Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Los enjuiciados

>> jueves, 16 de febrero de 2012

Tres amigas se encuentran después de varios años. Las tres tienen niños pero ninguna ama al padre que los engendró.

- Yo creo que a los hombres, cuando se lo merecen, hay que darles un bofetón. Dice C.

- Yo creo lo mismo. Pues el chico con el que andaba está enfermo. Como no quise nada con él y eso es decisivo, él se endiabló y se puso violento. Pero, cuando una no quiere nada con un hombre ya nada le despierta el deseo. Bueno, el caso es que este chico llegó a desesperarme tanto que una vez le tiré el mercado encima y le di puños como una loca. Confieso que descansé. Concluye L.

- Yo salí con un man que si estaba loco. Imagínese que una vez en el centro, sin motivo, empezó a armarle problema a otro chico que estaba sentado. El chico me decía que me lo llevara que estaba a tiempo. Pero nada, este man seguía insultándolo e invitándolo a pelear. Hasta que el chico sacó un cuchillo y nos persiguió tres cuadras. Cuando llegamos a la casa me lleve las manos a la cabeza y empecé a gritar: “¡Hijo de puta, hasta hoy sigo con vos! ¡Me voy! ¡Casi me haces morir de un infarto! Contaba F.

- Y qué sucedió luego, pregunta L.

- El man se queda mirándome como si yo fuera la loca y me dice que me calme, que lo estoy asustando, que mirara como temblaba Lulu, la perrita que le había regalado su madre. Me dio más piedra y de un manotazo cerré la puerta. Concluye F.

- Hiciste muy bien, pues yo al mío, y lo celebro, después de aguantármelo casi cinco años, le di su bofetón. La cara que puso. Es para morirse de risa. Como si le hubieran cambiado la compañera y él no se hubiera dado cuenta. Finaliza C.

- Creo que nos enredamos, quisimos ser mesiánicas y nos crucificaron. Yo admito que hubiera querido que mi nena hubiera sido hija de un hombre que admirara. Pero, a veces, veo unos gestos que hace la chiqui y me descentran. Dice L.

- Es cierto, pero también hay que aceptar que nadie nos obligó y hasta lo disfrutamos. Responde F.

- Pero eso no quiere decir que sean ellos los compañeros que deseamos para educar a nuestros hijos. Todos son unos miserables y tus experiencias F. no son las más afortunadas. Argumenta C.

Justo en ese instante se escucha el llanto de un bebé y las tres mujeres, como felinas, corren a socorrer el hambre de alguna de las tres creatura que sueña con caballos azules que cabalgan por los tejados.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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