Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El sembrador

>> miércoles, 25 de junio de 2014


Después del almuerzo procuro hacer una siesta de una hora. Pongo una sábana bajo un árbol, me cubro con el sombrero los ojos y duermo como un niño. Este hábito me lo enseñó mi padre. Ese es uno de sus legados. Pero el que más recuerdo fue el que me dejó en su lecho de muerte. Afirmó que llega un momento, en todo sembrador, que se conecta tanto con la tierra que le suceden cosas maravillosas. Indagué sobre qué cosas. Se limitó a decirme que ya lo descubriría. Pasaron los años y todo continuó igual. Mi madre no volvió a conseguir marido y envejeció a mi lado. Mis hermanos se marcharon y de vez en vez vienen a quedarse unos días. 

Uno de mis hermanos, el mayor, nos dijo que pensaba vender la casa y que nos fuéramos con él. Mi madre dijo que sí, pero en el fondo deseaba morir en la casa en la que había vivido 40 años. Yo no respondí. Me gustaba la idea de cambiar de vida. Sin embargo quería pensarlo mejor. Ese día sembré en la mañana frijoles y maíz. Luego almorcé e hice la siesta. En esa hora soñé que mi corazón era una plántula que brotaba de la tierra con un surco de girasoles. La imagen fue tan nítida que todavía la recuerdo, pero lo más sorprendente fue ver, al despertar, una parejita de colibríes a pocos milímetros de mi pecho. Entonces supe lo que debía hacer.

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