Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Un te quiero indefinido

>> domingo, 31 de enero de 2016




Te quiero porque el amor tiene fecha de vencimiento. Vence cuando admites que dura para siempre y te niegas el momento, el instante, el presente que siempre pasa, se va, se esfuma y deja de ser tuyo cuando me recuerdas. Y te recuerdo y sé que me quieres cuando admito en mí la necesidad de ti, de cuerpo de ti, de compañía de ti y creo que el amor es espontaneo, sin arreglos musicales ni cartografías diseñadas. Y las fechas son para todo menos para el amor porque a veces me aferro a un capricho que difumina el fondo, los detalles del paisaje, y visualizo tu rostro que de tanto verlo se me hace amorfo y me asusto porque me eres cotidiana y te asustas porque ya no soy tan simpático… y nos sucede el silencio, las cosas no dichas que no sabemos expresar y que apenas sabemos que sentimos… y nos suceden los fluidos, las palabras descuidadas y mal intencionadas… Y nos aferramos a las tablas de la cama cuando hacemos el amor en un intento desesperado de que suceda lo inevitable. 

Pensándolo mejor, a veces creo que no te quiero porque no sé si te quiera de una manera definida como se quiere un amigo o un libro. Por ello, no sé si cuando te digo te quiero quiera algo de ti que me haga falta y me ayude a estar tranquilo. Es decir, como comer cuando tengo hambre o descansar cuando estoy agotado. Es un querer distinto, una alegría difuminada o una sonrisa fugaz, pero que es alegría y sonrisa. Lo que ocurre es que de tanto quererte me dan unas ganas incontrolables de verte menos. Es que tu cercanía me hace extrañarme para volver a ti renovado. ¡Si supieras cuánto te quiero cuando admito que hay días en que celebro no verte! ¡Si supieras cuánto te quiero cuando miro el vacío y pienso que las nubes se retrasan y con ellas la lluvia, que hace calor y quisiera un poco de viento, que a veces me eres tan ajena como la mujer del prójimo o extraña como si te viera por primera vez y me alegrara de verte y me extrañara de verte! ¡Si supieras cuánto te quiero cuando te quiero con la lentitud del olvido!

En definitiva te quiero los lunes cuando inicia la semana y abrimos los ojos con el letargo de tener que movernos y separarnos. Te quiero los martes cuando no estas y las palabras son palomas mensajeras que llegan a medias. Te quiero los miércoles como si no te quisiera y entonces miro por la ventana como buscando una señal en el cielo mientras tú te arreglas las uñas o charlas con alguien por el celular. Te quiero los jueves cuando me haces un reclamo y no estoy para atenderlo y te duele y te enojas y me quieres menos y arrugas las cejas para fingir una dureza que se desquebraja con una sonrisa. Te quiero los viernes porque los viernes son días verdes para ir tomados de la mano, espontáneos y seguros porque el beso y el abrazo son un alimento sutil y sonriente. Te quiero los sábados cuando me alejo de ti para extrañarte porque quiero escribir, estar sin ti; en cambio, tú quieres estar contigo pero conmigo cerca y te alejas con la tristeza de no entender que yo pueda estar solo sin ti como si impidieras mi intimidad. Te quiero los domingos cuando eres otra que finge no conocerme porque me ve contradictorio e indescifrable, como un solitario innegociable que vuelve a ti con los brazos abiertos, con las ganas renovadas y la determinación de cerrar los ojos antes de que me seas un recuerdo y te sea una imagen lejana. 

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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