útiles. La sordera mixta se produce por problemas tanto en el oído externo o medio como en el interno. La sordera central se debe a la lesión del nervio auditivo (octavo par craneal) o de la corteza cerebral auditiva. Esto que está presentando los jóvenes en la ciudad de Medellín parece ser una sordera neurosensorial grave e irreversible” 

Aunque la sordera no afecta a la capacidad intelectual de los individuos ni sus habilidades para aprender, la preocupación es grande porque si con los oídos el coeficiente intelectual era tan bajo, ahora sordos solo queda encomendarse a un milagro de la Madre Laura para que suceda lo imposible: una juventud preparada para asumir sus propios retos. 

El germen del pus 
Según la investigadora estadounidense Larnies Bowen se dice que no se puede hablar del reggaetón sin hablar primero del reggae en español. El reggae fue en Jamaica y luego el reggae en español de Panamá. Después se transformó en lo que hoy se conoce como el reggaetón. 

Al Canal de Panamá llegaron muchos jamaiquinos con su cultura y empezaron a cantar en español el reggae en buses y en la calle hasta instalar con sus improvisaciones esta música. Lo que no sospechaban era que habían dado los primeros pasos para que surgiera un estilo de música como un ícono en toda Latinoamérica. Estilo de música que se está convirtiendo en una espacie de epidemia en los jóvenes de la cuidad de Medellín. Al menos, la primera ciudad en registrarlo. 

En Panamá surgió otra forma de cantar y era con el doble sentido. Ese doble sentido que pasaría a ser explícito y grosero se trasladó a Puerto Rico. Cosa que los jamaiquinos no hacían porque ellos se caracterizaban por cantarle a la violencia y a la desigualdad social. Esta ruptura generó que por la facilidad de decir cosas sin previa meditación o esfuerzo desapareciera el reggae en español. El reggae tranquilo y meditado, el que venía de la descendencia del Bob Marley, el que aún utilizaba instrumentos quedó sumergido en el olvido. Mientras, hoy día un montón de jovencitos bajan una pista de Internet y se dedican a cantar la misma canción titulada de mil formas, sin técnica, criterio ni búsquedas estéticas. 

El antídoto 
 Los especialistas se reunieron con grandes autoridades de la educación mundial con el fin de determinar estrategias. Pues, se ha detectado que las canciones de reggaetón no tienen efecto alguno en aquellos jóvenes que leen, hacen deporte o estudian algún instrumento musical. Sus cerebros no colapsan porque sus imaginarios no se limitan al extravagante y fugaz mundo que se dibuja en las letras de estas canciones. Por eso, una de las estrategias para esta nueva enfermedad es fortalecer las instituciones educativas de la ciudad Medellín y su Área Metropolitana. 

Una de las falencias identificadas en las instituciones educativas, que se hace extensiva para todo el país, es que los niños de hogares de menores ingresos están recibiendo una educación deficiente. De esta manera, “las competencias más importantes para aprender autónomamente a lo largo de la vida están siendo mal formadas en esta etapa. La comprensión lectora y el manejo numérico y de razonamiento, que es lo que el colegio debería estar formando en el plano cognitivo, son muy débiles”, afirmó el chileno José Joaquín Brunner, sociólogo y autoridad en la educación, en su conferencia hace cinco días en la Universidad del Rosario en Bogotá. 

Las autoridades de la cuidad coinciden con lo que dice el catedrático chileno porque el sistema de educación se estableció solo para unas minorías. Pues, con los excluidos se hicieron colegios estatales de muy mala calidad. 

De ahí que las instituciones públicas y los entes gubernamentales se estén reuniendo y buscando presupuesto para hacer un acompañamiento personalizado a aquellos muchachos que no conocen nada más que las letras del reggaetón. De lo contrario estaríamos presenciando el principio del fin de una juventud que no sabe dónde está parada.

En los medios de comunicación nos han mal educado porque nos han mostrado que los únicos personajes que son dignos son: funcionarios públicos, estrellas de la pantalla chica o grande, futbolistas o modelos con grandes escotes… y para que un personaje común y corriente aparezca es necesario que sea víctima de una masacre o una catástrofe natural. Por ello, he decido escribir una crónica sobre una mujer de campo que ha luchado contra viento y marea para mantener la frente en alto. Escribo sobre una mujer, como todas las mujeres, digna de ser homenajeada. Escribo de una Madre que bien podría ser la madre de muchos. Espero que esta historia, en este mes de las madres, pueda ser difundida y así valorar a aquellas mujeres que no tienen voz y son igual de importantes que un congresista o una reina de belleza.  

“Hay un lugar donde el trueno no asusta/ las flores perfuman los secretos/ la lluvia es fantasía de agua dulce…” Cilmoa Turbanec  






Marina de Jesús Echeverry Acevedo nació en 1.960 en un pueblo ubicado en el suroeste antioqueño llamado Fredonia. Ella es la quinta de ocho mujeres. Vivía en una casita de material, casi derrumbada, ubicada en la vereda Travesías. Allí pasó su niñez y estudió hasta quinto de primaria. Desde muy niña se caracterizó por su inteligencia. Para ir a la escuela se demoraba una hora y media. Su padre no estaba dispuesto a patrocinar sus estudios secundarios pese a los ruegos de la profesora que estaba interesada en ayudarla.

- ¿Por qué no permite que su hija estudie? Yo sé que ella puede terminar sus estudios porque es una niña muy inteligente. – Dijo Noira Arenas, la profesora que en ese entonces enseñaba en la escuelita de la vereda Uvital. 
- Le agradezco su preocupación, pero mis hijas no necesitan estudio para casarse. –Repuso Pablo Echeverry, el padre de Marina. 

Días después, Alicia Acevedo, la madre de Marina, a quien le gustaba sembrar y se esmeró en que su hija estudiara, le regaló una ruana azul, de lana, con bordes negros. 

- Lo único que quise de pequeña fue estudiar porque soñaba con ser profesora o secretaria. Siempre miraba con admiración a las profesoras y secretarias porque atendían a la gente con mucha amabilidad. – Dice Marina. 


El mal de amor 

La familia la conformaron siete mujeres y un hombre. Sus hermanas mayores se casaron y Marina fue quien ayudó a sus hermanos menores, en especial a los dos últimos, para que pudieran estudiar. Con el paso de los años el semblante de Pablo se hizo más sombrío porque lamentaba que su apellido se dilatara en las generaciones futuras. Con sus hijas su apellido estaría superpuesto a otro que no tenía nada que ver con la familia. Además, las mujeres no tenían el mismo temple para trabajar la tierra. 

La hija mayor nació con una deficiencia de aprendizaje que le impedía relacionarse con el sexo opuesto. La siguiente se casó con un hombre que le teme a la oscuridad, a los rayos, a las sombras y delegó a su compañera la responsabilidad de ponerse los pantalones en la casa. Quizás, por ello es que aún conviven. La otra se casó con un hombre virgen que salía en las noches y cazaba búhos y envenenaba perros. Él al conocer el estremecimiento afrodisiaco del sexo intentó encerrarla bajo llave. Pero ella se escapó a la ciudad con sus dos hijos. Otra se casó con un hombre quién fue asesinado de una puñalada en la espalda y la dejó con dos niñas. Otra quedó embarazada sin casarse y al obligarla a convivir con el padre del niño murió al dar a luz. 

Marina conoció a Juan Ángel Betancourt. Su madre, Alicia, estaba muy contenta porque, de todas sus hijas, parecía que iba a ser la única que podría construir una verdadera familia. Ese noviazgo era, tal vez, la alianza más importante que había hecho la familia. Incluso, Pablo estaba contento y trataba al nuero con amabilidad. 

Marina y Juan consiguieron una casita en la vereda el Uvital. En los primeros meses iban a recolectar café y fueron esos meses el idilio del amor. Pues, cuando Juan se enteró de que ella estaba embarazada de un varoncito cambió notoriamente. Se volvió más huraño. Tanto que llegó a levantarle la mano varias veces. Se separaron en repetidas ocasiones y en una de esas reconciliaciones quedó embarazada de una niña. 

- Yo lo quise mucho. Hasta le propuse que estuviéramos como hermanitos. Lo único que quería era que mis hijos tuvieran un padre. La verdad, estaba enamorada y él me decía que lo dejara en paz y que yo era lo peor que le había pasado en la vida. Me demoré diez años para olvidarlo y entender que él no me quería. Pero, durante ese tiempo estaba dispuesta a perdonarle sus ofensas. A veces, una por los hijos se olvida de la dignidad de la mujer. – Afirma Marina. 
- Ella y yo no nos entendimos. Lo intentamos pero no nos entendimos. Además, su padre era muy conflictivo. Admito que por cobardía no busqué a mis hijos. Pero, en el fondo, sentía que era mejor no buscarlos para no incomodarla a ella y a su padre y no darles más motivos para que hablaran mal de mí. Es que nunca me han gustado las habladurías. – Responde Juan. 

 El trabajo 
El primer trabajo de Marina fue de empleada doméstica en la casa del Escultor Rodrigo Arenas Betancourt. Este escultor, tal vez, con el escritor Efe Gómez, son los personajes más insignes de Fredonia. Por aquel entonces, a principios de los ochenta, Rodrigo era ya reconocido a nivel nacional e internacional por sus esculturas. Había conseguido el dinero suficiente para regalarles casas a los campesinos y construirse una casa en la vereda el Uvital. Se despertaba a las cinco de la mañana y con un ron, recostado en una hamaca, como un ritual divino, esperaba los primeros rayos del día que se abrían paso entre las montañas. Luego, se subía en su Renault cuatro y se dirigía hacia su taller que estaba ubicado en el municipio de Caldas. Rodrigo sentía por Marina un aprecio especial porque a él cuando era chico, Don Enrique Betancourt, el suegro de Marina, lo hospedó en su casa con su madre y le ayudó incondicionalmente. Por ello, quería ayudar a aquella mujer porque de esta manera haría por ella, lo que su tío Enrique hizo por él.

- Recuerdo que el maestro Arenas era un ser muy silencioso. No hablaba con nadie ni siquiera con su segunda esposa. Por eso, intentaba hacer todo lo más silencioso posible. Pero, una vez que me fui con mi hijo que era muy llorón y sucedió algo muy asombroso. Mi hijo, tenía unos dos años, empezó a llorar y no había como calmarlo. El maestro estaba en una hamaca con un vaso de ron. Mi niño lloraba y lloraba. Así que me acerqué y le dije que si le molestaba. Él me miró y me dijo que lo dejara llorar y desahogarse. ¿A caso las mujeres no se desahogan con los chismes? – Recuerda Marina. 

Rodrigo Arenas le propuso a Marina que se fuera a trabajar con él en Caldas. Pero ella desistió porque su padre se le arrodilló y le dijo que no lo dejara solo. Pues, después de la muerte de su esposa se quedó solo y se dedicó a beber y vagabundear. Él no se imaginaba sin una mujer que le cocinara y le lavara la ropa. La difunta Alicia Acevedo no pudo reponerse de la muerte de la hija que murió a dar a luz. A eso se le sumaba las infidelidades de su marido. Esto la debilitó hasta tal punto que se sumió en una tristeza irreversible que le paralizó el corazón a finales de 1.985. 

El segundo trabajo que encontró Marina fue con una parejita que se hacían llamar los gringos. Ambos, nacidos en Antioquia, habían viajado a Estados Unidos por el sueño americano. Trabajaron durante años y al volver compraron un terreno en la vereda Travesías donde edificaron una casa. Ellos habían adoptado varios perros que cuidaban como sus hijos ya que no habían podido concebir los propios. Trabajó con ellos, en un principio, medio tiempo, luego tiempo completo durante diez años sin recibir cesantías ni prestaciones sociales. 

La finca la compró un negociante que tenía supermercados en la central mayorista y en varios municipios de Antioquia. Con él Marina se enteró de que un empleado tenía derechos laborales. Ella cuidaba la finca, cocinaba, jardineaba, aspiraba la piscina y hacía otras funciones que, a veces, a los hombres les quedaba grande. Con este señor se trasladó hacia El Poblado-Medellín y se instaló con sus hijos en el municipio de Girardota. 

Su último trabajo, el que aún conserva, es de niñera. Ahora, siente que la vida empieza a recompensarla. Su hijo mayor se graduó en la Universidad de Antioquia en la Facultad de Comunicaciones y su hija está por graduarse, de la misma universidad, del pregrado de Nutrición y Dietética. “Me dije, qué sí mis hijos estudiaban, iba a estar al lado de ellos hasta que se graduaran. Gracias a Dios he tenido la fuerza para acompañarlos. Además, han sido ellos la luz de estos años. Por ellos es que trabajo. Ahora, puedo pensar en mi otro gran sueño: ahorrar para comprarme una casita para pasar mi vejez”. – Concluye Marina.

 La crisis de la casa de nadie 

Después de la muerte de su madre, Marina estuvo a cargo de su padre y cuidó de él como ninguna otra hija. Por eso, él le escrituró la casa por sí llegaba a faltar, sus hijas, en especial una, la que más se parece a él, no dejara a Marina en la calle. Cuando ella firmó las escrituras reformó el baño, la cocina, construyó un lavadero y le echó piso a toda la casa. Además, se dedicó, cosa que hacía de pequeña, a cultivar flores. Pablo conoció a otra mujer y se casó por segunda vez. La madrasta, como en los cuentos infantiles, empezó a hacerle la vida imposible a Marina y sus hijos. Lo que quería era las escrituras. Una de las cosas que hizo fue degollar una gallina, que le pertenecía a Marina, y dejarla en una horqueta de un árbol de naranja con las tripas afuera. Al final fue Pablo el que se pasó para otra casa diagonal que años antes era una tienda. En el fondo sabía lo que su hija había hecho por él, pero, las circunstancias actuales era otras: ya estaba acompañado y no necesitaba de su hija porque ya tenía quien le cocinara y le lavara la ropa. 

No solo la madrasta estaba tras las escrituras. Una hermana de Marina, cuyo nombre se reserva para evitar problemas legales, también se interesó. Entonces se alió con Pablo, a quien no le hablaba hacía años. También los gringos se unieron y empezaron a fraguar un plan. Marina trabajaba en Medellín y, aunque sabía que las cosas con la familia iban de mal en peor, no se imaginó que llegaran a tanto. Una mañana, cuando su hijo iba a visitar la casa, en la que Marina tenía todas sus pertenencias, se encontró que Pablo y su esposa habían dañado las chapas y posesionado del lugar. 

 El pleito pasó a juzgados y el abogado que asesoraba a Marina hizo un trato bajo cuerda con el abogado de la otra parte y por negligencia, ella perdió la casa y se le atribuyó el costo de los dos abogados. 

El poder de las flores 
Desde pequeña ha estado rodeada de flores. Tiene una relación muy estrecha con ellas. Aunque le gusta cultivar cebolla de rama y cilantro, su gran amor son las flores. Una de las cosas que más lamentó, al perder su casa, fue abandonar sus cuernos. 

Tal vez, una de las terapias de sanación que utilizó para el perdón y el olvido fue cultivar flores. En las cinco casas que ha habitado, algunas sin patio, ha destinado un rinconcito para sembrar sus novios, besos y primaveras. A las flores, como a los hijos, las ve una vez por semana, en sus días de descanso. 

Ahora vive en una casa de tapia rentada en la vereda Manga Arriba del municipio de Girardota. En las noches se sienta en una banca y contempla sus flores. Si ve que alguna se marchita se acerca y le habla con dulzura y en voz baja. “¡Hermosa qué te ha pasado! No te preocupes que mamá llegó”. Espera unos días a que la flor se reponga. Si sus métodos no la resucitan acude a lo más práctico, sembrar otra flor.

Ahora, a sus cincuenta y dos años, siente que ha sanado de los rencores. Dice que no necesita de nada y de nadie para ser feliz. Con Dios y las flores le basta. Ha encontrado la paz interior, acontecimiento que la llevó a buscar a su padre sin importarle lo que le había hecho. Estuvo en la casa que fue de ella y vio las cosas que eran suyas y ya no le pertenecían. Antes de buscarlo se tomó dos rones con Coca-cola para tener la fuerza de confrontarlo. Le dijo todo lo que sentía. Él tartamudeó y la recibió sin saber más qué hacer. Ella comprendió que el perdón es lo único que da la paz interior. Además, todo aquello que va en busca del perdón, así no sea recibido, va con la luz de Dios y eso es suficiente. 

Ahora, se concentra en la posibilidad de conseguir una casa propia. Sueña con unos metros de tierra para construir una huerta para sus cebollas, un corral para las gallinas ponedoras y un vivero para sus flores. Sueña con vivir su vejez en un lugar tranquilo donde pueda recibir en las mañanas, con el corazón en alto, el sol que se asoma todos los días, sin falla, entre las montañas.

Desde principios de los 90, después de la Constitución Politica, en el país se empezó a generar muchas irregularidades con las pensiones de los magistrados y congresistas. Ellos se inventaron la manera de pensionarse con sumas exorbitantes que van más allá de lo imaginado. Salarios que oscilan entre los 17 a los 30 millones. Se pensionaban con el gravamen del último salario, por encima de los 25 salarios mínimos que es tope estipulado, cuando para un ciudadano de a pie se le promedia la pensión y pocas veces pasa de los dos salarios mínimos. 

Muchos entes gubernamentales parecen una saga de películas de terror, donde sus personajes, vampiros de cuello blanco, por décadas, han querido hacer del pueblo colombiano un costal de huesos y desiertos. Nada más basta con recordar el escándalo de Agro ingreso seguro, el lavado de dinero en Interbolsa, el paramilitarismo estatal que apuñaló el corazón de la democracia, la mafia de SAYCO Y ACINPRO, el Carrusel de la Contratación… y ahora las megas pensiones de los Magistrados y Congresistas que de un momento a otro se volvieron escritores o poetas. 

Alrededor de estas pensiones se originaron actitudes delincuenciales con el fin obtener estos dineros aportados por todos los colombianos: viudas millonarias devengando un mega salario sin una gota de sudor, matrimonios organizados para buscar que la pensión pase al conyugue cuando el pensionado muera… en fin, casos extravagantes, pero el caso más irracional es el de un estudiante de Medicina que llevaba 15 años intentando terminar el pregrado. Este personaje estudiaba el primer trimestre y por alguna razón se enfermaba e iba postergando los semestres. Resulta que él mismo se medicaba. La razón de este comportamiento era que había heredado una de las mega-pensiones y recibía unos 17 millones de pesos mensuales. Este salario lo podría recibir mientras estudiara y no fuera profesional. Por ello era que dilataba sus estudios y evitaba graduarse. Pues, por más que trabajara como médico en este país donde el sistema de salud pasa por una de las peores crisis en los últimos tiempos, no alcanzaría a ganarse en diez meses lo que se ganaba en un mes por hacer nada. Mientras miles de colombianos sobreviven con menos de cuatro mil pesos al día. La desigualdad es cada vez más grande. 

La Corte Constitucional ha fallado en contra de los magistrados y congresistas donde se ordena reajustar las pensiones. Desde el mes de julio no se podrá liquidar pensiones superiores a 14.700.000 pesos. Eso al menos detiene una práctica criminal y da un respiro. Lo que se anhela es que ojala la palabra equidad y patriotismo retumbe en las grandes esferas del gobierno. De lo contrario, para que podamos llegar a un cambio para construir país, habrá que borrar todo el país, al menos lo que corresponde a su sociedad, claro, exceptuando a los indígenas y campesinos, que al parecer, porque nunca les ha tocado nada y lo que han ganado ha sido a punta de sacrificios, son los únicos que saben el valor de la tierra y del trabajo en comunidad.

Un amigo me había invitado a una finca a que hiciéramos una fogata. Llegamos y a los minutos empezó a llover. El torrencial, de varios truenos y rayos mojó toda la leña. Después escampó y el paisaje resurgió de la humedad y se hizo más verde, más fresco. Cuando escampa el paisaje es como el bostezo de un bebé que huele a compota de guayaba y produce un sentimiento de recogimiento que a veces puede ser alegre. Animados decidimos intentar encender el fuego pero los tres intentos realizados fueron un fracaso. En ese instante un niño de cinco años, sin camisa, descalzo y en pantalones cortos entró a la finca y nos preguntó que estábamos haciendo. Le dijimos que intentábamos levantar un fuego. Él se rió y nos dijo que así no se hacía. Nos pidió una vela y empezó a echar la esperma sobre los trocitos de leña. A los cinco minutos el fuego era una realidad. Luego dijo: “magia, magia que el fuego se encienda y la oscuridad desaparezca”. Dicho esto arrojó la vela a las llamas. Intenté decirle cómo lo había hecho. Sonrió y me dijo que quería un mango. Le di uno que había cerca. A los minutos arrojó el mango al fuego y se fue por dónde había llegado. Lo vimos irse pero su voz estuvo un buen rato entre las llamas del fuego.

Todo empezó cuando Raúl se dirigió al aeropuerto dispuesto a realizar un viaje para aprovechar las vacaciones de fin de año. Se subió al avión. En el asiento contiguo había una mujer en extremo pálida, vestida de negro, leyendo un libro de pasta naranja. Desde muy joven lo atraían las mujeres blancas, delgadas y con grandes ojeras. Estas mujeres le generaban sensaciones contrarias que no entendía muy bien pero que dimensionaba como una mezcla de miedo y pasión, algo irresistible y peligroso al mismo tiempo. Raúl, aprovechando que de joven había sido un buen lector, intentó averiguar quién era el autor del libro para intentar romper el hielo. Pero, cansado de mirar de reojo la pasta anaranjada dirigió la vista a las nubes y se asombró porque desde esa altura parecían dinosaurios de algodón. La mujer siguió leyendo y cuando hubo anochecido encendió una lamparita que estaba ubicada en la parte superior del asiento. Raúl se asombró de que la mujer apenas se diera cuenta de que iba en un avión como si fuera igual a dar un paseo en un Porsche. Miraba su tez blanca de rasgos cadavéricos y seguía sin encontrar una estrategia para presentarse y decirle que era un ingeniero metalúrgico interesado en conocer Argentina. Sin encontrar las pautas para comunicarse prefirió llamar a la azafata para pedirle una cerveza. Cuando abrió el envase hizo un ruido espantoso. La chica lo miró y sonrió. En ese momento él dijo:

 —Hola, me llamo Raúl. 

Ella miró por encima de la pasta naranja y volvió a la lectura. Raúl encendió la lámpara correspondiente a su asiento para disimular la vergüenza y buscó alguna cosa en el espaldar del asiento de en frente. Encontró unos audífonos, papeles en inglés y dos revistas. Tomó los audífonos y, después de descifrar la curvatura que los ajustaba a sus orejas, buscó cómo enchufarlos. Descubrió en el soporte del asiento, donde podía poner la mano, dos agujeros plateados y escuchó música electrónica. 

El avión hizo escala en Quito dos horas. Luego, continuarían directo hasta Buenos Aires. Él entró a un bar y compró una cerveza. Al fondo de la sala estaba ella en una mesa, fumando. Desde donde estaba vio el libro y se le hizo conocido: La música del azar de Paul Auster. No recordaba la trama, pero sabía que en esas páginas había autopistas y eso le dio una idea para acercase a la chica. 

—Hola, me llamo Raúl. 
—Ya sé, dijo ella. 
—Me gusta el estilo rápido de Auster, su escritura telegráfica y limpia es como ir en automóvil en una autopista sin rumbo, a la espera de cualquier cosa, concluyó Raúl. 

Bastó ese comentario para que las dos horas de receso en el aeropuerto y las cuatro que duró el vuelo hasta Argentina parecieran sólo unos minutos. Habían encontrado una conexión inexplicable, como si ambos se estuvieran esperando desde siempre. Al bajar del avión pasaron juntos el control de migraciones y tomaron un taxi. El aeropuerto estaba retirado del centro de Buenos Aires, pero había unos hostales económicos cerca de allí, dijo el taxista. La chica le pagó al taxista diez pesos. Hacía un sol del demonio y Raúl apenas respiraba. El recepcionista del hostal era un señor de unos cuarenta años, con sombrero, panza, bozo espeso, ropa harapienta y con una pala en la mano. Raúl miró la pala y se extrañó porque no le encontraba uso en ese lugar. Pero bueno, él no iba a interrogar el uso de la pala sino a rentar un cuarto. Alquilaron una habitación matrimonial que la chica insistió en pagar. 

Después de acomodarse en la habitación los nuevos inquilinos se dirigieron al bar. Las cervezas, los cigarrillos, las risas, las palabras subidas de tono, la mano de Raúl en la mano de la chica, los labios en los labios y la ropa que molestaba en la cama. 

Cuando Raúl despertó quiso abrazar de nuevo a la chica y proponerle que viajaran juntos por Argentina. Pero, lo que abrazó fue una lápida fría. Al alzar la vista vio que frente a él había infinidad de tumbas. Justo al lado de la lápida había un billete de veinte dólares. Raúl tomó el billete. Pensó en decir alguna cosa, dijo lo primero que se le ocurrió y salió en busca de una taza de café.