Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Sueños de sal

>> viernes, 22 de enero de 2016


A veces soy muy religiosa para evitar mis pensamientos libertinos. Eso me ha funcionado. La idea de un castigo supremo impide que le dé rienda suelta a mis fantasías. Es una medida de control mis rosarios. Sin embargo, desde que encontré a Ricardo me es difícil contenerme. Lo intento, de verdad que lo intento. Incluso me he mordido la lengua hasta el punto de sacarme sangre con tal de no develar mi naturaleza de ninfa, de mujer salvaje y apasionada. Lo he intentado, he hecho mi mejor esfuerzo... Y cedo al encanto de ese hombre que es un toro con astucia de zorro. Incluso, cuando él no está y en el baño veo las marcas de sus uñas sobre mis senos me toco pensado en sus manos, en sus uñas gruesas y duras. Sus uñas que se clavan en mí y no puedo ya pensar en otra cosa. Solo la cama es mi soporte y me agarro a ella como si fuera a caer a un vacío delicioso, esperado. Me agarro de lo que pueda y la cama no es suficiente y se me olvidan las Ave Marías, las oraciones. Ni si quiera puedo rezar cuando él abre mis piernas como Moisés abrió el Mar Rojo y el camino queda para él y su pueblo elegido de suspiros y preceptos lisiados de buenas costumbres. Él me atraviesa y toda yo, hecha sedimento, lo siento subir por mis entrañas hasta la orilla de mi vientre. Entonces el agua vuelve al agua e inundo al pueblo de preceptos lisiados de buenas costumbres que me contienen y grito como una loba y Ricardo grita como un lobo y ambos parecemos flotar en la cama. Ni siquiera la madera nos contiene. En ese momento, lo confieso, ya no quiero rezar. No me hacen falta las oraciones. Me siento mejor que nunca. No sé, pero desde que conocí a Ricardo ya no soy tan religiosa, en cambio, si soy más libre, más yo, más ninfa. Tal vez esto me delate, pero desde que estuve con él por primera vez quiero que me visite siempre. Todos los días. Sin embargo, Ricardo no puede salir de mis sueños.  Viene en la noche inesperada. No avisa, habla poco. A veces, cuando creo que lo olvido me sobresalta en el mundo onírico. Asimismo, padre, no sé como confesar lo que me sucede con este hombre que sueño que ni sé si en verdad se llama Ricardo y que me deja sin fuerza para continuar con mis rosarios y mis oraciones matutinas. 

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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